5 de febrero de 1959. La Fidelidad

 

Poco a poco
la distancia se va haciendo menos...

"Cada día -escribía Lía al Fundador, el 1 de febrero- nos damos más cuenta del valor del apostolado del sufrimiento. Montse se está portando estupendamente, aguantándolo todo con una paz y alegría impresionante. Esta última semana ha tenido la valentía de subir dos días a comer con nosotras y se queda ya luego hasta por la noche. Lo pasa fatal las idas y venidas, pero le compensa la mucha distracción que luego tiene. De todos modos creemos que poco más podrá hacerlo; nosotras que la vemos todos los días le notamos cada día un bajón tremendo, pero tiene una ilusión tremenda por todo, interesándose por todo y encomendándolo a través de sus sufrimientos".

Ante la progresiva gravedad de su enfermedad, Montse hizo, el 5 de febrero de 1959, con la oportuna dispensa, su incorporación definitiva al Opus Dei. Habitualmente, la incorporación jurídica definitiva a esta institución de la Iglesia sólo se realiza cuando los miembros de la Obra gozan de la mayoría de edad y de años de fidelidad en la vocación. La situación de Montse justificaba plenamente la excepción.

Sin embargo, ella era poco partidaria de excepciones. "¿Tú crees que me la merezco? -le preguntaba a Lía-. Todos me tenéis por mejor de lo que soy, pero esta vez no me importa. ¡Me hace tanta ilusión!"

"Fue algo muy emotivo para ella y para todos -recuerda su madre- al verla tan serena y feliz. Mis hermanas Inés y Adela le regalaron un nomeolvides de oro con el nombre y la fecha; también le trajeron flores que, por la noche, se mandaron al sagrario de Llar; y nosotros le regalamos el anillo".

La elección de aquel anillo -que simboliza la fidelidad a la llamada del Señor- había tenido su pequeña historia. "Yo conocía a un joyero, Oriol -cuenta Carmiña Cameselle-, y entonces me fui con Pilar Oriol a casa de su suegro y nos dejó un muestrario de sortijas y de anillos que se lo llevamos".

"¡Lo eligió con una ilusión! -recuerda su madre-: miraba un anillo... y luego otro... y escogía... y no escogía... ¡Como si lo fuese a llevar toda la vida...! ¡Con una alegría!"

Al final, estaba decidida por el más sencillo, pero -recuerda Carmiña- le preguntó a su madre:

-"Mamá, ¿cuál te gusta a ti?

-No, tú elige el que más te guste -le decía su madre, que la conocía muy bien; y añadió, para animarla-: y mira, cuando te vayas le enviaré la sortija al Padre a Roma. Así que elige el mejor...

-Entonces elijo éste, mamá.

Y tomó entonces un anillo de oro blanco".

La incorporación jurídica al Opus Dei se realizó con la sencillez propia del espíritu de la Obra, mediante una brevísima ceremonia. Llegó don Florencio y le dio a Montse el texto de una plegaria para que la leyera frente a un crucifijo. En esa plegaria se expresaba el deseo de servir abnegadamente al Señor durante toda la vida. Luego le dio a besar la cruz y la estola.

A continuación, Montse contestó, con emoción contenida, a las breves oraciones que iba recitando el sacerdote, que bendijo el anillo y se lo puso. Al terminar, don Florencio rezó unas preces bendiciendo a todos los asistentes:

"Dominus sit in córdibus vestris et in lábiis vestris, in nómine Patris et Filii et Spíritus Sancti".

"Amen".

La ceremonia concluyó con una oración en la que se pedía el "gaudium cum pace", la alegría y la paz para todos los que perseveraban firmes en el servicio del Señor en el Opus Dei.

"Estuvo serenísima -se lee en el Diario de Llar-, dándonos una vez más una lección de lo que está siendo su vida de entrega generosa y alegre. Cuando todo el mundo estuvo fuera tuvo un momento en el que su emoción era tanta que no pudo menos que darle salida: lloró, pero de alegría; y también de debilidad por el dolor. Lleva días encontrándose francamente mal".

A lo largo de aquel día observaba detenidamente el anillo. "Me gusta mirarlo -le decía a Lía- porque me recuerda que debo ser fiel; qué bonito es, ¿verdad?"

Fue un día rebosante de alegría; un pequeño oasis en medio de aquellos meses de dolor. Por la tarde vinieron algunas de LLar y estuvieron haciendo un rato de oración con ella; luego estuvieron cantando durante largo rato. Todo parecía sonreírle, hasta en lo más pequeño. Nunca le había gustado que la llamasen Montsita, y hoy... "Fíjate, mamá -comentó, divertida, al terminar la ceremonia-, don Florencio me ha llamado... ¡Montse!"

