Una lamparilla que se consume

Índice: Isidoro Zorzano

Ver y escuchar a Zorzano aprovecha como unos ejercicios espirituales. Durante las vacaciones de Semana Santa, lo visitan muchos jóvenes que acaban de solicitar ser admitidos en el Opus Dei. Zorzano les fortalece en su decisión de entrega. Sus palabras revisten la impresionante autoridad de un moribundo, cuando les hace notar que «el Señor es el mejor amo; y el servirle, el mejor negocio. ¿A ver qué negocio hay que dé acá el ciento por uno». Salen del cuarto entusiasmados por «arrimar el hombro» en las tareas apostólicas.

Hablando con los más jóvenes. «¡Qué terrible habría sido decir ‘non serviam’!» Un libro muy pesado. Eclesiásticos edificados.

Si disponen de tiempo, Isidoro se emplea a fondo. Les habla de fidelidad al Señor: «Hay que ser fieles, muy fieles... Hay que mirar a la Señora que, cuando pronunció su fiat, se entregó del todo a Dios. Pues así nosotros: Serviam!». Pensando en su propia vida, exclama: «¡Qué terrible habría sido decir non serviam!». Esa fidelidad es la que permite contemplar la muerte próxima como un simple cambio de domicilio. Tampoco se preocupa mucho por el tiempo que le quede: si los médicos dicen que un mes, «pues bien, un mes. ¿Qué tres días? Pues tres días. Todo en manos del Señor». Pero suele aclarar: «No tengo prisa; cuando Él quiera». Y bromea sobre su llegada al cielo. «Lo primero que haré es verme con San Nicolás... Me parece que no ha acabado de ver el problema. Le diré que nosotros no queremos nada»: únicamente los medios para servir a las almas.

Evoca los tiempos cuando sólo eran un puñadito y el Fundador les señalaba que algún día comprenderían la grandeza de lo que llevaban entre manos: «veo las cosas con claridad». El Señor —comenta— ha ido enviando las vocaciones conforme hacían falta. «Se ha trabajado mucho, pero aún queda por hacer». Al enfermo le ilusiona pensar que, a la vuelta de cincuenta años, sus hermanos podrán ir a cualquier parte del mundo y encontrar allí gente del Opus Dei.

Estas perspectivas no significan una vida cómoda. Isidoro sabe, por experiencia personal, que «la tentación vendrá»; pero nunca faltará gracia de Dios para vencerla: «Vendrán, dice al visitante, los momentos difíciles: entonces recuerda esta charla que hemos tenido». Le aconseja ser muy sincero en la dirección espiritual. Quien escuche la humilde confidencia «no se va a asustar, porque —siendo miserables— no podemos dar otra cosa que miserias». Esa sinceridad debe aplicarse incluso a los detalles pequeños, que cuando llega la muerte se calibran en su justo valor: «Todos hemos de pasar por esta hora; y lo que antes parecía insignificante, toma ahora proporciones gigantes». El enfermo no exagera la proximidad de su fin. De hecho, han llevado al Sanatorio un misal que contiene la Recomendación del alma. Parece prudente tenerla a mano.

El ingeniero no se recata de manifestar su paz interior. Si, de acuerdo con lo que la gente considera el éxito, hubiera perseguido como meta una brillante posición, «luego llega la hora de la verdad, la hora en que no vale mentir y ¡cuántas preocupaciones!» ante la perspectiva de rendir cuentas a Dios. «En cambio a nosotros no nos pide el Señor cuenta de nada, ...porque nada poseemos. ¡Qué tranquilidad y qué Amor!»

De vez en cuando, procura relajar el tono serio de la charla. Pregunta qué libro ha traído su joven acompañante, para estudiar. «La Química Orgánica de Karrer. —¡Qué cosa más pesada! ¡Yo nunca pude con ella!». Y a un recién llegado que se interesa por si duerme bien, le señala el tomo: «Como no puedo dormirme, me ha traído este libro para ver si lo consigo». Efectivamente, ha pasado la noche anterior sin pegar ojo y repitiendo bajito: «¡Ay, Dios mío!». Por la mañana explica: «Estoy como los niños pequeños: hago de la noche día y día de la noche. Anoche me dieron inyecciones y píldoras para dormir. Está visto que estos medicamentos, como mis chistes, hacen efecto a las doce horas».

Los visitantes ríen y se conmueven al comprobar la serenidad de un moribundo que gasta bromas a cuenta de su propio malestar y del nuevo régimen alimenticio. Alguien sugiere que le sentará muy bien el yogur, porque no necesita digerirlo. Zorzano, que conoce las costumbres de su estómago, advierte con dudosa convicción: «Eso dicen los autores...». Él lo va pasando entre jadeos, que también procura enfocar con buen humor: «Te daré envidia...», dice a un muchacho aficionado al yogur. Y añade: «Yo tengo sobre ti la ventaja de que lo tomo con música».

Con la misma «música» desgrana sus consejos a Ignacio Orbegozo, estudiante de Medicina, que lo acaba de conocer. Zorzano ha pedido que les dejen solos. En voz baja le habla del amor a la Santísima Virgen. Después se refiere a la necesidad de vivir, también amorosamente, el espíritu del Opus Dei: «Cuando un día el Señor nos llame, como me llama a mí ahora, sentiremos esta paz y alegría que sólo puede ser el fruto del que, en la vida, le ha sido fiel». Y añade: «Sólo por alcanzar esta paz en la última hora, ¡bien se puede hacer lo poco que por el Señor hacemos!».

Por último, le insiste en que quiera mucho al Padre: «Me hizo ver cómo él [el Fundador] llevaba el gran peso de la Obra; cómo él se preocupaba de todos y de cada uno en especial; y cómo era imprescindible que nosotros le amásemos a él con un amor muy grande y varonil, pidiendo a Dios que cargase sobre nosotros una parte de la pesada Cruz que el Padre llevaba sobre sí con tanto amor y tan calladamente». Subraya que deben encomendar al Fundador en el memento de la Santa Misa y ofrecer muchos sacrificios por su persona e intenciones.

