Como un hijo mayor

Índice: Isidoro Zorzano

Durante el curso 1939-40 Isidoro, en la residencia de Jenner, ocupa un cuarto, junto al oratorio, donde se guardan los ornamentos y objetos litúrgicos. Esto le supone algunas incomodidades, entre otras razones porque sigue teniendo problemas con el sueño. Casciaro recuerda cómo a Zorzano «el Padre le hacía con frecuencia acostarse antes, pero nosotros muchas veces no nos dábamos cuenta y le molestábamos bastante. [...] Nunca hizo la más mínima alusión y, por la cara con que nos recibía cuando le despertábamos, parecía que le acabábamos de hacer un favor. Alguna vez le dije: —Isidoro, realmente estar en ese cuarto es una lata para ti; continuamente tenemos que entrar aun después de haberte acostado. —No lo creas, repuso, tiene muchas ventajas eso de estar al lado del oratorio».

Efectivamente, Isidoro da gracias a Dios por vivir tan cerca de Jesús Sacramentado, a quien visita con frecuencia y saluda cuando entra o sale de casa: sus genuflexiones constituyen un verdadero acto de fe. También reza comuniones espirituales cuando pasa cerca de alguna iglesia. Cada noche repone el aceite y dispone la mecha de la lamparilla del Sagrario. Causa devoción contemplar el cariño con que lo hace: mientras acondiciona la lamparilla enciende una vela, para no interrumpir ese homenaje a la presencia real de Cristo.

Madrugones. Hacer de todo el día una Misa. Espíritu de sacrificio. Una gabardina que no abriga. Vida de oración

Deja su cuarto tan ordenado que, cuando por las mañanas lo utilizan como sacristía, no parece que allí haya dormido nadie. Porque Isidoro, para entonces, no está ya en casa. Su horario de trabajo no le permite, por lo común, asistir a la Santa Misa que se celebra en la residencia.

Se levanta a eso de las cinco. El madrugón viene también agudizado porque afeitarse —verdadero tormento, dadas la finura de su piel y la dureza de su barba— le lleva un tiempo muy superior al normal. Para que las cuchillas duren más, consigue un aparato con el que las afila.

Se ducha —con agua fría, por mortificación— y, una vez vestido, hace media hora de oración mental. Luego sale pitando hacia la cercana iglesia de San Fermín de los Navarros, donde asiste a la Misa, que suele seguir con el misal, y comulga.

Cuando, el curso próximo, viva en la calle Lagasca y su jornada laboral comience más tarde, a las 8, seguirá madrugando y oyendo la Misa de 6.30 en la misma iglesia de San Fermín. «Hay que observar —recuerda uno— que podía llegar a tiempo a la oficina asistiendo a la Misa de 7 que había en la capilla del Asilo de Claudio Coello, casi junto a casa, y se evitaría ir hasta San Fermín, que estaba a diez o doce minutos de camino. Como alguno le preguntó por qué no hacía esto de ir al Asilo, y así podría levantarse media hora más tarde y pasar menos frío, contestó que tendría que hacer la acción de gracias precipitadamente».

Como al ir y volver de la iglesia todavía es de noche y no hay gente por la calle, cuando hace mucho frío Zorzano corre un poco para entrar en calor. Una mañana en que otro va con él a San Fermín, Isidoro comenta: «Lo interesante es que nosotros sepamos hacer de nuestro día una Misa». De hecho, el ingeniero prepara durante todo el día la comunión del día siguiente y trata de unir sus trabajos, alegrías y penas al Sacrificio de Cristo que se renueva en el altar.

Con este sentido eucarístico y corredentor, Isidoro va guarneciendo su jornada de pequeños sacrificios. Así, por ejemplo, cuando desayuna con otros, toma mermelada como todos; pero no la prueba si desayuna solo, antes que los demás. Siendo, como es, hombre friolero, no utiliza en el invierno más abrigo que una gabardina, de buen aspecto pero de forro ligerísimo. Llega un momento en que algunos lo advierten y dicen al Fundador: —«Sabe usted cómo va Isidoro?». El Beato Josemaría les tranquiliza: —«Sí, ya lo sé, ...y Dios también lo sabe»..