Su padre pensó que aquella ocasión merecía ser celebrada por todo lo alto. Había una botella de champagne en la cocina; fue por ella, la descorchó y brindó.

Montse alzó su copa también, sonriendo, recordando quizá aquel brindis -tan lejano, tan cercano- de las Navidades del 57...

Al día siguiente, en la cama, volvió a escribir al Fundador del Opus Dei. Era -lo presentía- la última carta que le dirigía, en la que hacía una breve mención a don Alvaro del Portillo, entonces Secretario General del Opus Dei, que había sufrido una intervención quirúrgica.

"Barcelona, 6-2-59

Querido Padre:

Hace días quería escribirle para contarle muchas cosas, y pedirle mi Fidelidad y tuve mucha alegría al ver que Vd. se había anticipado al concedérmela. Le estoy muy agradecida y a la vez satisfecha de pensar que pertenezco totalmente a la Obra.

Tuve mucha alegría porque presenciaron el acto mis padres, vino don Florencio, Tere y Lía y al final descorchamos unas botellas de champagne, pues el acto lo requería, y en la mente de todos, nuestro pensamiento era el mismo, el Padre.

Cada vez que veo mi anillo, recuerdo que debo ser cada día más fiel y que tengo que hacer aún mucho por la Obra.

Como ve, Padre, estoy haciendo auténticas chapuzas, pues escribo con bastante dificultad, pues la pierna no me deja mover y estoy en una postura muy incómoda. Estos últimos días, los he pasado muy excitada, más que dolor. La semana pasada aún pude subir a Llar y asistir a una clase que nos dio D. Florencio a las vocaciones recientes. Estábamos un montón (...) y al final tuvimos una alegre tertulia (...)

Me estoy acordando mucho de D. Alvaro y espero que ya le tendrá a su lado, casi repuesto.

Ve, Padre, con la dificultad que le estoy escribiendo, y pensar que si estuviera aquí le contaría muchísimas más cosas. A ver si le dice a Encarnita que venga pronto y le contaré a ella todo lo que le quisiera contar a Vd.

Le pide su bendición su hija que le recuerda.

Montse Grases"

"Apenas llegué a su casa -recuerda Rosa- le faltó tiempo para contármelo:

-Rosa: ¡He hecho la Fidelidad!

Se la veía tan entusiasmada, tenía tanta alegría, que pienso que aquella tarde no le dolió la pierna. Y añadió:

-Fíjate qué suerte, Rosa: ¡La he hecho para siempre!"

Se habían espaciado sus idas a Llar. "Cada viaje era un sufrimiento -recuerda Rosa- y una vez que bajábamos en el ascensor del Llar, se me abrazó al cuello, llena de dolor, diciéndome: '¡No lo puedo aguantar!' Es la única vez que vi que se le saltaran las lágrimas".

Exprimida como un limón

De todos modos, era raro verla llorar: estaba cada vez más feliz con la ilusión de ir al Cielo, pero... Había un "pero". Morir tan joven le resultaba demasiado... "cómodo": "¡Si no hago nada!", comentaba. Quería dar más, sufrir más, amar más. "¿Te fijas? -le comentaba un día a la que le atendía-. Muero como quiere el Padre que muramos en el Opus Dei: en una buena cama, rodeada del cariño de todos, pero exprimida como un limón, hasta que no quede ni una sola gota".

Lo de la "buena cama" era relativamente cierto. Era una buena cama, pero no para una enferma como ella. Sin embargo, era muy difícil averiguar si Montse estaba a gusto en ella o no, porque no se quejaba por nada. Rosa le había dicho tiempo antes:

-"Montse, qué bien estarías en una cama de esas que se mueven. Estarías mucho mejor... ¿Quieres que se lo diga a tus padres para que te la traigan?"

-"¡Calla! -respondía siempre-. ¿No te das cuenta de todos los gastos que tienen?"

"Yo estoy convencida -comenta Rosa- que en aquella cama estaba muy incómoda. Y en cuanto le trajeron la otra cama, regulable y mucho más cómoda, reconoció que estaba el doble de bien..." Era una cama que les prestó una amiga de Manolita.

Aquella fidelidad a la gracia de Dios iba llevando a Montse, en un "crescendo" amoroso, por el camino del amor, de la identificación con Jesucristo y de la Cruz, hacia unas cimas de amor de Dios que nunca podría haber sospechado. Sí: ésta era la misma Montse que dos años antes iba "probando", de broma, antes de que comenzasen los días de retiro, la cama más mullida y cómoda de Castelldaura...

Ahora vivía rodeada del cariño de todos, que se esforzaban por manifestárselo con mil detalles pequeños: procuraban guardar silencio, no molestarla con la luz, prepararle la comida que más le gustase...