Acompañar durante un rato a Zorzano induce a la confidencia: «Un amigo mío —recuerda Manuel Botas— apenas entabló conversación con el Siervo de Dios, le comenzó a hablar de su vocación». A Isidoro le gusta charlar con estudiantes que presentan inquietudes de una mayor dedicación a Dios. Si en ellos comprueba signos de auténtica llamada divina, prolonga el diálogo con el fin de animarles a dar el paso. Varios recordarán, por ejemplo, su charla, el Domingo de Ramos, con un catalán a quien habla «de la alegría, paz y tranquilidad que se siente al morir, cuando se ha vivido entregado a Dios». El muchacho sale del cuarto impresionado y más adelante pedirá ser admitido en el Opus Dei.

También su confesor, el agustino Fray José López Ortiz, catedrático en la Universidad de Madrid y después Arzobispo, se siente aguijoneado —«¡Qué envidia!»— por la santidad del enfermo, «bien santo, como yo bien sé».

La misma maravilla experimentan otros sacerdotes que lo tratan. Así, el P. Toral, Rector de los Escolapios, alguna vez le lleva la Comunión y pondera después la impresión de santidad que le produce. También el dominico P. José Manuel Aguilar señalará cómo «las veces que había penetrado en el alma de Isidoro había quedado con mucha envidia».

Más bromas sobre la comida. «Es inútil tratar de engañarme». Mes de mayo: una flor para la Virgen. La oración a su hora. Álvaro en Roma. Rezando por los perseguidores. Visitas de Prelados

De todas maneras, el Señor no quiere todavía llevarse al ingeniero que, dentro de la gravedad, experimenta cierta mejoría. El Beato Josemaría, que debe viajar fuera de Madrid, le «prohíbe» agravarse durante su ausencia. Zorzano, siempre obediente, cumple la indicación. Tanto, que vuelven incluso a darle alimento sólido; sin dejar del todo las raciones de yogur, porque la leche no le sienta bien.

Un acompañante le pregunta cómo es posible que, no tolerando la leche, tome tanto yogur. Isidoro aclara sigilosamente la situación: «Sí, pero es que el yogur... también me sienta mal». Un día, para merendar, le sirven kefir. A fin de paliar el amargor ponen una generosa dosis de azúcar. Alguien bromea: «Te va a salir la solitaria». El enfermo disipa los temores: «¡Quiá! ¡Se moriría de hambre!». Por estas fechas, pesa 40 kilos. Pero también hace chistes sobre su delgadez. Uno de los médicos cuenta que han puesto a su bicicleta varios accesorios, y se queja: «¡Hay que ver lo que se notan unos kilos de más!». «¡Y de menos!», puntualiza Isidoro divertido.

El alivio, circunstancial, no significa un retroceso del mal. Como dirá el doctor Serrano, en medio de altibajos, la enfermedad «iba cumpliendo inexorablemente su evolución; la fatiga iba en aumento; la fiebre de 39 grados continua, sin remisiones; la inapetencia progresiva iba debilitando cada día más al enfermo».

El médico pretende disimular la situación: «Para mí —dice— era muy violento hablarle claramente de la muerte, [...] porque el médico [...] debe hablarle claro si el peligro es inminente; y por entonces Isidoro no se hallaba aún en este caso. De modo que yo trataba de engañarle [...] y cada día le fingía una falsa mejoría».

Zorzano parece asentir, con frase de doble sentido: «Ya me queda poco tiempo que sufrir y pronto estaré tranquilo y sin molestias de ningún género». Pero, como el doctor repite a diario la cantinela, Isidoro decide ahorrarle los esfuerzos y, sonriente, dice: «¡Cuánto te agradezco tu buena intención! Pero es inútil tratar de engañarme. Sé, desde hace mucho tiempo, que no podéis hacer nada por mí. Estoy en las manos de Dios y francamente contento». En su réplica no hay asomo de orgullo: «No cabe duda de que es el Señor el que me da esta paz y esta alegría —dice a menudo—. No cabe duda de que es Él».

De su enfermedad le apena el incremento de trabajo para quienes lo atienden y el gasto que supone para la Obra su larga hospitalización. Ahora bien, aunque conoce de primera mano las estrecheces económicas del Opus Dei, ya no deben preocuparle: hace cinco meses le descargó Dios de los cuidados administrativos. Y se limita a rezar por ellos. El secretario de una residencia subraya cómo Isidoro, desde que ingresó en el sanatorio, «nunca me preguntó nada por la administración de mi casa, que hasta entonces seguía al detalle. [...] Me admiraba su desprendimiento en aquella esfera», que había sido de su competencia.

El enfermo no tiene nada propio. Cuando muera, sólo será titular «indistinto» de una cuenta corriente y de un depósito de valores, propiedad de su madre. Isidoro, delicado en la observancia del cuarto Mandamiento, ha venido velando por los intereses de doña Teresa, que le pidió figurar, con ella, como fideicomisario de dichos bienes: lógicamente, no pasarán a los herederos del ingeniero, sino a la familia Zorzano. Se mantiene la titularidad para ocultar a la señora la enfermedad del hijo, que insiste: «No se lo digáis a mamá»; y advierte: «A fin de cuentas, me seguirá muy pronto». (De hecho, sin conocer la muerte de su hijo, doña Teresa fallecerá cuatro meses después que Isidoro. La familia, que no esperaba un desenlace tan rápido, se sorprenderá por la certera premonición del ingeniero.)

A veces, Salus Zorzano coincide con el Padre y se ofrece a quedarse alguna noche velando a su hermano. Don Josemaría le hace notar que ella tiene un marido y dos niños a quienes cuidar. A Isidoro no por ello le faltará el cariño necesario: «Ya sé lo que usted quiere a su hermano. Pues bien —el Fundador sabe decir las cosas de modo simpático—, todos [los fieles del Opus Dei] le quieren por lo menos un poquito más que usted». Salus, en efecto, viene comprobando el afecto y atenciones de que Isidoro es objeto.

El enfermo procura vivir, mientras Dios quiera, el momento presente. En el mes de mayo, dedicado a la Santísima Virgen, pide que cada día le suban del jardín una flor nueva, para ponerla junto a la imagen de Nuestra Señora. Alguna vez la enfermera trae un puñado. Zorzano sonríe y aclara que basta con una flor: no se trata de adornar el cuarto, sino de tener una delicadeza filial con Santa María.