Lleva con idéntico amor de Dios y elegancia humana otras pequeñas incomodidades, como el usar un antiquísimo reloj, al que hay que dar cuerda cada doce horas, o un engorroso misal en tres volúmenes. Ofrece al Señor, sin quejarse, los contratiempos profesionales o los guisos desabridos que prepara una mala cocinera. Al menos durante alguna temporada, con permiso del Padre —a quien ha visto hacer lo mismo—, echa disimuladamente acíbar en la comida, y se mete una piedrecita en los zapatos. También con autorización del Fundador, se administra, por lo menos, una disciplina semanal y lleva cilicio durante dos horas cada día. Pero cuida de que todo esto pase inadvertido y se siente contrariado si alguna vez se descubre: al preparar un día su maletín para salir de viaje, entre los dobleces de la ropa asomó un cilicio, que ocultó enseguida ruborizado.

Isidoro trata de vivir «su misa» a lo largo de todo el día. Pero sabe que esto sería sólo teórico si no dedicase unos tiempos concretos a la oración, según está previsto en el espíritu del Opus Dei. Así, después de almorzar —si está en casa, con el Padre y los mayores— y de un rato de tertulia, hace otra media hora de oración mental, antes de que sus quehaceres le dificulten encontrar tiempo para la meditación.

«Concretamente lo recuerdo en el oratorio» —escribe Federico Suárez, refiriéndose al otoño de 1940— «a las 4 de la tarde, haciendo la oración junto al Sagrario, sentado en el lado de la Epístola, en el banco del fondo con mucha reverencia y devoción». Sin apoyarse en el respaldo del asiento, con la mirada fija en el Tabernáculo, permanece inmóvil.

Unidad de vida. San Nicolás. Devociones teologales. La Madre del Cielo

Terminada la oración, empieza su segunda jornada laboral, como administrador. La realiza con sentido profesional; tanto que, cuando sean ya numerosos los centros de la Obra, habrá quien se sorprenda de que Zorzano conozca los detalles de cada uno.

Al comenzar la brega con las cuentas, coloca el crucifijo sobre la mesa —después de besarlo— e invoca la protección del intercesor para los apuros económicos. Ya en Santa Isabel había encargado el Padre un cuadro de San Nicolás de Bari. A éste siguieron otros, para los nuevos centros. Isidoro gasta bromas con los artistas sobre si el Santo tenía o no barba, porque lo pintan de las dos formas. Cuando Zorzano haya muerto, los administradores de algunos centros de la Obra escribirán en sus papeles una «I», encomendándose al ingeniero a la vez que al Santo Obispo. De todos modos, Isidoro ya les había explicado el modo de que las cuentas cuadren: llevarlas al día.

Esta «unidad de vida» es característica en la fisonomía espiritual de los hijos del Beato Josemaría. Para Zorzano también es oración el empeño por que cuadren los arqueos. En este contexto se sitúa la invocación a San Nicolás o su afecto a los ángeles y a otros santos. Isidoro no entiende la vida interior como una piedad «devocional», como una ristra de prácticas acostumbradas.

Dirigido por el Fundador, centra su vida en la Santísima Trinidad: se sabe hijo de Dios Padre, a quien llega a través de la Humanidad Santísima de Cristo —particularmente, por la contemplación de los misterios pascuales—, en el Espíritu Santo.

Profundo sentido teologal tiene también su amor entrañable a Nuestra Señora, en quien ve —según escribiera durante la guerra— a «la madre de D. Manuel», y a cuya intercesión atribuye la propia vocación. El Beato Josemaría le ha enseñado a descubrir la protección de María Santísima respecto a la Obra entera. Zorzano lo subrayará, poco antes de morir, a un estudiante recién incorporado al Opus Dei. Le habla de los tiempos cuando «no teníamos ni casa, ni ropa, ni bien alguno...; sólo el amor y fe en la Santísima Virgen, que poco a poco nos iba sacando de las dificultades. Vosotros que sois más jóvenes habéis tropezado con la Obra en camino y hasta floreciente; pues todo eso que veis es fruto del gran amor que la Señora nos profesa. Tenemos que quererla con toda nuestra alma, con un amor infinitamente mayor que todos los amores de la tierra. ¡Qué bien se ha portado Ella con nosotros!».

Sin caer en el «devocionalismo», Isidoro —como los demás fieles del Opus Dei— fomenta y manifiesta de mil maneras el cariño a Nuestra Señora. Por ejemplo, reza cada día las tres partes de Santo Rosario y el Angelus Domini; lleva el escapulario del Carmen; invoca frecuentemente a la Santísima Virgen con el «Acordaos» y otras plegarias; en el mes de mayo, durante la novena de la Inmaculada y todos los sábados dedica particulares muestras de afecto a María; y antes de acostarse, cada noche, se pone en sus manos, recitando —con los brazos en cruz— tres avemarías, pidiendo la virtud de la santa pureza para sí y para todos.