Era difícil evitar que tomase algo que le desagradase, porque comía de todo. Aceptaba también de buen grado todos los cuidados que tenían con ella: "Cuando perdiz, perdiz", decía, recordando lo que le había dicho Encarnita.

En su caso no eran perdices, sino angulas. Su tía le había traído una buena ración de angulas para que las probara. Era un plato preciado, que no formaba parte habitual del menú de los Grases y Montse quería que su tía viera que agradecía aquel detalle de cariño... Pero en aquel momento, tomar aquellas angulas le suponía una verdadera tortura: "Empezó a comer -recuerda una de las que la acompañaban-, y yo la vi sufrir tanto que intenté varias veces quitarle el plato. Me daba pena verla tan agotada y hacer aquel esfuerzo. Me decía que poco a poco se lo comería todo, para que no se disgustase su tía, que se lo había comprado con mucha ilusión".

Lo mismo sucedía con otros detalles que tenían con ella: "una vez le regalaron una almohada pequeña para apoyar la cabeza -cuenta María del Carmen-. Se la probó y dijo que le molestaba mucho, pero luego, al pensar en la ilusión con la que se la había regalado esa persona, no quería quitársela y trataba de convencernos de que le iba muy bien..."

"Alrededor del 11 de febrero -cuenta su madre-, fiesta de la Virgen de Lourdes, empeoró, y le dijimos a todas sus amigas que por favor no vinieran a visitarla. Y estuvo varios días sin recibir a nadie".

Fueron días de mayor sosiego externo. Ya no se escuchaba aquel barullo de risas y bromas que se formaba a su alrededor cuando venían a verla las de Llar. Por fuera, la vida se aquietaba por momentos; por dentro, seguía su lucha, incesante, por amar más a Dios.

"Cuando la vimos algo mejor, días más tarde -continúa su madre-, dejamos que viniera a verla alguna amiga, aunque poníamos los medios para no cansarla.

Una de esas tardes salí para confesarme, y cuando regresé vi que estaba toda la habitación llena de chicas. Temí que estuviera agotada, pero me la encontré sonriente y divertida, y eso me tranquilizó.

Las amigas se fueron pronto, porque yo les dije que no convenía que estuvieran mucho rato con ella, ya que era el primer día que volvía a recibir visitas.

Pero cuando se quedó sola me di cuenta de cómo estaba en realidad: totalmente desfallecida y exhausta".

15 de febrero de 1959. Ya no vendré más

"Fue entonces cuando salió de casa por última vez: en concreto, el 15 de febrero de 1959, que cayó en domingo. A pesar de lo penoso de su situación, la llevaron a Llar -la distancia en coche era muy corta- porque sabían la ilusión que tenía por celebrar allí el aniversario del comienzo de la labor del Opus Dei con mujeres".

Celebraron la fiesta el día 15 -recuerda Lía- porque la víspera era sábado y tenía lugar, a esa misma hora, la meditación, predicada por el sacerdote. Montse fue a comer con las que vivían en Llar. "Llegó fatigadísima, y daba una pena tremenda verla. La llevamos entre dos pero no había forma de dar un paso, tocarla era un lamento continuo. No decía nada pero su cara lo expresaba todo".

Estaba al límite de sus fuerzas, pero seguía sonriendo. Pilar Martín supone que le debía costar mantener aquella sonrisa, pero afirma: "yo nunca se lo noté". A pesar de que no lo advirtieran, aquella sonrisa era fruto de la gracia y de la lucha, y no fruto natural del carácter, y en aquella ocasión, aunque brevemente, se quebró.

"Comió en la cama turca -cuenta Lía-, acercándole la mesa. Yo le iba dando la comida, que tomaba dificultosamente. Tuvimos la ocurrencia de guardarle el plato que habíamos tomado la víspera, el día de fiesta. 'Tú tienes también pollo -le dije-, nosotras lo tomamos ayer'. Entonces se puso a llorar. Nos asustamos, porque no sabíamos qué le pasaba. '¡Lía, no quiero, no quiero! -me contestó, nerviosa-, ¿es que no te acuerdas que no me gusta? ¿Ves?, ya no te acuerdas y te lo dije el otro día'".

Fue una explosión de aquel antiguo rasgo de carácter, que parecía olvidado, y también la consecuencia de tantas horas de dolor y de cansancio; como una cuerda de guitarra, que al templarla demasiado, se rompe por la tensión... Pero al momento rectificó:

-"Pero Montse -le dijo Lía-, ¿por eso lloras? ¡Si me lo voy a comer yo encantada!

-No... ahora te voy a hacer que te mortifiques por mi culpa. ¡Soy tan poco mortificada, Lía! ¡Cómo me he vuelto! ¿Te das cuenta?"