En el empeño por vivir al día, acomoda su horario personal al que siguen en su casa. El 7 de mayo por la tarde, cuando lleva una temporada sin conciliar el sueño, se queda dormido, con gran alegría del Fundador y de Álvaro, que lo acompañan. Se despierta unos minutos después de las ocho, mira el reloj y hace un gesto de contrariedad. El Padre pregunta qué sucede. «—Que se me ha pasado las ocho, responde, sin comenzar la oración». «Pero, Isidoro: ¿no estás haciendo oración todo el día y toda la noche?», le tranquiliza don Josemaría. «—Es verdad, Padre, pero el horario he de seguirlo como en casa, y a esta hora están haciendo la oración».

Álvaro dejará de visitar al enfermo durante unas semanas. El pasado 14 de febrero (1943) Dios nuestro Señor ha concedido al Beato Josemaría, mientras celebraba la Santa Misa, una iluminación fundacional extraordinaria. Le ha hecho comprender el procedimiento jurídico, buscado sin éxito desde tiempo atrás, para que los fieles del Opus Dei que se ordenen sacerdotes puedan, siendo clérigos seculares, incardinarse dentro de la Obra misma. La solución mostrada por Dios es la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparablemente unida al Opus Dei. De acuerdo con el Obispo de Madrid, el Fundador prepara los documentos que habrán de presentarse para que la Santa Sede conceda su nihil obstat. El 25 de mayo, en plena guerra mundial, Álvaro —Secretario General de la Obra— sale hacia Roma para solicitar la oportuna aprobación pontificia. Su estancia en la Ciudad eterna durará hasta el 21 de junio.

Desde que tuvo noticia del viaje, Isidoro viene rezando por el éxito de las gestiones. Se trata de un paso decisivo para la historia del Opus Dei y Zorzano sabe que todos los anteriores han estado salpicados de dificultades. Ahora continúan las insidias que algunos promueven contra la Obra y contra el Fundador. El enfermo sufre por esa ruptura de la fraternidad católica. El día mismo en que Álvaro ha volado a Roma, el ingeniero repite que, siguiendo el ejemplo del Padre, pide diariamente por los perseguidores: «para que el Señor los perdone y les abra los ojos».

Isidoro, que sabe propios los intereses de la Iglesia, reza por el nuevo Obispo auxiliar de Madrid: recién consagrado, Monseñor Casimiro Morcillo, buen amigo del Beato Josemaría, dedicará al enfermo una de sus primeras visitas. También acuden junto a la cama de Isidoro el Patriarca Mons. Leopoldo Eijo y Garay y el futuro Cardenal Arzobispo de Sevilla, don José María Bueno Monreal. Pero algunas de estas visitas las recibirá en otra clínica.

Junio: al Sanatorio de San Francisco de Asís. Asombro del médico y de las religiosas. Arrepentido de pedir una inyección. ¡Qué enfermedad más oportuna! La presencia de Dios continua, un problema resuelto

Con los primeros calores, preludio del verano, la estancia en el Sanatorio de San Fernando se hace insoportable. Delapuente, el autor de los cuadros de San Nicolás, recuerda una visita a Zorzano: su cuarto «era un horno, porque [la clínica] era un hotelito de dos plantas y estaba en la planta de arriba y le daba el sol todo el día. El pobre estaba dándose aire con una tapa de caja de zapatos y no se quejaba ni decía palabra». A Isidoro, señala otro, «todo le parecía bien; todo lo aceptaba con alegría [...]. Siempre la habitación que le daban reunía para él las mejores condiciones: la una porque era soleada, la otra por espaciosa, etcétera. Lo mismo con los sanatorios: en el primero le trataban muy bien. [...] Y luego, cuando estuvo en el otro, igualmente todo lo elogiaba y además reconocía la conveniencia del traslado».

Ahora bien, tanto el Fundador como sus hijos comprueban que el calor es inaguantable. A la vista de lo cual, el 2 de junio el enfermo es trasladado en ambulancia a otra clínica más habitable: el Sanatorio de San Francisco de Asís, dirigido por religiosas Franciscanas Misioneras de María, en el Paseo de Ronda (calle de Joaquín Costa). A Isidoro le parecerá que la nueva clínica está demasiado bien. Ocupa la habitación número 12.

Zorzano ha llegado en unas condiciones verdaderamente penosas: su desnutrición es terrible y sus crisis de fatiga respiratoria resultan angustiosas. «A todas nosotras, personas acostumbradas a ver enfermos», recuerda una de las religiosas, «nos sobrecogía el ver cómo se ponía». El personal, que acaba de conocer al ingeniero, no sale de su asombro. Isidoro «nunca necesitaba nada; para él todo estaba bien; nunca se quejó: ni de su enfermedad, ni de las enfermeras que le asistíamos», a quienes impresiona «su [...] santo ejemplo».

Al director médico del Sanatorio, le sorprende «su tranquilidad y actitud serena, por la que trataba de conversar —a pesar de la dificultad que en ello sentía— con unos y con otros, como queriendo dar la sensación de que no padecía lo que realmente sufría». A diferencia de los demás pacientes, que por cualquier motivo reclaman la presencia del médico, «no recuerdo que en todo el tiempo que allí estuvo me llamase ni una sola vez ex-profeso». Cuida, en cambio, de que sean atendidos los otros enfermos. Alguna vez, mientras lo asiste una religiosa, suena el timbre de un cuarto. Isidoro indica: «Vaya, hermanita, yo puedo esperar».

Esto suele suceder durante las interminables horas de las comidas que, trituradas, le llevan despacito a la boca. Lo ven —relata el doctor— «mediante grandes esfuerzos irlo ingiriendo y sólo cuando ya no podía más levantaba sus ojos y, suplicante, preguntaba a la religiosa, ¿Basta? Y si las religiosas decían que no bastaba, de nuevo emprendía la tarea con nuevos esfuerzos hasta terminar». En ocasiones se interrumpe para decir con dulzura: «Hermanita, se ha dejado una espina». Y espera hasta que se la quitan de los labios.