Cuando entra y sale de su habitación mira con amor a la imagen de Santa María. También dirige a la Madre de Dios actos de reparación cuando pasa cerca de lugares donde sabe que se ofende a su Hijo. Algún miembro de la Obra dirá que no recuerda «ni una sola vez haber pasado con él» por delante de un lugar donde Nuestra Señora no era debidamente honrada, «en que no me recordase la conveniencia de rezar una jaculatoria o Ave María en desagravio».

 

Pendiente de los más pequeños. Que los valencianos coman bien. Visitas históricas por Madrid. El «tío Isidoro».

Con los más jóvenes en el Opus Dei, Zorzano se comporta como un hermano mayor. Conoce los nombres y circunstancias incluso de los que se han incorporado a la Obra en otras ciudades; y les atiende solícito cuando viajan a Madrid: «Me llamó la atención», escribe uno, «el cariño con que me trató [...]. Estuvo hablando conmigo como si no tuviera otra cosa que hacer». Lo mismo recuerda otro viajero: «Estuvo pendiente de mí; de hablarme del Padre y de la Obra; de mi frío; de que conociera Madrid; del billete de ferrocarril; de interesarse por Barcelona; de despertarme por las mañanas; de la merienda de todos los días; de que tuviera la cena antes de la hora el día que me marchaba, preocupado porque esta comida estaba demasiado caliente, haciéndome compañía mientras cenaba». Cuando él no puede hacerlo, busca otro que le acompañe a la estación.

Isidoro cuida de que los pequeños descansen lo necesario, reza por ellos si están enfermos y se alegra cuando los ve engordar. Como después de la guerra escasea la comida, se ocupa de que merienden, aunque personalmente no lo hace, para que toquen a más.

En Valencia se acaba de abrir un Centro nuevo y, medio en broma medio en serio, el Padre —cuenta uno de los valencianos— «nos dijo que mandaría a Isidoro para que aprendiésemos a hacer bien las cosas». Cuando va por allí, Zorzano hace varios arreglos de tipo material, les explica cómo llevar la contabilidad, les enseña a vivir la pobreza en detalles ordinarios (por ejemplo, a utilizar como fichas el papel usado por una cara), y muchas más cosas. Todo ello, sin herir: alabando calurosamente lo que hacen bien o, cuando menos, su buena voluntad. Pero, sobre todo —quizá con ese fin lo ha enviado el Fundador—, toma medidas para que coman bien. Les indica que no pasa nada si hace falta gastar un poco más de lo previsto. Para que la lección sea práctica, los lleva a merendar en una chocolatería; y también les consigue un permiso para comprar patatas en un pueblo próximo.

La mayoría de los no madrileños conocen a Isidoro con motivo de las «semanas» de formación que, junto al Fundador, tienen lugar en Jenner a mediados de marzo, así como en agosto y septiembre de 1940, para los fieles del Opus Dei. Algunos, que han oído hablar de Zorzano, se sienten defraudados al verlo mucho mayor de lo que imaginaban, con abundantes canas, pálido y muy sosegado. Les parece distante. «En cuanto lo conocí, declara uno, sufrí una desilusión, que no supe disimular, con aquella apariencia [...] tan poco espectacular». Pronto se disipa este concepto inicial.

Isidoro les acompaña, en pequeños grupos, a conocer los lugares de la capital con recuerdos históricos para el Opus Dei: por ejemplo, «el Sotanillo», donde los primeros se reunían con el Beato Josemaría, o las casas de Luchana y Ferraz que fueron sedes de DYA. Zorzano aprovecha estos paseos para contarles cosas de aquellos tiempos y para fomentar su adhesión al Padre.

También José María (Pepe) Casciaro, hermano pequeño de Pedro, recordará sus paseos con Zorzano. A finales de julio (1940) ha llegado a Madrid, donde prepara su examen de ingreso en la Universidad. Todas las tardes, Isidoro le explica Matemáticas, Física y Química. Pero el ingeniero advierte que Pepe se pasa el día entero estudiando: «por lo cual me dijo que, en adelante, saldríamos los dos [...] a dar un paseo; y, en efecto, así lo hicimos». Suelen caminar hacia los Nuevos Ministerios, rezan juntos el Rosario y Zorzano habla de los comienzos de la Obra y del «gran servicio que haría a la Iglesia, si todos correspondíamos a lo que Dios nos pedía». El joven volvía a casa «auténticamente emocionado, con nuevas perspectivas». Como es notable la diferencia de edad entre los dos, la Abuela y Carmen tomaban el pelo a Pepe: «Me decían que mi tío Isidoro me estaba buscando».