Era una manifestación de lo que explicaba el Fundador: "a medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula (...), porque el alma adquiere la finura divina, e incluso la sombra más pequeña molesta la conciencia, que sólo gusta de la limpieza de Dios".

"Pasó el día muy mal -sigue Lía-. Sin embargo, aunque sufría mucho, estuvo hablando, haciendo apostolado y riendo con todas hasta que nos dimos cuenta del esfuerzo que hacía... Cuando nos quedamos a solas se desahogó conmigo...

Al poco rato llamó su madre para preguntarle cómo se encontraba y si quería que la viniesen a buscar. Montse le dijo que no, que no se preocupase. Me sorprendió la respuesta. Me lo aclaró: '¿Sabes por qué? Ahora mamá tiene mucho trabajo, es la hora de dar de cenar a los pequeños y acostarlos; y si me ve llegar así no querrá dejarme sola...'.

Antes de irse entró en el Oratorio y estuvo rezando. Se fue arrastrando la pierna. Daba pena verla".

Cuando se marchó se despidió de la Directora, sencillamente, con estas palabras:

-"¿Te das cuenta, Lía? Ahora sí que no podré volver más, cada vez ando peor. ¿Verdad que no puedo?"

No podrá salir más

"Recuerdo -cuenta su madre- cuando me la trajo Montse Amat... y me dijo:

-Manolita, no podrá salir ya más.

Aquella noche vino el doctor Cañadell y su esposa, medio en plan médico medio en plan amigo: queríamos celebrar juntos el aniversario del comienzo de la labor con mujeres del Opus Dei. Cañadell le había hecho a Jorge una intervención en la rodilla y estaba acostado también: tenía la cama inundada de tebeos. Ibamos de una habitación a otra, entre las bromas del doctor..."

"Mi mujer estaba en el cuarto de Montse, y -recuerda José Cañadell- yo la oía cantar y reír. Entonces Jorge preguntó desde su habitación: ¿Qué estáis celebrando? Y ella dijo en voz alta, muy divertida, haciendo alusión a que el 14 de febrero, además de ese aniversario, es el día de San Valentín:

-Pero, Jorge, ¿no te has enterado que hoy es el día de los enamorados?"

"Ahora, en la distancia, aquella situación, aquel comentario de Montse Amat, pueden parecer dramáticos, tremendos... pero entonces no: lo llevábamos todo como la cosa más natural del mundo, especialmente Montse. No hay mérito alguno por nuestra parte: ella nos lo hizo todo muy fácil..."

"Ella nos lo hizo todo muy fácil". Es decir: Montse procuraba evitar todas las situaciones dolorosas que se dan con frecuencia a lo largo de una enfermedad mortal. Una mañana, cuando vino el doctor, mientras le tomaba la presión, le preguntó directamente:

-"¿Cómo estoy?"

Todos se miraron entre sí. El doctor Cañadell, tras una breve pausa, comentó:

-"Vas marchando".

Se hizo un silencio embarazoso. Nadie sabía qué decir. Hubo un cruce de miradas... Montse solucionó la situación al momento: tomó un estuche negro -útil, pero de diseño no muy estético- que el médico había dejado encima de la cama y le comentó a su padre, con humor:

-"Fíjate Papá: qué estuche tan mono..."

"Pocos días después -continúa su madre- el 22 de febrero, me preguntó:

-Mamá, ¿verdad que tú pides mucho por mí?

-¡Claro! -le dije- Pero tú, ¿qué quieres que pida? Que el Señor te ayude a sufrir, ¿verdad?

Asintió con la mirada. Entonces le pregunté:

-¿No te da pena irte?

Reaccionó enseguida, con una energía sorprendente, aunque estaba agotadísima:

-¡No! ¡No!"

La raíz de la alegría

Lía recordaba que Montse "vivía la Misa intensamente y cuando ya no pudo asistir, a causa de su enfermedad -y un sacerdote iba a llevarle la Comunión todas las mañanas-, ofreció esa renuncia como un acto de mortificación". Se limitaba a leer en el misal la Misa correspondiente a aquel día y a unirse a las intenciones del sacerdote.

El doctor Cañadell recuerda un hecho cotidiano donde se encuentra la raíz más profunda de la alegría de Montse: "recibía a diario la Comunión y se confesaba con frecuencia. Lo sé porque a veces mi visita coincidía con la del sacerdote y yo tenía que esperar a que terminara la acción de gracias tras la Comunión".

A veces, por el peso del cansancio y de las noches sin dormir, durante esas acciones de gracias después de comulgar se quedaba dormida. Pedía siempre que la despertaran. Explicaba que la Comunión le daba fuerza para seguir luchando: sin la Eucaristía no podía vivir.