Rara vez pide algo. Las pocas ocasiones en que pulsa el timbre, para no molestar a otros pacientes, lo hace de modo tan fugaz que no llega a bajar su número en el cuadro de llamadas. Las religiosas acuden entonces, sin dudarlo, al cuarto de Zorzano: no hay otro enfermo tan delicado. En cuanto a las medicinas, «se abstenía de todo calmante en los periodos de dolor agudo y sólo forzándole conseguían las religiosas que se dejara poner algún calmante», dirá el médico, que finalmente descubre el secreto de Isidoro: «tener algo que ofrecer a Dios en reparación de tantas cosas». A decir verdad, el enfermo no rechaza los cuidados. Simplemente deja que decidan los demás. Cuando le preguntan si quiere un remedio que le alivie, responde: «Como a usted le parezca», sin manifestar su propio deseo. Toma los medicamentos sin averiguar lo que son, ni preguntar sus efectos.

Sólo se recuerda una vez en que, acosado por el dolor, pide una inyección. Inmediatamente se arrepiente: «No; no me la ponga. Soy un inmortificado...». Por otra parte, la Hermana no está facultada para tomar decisiones; pero, a la vista de la tortura que sufre Zorzano, eleva la oportuna consulta y le inyecta el calmante, con autorización de la enfermera jefe. Isidoro pedirá perdón a ésta por la iniciativa sugerida sin haber contado con ella.

Salvo en este caso, cuando el mal lo atormenta en serio, pide —todo lo más— un poco de agua de azahar y, sonriente, mira el Crucifijo que estrecha en sus manos. En alguna ocasión, al médico que ofrece un analgésico vigoroso, le responde apretando el Cristo junto al pecho: «Ésta es mi morfina». El doctor dirá que «para sobreponerse a todo, como él hacía, era preciso un verdadero heroísmo humanamente inexplicable». Tiene razón. Pero las religiosas sí comprenden la explicación que les da Zorzano: sus padecimientos —dice— no son nada al lado de los de Cristo en la Cruz. Para tener bien presentes los sufrimientos de Jesús, recorre a menudo la Pasión del Señor, con ayuda de un pequeño Vía Crucis, regalo del Padre, que hay sobre su mesilla.

Isidoro no «soporta» sus dolores: uniéndolos a la Cruz del Señor, los ve como un tesoro. «La verdad es —concluye— que mi enfermedad no ha podido ser más oportuna. ¡Con tantas cosas que hay que pedir!».

Tiene muy presentes las intenciones que, hace meses, le señaló el Padre. Así, reza por quienes se preparan para recibir el sacerdocio: «Es algo grande. [...] Hay que pedir mucho por Álvaro, José Luis y Chiqui», los tres que se van a ordenar. También —añade— «hay que encomendar lo de las mujeres». Las mujeres del Opus Dei llevarán, entre otras tareas, las labores domésticas en los centros de la Obra: los trabajos que, hoy por hoy, cargan sobre la hermana del Fundador. El enfermo no la olvida: «Hemos de pedir mucho por Carmen; le debemos mucho a Carmen». Se acuerda de las gestiones, en curso, para la aprobación del Opus Dei por la Santa Sede. Se acuerda de todo, incluido —¡cómo no!— su viejo anhelo por la conversión de Rusia. Son tantas intenciones, dice, que no logra dar abasto.

Para que dé abasto, Dios nuestro Señor amplía su tiempo de oración. Isidoro ya no duerme ni de noche ni de día. «La presencia constante de nuestro Padre Dios —había escrito hace años— es lo que le pido con más intensidad». El Señor le concede ahora ese don. Zorzano, efectivamente, «al caer en cama, estaba durante el día pendiente de Dios, pero decía con tristeza que por la noche se dormía. Mas esto fue sólo al principio. Cuando fue avanzando la enfermedad, ya sólo conseguía adormecerse. Entonces el reloj le sacaba de este estado de sopor y enseguida levantaba su corazón a Dios, lleno de alegría. Se podía oírle pronunciar jaculatorias en su inquieto duermevela». Pero al final, «ya no fue necesario el reloj porque, prácticamente, estaba despierto durante las veinticuatro horas del día: ‘¡Está resuelto el problema de la presencia de Dios constante!’, comenta gozoso». Todo el mundo puede aprovechar su vela orante; también las religiosas del Sanatorio. Sor Antonia de la Inmaculada recordará, por ejemplo, cómo —a petición de las hermanas— Isidoro pasa una noche rezando por dos franciscanos recién fallecidos en la misma clínica.

Despedidas hasta el Cielo. Incluso colgados los cuadros. Una ficha sobre carbones. La báscula de Diego de León. «Exagera la Hermana: debe de ser andaluza»

El Fundador dice a sus hijos que Dios conserva a Isidoro como una lamparilla que se consume ante el Santísimo: es la imagen que sugiere la vigilia permanente del enfermo, apenas un hilo de vida en un cuerpo exhausto.

Isidoro tiene que irse despidiendo. A finales de junio acuden al sanatorio varios estudiantes, que cumplirán este verano su servicio militar en Chapas de Marbella. «Me impresionó —escribe uno de ellos- su serenidad de espíritu, a pesar de su estado físico, del que daba prueba su enorme delgadez y su fatigosa respiración». Cuando se despiden, Zorzano cierra y abre los dedos de las manos para indicarles la cantidad de compañeros a los que debe llegar su celo apostólico. Apenas logran entender el susurro del enfermo: «¡Hay que moverse!».

En verano, además del ejército, hay otras razones para dejar Madrid: unos días de descanso, iniciativas apostólicas, visitas familiares... Uno de los que salen es Ricardo Fernández Vallespín, el antiguo Director de DYA, para substituir al cual vino Isidoro a Madrid en junio de 1936. Ahora —escribe Fernández Vallespín— «nos despedimos hasta la otra vida, con la misma sencillez con que se despiden dos hermanos que van a dejarse de ver una larga temporada». Todos los viajeros coinciden: «Nos despedimos con la seguridad de que no nos volveríamos a ver, y así me lo hizo saber, sin la menor tristeza. Su expresión era de paz y felicidad».

