19 de marzo. San José

"La noche del 16 al 17 -cuenta su madre- creíamos que se nos moría y a las cuatro de la mañana llamamos al médico porque se puso muy mal.

Ella estaba muy contenta porque pensaba que ya le había llegado el momento... El médico vino a las seis de la mañana y nos dijo que la encontraba peor. El pulso seguía firme, pero su respiración era más fatigosa y tenía mucha sed: no podía beber casi nada y se ahogaba aunque fuera sólo con un sorbo de agua".

"Entonces -cuenta Carmiña- el médico dijo: 'no creo que pase de mañana'.

Sus padres decidieron decírselo.

-Sabes una cosa, Montse -le dijo su padre- que... ha dicho el médico que a lo mejor... te vas mañana.

-¿De verdad mamá? -exclamó, contentísima- ¿Que voy a irme ya? Jorge, ¿te das cuenta? El Cielo para siempre... ¿te das cuenta, Jorge? ¡Al Cielo! ¡Me voy al Cielo!

-Sí, hija mía -le comentó su padre, apenado- tú te vas y vas a ser muy feliz... ¡Pero cómo te vamos a echar de menos... cuando crezca Rafita... o se ordene Enrique...

-Pero Papá... ¡Si lo voy a ver todo desde el Cielo! ¡Si voy a rezar desde allí por todos!

Y siguió contándole a su padre de lo que haría por ellos desde el Cielo..."

La noticia de su muerte inmediata le había iluminado el rostro con una sonrisa de felicidad. ¡Ya estaba muy cerca del Cielo! Comenzó a decir que San José la iría a buscar y a repetir: "Jesús, José y María, acoged cuando muera el alma mía".

¿Cómo será el cielo?

-"¿Dime cómo será el Cielo?, me preguntó -cuenta Lía-.

-Algo maravilloso que no puedo explicarte, pero me consta que vas a ser muy dichosa..., le dije.

-¡Para siempre en el Cielo! -exclamaba- ¡Es demasiado, Señor, no lo merezco!

Luego se volvió hacia mí y me dijo con mucha fuerza:

-Tenéis que ayudarme mucho... Tengo miedo, ¿sabes?

Y de repente, haciendo un gesto con la mano, como queriendo abarcarlo todo, me dijo:

-Todas, que me encomienden todas; os quiero a todas mucho, mucho...

Se hizo un silencio. Y volvió a preguntarme:

-Lía: ¿tú crees que el Señor me quiere en el Cielo? A veces tengo ratos en los que me lo paso muy mal. Son como tentaciones que vienen y vuelven... Pero si tú me dices que iré te creo, te creo...

-Mira, es tan maravilloso que no puedo explicarte. Pero me consta que vas a ser muy dichosa... ¿Te acuerdas de lo que leemos en Santa Teresa, cuando dice que se siente incapaz de contar lo que es, porque no hay palabras humanas para expresarlo...? ¿Cómo quieres que te lo explique yo, que no lo he visto?

Entonces me tomó fuertemente de la mano y me dijo:

-Dímelo, repítemelo una y otra vez: iré al Cielo, iré al Cielo, iré al Cielo...

Se lo repetí varias veces y entonces dijo con mucha fuerza:

-Pero, Señor, ¿cuándo?...

Y añadió, casi gritando:

-Virgencita: ¡te quiero mucho, mucho, mucho...!

Luego bajó la voz y dijo:

-Soy una tonta, pero si no se lo digo así de fuerte, me parece que no se lo digo...

Cerró los ojos, y comenzó a decir jaculatorias: Jesús, Jesús, Jesús... y me pareció que se quedaba dormida".

"El día 18 vino María Campí muy pronto por la mañana -sigue contando Lía- para que pudiéramos ir a Misa. Se fueron sus padres y Montse Amat. Yo quería ir también, pero Montse no quiso que me fuera y me quedé con ella. Me apretaba fuertemente la mano.

-Lía..., ¿cómo será el Cielo?, me volvió a preguntar.

Yo le dije lo que pude: que era un lugar maravilloso, muy cerca de Dios...

-¿Te das cuenta -le comenté- de que pronto vas a ver a la Abuela y a tía Carmen y a todos los del Opus Dei que han fallecido...? ¡Cómo te recibirán! ¡Que alegría habrá en el Cielo...! Acuérdate de contarle a Dios muchas cosas de nosotras, y de pedir por las intenciones del Padre... Y allí también estará Isidoro: ¡qué alegría tendrá de verte, con la guerra que le estamos dando...!"