La Eucaristía, la Confesión, "el Sacramento de la alegría": ésas son las claves fundamentales para entender la raíz última de la sonrisa de Montse. En esos sacramentos y en su vida de piedad encontraba la fuerza, la gracia, el sentido profundo para sobrellevar su dolor. ¿Qué habría hecho sin la Eucaristía?, se preguntaba. ¿Qué habría hecho sin poder recibir al Señor diariamente?

"No había más que verla vivir las normas de piedad -escribe Pilar Martín- para saber de dónde procedía su fuerza".

El sacerdote que le llevaba la comunión advirtió que Montse repetía con frecuencia: "Hágase la Santísima Voluntad de Dios", y otras jaculatorias que guardaban un eco inconfundible de las palabras del Fundador del Opus Dei, como: "Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. -Amén. -Amén..."

23 de febrero. La última fotografía

"Esta es la última fotografía que le hice -comenta su padre- el día 23 de febrero. Anteriormente le había hecho otra, con el pelo largo, junto con su madre".

"Pensamos en la conveniencia de cortarle el pelo -recuerda María Teresa- porque, largo como lo llevaba, se le enredaba mucho y nos parecía que con el pelo corto estaría más cómoda. Antes de hacerlo, y con esta disculpa -aunque no le hacía mucha gracia-, nos dejó que le hiciéramos alguna fotografía".

Esto era fruto también de la caridad con los demás. "Quería tener el cabello siempre limpio -recuerda Marisa-; pero como vio que en la cama nos resultaba muy incómodo lavárselo, aunque le gustaba llevar el pelo largo se lo cortó..."

"Yo la miraba -continúa su padre- y me quedaba absorto... era como si aquella hija mía hubiese madurado de repente humana y espiritualmente... Todo ese camino de identificación con Dios que a cualquiera de nosotros nos cuesta la vida entera, ella lo estaba recorriendo rápidamente, casi sin darse cuenta, durante aquellos pocos meses de su enfermedad...

Yo veía, asombrado, cómo, día a día, se iba acercando a la muerte que siempre había deseado para mí: con aquella presencia de Dios, con aquel abandono propio del espíritu del Opus Dei, con aquel afán apostólico y aquel olvido de sí que la llevaba a no pensar más que en los demás, a no quejarse durante aquellas curas tremendas, a estar pendiente de que su madre descansara... y siempre con aquella alegría formidable que no permitía que estuviésemos tristes...

Para que estuviésemos siempre alegres llegó a hacer incluso lo que más le podía costar físicamente: bailar. No se me olvidará nunca aquella mañana. Como había que curarla a primeras horas del día, yo dejaba el despacho durante un tiempo porque para realizar esas curas se necesitaban tres personas, por lo menos. Ella no quería que dejara de trabajar para venir a cuidarla y me reñía cariñosamente. Un día la sostenía de pie, en el pasillo, esperando a que terminaran de hacerle la cama. Estaba ya muy mal, muy débil... Debió verme un gesto de pena; no sé, el caso es que, para que yo no sufriera, me dijo: 'Papá, ven, que vamos a bailar...'. Me tomó del brazo y quiso que bailáramos unos momentos..."

Aquel mismo día 23 de febrero, fue a visitarla Lía, que había tenido que ausentarse unos días fuera de Barcelona.

"Lo primero que hice al llegar fue ir a ver a Montse -recuerda- y me quedé horrorizada. Estaba como muerta. Casi ni abrió lo ojos cuando entré. Estaba su madre que me dijo que me hizo una seña para que me sentara y me callara.

Había pasado uno días malísima y me dijo que había pensado que tendrían que llamarme...

Estaba muy preocupada porque en aquella situación no podía hacer bien las Normas de piedad... Yo la tranquilicé, diciéndole que su oración actual era darle al Señor su sufrimiento con generosidad.

Me dijo que ya lo hacía

-Por las noches, cuando no puedo dormir, repaso una por una cada una de vosotras..."

El cansancio y el dolor la iban venciendo. Y aunque, como señalaba el Dr. Manuel Vall, "luchó heroicamente por cumplirlas todas, a pesar de lo difícil que era esto en sus circunstancias", cada vez tenía menos fuerzas físicas para hacerlas. Pidió que viniesen a verla algunas amigas suyas y la ayudasen a rezar; sobre todo algunas por las que rezaba especialmente para que Dios les concediese la vocación: quería hacer todo lo posible por removerlas para que se entregasen a Dios.