Zorzano, que ha instalado tantas residencias por encargo de don Josemaría, se dispone a «preparar la casa el Cielo». Impresionan su enorme fe y esperanza: «hablaba del cielo» —dice Albareda— «como yo podía hablar de la habitación contigua». Efectivamente, les asegura: «Cuando lleguéis vosotros, encontraréis hasta colgados los cuadros». Aparte de los muebles, promete ocuparse de todos: «Ahora sí que os podré ayudar desde la casa el Cielo».

Su meta próxima es la Gloria. Por eso, resultan fuera de lugar los disimulos. Así, cuando alguien se despide con falsa jovialidad —«Bueno, Isidoro, a ver a mi vuelta qué tal te encuentro»—, Zorzano pone cara de confusión. Fernando el pintor, que asiste a la escena, interpreta el gesto: «Eso quiere decir que os veréis en el Cielo». El enfermo asiente «vivamente con la cabeza, como diciendo: Eso es, eso es».

Su corazón está en el cielo, pero continúa sirviendo a los de aquí. Si las visitas llegan sofocadas por el bochorno, hace que les traigan unos refrescos; y, cuando nota que los beben ansiosamente, les aconseja calma, no vayan a sentarles mal.

El problema, de momento, es el calor. Pero, después de su muerte, volverá el invierno. En años anteriores fue Zorzano quien consiguió combustible para la calefacción de las residencias; y, casi agonizando, escribe de su puño y letra unas experiencias acerca del suministro de carbón.

Paco Botella contendrá difícilmente las lágrimas cuando Isidoro, días antes de morir, le indica que compruebe si una vieja báscula de Diego de León está bien protegida, para no estropearse con las humedades. El ingeniero conjuga lo humano y lo divino. Paco acaba de regresar de Roma, donde ha podido conversar con Pío XII. Zorzano, el primer fiel del Opus Dei que vio —hace diez años— a un Papa, le pregunta los detalles de la audiencia.

La casa del Cielo y el carbón de la tierra, la vieja báscula y el Romano Pontífice interesan al moribundo que lleva años tratando de santificarse a través de los asuntos cotidianos, tanto materiales como espirituales. Todo es obra de Dios, Opus Dei.

Le quedan tres días y sigue bromeando a cuenta de sus achaques. Después de tomar trabajosamente unas cucharadas de fruta, le sobreviene un fuerte ataque de tos. Pedro Casciaro hace venir a la religiosa enfermera de la planta. Incorporan al enfermo que, finalmente, logra expectorar. Queda tan rendido, que deben ponerle una inyección. La monja comenta: «¿Cómo no va a encontrarse usted fatigado, con el esfuerzo que ha hecho? ¡Si pesaba un kilo lo que ha echado!». Zorzano sonríe: «Exagera la Hermana. Debe de ser andaluza». Enseguida llega otra visita y el enfermo cuenta: «Acabo de dar el espectáculo».

Estas bromas no reflejan superficialidad. Isidoro se percata de la situación: «Si llego a estar solo, me hubiera ahogado», dice a Pedro. «Tienes que pedir mucho por mí; que pidan todos los de tu casa. No sé ofrecer cada una de estas cosas como quisiera». Casciaro le tranquiliza: «No te preocupes, si te olvidas alguna vez. ¿No lo tienes todo ofrecido desde hace mucho tiempo?». Zorzano asiente sereno: «Es verdad».

Pruebas interiores. «Pedir mucho por mí». Desahoga el corazón. Hablando del propio entierro. Últimas confidencias con el Padre

Desde hace unas semanas, Isidoro sufre grandes pruebas interiores: «Habéis de pedir mucho por mí» —insiste— «porque esto me está costando mucho y no lo llevo como debiera».

Cuando lleva hospitalizado seis meses largos, de docilidad ejemplar, confía un secreto: «He tenido horror siempre a la cama. En cuanto podía, hacía compatibles las enfermedades con el no estar acostado, porque la idea de no estar libre y poder moverme y hacer las cosas pendientes, me molestaba mucho. Y ahora... ya me ves, como encadenado a la cama». Durante su vida, cuando le ha venido el pensamiento de una larga enfermedad, se ha esforzado por dominar la imaginación: «Es una tentación que rechazo, como si fuera contra la pureza. Algunas veces, entre sueños, he tenido esta pesadilla y me he despertado dando un salto: cuando me venían pensamientos de que yo estaba toda mi vida sufriendo así, y cosas por el estilo». Ahora la «tentación» no es una simple trampa de la fantasía, sino una realidad. Por eso, agradece mucho que lo acompañen: «No conviene que me quede solo, porque comienza uno a pensar y a darles vueltas a las cosas...».

Como antídoto contra las tentaciones siempre aconsejó referirlas sinceramente. Personalmente, sigue practicando el remedio. El 9 de julio hace venir a José Luis Múzquiz, que coordina la atención del enfermo, pues necesita desahogarse: «No quiero molestar —dice— al Padre o a Álvaro para estas pequeñeces; pero noto que el Señor me aprieta las clavijas».

Múzquiz anotará sus recuerdos: «Lo encontré más desmejorado, cosa que me confirmó la Hermana enfermera al salir. Me dijo que desde hace tres días estaba bastante peor y que tenía ratos en que el pulso iba muy mal. Añadió que era un ejemplo constante para todas las Hermanas que le cuidan.

»Isidoro me dijo que [...] se encontraba peor y tenían que ponerle inyecciones para reanimarle el corazón todos los días; y a veces dos seguidas, pues una no le hacía efecto. A esto se une el que cada vez respiraba con mayor dificultad y se sentía sin fuerzas para comer ni para mover el vientre. También tenía mucha dificultad para rezar el Rosario, pues ya no puede más que mentalmente; y lleva unos 15 días sin poder leer las oraciones de la Misa, sino sólo seguirla mentalmente.

»Me dijo que no quería perder el espíritu sobrenatural pensando en esas pequeñeces de su enfermedad, que son secundarias, sin importancia. [...] También me dijo que estaba muy contento y que temía desperdiciar algún momento de su enfermedad y no ofrecerlo por la Obra. Especialmente por las noches —llevaba unas cuantas sin dormir— le preocupaba tener nerviosismo y no aprovechar bien todos los instantes.

»[...] Me repitió que estaba muy contento y me dijo que le dijera cosas para encomendar. Quería aprovechar todos los sufrimientos, porque luego ya no podría ayudar con ellos.

