Director en Madrid

 

Índice: Isidoro Zorzano

El Fundador escribirá, desde Burgos, para Isidoro: «El abuelo se acuerda mucho de este hijo que es, para sus hermanos, como un padre. Come bien: sobre todo, almuerza bien» —comulga— «porque trabajas mucho desde por la mañana. Y está siempre contento. Y suple al abuelo, con reciedumbre y suavidad». También le exhorta para que confíe «a la Madre de D. Manuel tus preocupaciones, si las tienes, y deséchalas, lleno de optimismo. ¡Qué abrazo tan fuerte te mando!».

Por encargo del Padre, Zorzano y Santiago Escrivá pasan por la pensión de la calle Ayala, para retirar los objetos que allí quedaron. Comprueban que un obús ha destrozado el techo de la habitación contigua a la del Fundador. Entre los efectos que recuperan, está una litografía de la Virgen, adquirida por el Beato Josemaría durante los días que anduvo por Madrid en septiembre pasado.

El Fundador, a Burgos, por los Pirineos, Andorra y Francia. Sentimientos de orfandad. Correspondencia Burgos-Madrid

El 23 de noviembre recibe Isidoro la última carta del Padre desde Barcelona: «Ayer se recibió carta del abuelo comunicándonos que salía de viaje con todos sus peques. Nos anuncia que tardará bastante en escribirnos. Por fin ha cedido D. Manuel [...]. Salieron el viernes 19». Transcurren dos semanas, ¡eternas!, sin noticias. Alguno teme que los viajeros hayan sido descubiertos y detenidos. Isidoro corta de raíz toda inquietud: «¡Al Padre [...] no le ha ocurrido nada!». Como la Obra es de Dios, tiene la certeza de que al Fundador no le pasará nada. Y comienza los preparativos para su regreso: «Estoy planeando la forma de organizar las cosas para que cuando venga el abuelo, con los peques actuales y con los que esperamos consiga esta temporada, encuentren la casa dispuesta. Como habrán quedado los sótanos —en Ferraz 16—, se pueden poner unos camastros para poderla guardar e ir acomodando todo lo que sea utilizable en los pisos restantes».

Esta confianza de Isidoro no disipa su sentimiento de orfandad: «Acostumbrados a tener al lado al abuelo, se encuentra ahora uno desorientado en muchas cosas». «Los peques del otro lado pueden recibir los cuidados del abuelo. ¡Cómo los echo de menos! Me había acostumbrado a las charlas cotidianas» —es decir, a leer, con algún otro, las meditaciones del Padre—; «luego, a las tertulias en casa de Albareda, con Tomás, sobre el mismo tema; y, últimamente, a las del abuelo y Jean» —el doctor Jiménez Vargas— «y desaparece todo este alimento en un instante».

El 7 de diciembre recibe Zorzano carta del Fundador, fechada el día 3 en Escaldes (Andorra). Los fugitivos han conseguido cruzar, por el monte, la frontera. Para no comprometer a los destinatarios, don Josemaría escribe como si fuera un sudamericano que se desplaza de una ciudad a otra, por motivos familiares o de negocios: «Mi gran amigo: [...] Hoy, aprovechando el haber venido, en excursión deportiva con unos amigos, a este Principado de Andorra, he querido dedicarte estas líneas y rogarte que me escribas a casa de mi primo. Por si no lo recuerdas, su dirección es: Señor Álvarez. Hotel Alexandre. San Juan de Luz (Francia). Bastará que encabeces las cartas a mi nombre: él me las mandará donde yo me encuentre. ¡Me gusta tanto viajar!

»Mi familia con estupenda salud y siempre contentos.

»Cariñosos saludos a tus hermanos. Lo que quieras a la abuela y a los tíos.

»Te abraza, Mariano».

«¡Qué alegría tan grande saber del abuelo y los peques! Verdaderamente se ha conseguido gracias a D. Manuel y a su Madre», dice Isidoro, que comunica la novedad a todos y responde al Padre inmediatamente: «Mi querido amigo José María: Para que esta vez no se queje de mi tardanza en escribirle, le contesto a vuelta de correo a esa linda villa donde está pasando sus vacaciones, descansando de sus ocupaciones de París.

»Todos mis familiares siguen perfectamente. Al pequeño Chiqui lo tengo ahora provisionalmente por el Sur; no tardará en regresar. A pesar del invierno tan crudo que experimentamos, la abuela y los tíos se encuentran admirablemente. [...] Deseando termine felizmente sus vacaciones y con saludos de toda mi familia, le recuerda y abraza su buen amigo».