Concluye Lía:

"...Se quedó silenciosa unos momentos. De repente empezó a dar palmas y dijo:

-¡Olé, olé, mañana San José; vendrá a buscarme y me iré al Cielo!"

Amaneció el día de San José. Aquél -soñaba- era su día, su "dies natalis", el día de su nacimiento en el Cielo... El día en el que, como les había enseñado el Fundador del Opus Dei, se iba a encontrar ¡al fin! con el Amor, con toda su belleza, con toda la grandeza y la riqueza y la armonía y el color... Se había pasado la tarde anterior diciendo jaculatorias:

-"Mañana, San José; mañana me iré: me vendrá a buscar el Patrono de la buena muerte... Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía... Jesús, José y María, acoged, cuando muera, el alma mía".

Don Emilio Navarro fue a verla: "me preguntó -cuenta- por las chicas que iban por Llar, y me dijo que estaba contenta, porque, gracias a su enfermedad se habían acercado al Opus Dei algunas amigas suyas... La vi tranquila, cansada, pero sin inquietud de ningún tipo. Recuerdo que estuvimos hablando de Bartolo Llorens, un chico del Opus Dei que había fallecido años antes, poco después de pedir la admisión, como ella, y que ofreció por los apostolados de la Obra todos los sufrimientos de su enfermedad..."

Pero iban pasando las horas del día de la fiesta del Santo Patriarca y... nada.

Incluso aquella tarde, qué ironía, experimentó una leve mejora...

Lía recuerda que "no comentó nada, ni una sola vez". A las doce de la noche rezaron las dos por las intenciones del Fundador: "Misericórdia Dómini ab aeterno et usque in aeternum super eum: custodit enim Dóminus omnes diligentes se..."

"Y entonces -concluye Lía- me dijo en tono algo triste:

-¿Sabes? Parece que me encuentro mejor..."

El Señor le pidió el sacrificio de esa última ilusión: la de "irse" en el día de San José.

"Estaba en un estado médicamente preagónico, con muchas dificultades respiratorias -recuerda don Emilio Navarro, que fue a verla en la tarde del día siguiente- y de vez en cuando tenían que incorporarla, porque se ahogaba. Sufría intensos dolores y había sufrido un gran desencanto porque no se había muerto el día anterior. Y de alguna manera hubo que consolarla...

-Mira, Montse -le dije-, si Dios quiere que estés aquí, con nosotros, será para algo. Quizá el Señor quiera que vayas a su lado más purificada y que le sigas ofreciendo tu dolor..."

Lo aceptó. Y poco tiempo después, le dijo a Lía:

-"¿Sabes qué pienso? Que ya no voy a preocuparme más. Cuando Dios quiera se me llevará".

Sus padres no perdían la esperanza... y como todos los días seguían rezando la novena a Isidoro. Pero en aquella ocasión su padre, al acabar la oración -..."y ser apóstol de mis amigos y compañeros: dígnate glorificar a tu siervo y concédeme por su intercesión el favor que te pido"- dijo en voz alta la petición que ya todos le habían dicho a Dios con el corazón:

-"Por la curación de Montse".

"Yo estaba arrodillada junto a su cama -cuenta Lía- y Montse me cogió la mano y me dijo:

-¿Tú no pedirás eso, verdad?

-¿Qué quieres que pida?

-Que me vaya al Cielo pronto..."

Poco tiempo después Manuel Grases se despidió de su hija, como todos los días, para marcharse al trabajo. Montse le preguntó:

-"Papá, ¿me dejas marchar?

-¿Marcharte, Montse? -preguntó sin entender- ¿A dónde te quieres ir?

-¡Papá, por Dios! -le contestó con fuerza-. ¡Al Cielo! ¡Al Cielo me quiero ir!"

Iban pasando las horas del día veinte de marzo entre ahogos progresivos. Se encontraba muy cansada y abatida.

Vino el doctor Cañadell, que comprobó que la caquexia había llegado a extremos alarmantes y se había complicado con las metástasis pulmonares. Esto era lo que le producía los fuertes ahogos. Ella estaba pendiente del médico. De pronto, le preguntó:

-"¿Falta mucho todavía?"

-"Montse, eso depende de Dios -contestó José Cañadell-. Pero desde un punto de vista médico se puede pensar que aún te queda bastante".