»Hablamos de Roma; de los campamentos [...]; de los exámenes; de los de Industriales; y de las casas nuevas que había que abrir. Me dijo en broma que en la casa del Cielo él llevaría también la administración y que la arreglaría bien para cuando fuéramos los demás. Me preguntó por la marcha de los trabajos profesionales y estudios de la gente, interesándose por todos los detalles.

»Se reía mucho y se ponía muy alegre cuando [yo] le decía que era un ‘enchufista’, pudiendo ofrecer su enfermedad por la Obra en estos momentos en que hay tantas cosas pendientes. Y lo mismo de contento se ponía cuando le decía que el Señor le llamaba pronto y que [yo] le iba a ‘dar mucho la lata’ cuando estuviera arriba, para que encomendara cosas».

Ciertamente, poco le queda ya de sufrir. A partir del lunes 12 se multiplican las crisis respiratorias; su debilidad es absoluta; doblar las piernas y estirarlas es casi el único movimiento que puede hacer él solo. No se queja. Las pocas veces en que pide algo suelen traerle una cosa por otra, pues las religiosas —dicen— «no lo entendíamos y le instábamos a repetir. Cuando al final terminábamos por decirle que no sabíamos lo que quería, él se quedaba tan manso sin que se le observara la menor señal de contrariedad o disgusto». Sí comprenden, en cambio, las jaculatorias que repite a menudo «¡Jesús mío! ¡Virgen Santísima!» sin perder «la misma sonrisa de siempre». «Yo no creo —asegura una Hermana— haberme encontrado con ningún otro enfermo como él».

Entre jadeos, el día 13, abre nuevamente su corazón —esta vez con Álvaro— para desahogar recuerdos que le pesan. Evoca las ocasiones en que considera no haber sido suficientemente fiel a Dios o generoso para el prójimo: cuando, durante la guerra, piensa que desatendió a la madre del Fundador, o cuando —también a su juicio— no la cuidó todo lo necesario en su última enfermedad. Álvaro queda persuadido de que Isidoro conserva la inocencia bautismal.

Conversan también sobre los extremos de su entierro. Zorzano quiere que se haga como disponga el Padre. Hablan con tal serenidad, que el mismo Isidoro comenta después: «Si alguien nos hubiera visto y hubiera sabido que estábamos hablando de mi entierro, se hubiera creído que estábamos locos».

Al día siguiente, hacia las doce del mediodía, Isidoro tiene una larga conversación, la última, con el Fundador. Como el enfermo apenas puede pronunciar palabra, es el Padre quien habla. Y lo hace, una vez más, acerca del Cielo, ahora tan próximo para Zorzano. Por la mente del agonizante desfilan los recuerdos comunes: el Instituto de Logroño; la tarjeta recibida en Málaga y el providencial encuentro en la calle Nicasio Gallego; los viajes, desde la ciudad andaluza, para conversar con el Beato Josemaría y las cartas del Fundador que tanto ayudaron al ingeniero a progresar en su entrega; la Academia DYA en la calle Luchana y la Residencia de Ferraz; la venida definitiva a la capital, a punto de estallar la guerra; las tribulaciones en el Madrid bélico; Santa Isabel, Jenner, Lagasca; los últimos días de retiro, en diciembre pasado; la noticia del diagnóstico; la Unción de enfermos... ¿Cuántas veces, desde agosto de 1930, el Padre le ha hablado del Cielo? No son sólo palabras; Isidoro ya casi lo toca con los dedos. Por eso, hace un esfuerzo para decir: «Sí, Padre. Estoy contento. Muy contento: de verdad. Esto se acaba y yo me voy a nuestra casa del Cielo. Allí me acordaré mucho de la Obra, Padre. Ya lo verá...».

Por la tarde no tiene alientos ni para las presentaciones entre su hermana y José Manuel Casas que acaba de llegar. Pero hace un esfuerzo para comentar con humor: «¡Miserias humanas!». Cuando marcha Salus, el enfermo pide a José Manuel: «¿Quieres ayudarme a rezar las Preces?». Se arrodilla Casas y las recita. Isidoro sólo mentalmente puede seguir el rezo.

La noche resulta penosa, como de costumbre: insomnio, ahogos, inquietud física... Sor Antonia se acerca de vez en cuando y le habla de lo pronto que llegará al Cielo. Isidoro susurra: «Así lo espero y lo estoy deseando vivamente».

Día 15 de julio. Última comida. Error en los turnos. La muerte de un santo: mirando el Crucifijo. Un rostro que refleja paz

El jueves 15 de julio, víspera de Nuestra Señora del Carmen, amanece caluroso. Zorzano, con voz apenas perceptible, saluda —«Federico»— al miembro del Opus Dei que lo acompaña. Lamenta no estar en condiciones de prestarle mucha atención: «Perdóname, pero...». Tiene los ojos entornados y, de vez en cuando, cambia la postura de los brazos. A intervalos, mueve también la cabeza. Poco antes de las 11, la religiosa de la planta pretende que tome algún alimento. El enfermo indica con un gesto que le resulta imposible. Media hora después llega Laureano López Rodó para substituir a Federico Suárez. Isidoro ya no es capaz de sonreír: apenas entreabre los ojos.

Federico recomienda a Laureano que no hable al enfermo. «Su cara era de moribundo, con los ojos medio entornados y la respiración fatigosa; el pijama estaba desabrochado y el pecho al descubierto. Hacía mucho calor». Un sorbo de agua lo reanima un poco. La Hermana le seca el sudor. Aunque le molesta que muevan su cabeza, Isidoro no muestra la menor impaciencia. Responde como siempre —«Bien»—, cuando la religiosa le pregunta qué tal se encuentra. A las 12 del mediodía López Rodó reza en voz alta el Angelus: Isidoro lo sigue, mirando hacia el Crucifijo. Por lo forzado de la posición, no puede ver la imagen de la Virgen. Laureano pregunta si no sería mejor cambiar la situación de la figura: Zorzano asiente. También contempla con agrado el pequeño Vía Crucis.

El acompañante cuenta una buena noticia: un catalán, como él mismo, acaba de escribir al Fundador pidiendo ser admitido en el Opus Dei. Zorzano, inexpresivo hasta ese momento, sonríe.

