La locura de amor

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Estaba siendo cimiento del Opus Dei y apoyo para Fundador en unas horas difíciles, cuando Josemaría Escrivá buscaba una mujer que pudiera ser cabeza de las mujeres del Opus Dei y no la encontraba.

María Ignacia no podía ser, por sus circunstancias, esa cabeza; pero estaba siendo lo que Dios le había pedido que fuera: una vocación de expiación. “Aún antes de conocer la Obra de Dios —escribió el Fundador— ya aplicaba María por nosotros los terribles sufrimientos de sus enfermedades”.

Aparentemente, se encontraba en la retaguardia de la acción apostólica; pero de hecho estaba en la primera línea de esa nueva guerra de amor. Durante su  larguísima agonía comprendió por qué el Señor le había dado, desde su juventud, tanta devoción por su Santa Agonía en la Cruz.

Ya quedaba poco... Como en aquellos versos de su juventud, que cantaban las maravillas de la sierra y de las ermitas de Córdoba, ella podía decir también:

¡Para llegar al Cielo, cuán poco falta!

Pocos años después, en esa misma sierra cordobesa y junto a esas ermitas, el Fundador comentó que con el Opus Dei se habían abierto los caminos divinos de la tierra. Había llegado la hora de llevar este mensaje evangélico a los cinco continentes. ¡Igual unión con Dios se podía alcanzar en aquel monte de Córdoba, alejado del mundo  —explicó—,  que en la Gran Vía de Madrid, en medio del ajetreo del trabajo cotidiano! A igual distancia del Cielo se podía estar desde la soledad de aquellas sierras que desde la madrileña Plaza de la Cibeles como la llamaban  los castizos.