"Al despedirse -cuenta Manuel Grases-, el médico nos dijo, sin que lo escuchara Montse, que todo podía ser cuestión de horas o de muy pocos días.

-¿Ves papá? -comentó Montse, cuando todos volvimos a su lado-. San José no me ha llevado... Estoy tan cansada! ¿Cuándo será?

Yo la veía con tantos deseos de estar ya junto al Señor, que impulsado por un afán de verla feliz, después de tantos sufrimientos, movido de un modo inexplicable, le dije para consolarla:

-Mira Montse: indudablemente, sólo Dios sabe el día y la hora. Pero puedes tener la seguridad de que el día de Pascua de Resurrección estarás a su lado en el Cielo.

Montse me abrazó y exclamó:

-¡No papá...! ¡tan tarde! ¡Lo deseo tanto...! ¿Y falta mucho?

-No, Montse: sólo nueve días (...).

Entonces sonrió feliz y se quedó descansando".

Se acercaban las solemnidades de la Semana Santa. Una Semana Santa en la que el Señor le hizo participar muy íntimamente de los sufrimientos de su Pasión. Vivió aquellos días íntimamente unida a la Cruz, incluso físicamente: en medio de todos sus dolores, nunca abandonaba el crucifijo que le había regalado el Padre. Lo tenía siempre entre las manos, lo mismo que el anillo.

"Aquel anillo -cuenta Carmiña- estaba sin grabar y entonces pensé que le haría ilusión que le grabaran la fecha del día en el que hizo la Fidelidad, y le dije:

-Oye, Montse ¿Por qué no me lo dejas y se lo llevo a Oriol para que te lo grabe?

-No, Carmiña -me contestó- porque de noche, cuando me encuentro muy mal, lo toco, me acuerdo de Dios y sentirlo cerca me ayuda a ser fiel...

-Pero Montse, si en grabar no se tarda nada, si eso lo hacen en el día...

-Bien -aceptó- te lo dejo unas horas, pero luego enseguida me lo devuelves...

Y así lo hicimos. Me lo dejó y a las pocas horas se lo devolvimos.

En esos momentos, como se encontraba tan desfallecida, se le caía con frecuencia el crucifijo de entre los dedos y nos pidió que se lo colgásemos del cuello. Entonces lo tocaba con la mano y unía su anillo con la cruz. Y así pasaba aquellas noches tan malas".

Intentaba hablar, pero no se la entendía. Y seguía pensando en el Cielo...

-"Soy una egoísta -le comentaba a Lía-. No hago más que pensar en el Cielo..."

-"Haces bien, Montse. Es justo que empieces a disfrutarlo y a pensar en la recompensa. De todas formas, acuérdate que estás todavía aquí, y te necesitamos mucho para que nos encomiendes".

-"También lo haré allí, no te preocupes..."

Vinieron las que habían pedido recientemente la admisión en el Opus Dei. Entre los saludos, les decía:

-"Sed fieles, sed fieles, que vale la pena".

Cada vez estaba más débil. Avisaron al médico, que la reconoció y salió luego para hablar con los padres. Regresaron todos menos el doctor.

-"¿Qué ha dicho el médico?", preguntó a una de las que estaban allí, que miró a su madre sin saber qué hacer.

-"Díselo -le dijo su madre-, ¿no ves con qué cara tan sonriente lo pregunta?"

-"Pues nada, Montse, que puedes irte en cualquier momento".

"Entonces le dio un abrazo tan fuerte -cuenta su madre- como si acabara de darle la mejor noticia".

Ese deseo de "irse" era fruto del amor. Un amor "más fuerte que la muerte", como se lee en la Sagrada Escritura, pero que no le quitó el miedo, tan humano, ante ese paso definitivo, y que se expresa en aquel poema que había transcrito tiempo atrás:

"Una de esas noches -recuerda su madre- me dijo con una mirada que reflejaba una gran preocupación:

-Mamá, tengo miedo...

Era como si se sintiera culpable de tener miedo. Yo le dije:

-Montse, es natural que tengas miedo... pero eso no es malo. ¿No te acuerdas de que Jesús en el Huerto de los Olivos, sintió miedo y pidió: 'Padre si es posible pase de mí este cáliz'?

Intenté tranquilizarla a mi manera, pero a ella le parecía que estaba faltando en algo..."

Pasaron lentas las horas de aquel día. Montse esperaba impaciente la llegada de Lía a primera hora de la tarde.