Aunque estaba agotada, no descuidaba los pequeños detalles de su vida de piedad con Dios. Ahora que todo le costaba más, procuraba poner más amor, preguntando todo lo que no entendía. "Recuerdo -cuenta María del Carmen- que una tarde le estaba leyendo 'Historia de un alma' de Santa Teresita de Jesús, y que a veces, después de la lectura del Evangelio, me preguntaba por los pasajes y los términos que no entendía bien, por ejemplo cuando el Señor habla de la piedra angular".

Intentaba rezar bien el Santo Rosario, y todo aquello que se refiriera a la Virgen. "La devoción a la Santísima Virgen -recuerda Lía- fue (...) como la música de fondo de su vida de piedad". Y a pesar de que se encontraba cada vez más desfallecida, cuidaba con esmero la oración, y anotaba en su pequeña libreta los propósitos de lucha que sacaba tras el examen de conciencia... El lunes 23 escribió por la noche: "Oración: mejor, con más ganas. Comunión: me ha costado mucho, pero he luchado. Santo Rosario: una parte bien, dos no..."

Montse llevaba asiduamente su examen de conciencia en una pequeña libreta azul, muy sencilla, en la que apuntaba cada noche sus propósitos de lucha. No era ningún "diario", porque no tuvo nunca esa costumbre.

"Una noche -cuenta María Teresa González, otra de las que le acompañaban-, cuando ya estaba muchos ratos del día como inconsciente, empezó como siempre a hacer el examen. Estábamos con ella su madre y yo. Se dio cuenta de que no había hecho todas las normas de piedad que solía hacer y casi llorando nos dijo que sólo había rezado dos partes del Rosario, y que no había rezado la Estación al Santísimo. La tranquilizamos y le dijimos que inmediatamente íbamos a empezar a rezar, pero ella, con voz de angustia, me comentó:

-Es que, ¿sabes?, no puedo.

-Pero, ¿tú quieres? -le pregunté.

-¡Claro que quiero!

-Entonces no te preocupes, nosotras rezamos y tú nos escuchas.

Se quedó tranquila: sólo rezamos la estación al Santísimo y siguió hasta el final las oraciones, con mucho fervor, aunque apenas se la oía".

Cuando rezaba...

"Cuando hacíamos la oración juntas, estando ella en cama -cuenta Carmen Salgado- me impresionaba verla; no hacía nada extraño, pero reflejaba algo especial".

Rosa advertía ese mismo "no sé qué". "Me llegaba al alma -cuenta- cuando rezaba. Cuando rezaba, era como, como... yo no sé cómo rezarán los santos, pero aquello para mí era como ver rezar a un santo. Porque en medio de un ataque de dolor horroroso, me decía de repente: 'Rosa, vamos a hacer la oración'. Y durante la media hora de oración, mientras yo le leía algún libro espiritual, estaba como... no sé... yo tenía la sensación de que estaba muy cerca, muy cerca del Señor. No sé cómo explicarlo. A mí me impresionaba..."

"Yo no podía comprender cómo podía estar tan quieta, tan devota, sufriendo tanto dolor... Y así, cada día más. A lo largo de la enfermedad la vi unirse con el Señor minuto a minuto. Fue un cambio tan rápido, tan profundo, que un día le pregunté:

-Montse, ¿tú eres la misma de siempre, verdad?

Entonces me contesto que sí; pero que sentía la inminencia del Cielo y aquello la espoleaba a luchar...

Me asombraba ver cómo se había identificado totalmente con la Voluntad de Dios: me decía constantemente que todo lo que Dios nos envía había que aceptarlo como venido de su mano. Y ella se dejaba llevar de la mano de Dios. Me estaba enseñando con su propia vida lo que nos decía nuestro Fundador: que tener la Cruz es encontrar la felicidad y la alegría; es identificarse con Cristo, ser Cristo, y por eso, ser hijo de Dios. '¿Y qué puede temer un hijo, si sabe que su Padre es Dios?'"

"Era muy agradecida. Y el día que me despedí de ella me dio las gracias por todo; me aseguró que en el Cielo rezaría especialmente por mí, para que continuara siendo feliz; y me dijo unas cosas tan bonitas, tan bonitas, que no las olvidaré nunca..."

"Al final, en las dos últimas semanas, me dijeron que estaba muy agotada y que era mejor que no fuera a verla. Querían que descansara en aquellos últimos días, tan dolorosos..."

Tuvieron que reducir el número de visitas porque durante aquellas últimas semanas se habían sucedido sin cesar las visitas de sus amigas. "Cuando oíamos el ascensor -recuerda su madre- nos quedábamos en suspenso, y respirábamos aliviadas cuando no llamaban a nuestra puerta... En nuestro mismo rellano vivía un médico, que recibía visitas tres veces por semana; y al oír pasos decíamos: 'Hoy tiene visita el Doctor Sáenz'. Pero fallábamos muchas veces; y la habitación se llenaba de amigas. Montse, aunque estuviera rendida, las recibía siempre con una sonrisa; y aunque le costaba mucho hablar, intentaba decirles siempre algo que las acercara a Dios. Pero al final, cuando se iban, le cambiaba el gesto, se quedaba desfallecida; y me decía:

-No podía más, mamá. No podía...