A decir verdad, todos se consideran predilectos de Zorzano. A uno de ellos, porque estudia ingeniería industrial, el Padre mismo suele decirle en broma que «es la flaqueza de Isidoro». Pero cada cual conserva su recuerdo especial. Por ejemplo, el que cuenta cómo «me bajó al sótano y en la báscula me pesó, al ver que yo mostraba algún deseo de pesarme»; o el que deseaba visitar con otros El Escorial, el día en que ha quedado con Zorzano para recibir explicaciones de contabilidad y copiar unos formularios. Cuando Isidoro se dio cuenta, «me dijo que me fuese y, al volver, ya lo había copiado todo él».

Por esto de cargar con los trabajos, alguien resumirá la imagen de Zorzano diciendo que «tenía una propensión irresistible a elegir para sí siempre lo peor»: nunca con cara larga, sino con «una alegría que tenía la virtud de contagiarnos a cuantos le rodeábamos».

Sentido del humor. Rápido, sin prisas. Gafas, fijador y paraguas

Aunque no es hombre que provoque carcajadas, Isidoro tiene la sorna fina, simpática, del guasón. Un recién llegado a la Residencia recuerda su primer encuentro con el ingeniero: «Estaba yo subido en una escalera, pintando de purpurina una moldura», de un oratorio; «después de saludarnos, me dijo: Chico, lo haces bien; pero aquí ya te irás dando cuenta que es cosa mala que sirva uno para algo: está uno perdido, porque enseguida lo requisan», para nuevos trabajos. Con semejante introducción, queda rota cualquier solemnidad.

Con Isidoro todos están a sus anchas. Aunque no fuma, «nadie se sintió cohibido al encender un pitillo [...] delante de él». El mismo sentido abierto y positivo se aprecia en sus palabras, de forma que todos dirán: «Jamás le oí murmurar ni en cosas pequeñas ni, menos, en grandes».

Tampoco le ve nadie perder el tiempo: «Nunca le vi ocioso», declaran. A la vez subrayan que no transmite sensación de agobio: como si lo que hace no le costase ningún esfuerzo. En este sentido, es llamativa la unanimidad de todos al describir que Zorzano «se movía de una manera rápida, silenciosa y exacta, que es hábito de inconsciente economía de fuerzas en los hombres que trabajan mucho, mucho»; siempre anda «sin prisas, con esa seguridad suya diligente y nunca precipitada»; su trabajo es como el de «una máquina silenciosa y bien equilibrada, que está girando y girando a toda velocidad y a primera vista parece que no anda». Alguno de sus jefes profesionales recordará cómo «cuando hablaba con él experimentaba una sensación de descanso».

Yendo al fondo de su persona, quien lo trataba «echaba de ver al punto que estaba hablando con un hombre que amaba a Dios sobre todas las cosas». Al conversar, contagia visión sobrenatural, porque «su fe era pegadiza», pero sin vivir en otro mundo. Sus interlocutores advierten, por ejemplo, que sabe de vinos; y comprueban su cultura cuando, en tertulia, toma la palabra y habla «de las ciencias y las letras, de su respectivo valor y utilidad». Conforme al modelo vivo que supone para sus hijos el Beato Josemaría, tampoco en Zorzano resultaba la «virtud antipática, sino —al contrario— hacía amable la virtud y atraía a los demás a su práctica». Ejercita, cuando es del caso, la corrección fraterna: sin humillar, con buenas palabras y una sonrisa.

De ninguna manera significa esto que Isidoro carezca de defectos. Cuando comete algún error, los demás le corrigen y el ingeniero agradece la observación. Alguien recuerda, por ejemplo, que «se alegró mucho un día en que Álvaro le hizo notar que no era muy correcto doblar el pañuelo, después de usado, por las señales del planchado». También le advierten que los cristales de sus gafas, coloreados, resultan extraños; y los cambia enseguida. En la misma línea, refiere Pedro Casciaro que aconsejaron a Zorzano peinarse mejor, porque a menudo llevaba el pelo revuelto: «Desde aquel mismo día vi que, entre sus útiles de aseo, contaba ya con un frasco de fijador».