-"Cuánto has tardado hoy, Lía" -le dijo al llegar.

-"Pero Montse, si he venido a la misma hora de todos los días..."

-"Ya lo sé -dijo con voz entrecortada por el agotamiento-, pero es que tenía ganas de verte para contarte muchas cosas. ¿Sabes? Tengo de nuevo miedo a la muerte, he tenido mucho miedo; he dudado si existiría el Cielo, si no nos engañaríamos..."

-"Pero Montse... ¿Puedes dudar tú, por un sólo momento, de que no te queramos tu padre, tu madre y todos los que estamos contigo?"

-"¡No, no!, dijo con gran fuerza".

-"Entonces, ¿cómo vas a dudar del Señor, que te quiere hasta el extremo de darte esas fuerzas que tienes para aguantar todo esto, que aunque tú digas que no es tanto, yo sé que es mucho...?"

-"Sí, todo lo que dices es cierto; pero temo no ser valiente y me da miedo la muerte y el sufrimiento..."

-"También el Señor tuvo miedo en el Huerto de los Olivos ¿Recuerdas? ¡Padre! -exclamó-: pase de mí este cáliz,... pero hágase tu voluntad... ¿Por qué no vas a tenerlo tú?"

-"No quiero tener miedo, pero ¿sabes? -y se tocaba las sienes-, es que me vienen unos pensamientos tan raros y no quiero... ¿Por qué no me pones agua bendita en la almohada? También he pensado en el ataúd y me da miedo..."

-"¿Por qué piensas esas cosas? Mira tu alma vale mucho más que tu cuerpo, y tu cuerpo lo trataremos muy bien porque te queremos mucho. Pero tú no pienses en eso. Piensa ahora en tu alma, que es tan bonita, y Dios la está esperando para llenarla de felicidad..."

-"Es cierto, qué tonta soy. Pero Lía, ¿verdad que no me dejarás hasta el último momento?"

-"Te lo prometo Montse: hasta el último momento estaré contigo, hasta que nos dejes..."

-"Y yo te prometo que no os dejaré. Desde allí te ayudaré mucho..."

Con toda esta conversación se había quedado agotada. "Le aconsejé que descansara un rato -cuenta Lía- y así lo hizo. De vez en cuando movía levemente los labios, y decía algo imperceptible".

-"¿Quieres decirme algo?, le pregunté.

-No; estoy diciendo jaculatorias".

"Me alegré mucho -cuenta su madre- de que aquella misma tarde viniese a verla don Emilio Navarro. Nada más llegar le conté mi conversación del día anterior. Entró en la habitación. Montse estaba muy cansada y don Emilio le dijo que no se preocupase si no podía contestarle:

-Tú me escuchas, ¿verdad Montse?

Ella asentía con la mirada.

-Pues mira, recuerda ahora la agonía de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto poco antes de la Pasión. Se lee en los Evangelios que Jesús tuvo miedo...

Me llamó la atención la coincidencia de que los tres, don Emilio, Lía y yo, le hubiéramos dicho lo mismo... Y se quedó serena. Nunca más la volví a ver preocupada.

Incluso estaba más feliz que antes. Un día estábamos las dos solas y calladas, y de repente me miró y me dijo:

-Mamá, ¡qué felices somos nosotras!"

Domingo de Ramos

¡Aquel Domingo de Ramos fue tan distinto! No hubo el bullicio matutino de años anteriores, cuando salían todos los hermanos a la calle con las palmas, y su padre sacaba la cámara de cine y filmaba a los más pequeños mientras sujetaban con fuerza las palmas, que flameaban indecisas en el aire. Ahora todo era silencio en torno a Montse. Junto a la imagen de la Virgen, estaba la palma que le había enviado Rosa.

Lía estuvo toda la tarde a su lado. Montse estaba muy amodorrada. De vez en cuando se despertaba y conversaban a ratos. "Hubo un momento -recuerda Lía- en el que se incorporó y empezó a decir jaculatorias casi a voz en grito. Besaba frecuentemente el Crucifijo y le decía al Señor muy de prisa, aunque ya casi no podía hablar porque se ahogaba mucho:

-Señor, te quiero mucho, mucho, mucho y a la Virgen también.

Intenté sosegarla:

-Montse, serénate, tranquilízate, descansa... ¡Si el Señor ya sabe que le quieres mucho...! Díselo bajito: yo te iré diciendo jaculatorias y tú las vas repitiendo...

