Montse en el recuerdo

 

"Desde la distancia de estos treinta años -evoca Enrique Grases- veo toda la enfermedad de mi hermana, toda aquella larga pasión de Montse como un dolorosísimo Viernes Santo. Fue una pasión, sí; pero con la Pascua detrás. Porque todo lo que podía haber acabado con una rebeldía amarga y un hundimiento en su manera de ser y en sus convicciones, acabó con el gozo de la Resurrección; concluyó con la serenidad y la paz de quien se sabe en manos de Dios.

Montse encontró a Jesús en la Cruz; a un Jesús que se abandonaba en los brazos de su Padre, diciendo: 'en tus manos encomiendo mi Espíritu'. Y como ella confiaba en su Padre Dios, y se sentía en sus manos, estaba serena, tranquila, feliz.

Su Cruz fue muy dolorosa. A veces me comentan, cuando la recuerdan tan alegre y tan feliz, que ella gozaba en medio del dolor... No, eso no es cierto. Decir eso podría sonar a masoquismo, porque aquello no era un dolor convertido en gozo; era un dolor convertido en amor, y en lucha, para poder seguir siendo fiel a sí misma, a nosotros y a Dios, pero seguía siendo un dolor que la desgarraba, que la destrozaba. Sufrió -yo lo vi- tremendamente: pero era una lucha enamorada, en medio del dolor, por encontrar a Cristo Crucificado.

En medio de ese dolor, junto a Cristo, nunca estuvo sola: sabía que Dios la acompañaba. 'Si Dios está a mi lado -pensó- y me pide esto, será porque esto es posible; y si El lo quiere, El me ayudará...'

Ahora que se habla tanto de realización personal, comprendo que mi hermana Montse 'se realizó' precisamente en su dolor. Gracias al dolor fue verdaderamente ella -lo que Dios quería de ella- y nos dio lo mejor de sí misma. Yo algunas veces me pregunto si ella hubiera llegado a lo que llegó, sin haber tenido este paso por el dolor.

Por eso, aquel dolor no fue una desgracia para ella; sino una gracia, un don, un privilegio. Le permitió asociarse al dolor redentor de Cristo, acoger con alegría el trocito de Cruz que Jesús le daba. Desde allí, desde la Cruz, podría pedir más por los demás, por éste o por el otro; y estoy seguro que, tantas veces, pidió por mi vocación sacerdotal...

El dolor la retó: pero ella venció la partida. A ella le apasionaba el tenis y aquello fue... como un partido de tenis frente al dolor. Este partido es siempre difícil, porque no hay términos medios: o el dolor te vence o tú le vences a él. Unas personas se dejan ganar por el dolor: y el dolor las destruye, las conduce al odio y a la desesperación, a la rebeldía a veces, e incluso acaban separándose de Dios.

Montse tuvo la valentía de mirar al dolor frente a frente, cara a cara y a los ojos: 'tú eres el dolor -pensó- pero yo... yo te voy a poder. No podré levantarme de esta cama... pero desde aquí, ¡voy a luchar todo lo que pueda! ¡Me voy a servir de ti para ganar! Este dolor me va a servir para amar: va a ser mi nueva forma de amar'. Y convirtió su enfermedad en un instrumento de corredención.

Su carácter humano la ayudó mucho; era muy luchadora; no se arredraba ante la primera dificultad: le plantaba cara.Y ante la prueba definitiva, supo sacar lo mejor de ella misma, como en aquellos torneos de tenis del Club Barcino, cuando le tocaba un contrincante difícil... Supo dar todo el amor que llevaba dentro, jugando siempre de pareja con el dolor de Jesús en la Cruz, siguiéndole todas las jugadas. Sabía que estaba en las últimas, en los octavos, en cuartos de final, y que el dolor y el cansancio avanzaba... pero no se desesperó. '¿Me toca jugar con éste? ¡Ah, pues muy bien!' Apretó los dientes, como solía hacer, se concentró y pensó: '¡Si sigo aquí, al lado de Dios, quizá desfallezca, quizá me caiga derrumbada en el suelo por la fatiga, pero esta partida -la partida del amor- la vamos a ganar!'

Tenía ese espíritu de victoria porque sabía que Dios no pierde batallas... porque sabía que el amor de Dios siempre es más fuerte que la muerte. Y Dios, como siempre, ganó la partida.

Pienso que eso constituye parte del mensaje de mi hermana Montse. En la actualidad el dolor se vive muchas veces como un fracaso. 'Yo no he tenido suerte en la vida', dicen algunos cuando se encuentran cara a cara con el sufrimiento. Y los que no caen en la amargura o se desesperan, se conforman con 'soportarlo'. Otros, lo ocultan; o no lo entienden. Para la sociedad es un contravalor: nadie quiere hablar hoy del dolor y de la muerte. Da vergüenza, temor, miedo.

Esa es la raíz de aquella alegría suya que tanto desconcertaba: en vez de ser esclava del sufrimiento, se convirtió, de alguna manera, en dueña, en señora de su propio dolor. Le dio la vuelta al dolor. Lo convirtió en Amor".

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