Llega Salus —a quien también dice que está bien— y, poco después, aparece la enfermera. Las dos mujeres están empeñadas en que tome algo. No se siente con energías ni para contestar. Sin embargo, hace un esfuerzo y asiente. Le dan un extracto de hígado, disuelto en agua, que bebe sin acusar el amargor. Después, con verdadero trabajo, toma un poco de mermelada. A continuación, la religiosa le alarga una tableta —ordinariamente suele ser sólo media—, mientras explica que se trata de ración doble, por la que no ha tomado antes. La primera reacción de Isidoro es musitar: «Eso no está bien». Pero el Padre le indicó hace meses que debía obedecer al personal sanitario, como ha venido haciendo. Por eso, rectifica inmediatamente —«No. Sí que está bien. Déme»— y alarga, con docilidad, la mano hacia el vaso. Para terminar, bebe el yogur y se enjuaga la boca. La enfermera pregunta si se ha cansado mucho: responde con un ademán negativo.

En realidad está agotado. Salus y Laureano lo ven sufrir en silencio. Tampoco ellos hablan. El enfermo dirige frecuentes miradas al Crucifijo. Ronda una mosca, que tratan de apartarle; señala con la mano hacia el armario sobre el que hay una pala ahuyentadora. Hacia la una de la tarde, dando por supuesta la pronta llegada de su substituto, marcha López Rodó: Isidoro lo despide sonriendo, con mirada cordial.

Comunican al Padre que Zorzano está peor. El Beato Josemaría manda a Francisco Botella para comprobar el estado del enfermo. Al rato de llegar Paco al Sanatorio, se va Salus. Zorzano se sobrepone al sopor, para demostrar al visitante que le satisface su presencia. Paco habla de las dificultades que hay en Barcelona para encontrar una nueva residencia y de la necesidad de rezar por esa intención. Isidoro asiente: lo tendrá en cuenta.

Botella estima —y así lo hace notar al Fundador— que Zorzano atraviesa solamente una de tantas crisis.

Entonces, al cabo de seis meses y medio en que siempre hubo junto a la cama del enfermo alguien del Opus Dei, sucede lo insólito.

Isidoro está muy grave. Un ordenanza de RENFE, que lo visitó ayer, anunció en la oficina que el ingeniero «estaba a punto de morir». Federico, nada más salir esta mañana del sanatorio, ha llamado a José Luis Múzquiz para advertir que le queda poco tiempo de vida. De todas maneras, quienes vienen siguiendo de cerca el curso de su enfermedad no lo ven agonizante: ¡incluso ha tomado alimento! Salus se ha marchado, y las últimas impresiones de Paco Botella son positivas. En cualquier caso, el Padre, que ha debido ir a un Centro de las mujeres del Opus Dei, telefonea a Diego de León para cerciorarse de si hay alguien con Isidoro; le dicen que puede estar tranquilo.

Pero se ha producido una confusión en los turnos de vela. José Luis Múzquiz, encargado de organizarlos, se atribuirá la culpa de que, en circunstancias especiales, algún acompañante salga del Sanatorio a su hora, aun cuando no haya llegado el substituto. Nunca hay problemas, ya que todos se esmeran en ser puntuales. Por otra parte, Múzquiz, en el fondo del alma, está persuadido de que Isidoro —¡ha ofrecido su vida por la Iglesia y por el Opus Dei!— no morirá sin ver la Obra aprobada por el Papa. El caso es que quienes viven en Núñez de Balboa tienen esa tarde una charla de formación ascética, y el enfermo queda un rato solo.

La Providencia, que se vale incluso de los errores humanos, ha decidido que Isidoro muera sin la compañía de nadie del Opus Dei.

A media tarde, cuando las hermanas, antes de servir las meriendas a los enfermos, hacen su ronda por los cuartos, advierten que Zorzano ha sufrido una brusca caída de tensión: apenas tiene pulso. Sor María Pía Clara informa a Sor María Rosa Inés, quien comunica la situación a la enfermera-jefe, Sor María Imana. Ésta llama por teléfono a Diego de León para informar del agravamiento. Chiqui Hernández de Garnica, Director de la residencia, recibe la noticia y telefonea inmediatamente al Centro donde está el Fundador, en la calle Jorge Manrique, muy cerca del Sanatorio. El Padre sale hacia la clínica.

Mientras Sor María Imana hace su llamada telefónica, las otras dos religiosas rezan las oraciones de los agonizantes. Y el ingeniero «con su inalterable paciencia, mirando al Crucifijo murió en pocos momentos». La enfermera-jefe alcanza sólo a contemplar las dos o tres últimas respiraciones de Isidoro. Salus, que por la mañana se fue inquieta y ha decidido acercarse al Sanatorio, asiste también a la «muerte dulce y tranquila», santa, de su hermano.

El Beato Josemaría es el primero que llega, nada más fallecer Isidoro. Al dolor de su corazón paternal, se suma el disgusto —«¡Tenía que estar solo!»— porque ningún miembro del Opus Dei acompañase a Zorzano en el momento de morir. De rodillas, reza junto al cadáver de su hijo mayor. Así, recogido en oración, lo encuentran los que vienen corriendo desde Núñez de Balboa, donde acaban de ser avisados y han interrumpido la charla de formación.

Chiqui, que ha tomado un taxi nada más colgar el teléfono en Diego de León, se presenta enseguida: nota que el aspecto del ingeniero «era tranquilo y su rostro reflejaba paz». A lo largo de las próximas horas, muchos subrayarán esta sensación: «Me impresionó con su expresión de paz. Tenía una sonrisa tranquila como cuando estaba vivo». Alguno que no ha visto nunca un cadáver teme sufrir un trauma desagradable, «pero ocurrió lo contrario, pues tuve la sensación de que veía a Isidoro durmiendo: la cara serena, normal».

Muy pronto aparece Álvaro; y también José Luis, consternado por el fallo de los turnos que él coordinaba. El Padre, lejos de reñirle, lo tranquilizará: ha sido el Señor quien ha querido privar a Isidoro del consuelo de morir acompañado por alguien de la Obra.