-Sí, Lía. ¿Pero sabes qué me pasa? Que si no se lo digo así, me parece que no me oye... ¡y le quiero decir tantas veces que lo quiero mucho, mucho, mucho...!"

Lía empezó a decirle algunas de las jaculatorias que enseñaba el Fundador del Opus Dei:

-"Corazón Dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro... Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz... Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús..."

"Sin embargo, la jaculatoria que le oí repetir con más frecuencia -recuerda su madre- era: 'Cuando Tú quieras, como Tú quieras, y de la manera que Tú quieras'".

"Cuando Tú quieras...": era la misma jaculatoria que repetía María Ignacia García Escobar en su lecho de muerte, cuando ofrecía sus dolores por el Opus Dei.

Un día hablaron de nuevo sobre la Virgen.

-"¿La veré pronto, verdad?", le preguntó Montse con el rostro sonriente.

-"Enseguida que llegues, estoy segura", le dijo Lía.

-"Yo también la quiero mucho, mucho..."

Aquel deseo impetuoso de estar con Dios no la alejaba de los que la rodeaban. Lía le aconsejaba que no recibiera a sus amigas, porque estaba agotada por las curas, que duraban de dos a tres horas y aunque se las hacían con todo esmero, le causaban un daño tremendo. En algunas ocasiones, tenían que interrumpirlas, porque se mareaba. Pero Montse pensaba que eso era lo que tenía que entregar a Dios en aquel momento...

Seguía luchando por amar más a Dios, aunque ya no podía ni siquiera leer. "Leedme en 'Camino' algo sobre el Amor", dijo en una ocasión. Había escrito tiempo atrás en su libreta esta oración a la Virgen: "Madre mía, por todas mis infidelidades, dile al Señor que ya no más. Madre mía, por todas las bobadas que hago a lo largo del día, dile al Señor que ya no más. Madre mía, pero Tú sabes que sí, que más".

Se iba uniendo a la entrega total de Jesús en el Calvario. -"Ayudadme a ser valiente -pedía-. ¡Lo necesito tanto!"

-"Montse -le dijo Lía, cariñosamente- no me digas más eso, porque me enfado: tú sabes que sí lo eres".

-"¿Crees sinceramente que lo soy?"

"Cuando le dije que sí -recuerda Lía-, que estaba aguantando mucho, me dio un abrazo y me dijo: 'qué paz me da oírtelo'".

Lunes Santo

Lía estuvo junto a la cabecera de la cama de Montse durante toda la noche del Domingo de Ramos. Al día siguiente, Lunes Santo, le escribía a Encarnita Ortega:

"Esta misma noche me decía: 'Lía, pero qué lento es. Nunca pensé que fuera tan difícil morirse. Pero, sabes, estoy muy contenta. Se ve que todavía me necesita'. Y me hacía un gesto muy muy significativo, mientras apretaba fuertemente el puño, así exprimida como un limón. No se cansa de repetir una y mil veces: 'pero, ¿sabéis? Enteraos todas: soy muy feliz'. No sabes cómo impresiona oírla. Habla ahora con una dificultad espantosa, en fin, que ya es todo. Pero es envidiable cómo está de contenta, se le ilumina la cara no sabes cómo, cuando le decimos que pronto se va a ir al cielo, ¡lo desea tanto!"

Martes Santo

El día 24, Martes Santo, se encontraba tan fatigada que las que la atendían desistieron de curarla aquella tarde. Quizás al día siguiente se encontrase mejor...

Los amigos y conocidos seguían visitándola. Todos querían despedirse... Ese día estuvo con ella Jorge Suriol, que sabía que ya no se verían nunca más. ¡Qué lejanas parecían ahora aquellas tardes de domingo que Montse pasaba en su casa, junto con su hermana Ana María y aquellas tertulias nocturnas en Villa Josefa...! "Y fue entonces -recuerda Jorge Suriol- cuando me di cuenta de quién era Montse. Estaba muriéndose y seguía serena, alegre y sonriente, con aquel equilibrio tan suyo: '¿qué tal estás?', me dijo. Nada más verme se preocupó porque estuviera cómodo: 'siéntate, siéntate, no te canses'. Luego me contó en un minuto, con gran sencillez, lo que le pasaba: 'Ya ves, tengo esto, pero tampoco tengo nada más...'. Y pasó inmediatamente a hablar de mi familia y a preguntarme por ellos: '¿Qué tal está tu padre? ¿Y tu madre, qué tal se encuentra?' Y desde aquel momento lo suyo se quedó en un segundo plano...