Algunas de las correcciones que Zorzano recibe obedecen, precisamente, a esa preocupación por no gastar en su persona. Él conoce bien las dificultades económicas de la Obra. Todos sus gastos personales en septiembre de 1939 ascienden a 14,70 pesetas (10,25 de ellas son de tranvía); y en 1941 andarán por las 25 pesetas mensuales, contando algunos almuerzos con colegas. A duras penas consiguen que haga cambiar la tela de su paraguas que, por los muchos agujeros, sirve sólo como bastón: «nos advirtió muy en serio que ¡nada de comprar uno nuevo!».

Esto no significa que Isidoro vaya desarrapado. A veces en Málaga salía desde casa con el pantalón mahón de trabajo. Ahora, sin embargo, hace de su porte exterior materia de lucha ascética. Pero —todo hay que decirlo— para que renueve su vestuario deben insistir los otros. Cuando era estudiante, doña Teresa necesitaba forzarle para que se hiciera un traje nuevo. Ahora es el Padre quien le corrige si le ve alguna prenda en estado menos acorde con su nivel profesional y social. Con estas ayudas y el esmero propio, viste dignamente. Para tranquilidad de quienes conviven con él, acabará teniendo incluso un buen abrigo.

Al servicio de todos. Un sillar oculto. «Sí: conviene, conviene hacerlo así». Ejemplo vivo de fidelidad. Cariño y respeto al Padre. Doña Dolores: «Isidoro en un Santo»

Isidoro no reclama, en absoluto, ninguna consideración especial en atención a sus circunstancias: siendo el mayor en edad y el más antiguo del Opus Dei, amigo —desde la infancia— del Fundador, se considera el último de todos y busca los trabajos más humildes. Su tarea de administrador es un puesto de servicio, no de mando.

El Beato Josemaría dice del antiguo condiscípulo: «Nunca ha ocupado cargos brillantes; siempre el puesto más desapercibido y de mayor trabajo». Como sabe por qué caminos lleva Dios a Zorzano, añade: «Ni le encargaré yo nunca nada de oro tipo. Porque tengo mi responsabilidad delante de Dios, por esa alma». Y el propio ingeniero, que también conoce su personal vocación, permanece siempre en un segundo plano, y evita ser protagonista. Nunca hablaba de sí; ni, menos aún, de sus actuaciones durante la guerra. En las tertulias de familia evita los lugares preferentes y procura que los jóvenes estén más cerca del Padre.

Se retira inmediatamente cuando el Fundador inicia una conversación sobre asuntos de gobierno con algún hijo suyo que le ayuda en la dirección de los apostolados. El Padre suele pedirle que se quede, pero Isidoro aduce cualquier excusa de trabajo, para irse.

Al ver a Isidoro, los demás recuerdan las consideraciones de Camino sobre los sillares ocultos que, sin brillar como la veleta, sirven de cimiento para un edificio. A punto de morir, Zorzano hablará precisamente sobre la necesidad «de ser cimiento, cuanto más profundo y menos a la vista mejor». El Opus Dei ha de durar hasta el fin de los tiempos y «se ha de apoyar sobre nosotros que somos los primeros»; por eso «se comprende que hayamos de estar enterrados y muy hondos».

 

 

Por no alterar el trabajo ajeno, camina sin hacer ruido: «cuando [...] tenía que entrar en el cuarto de estudio[...], lo hacía de tal manera que nunca interrumpía [...] y se volvía a marchar como había entrado. Si acaso alguien levantaba la cabeza, le sonreía sin dejar [...] de hacer lo que estuviera haciendo».

La misma delicadeza observa por lo que atañe a sus puntos de vista. El entonces Secretario General del Opus Dei refiere que, al encargar algo a Isidoro, en ocasiones éste «no veía la utilidad de lo indicado, o pensaba otro modo más práctico de realizarlo. Se le preguntaba: ¿crees que se puede hacer de otro modo? Exponía lealmente su opinión y si se le insistía en el criterio primero, enseguida respondía con acento de convicción: Sí: conviene, conviene hacerlo así». Con la misma humildad atribuye a otros las propias ocurrencias felices, como el día en que —ayudando al secretario de una residencia— discurre un sistema ingenioso de contabilidad. Antes de ponerlo en práctica, recabará un parecer autorizado. Cuando lo tiene, telefonea al muchacho: «A Álvaro le ha gustado mucho la idea que has tenido de las fichas y los resúmenes».