Amortajado como Nuestro Señor. Velatorio. «Don Isidoro era un Santo». Enterrado con los padres del Fundador. «Si Dios quiere, puede glorificarle». Epitafio en una hoja de agenda

Se rezan varios responsos y una parte del Santo Rosario. El Fundador, ayudado por los primeros que han llegado, amortaja los restos de Zorzano con una sábana, como fuera enterrado Nuestro Señor. En sus manos ponen el pequeño Crucifijo que Isidoro llevaba siempre consigo. En camilla y cubierto por otra sábana, trasladan el cadáver, a través del jardín, a la dependencia del Sanatorio donde se instala la capilla ardiente. Comienza la vela de oración.

Entre tanto, se comunica la noticia a quienes están fuera de Madrid. El telegrama, firmado por el Padre, dice: «Isidoro falleció santamente hoy siete tarde. Aplicad sufragios. Mariano».

Al principio de la vela nocturna, también las religiosas del Sanatorio se acercan a rezar el Rosario: su actitud no es la de unas enfermeras junto a un cadáver. Son almas entregadas a Dios que contemplan el cuerpo de un santo. Alguna lo dice sin recato: «Era un gran santo».

A los miembros del Opus Dei, que cubren las horas centrales de la noche, les acompaña un subordinado de Isidoro en la RENFE. En el curso de su vela, les parece apreciar los primeros síntomas de corrupción y deciden cubrir el féretro con la tapa de cristal. Comentan entre sí la envidia santa que les produce la muerte de Isidoro.

Por la mañana, el Fundador ofrece la Santa Misa en sufragio por el alma de Zorzano. No celebra con el formulario de difuntos, sino con el de Nuestra Señora del Carmen: tal como le hubiera gustado al ingeniero, que deseaba morir en un día de la Virgen. Todos están de acuerdo con lo que ayer dijo Carmen Escrivá: la Madre del Cielo ha querido llevar a Isidoro a «pasar su fiesta con Ella».

A lo largo del día 16, todo el mundo expresa su convicción de que ha muerto un santo. «¡Qué santo era! —exclama una señora—. ¡Era un santo completo! Yo no soy de su familia, pero estuve refugiada en su casa durante la guerra. ¡Era un santo!». El dependiente de un comercio, donde Zorzano solía comprar cubiertos para las residencias, llora desconsolado: «Don Isidoro era un Santo y yo lo había dicho siempre...». Un ingeniero, antiguo compañero de Málaga, dice: «Lo que más me ha impresionado en toda mi vida fue la visita al Sanatorio donde estaba Isidoro y la asistencia a su entierro»; «Se me quedó muy grabada la bondad que reflejaba Isidoro después de muerto». Los empleados de Ferrocarriles señalan que Zorzano «era un verdadero padre para ellos y al mismo tiempo un jefe magnífico». Cuando la noticia llegue a Málaga, los ferroviarios dirán: «Desde que murió don Isidoro hemos perdido un padre».

El entierro es a las 6.30 de la tarde. Antes de que se cierre la caja, el Padre manda levantar la tapa de cristal y pide unas tijeras. Ayudado por Chiqui, corta como reliquia un trozo del sudario. Un colega de Zorzano en los Ferrocarriles comenta: «Hace bien... Piensa, como yo, que es un Santo». Chiqui retira también el Crucifijo que Isidoro tiene entre las manos —el que lo ha acompañado durante su enfermedad— y lo substituye por otro.

La enfermera-jefe señalará: «nos llamó poderosamente la atención a las religiosas la gran concurrencia que acudió al entierro. Todos eran hombres. La concurrencia fue grande, como he dicho, no solamente con relación a otros entierros del Sanatorio (que no suele concurrir mucha gente), sino absolutamente: que acudió mucha gente, sin que yo pueda precisar la condición social de los asistentes». Eran fieles del Opus Dei, así como parientes y amigos del ingeniero. También asisten muchos de sus compañeros y subordinados en la RENFE.

Entre varios miembros del Opus Dei sacan a hombros el féretro. El día se ha vestido de luto: está tristón y desapacible. A pesar de ser el mes de julio, llueve y hace viento.

Abrirá el cortejo la Cruz alzada de la Parroquia de San Agustín, a cuyo territorio pertenece la clínica. Pero tarda en llegar y los empleados de la funeraria se impacientan. El Padre, pese a estar visiblemente afectado —no esconde sus lágrimas—, interviene con energía: no se tocará la caja mientras el párroco no haya rezado el responso acostumbrado. Aparece por fin la comitiva parroquial. Además del Fundador, acompañado por el P. José Manuel Aguilar O.P., presidirán el duelo Fernando Munárriz, marido de Salus Zorzano; el Secretario General del Opus Dei, Álvaro del Portillo; y Carlos Botín, Subdirector de RENFE.

Isidoro es enterrado en el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, en la misma tumba que guarda los restos de don José Escrivá y doña Dolores Albás, los padres del Beato Josemaría. Una vez colocado el ataúd en la fosa, el Padre echa la primera paletada de tierra. Mientras se rellena la sepultura, el Fundador y el P. Aguilar rezan las plegarias del Ritual.

La lápida dice: «Vita mutatur, non tollitur» (la vida cambia, no se quita). Tiene dos pequeñas cruces y dos fechas. Se añadirá una tercera cruz, con el día de la muerte de Isidoro: 15-VII-1943.

En el diario de Diego de León queda escrito: «Han sido días de natural emoción; tenemos corazón de carne y era —es— un hermano, el primero de los que actualmente estamos en la Obra. Ahora está en el Cielo. Ha ganado la carrera de modo envidiable». En la tertulia familiar, después de la cena, el Padre dice a sus hijos: «Para morir en olor de santidad —os digo seriamente— no hace falta más. Si el Señor quiere, puede glorificarle. Pero Él hará lo que quiera». Y les aconseja: «Podéis pedirle, privadamente, que recomiende cosas al Señor; yo le dije ya hace tiempo que le daríamos mucho la lata».

La víspera, José Manuel Casas Torres había anotado en su agenda un «epitafio» certero:

«Muere Isidoro
Pasó desapercibido
Cumplió con su deber
Amó mucho
Estuvo en los detalles
y se sacrificó siempre
».