Aquello me sorprendió profundamente. Porque habitualmente, cuando vas a visitar a una persona moribunda sales estremecido al contemplar cómo vive 'su' momento... Pero a Montse no le sucedía eso. ¿Por qué?

Me fui desconcertado: 'esta chica se está muriendo -pensaba- y lo único que le interesa es saber qué tal me encuentro yo y qué tal está mi familia y que tal nos van las cosas...'"

Poco tiempo después vino el doctor Cañadell. Después del reconocimiento médico, habló con Manuel y Manolita en otra habitación y se fue de casa a las ocho menos cuarto. Cuando Lía entró de nuevo en su cuarto le preguntó:

-"¿Qué ha dicho el doctor?"

-"Que continúas igual".

-"Sí, pero yo siento algo en mi interior que me dice que sigo adelante y que cada día lo voy superando..."

Se volvió hacia su madre:

-"Mamá, gracias por haberme ayudado tanto, tú y papá, y Lía... Siempre... ¡Siempre tú, mamá...! ¡Has representado tanto! ¡Tanto... en mi vida!"

Miércoles Santo

Amaneció el 25 de marzo, fecha en la que la Iglesia celebra la fiesta de la Anunciación de la Virgen. Aquel año aquella fiesta quedaba como velada por la celebración del Miércoles Santo que anunciaba la inminente Pasión del Señor.

Su madre intuyó que se acercaba el final. Montse apenas hablaba. Estaban junto a ella, noche y día, Manuel, sus hijos mayores, Lía, Montse Amat, y pocos más. Permanecía sumida en un intenso sopor durante casi todo el tiempo. En un determinado momento abrió los ojos y dijo, haciendo un gran esfuerzo por pronunciar las palabras:

-"¡Cuánto te quiero, cuánto te quiero!"

Más tarde añadió:

-"Os quiero mucho a todas. Pero al Señor más, mucho más".

Entre los conocidos que venían a visitarla con frecuencia estaba la madre de María Luisa Xiol, que preguntaba todos los días por ella. Y llamaban constantemente familiares, amigos, vecinos... Pero sus padres habían decidido que no viese a nadie porque estaba totalmente agotada.

No debía verla nadie. Sin embargo..., ¿cómo no hacer una excepción con Rosa?

"Su madre -cuenta Rosa-" llamó por teléfono a mi casa para decirme que fuera enseguida, porque Montse se estaba muriendo... Pero yo estaba fuera en ese momento y mi madre le dijo: 'pues no sé dónde estará Rosa, porque se ha ido a merendar con unas amigas'.

Entonces llamó al Lezo. Sabía que yo había ido muchas veces a merendar con Montse a esa chocolatería, porque desde que se puso enferma le dejaba siempre el teléfono de donde íbamos para que no sufriera. Y allí me encontró.

Fui enseguida. Era el Martes Santo. La señora Grases me preparó: 'Rosa, te impresionará, la encontrarás muy cambiada... el Señor quiere llevársela, tenemos que aceptar su Voluntad... Le dio mucha alegría recibir tu palma el domingo de Ramos y quiso que la pusiera enseguida junto a la Virgen...' Yo temblaba... Hacía muchos días, unas tres semanas, que no la veía. Me impresionó mucho verla así. Era... un cadáver viviente. La pobrecita estaba hecha una ruina. A través de la piel de la mejilla se le adivinaba toda la dentadura. Estaba en los huesos.

La despertaron: 'Montse, mira: es Rosa, viene a despedirse de ti...'. Me miró y me reconoció. Pero no me pudo decir nada. Dirigió la vista hacia la palma que yo le había enviado días antes y me apretó la mano fuerte. Le di un beso y le dije al oído que se acordara de mí. Sonrió y me asintió con la cabeza y con la mirada... Su madre me dijo que le iban a traer la Comunión. Pero yo estaba demasiado impresionada, me sentí sin ánimos y me fui..."

Aquella misma tarde fue a visitarla también don Emilio Navarro. Montse empeoraba por momentos: a veces intentaba articular palabras, pero no lo conseguía. Don Emilio intentó comprender qué les quería decir; llamó a su madre, que tampoco logró entenderla. Entonces, mediante señas, Montse pidió un lápiz y escribió débilmente, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, el nombre de su hermano seminarista. Entendieron que le pedía a don Emilio que cuidase de su vocación sacerdotal.