Yo intentaba que no las recibiera a todas. Pero ella nunca tuvo un no... Un día vinieron a verla dos amigas y me dijeron:

-No le diga que estamos aquí. Dígale sólo que hemos telefoneado para ver si podíamos venir.

Yo preferí decírselo con toda claridad.

-Montse, han venido dos chicas que quieren verte. Ellas creen que tú no sabes que están aquí, así que dime con toda libertad, Montsina. ¿Te apetece que entren un ratito? Si no te apetece, no las recibas...

-Mamá -me contestó-, no estamos aquí para hacer lo que nos apetezca; que pasen".

Aunque la vida se le iba, esas visitas se desarrollaban siempre en un clima de serenidad y de alegría: "Todas las personas que iban a verle durante su enfermedad -comenta Montse Amat- salían impresionadas. Una de sus amigas comentaba: 'Cuando yo iba, salía siempre con paz y con deseos de ser mejor, nunca con tristeza'". Ya lo decía una amiga de su madre, Montserrat Raventós: "es que visitar a Montse, hace mucho bien".

Muchas veces empezaba a rezar y se dormía, rendida por el dolor. "De repente, se despertaba un poco y decía a su acompañante: '¿Por qué no me llamas? ¿No ves que no he terminado aún la oración?' Para tranquilizarla le decían que no se preocupase, que ofreciera aquella contrariedad y eso le valdría como oración. Y contestaba (...):

-Bueno, así todo el día estoy haciendo oración, porque lo ofrezco todo. Pero yo quiero cumplir el plan de vida".

-"La oración, sabes -le comentaba a Lía-, se me hace pesada; no puedo coordinar ideas; quiero, pero estoy tan tonta..."

-"No te preocupes, Montse. La oración más agradable a Dios es precisamente el ofrecimiento gustoso de tus sufrimientos. Acuérdate de ese punto de 'Camino': 'Para un apóstol moderno una hora de estudio es una hora de oración'. Y a ti el Padre te diría seguramente que una hora de sufrimiento es una hora de oración".

-"Sí. Es cierto -dijo con tono algo triste-. Es lo único que le puedo ofrecer..."

-"Pero Montse, ¿no crees en el valor del sufrimiento?"

-"Sí, pero es tan poco... Pero así es nuestra vida: irnos entregando como nos dice el Padre, exprimidos como un limón..."

"En esos últimos días -cuenta Montse Amat- estuve mucho con ella porque Lía y yo nos alternábamos para cuidarla durante la noche". A Montse Amat le impresionó el vivo interés de Montse por hacer las prácticas de piedad de su plan de vida cristiana: "Cuando ya no sabías qué hacerle, te preguntaba con gran paz:

-Oye, y si hiciéramos una norma de piedad, ¿qué tal?"

Estaba preocupada por las que se quedaban a cuidarla durante la noche: "Nos preguntaba siempre -cuenta una de las que la acompañaban- si pasábamos frío, y nos decía que tomáramos algo... A veces la oía susurrar en voz baja. '¿Quieres algo, Montse?', le preguntaba.

-No -me contestaba-. Estoy diciendo jaculatorias..."

Recuerda Montse Amat que uno de aquellos días comenzaron a rezar el Rosario: "Yo, viendo cómo se encontraba, le pregunté si se encontraba con fuerzas para rezarlo, y ella me dijo: 'sí, sí, quiero rezarlo'. Montse rezaba en silencio y cada vez que terminaba un avemaría, me hacía una señal para que yo pudiese continuar".

Le costaba cada vez más sostener una conversación prolongada; pero si por cualquier causa debía quitarse el anillo -aquel anillo que le recordaba que debía ser fiel a Dios dentro del Opus Dei- extendía la mano para que se lo pusieran. Y si el crucifijo -el crucifijo que le había regalado el Fundador- se perdía entre los pliegues de las sábanas, lo buscaba hasta encontrarlo y lo besaba con cariño. A veces, cuando subía las sábanas, sólo usaba dos dedos -era un gesto característico suyo- porque tenía el crucifijo en la mano... "Lo quiero tener cerquita -le comentó a Lía-; por las noches es cuando más lo necesito".

"Una noche, después de hacer el examen de conciencia -cuenta una-, al cabo de un rato alargó la mano buscando algo. Yo le pregunté qué quería. Me indicó que se nos había olvidado el agua bendita'. Tenía la costumbre de rociar la cama con este sacramental, invocando a Dios para que la protegiese durante la noche". Esta es una de las devociones seculares del pueblo cristiano que viven los miembros del Opus Dei, y que ha sido recomendada por muchos santos, entre ellos Santa Teresa, que decía que "de ninguna cosa huyen más los demonios para no tornar".