El Beato Josemaría, por Francia, entra de nuevo en España. Residirá en Burgos, desde donde atiende a sus hijos y mantiene relación con muchas personas que serán la base para la futura labor apostólica del Opus Dei. El corresponsal en Madrid es Isidoro que, como buen ingeniero, se marca una periodicidad para las cartas: «Tengo la costumbre de escribirle todos los días que terminan en 5; de esta forma, son tres cartas por mes».

Pero el servicio postal, vía Francia y con censura en España, deja bastante que desear. Algunas cartas se pierden y, otras veces, se reciben dos o tres juntas. Cuando pasa cierto tiempo sin noticias del Padre, Isidoro pide a la Virgen que llegue la esperada correspondencia. Así, por ejemplo, el día de la Anunciación señala: «Esperaba que mi madre nos hubiera traído hoy carta del abuelo y los peques». Y el viernes de Dolores: «...Esperaba hoy carta del abuelo; me figuraba que la madre de D. Manuel nos traería noticias suyas, pero por lo visto ha creído más conveniente que participemos de sus dolores».

Ha muerto el padre de Álvaro. Atención a las familias de todos. Profesor de Santiago. La difícil «intendencia»

En sus cartas, Zorzano también da noticias sobre las familias de cada uno. Visitarlas y alentarlas constituye uno de los cometidos que, por indicación del Padre, ya venía cumpliendo desde hace un año.

Una semana después de marchar el Fundador, «Al ir a saludar a la familia de Alvarito —escribe Isidoro— presencié el fallecimiento de su padre que hacía tiempo estaba enfermo. Como no convenía saliese él de la casa donde está evacuado, no ha podido verle». Al propio Álvaro le dice: «Ya sabrás por tu madre que asistí a los últimos momentos de tu padre. Fue providencial. Siquiera le serví de compañía en esos instantes. Te cabe la tranquilidad de que murió santamente, que es lo único que deseamos de los nuestros. No pases cuidado por ella y tus hermanos, pues están perfectamente atendidos y ya sabes que yo les ayudaré en todo lo que sea menester».

En cuanto a los Fernández Vallespín, Ricardo testificará: «Mi familia pasaba entonces privaciones como todo el mundo en Madrid y, durante una temporada, Isidoro les llevó comida con mucha frecuencia; y además, con su alegría y optimismo, les animaba de tal forma que, cuando mi padre estaba próximo a morir, las visitas de Isidoro eran una de sus mayores alegrías». Fallecerá el 17 de abril (1938), e Isidoro acude inmediatamente a la casa; transmite al Fundador la noticia y continúa visitando asiduamente a esa familia, para llevarles consuelo, aliento y ayuda. También está enferma de cuidado una hermana de Ricardo. Éste recordará cómo, cuando se agravó su hermana, «Isidoro, al darse cuenta de que el médico que la atendía no ponía los remedios adecuados, se ocupó de llevarle otro médico».

También ve casi a diario a los Jiménez Vargas, y frecuenta a las familias de los otros ausentes.

Como es lógico, esto no significa, ni mucho menos, desatender la propia familia. Así, cuando enferma doña Teresa, Isidoro consigue que un médico la visite prácticamente cada día. Y se muestra satisfecho cuando puede comunicar: «Mi madre va mejorando por momentos». Alguno de los tres Zorzano —Isidoro, Salus o Chichina— debe acompañarla siempre. Y si, cuando el ingeniero vuelve a casa, encuentra que sus dos hermanas han salido, las reprende: «¿Dónde habéis estado? ¿No sabéis que no debemos dejar sola a mamá?».

Los Riva —ortigosanos afincados en Málaga, que pasan la guerra en Madrid— ponderarán, con los amigos comunes, la dedicación de Isidoro «al lado de su madre y hermana, a las que en todo momento atendió con ejemplar solicitud filial y fraterna».

Como si fueran su madre y sus hermanos, cuida de doña Dolores Albás, de Carmen y de Santiago Escrivá, a quienes visita todos los días. Por cierto, que en el baúl de la correspondencia ya no cabe ni un alfiler. Entonces —recuerda Santiago— «mi madre decidió abrir el colchón de su cama para ir metiendo estos papeles, sacando un poco de lana cada vez. Llegó un momento en que, en el colchón en que dormía mi madre, había más papeles que lana». Pero el gobierno reclama todas las mantas y colchones para los combatientes. Cuando los comisionados —o los aprovechados— llegan a la calle Caracas para requisar colchones, doña Dolores se mete en la cama, simulando enfermedad.