El hecho mismo de consultar las dudas con Álvaro refleja su respeto hacia quien tiene gracia de gobierno, por más que en una institución incipiente todos sean, sencillamente, hijos del Fundador. En cualquier caso, cuando Álvaro entra en el cuarto donde trabaja Isidoro, si están ellos solos —con otros delante, sería una falta de naturalidad—, Zorzano se pone de pie. «¡Por Dios, Isidoro! ¿Por qué te levantas? —No, nada: si quieres algo...».

 

 

Pero su empeño por pasar oculto no impide que los demás se percaten de quién es Isidoro. Aunque no suelen hablar los unos de las virtudes de los otros, comentan a sus espaldas la santidad de Zorzano: «Nuestra opinión» —recuerda uno— era que «se trataba no de un hombre bueno [...], sino de un santo de tomo y lomo». De hecho, sin que lo sepa él, lo ponen como ejemplo para los demás. En una ocasión en que, desafortunadamente, alguien se permite alabarlo en su presencia, Isidoro no puede reprimir un gesto de disgusto, que luego encubre con la triste sonrisa de quien dice «¡Qué tontería!».

Lo que valoran sobre todo es la fidelidad del ingeniero. Cuando llegó Isidoro, el Opus Dei era sólo una semilla depositada por Dios en el corazón del Beato Josemaría. Una mañana, después del Angelus, Zorzano se queda serio y el Padre lo advierte: «Isidoro, ya sé en qué estás pensando: en cuando rezábamos tú y yo solos el Angelus, y toda la Obra éramos tú y yo; entonces no teníamos a éstos...». El ingeniero asiente con una sonrisa.

Zorzano cada vez comprende con más hondura lo que significa el Fundador; y, sin disminuir su confianza, le ha pedido permiso para tratarlo de «usted» y sigue llamándole «Padre». Según escribe un testigo, incluso durante los almuerzos, si el Padre hace alguna observación —por ejemplo, de tipo material—, Zorzano «interrumpía la comida, dejaba el cubierto en el plato, sacaba la agenda y el lápiz y tomaba nota de todo lo que había dicho. Luego seguía comiendo con toda naturalidad y sin ningún comentario. Nunca recuerdo haber oído a Isidoro preguntar ‘¿quién ha de hacer esto?’ [...]. Estaba claro que todo aquello le correspondía hacerlo a él [...]. Y así lo hacía».

Este afecto lo manifiesta igualmente con su delicadeza para la madre y hermanos del Fundador. De vez en cuando hace con los tres alguna excursión; procura que les resulte agradable la convivencia con todos; y cuida de que se facilite el trabajo de Carmen, que lleva el peso de las tareas domésticas.

El cariño es mutuo: doña Dolores siente predilección por el ingeniero. En cierta ocasión advierte los esfuerzos de Isidoro por explicar contabilidad a un estudiante poco dotado para los números y comenta que Zorzano «tiene una paciencia enorme». Aunque no tiene por costumbre utilizar ese calificativo, la Abuela dice a menudo: «Isidoro es un santo».

Isidoro se hace querer por todos y todos pueden echar mano de él: también los viejos amigos como Salvador Vicente, que ha formalizado su noviazgo con Carmen González. Antes de casarse, la muchacha viaja a Madrid para recoger, en el cementerio de la Almudena, los restos de su madre y trasladarlos a Málaga. Va con ella su tía María. Salvador no puede acompañarlas, pero les dice: «Yo llamo a Isidoro, que os ayudará». Zorzano, en efecto, evita que la joven afronte la ingrata operación: es él quien acude a la necrópolis para encargarse de la exhumación.

Como es lógico, la solicitud de Isidoro por su familia sobrenatural y por sus amigos no significa olvidar a los de su propia sangre.

«Mamá adelanta poca cosa». Gestionando una pensión para doña Teresa. «¡Haberte hecho maestro!»