Acudid por Llar

Hacía dos días que no le habían hecho la cura habitual a causa de su agotamiento. En un determinado momento, sus padres observaron que se reponía un poco. No había tiempo que perder: decidieron que aprovechar aquel tiempo de relativa mejoría para curarla.

Fue una cura muy larga y dolorosa, mucho más que lo habitual. Al desvendarla se encontraron toda la pierna empapada en sangre. Se asustaron y llamaron al médico. El doctor los tranquilizó: era sólo las consecuencias del derrame de un pequeño vaso sanguíneo.

Durante la cura, en el preciso momento en el que descubrieron que se le había reventado una vena de la rodilla, llamaron a la puerta. Era la Sra. Xiol, junto con sus dos hijas, Ana y María Luisa, que habían bajado desde Llerona, donde pasaban la Semana Santa, para verla. Les rogaron que esperaran en la sala de estar. Mientras tanto, en la habitación, las que la cuidaban seguían asustadas por aquel derrame, aunque pronto cesó la hemorragia. Y continuaron la larga cura, lenta y penosa. Fueron quitándole suavemente el vendaje, procurando no hacer ningún movimiento que la pudiese herir...

Pasaba el tiempo y la Sra. Xiol y sus hijas seguía esperando en la sala de estar. Ya era tarde, y su madre pensó que lo mejor era proponerles que aguardaran a que Montse se durmiese, o que, si no les importaba, vinieran en otro momento. De todas formas fue a decírselo a Montse.

-"Montse, están ahí fuera María Luisa, Ana María y su madre, que han venido a verte. Pero ya les he dicho que como estás así, es mejor que no pasen. Tú no te preocupes; yo estaré un rato con ellas y luego cuando estés dormida, pasaremos un momento..."

-"No -dijo con un hilo de voz-. Quiero verlas".

Entraron. Montse les indicó con un gesto que no podía hablar e intentó decirles algo que no entendieron.

"Entonces -recuerda su madre- me dijo que me acercara y casi al oído me susurró con una voz casi imperceptible:

-Mamá, dile que mi última voluntad es que vayan por Llar.

Luego cogió la mano a María Luisa y le dijo:

-Acudid por Llar, Acudid por Llar..."

"Cuando salimos de ver a Montse -cuenta María Luisa- íbamos llorando por la calle, y nos metimos en la primera iglesia que encontramos. No podía dejar de llorar y de rezar, y sentía a Dios cerca de mí con más fuerza que nunca.

'Te estabas muriendo sola -escribí entonces en mi Diario-. Todo el mundo muere solo... Pero entre aquella angustia de muerte, yo sé que tenías paz... tú, con tu sencillez, habías logrado conquistar la paz. Y esa paz trascendía en alegría...

En aquel momento la vida tenía un perfecto sentido... Tú, Señor, estabas allí: era necesario vivir hacia Ti, vivir mucho más hacia Ti, del todo hacia Ti. Contigo la vida tenía un sentido exacto; sin Ti, perdía todo sentido. Es extraño: encontrar el sentido de la vida a través de la muerte'".

Por la noche Montse se encontraba completamente agotada. A las nueve menos cuarto intentó balbucear unas palabras. Su madre logró al fin entender lo que decía:

-"Mamá, ¡cuánto cuestan las cosas pequeñas!"

-"¿A qué llamas cosas pequeñas?"

-"A esto", le dijo Montse, señalando su boca reseca.

Ya no podía hablar, y estaba totalmente desfallecida. Ahora sí se había quedado sola, como había escrito en su libreta. Sola con su Amor. Se acercaba el momento de lo que cantaban los versos que había escrito poco tiempo atrás:

¡Ya se hace tarde Señor!

Y mi vida paso a paso

va declinando a su ocaso

va perdiendo su fulgor

Viene la "noche"... Pasó

el tiempo de trabajar

sólo en Ti puedo esperar

bienes que no tengo yo.

Ya es tarde. A tu pecho vengo

buscando asilo y calor...

"No podía hablar -recuerda su madre- y sufría una sed espantosa; pero cuando intentaba beber algo, se ahogaba. Recuerdo que fueron a buscar un helado de chocolate con el que intentamos aliviarle el dolor refrescándole los labios. Su sufrimiento aumentaba terriblemente. Y así estuvo durante toda la noche".

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