A pesar de su estado de agotamiento general, no se olvidaba de los demás. Estaba preocupada por que su madre descansara. Una noche, nada más llegar Lía, le dijo:

-"Lía, tendríamos que conseguir que mamá se acueste. Ella quiere quedarse siempre en el primer turno y yo no quiero, porque es cuando más os doy la lata, ¿sabes? ¿Verdad que no te sabe mal que hagamos trampas? ¿Qué te parece si cuando venga mamá y nos diga que ella se va a quedar en vela hasta las cinco, yo le digo: 'lo echaremos a suertes, por medio de unas pajitas'? Mira, ésta es la mano que tienes que señalar. Luego, yo te diré las medicinas que me tienes que dar y así ella podrá descansar..."

"Esta mañana estuve con Montse -escribía Lía a Pepa Castelló-. Queríamos escribirte, pero nos ha sido imposible. No sabes el trabajo que tenemos todos los días allí. Se despierta todos los días muy tarde y después empieza (...) la cura, que dura aproximadamente dos horas, haciéndole pasar un rato infernal. Desde hace una semana la cosa ha ido empeorando. Está llagada y supurándole la pierna por todos lados. Pero sigue tan maja.

Cada día es una sorpresa, ya que nunca sabes cómo la vas a encontrar. Hay días que está animosa y parece que pasa el día bien. Y al cabo de un cuarto de hora se encuentra fatal, pero ¡si vieras cómo sabe aprovechar esos ratillos! Se acuerda de todo el mundo. También de Italia (...), escribidla muchísimo. Le hace gran ilusión.

Vamos todos los días tres de nosotras. María Campí, una Supernumeraria, una tía de ella y su madre. Toda esa gente es la que nos trasladamos todos los días allí y créeme que no sobra nadie. Ahora ya hemos establecido un turno continuo entre nosotras (...) para que no esté nunca sola. Es edificante como sabe llevarlo".

Un abrazo de despedida

"El día 8 de marzo -recuerda su madre- le dije por la mañana:

-Montse: habíamos pensado, si a ti te parece bien, que te administraran esta tarde la Extremaunción... Ya sabes que es un Sacramento de vivos, ¿verdad? y como estás ahora en plenas facultades... Y además, entre otras cosas, este Sacramento es para pedir la salud del cuerpo, si conviene...

-Lo que vosotros queráis, me contestó enseguida".

"Estábamos a su lado Lía y yo. Luego estuvo unos momentos callada y le preguntó a Lía:

-Lía, tú ¿cómo me ves?

-Yo... te veo muy mal -le contestó-. Y tú, ¿cómo te encuentras?

-Pues... verdaderamente me encuentro más débil, más agotada, sin fuerzas...

A continuación puso una cara muy risueña, como divertida. Lía se sorprendió al ver ese cambio:

-No -le dijo sonriendo-, no te creas que me río de ti, Lía; es que me hace gracia la cara que pones.

Se quedó en silencio. Al rato me preguntó, refiriéndose a su muerte:

-¿Y qué pasará, mamá? ¿Cómo pasará?

-Montse, yo creo que pasarás del sueño al Cielo.

(Se lo dije muy convencida de que podría muy bien suceder así, porque en los ratos en que se quedaba medio adormecida, me sentaba a su lado, le tomaba la mano y le controlaba el pulso...)

-¡Qué cómodo, sin sufrimiento!, me comentó, con cara de preocupación".

-"¿Cómodo?, le dije, extrañada; Y empecé a enumerarle todas las incomodidades que estaba sufriendo: las curas, la sed, la inapetencia, el no poderse mover...

-Sí, todo eso es cierto, pero es tan poco... ¿No tendrán que operarme o hacerme algo? Porque así, qué fácil es morirse..."

"Entonces me sonrió de nuevo, se quedó en silencio y me dijo:

-Oye, pues si es así, no nos vamos a poder despedir.

-¿Quieres que lo hagamos ahora?, le pregunté.

-Sí, sí.

Entonces me arrodillé junto a la cama y nos dimos un larguísimo abrazo..."

"...Después de aquel abrazo de despedida -continúa contando su madre- comenzó a empeorar, de tal forma, que se ahogaba... Y yo sufría mucho pensando en la posibilidad de que se muriese asfixiada. Me daba mucha pena que en el último momento pudiera pensar que su madre la había engañado... porque el doctor Cañadell me había dicho que la muerte podría sobrevenirle en uno de esos ahogos..."

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