Nada más terminar la guerra, le preocupa el estado de su madre y hermanas: «Salus ha perdido 20 kg. María Teresa llegó a pesar 38 kg.». «Esperamos —escribe a su amigo Ángel Herrero— a que mejore el tiempo para trasladarse a Ortigosa; es conveniente que cambien de ambiente y repongan su quebrantada salud». El viaje se retrasa: «Mamá adelanta poca cosa, y éste es el motivo de no salir ahora de Madrid, pues en los pueblos no sería tan fácil evitar cualquier contingencia [...]. Mis hermanas continúan mejorando, así como los dos sobrinitos; pero mi cuñado no ha adelantado gran cosa». El ingeniero se siente muy feliz cuando, por fin, los suyos pasan una temporada en el campo: «Han venido muy bien; sobre todo a mamá le ha desaparecido la fatiga que le molestaba tanto. María Teresa es la que tarda más en reponerse».

Chichina señalará que, al dejar de vivir con ellas, «después de la guerra civil española, mi hermano dejó de prestarnos ayuda económica, como solía hacerlo antes». Salus explica la razón: su madre percibe ahora una pensión militar por la muerte de Paco.

De todas maneras, a primeros de mayo de 1939, Isidoro inicia un largo y farragoso expediente para que abonen a su madre otra pensión suplementaria, por las primeras heridas que recibiera Paco. Mantiene una nutrida correspondencia hasta conseguir todos los certificados personales de su hermano, así como el historial completo de las lesiones que sufrió junto a Talavera de la Reina y sus hospitalizaciones en esa misma ciudad, en Cáceres, Sevilla y Logroño. Algunos de estos documentos debe solicitarlos varias veces y por diversas vías, hasta tenerlos en forma. También ha de preparar distintas versiones de la instancia que, finalmente, firmará su madre sólo después de dos largos años.

En cualquier caso, doña Teresa no ve con buenos ojos que Isidoro —de casi cuarenta años— deje de vivir con ella y con Chichina; ni que se dedique a promover una residencia de universitarios. La buena señora debe de pensar que su hijo se ha vuelto interesado. Isidoro sufre por ello y, a veces, comenta con su hermana mayor: «Debo pasar ante la gente como un egoistón tremendo». El hecho es que subsistirán algunas reticencias familiares hacia las tareas apostólicas del ingeniero: algo así como los celos que muestran algunas madres respecto a las nueras. Por otro lado, la somera formación religiosa de doña Teresa no facilita que comprenda del todo el significado de una entrega personal a Dios.

Ya desde los años escolares, Isidoro nunca dio a la familia demasiada cuenta de su conducta: ni por qué decidió estudiar ingeniería, ni dónde salía con los amigos... Su madre y sus hermanos son conscientes de este talante reservado e independiente. Lo peor es que ahora las explicaciones no resultan fáciles, aunque quiera darlas. Para el derecho de la Iglesia, el Opus Dei en puridad no existe. Aunque bendecida desde el primer momento por el Obispo de Madrid, la Obra no tiene todavía una personalidad jurídica: su aprobación escrita se firmará sólo en 1941 y —tras la primera intervención de la Santa Sede— su erección diocesana será posterior a la muerte de Zorzano, en 1943.

Con todo ello, Isidoro prefiere hablar a los suyos, sobre todo, de algo concreto, que —piensa— podrán entender: las residencias universitarias en Madrid y Valencia, las tareas de formación... Pero su madre replica: «¿Qué necesidad tienes tú de educar a los hijos de los demás? Ya tienes bastante con tu carrera». Para eso —dice—, «¡haberte hecho maestro!». Con cierta tristeza, el ingeniero sonríe y, por el momento, desiste de ampliar unas aclaraciones que, probablemente, la confundirían más. De todas maneras, aunque no comprenda muy bien lo que significa, doña Teresa notifica a las amistades que su hijo es del Opus Dei.

Isidoro sigue siendo un hijo ejemplar. En medio de su ajetreo, saca diariamente un ratito para visitar a doña Teresa. «Durante todo este tiempo», dirá Chichina, «aunque no vivía con nosotras, iba casi todos los días algún rato a vernos además de que los domingos comía en nuestra compañía». La madre trata de prolongar las sobremesas, según recordarán los hijos de Salus, que también almorzaban esos días en la casa de Serrano 51.

Cuando Zorzano pasa de Jenner a otro centro —dice Chichina— «nos dio cuenta de que se había hecho cargo de una residencia de estudiantes en la calle Diego de León». Poco después informará también a Salus sobre su pertenencia a la Obra. La hermana mayor de Isidoro recibe una fuerte impresión y, en casa, pondera la noticia.

Desde finales de octubre de 1940 Isidoro, en efecto, vive en la calle Diego de León.