Además de matricular a Santiago en un Instituto, Zorzano le da clase cotidiana de idiomas: «Yo me dedico con Santi al francés, inglés y ahora hemos empezado con el latín». Pero el estudio no es todo: «Como le gusta mucho —a Santiago— caminar, nos damos buenos paseos y por ello está fuerte».

Algunas de estas caminatas son a «La Industrial Española» para buscar galletas. También hacen correrías en procura de otros alimentos: acuden a cuarteles e incluso a alguna institución religiosa, no católica, que recibe ayudas del extranjero.

La «intendencia», en efecto, sigue constituyendo un grave problema: ¡Cuánto duele a Zorzano decir a los de Honduras: «De comestibles andamos muy mal. [...] De pan, tenemos que pedir nosotros», «No disponemos de nada, por ahora, que se os pueda enviar»!. Los refugiados en la legación recuerdan cómo Isidoro «con Carmen —la hermana del Fundador— acudía periódicamente a un servicio de la Cruz Roja escocesa, para procurarnos comida. Tenían que hacer largas colas y aguantar chubascos de groserías e impertinencias».

Alguna vez son los de Honduras quienes proporcionan víveres, adquiridos en el Consulado. Por ejemplo, patatas: «He hablado a mi familia, dice Isidoro, de las patatas; aunque les parecen un poco caras [...] no tienen inconveniente en comprar. Hoy se lo diré a la abuela y la contestación os la dará Santi». Más adelante, ofrecerán aceite y Zorzano comunica: «La abuela me ha dicho que le interesaría adquirir aceite», «El importe del aceite para la abuela ya me diréis si os lo mando».

Los primeros meses después de marchar el Padre siguen llegando algunos paquetes de Daimiel. Zorzano da las gracias y aprovecha estas ocasiones para transmitir noticias del Fundador: «Ayer tuve carta del abuelo. Dice que en cuanto han llegado, sus peques se pusieron a trabajar. Han recibido la carta que les escribí. También en este correo les escribo a ellos dándoles noticias vuestras. ¡Qué agradecidos tenemos que estar a D. Manuel!, pues no sólo han realizado felizmente el viaje, sino que podemos tener noticias mutuas».

Los refugiados quieren salir de «Honduras». Como un hermano y un padre. Cuidando a Vicente. Isidoro, en los huesos.

De todas maneras, quienes más tiempo y energía le llevan son los miembros del Opus Dei refugiados en legaciones extranjeras: Álvaro, Barredo y Eduardo, en la de Honduras; Vicente Rodríguez Casado, en la noruega.

Con los de Honduras se repite, más o menos, la misma historia del Padre: cuando se disipan las esperanzas de una pronta evacuación, por medio del Consulado, quieren dejar su refugio para trasladarse a Valencia. Su director, Isidoro, les aconseja prudencia: «No creo sea conveniente salir de ahí hasta que no sea una cosa decisiva». Por otra parte, parece inminente la toma de la capital.

La guerra, efectivamente, podría haber terminado en la primavera de 1938. Pero el 25 de julio se desencadenará una tremenda ofensiva republicana en el sector del Ebro.

Como el fin de la guerra no llega, los «hondureños» preguntan a Isidoro si considera oportuno que se presenten voluntarios en el ejército republicano, para intentar pasarse por el frente —como lo hiciera Ricardo el año anterior— a la zona nacional. La negativa de Zorzano es categórica. Su encerramiento —dice— les hace estar «desambientados»: no pueden presentarse como voluntarios, porque sus reemplazos ya fueron llamados a filas; además, no hay ninguna garantía de que vayan a ser destinados a la primera línea de fuego.

No han transcurrido tres semanas, cuando los refugiados insisten «nuevamente sobre el tema de querer marcharse con el abuelo, sencillamente presentándose como voluntarios». Isidoro les reitera «la conveniencia de esperar sin exponeros a aventuras peligrosas en las que el riesgo es extraordinario y, sin embargo, las posibilidades de éxito son hipotéticas. [...] Las circunstancias han empeorado [...] en lugar de mejorar: me refiero a casos concretos y proyectados de antemano», que han fracasado trágicamente.

A Zorzano le parece magnífico el espíritu por el que los refugiados desean trabajar con el Fundador en las tareas apostólicas. Pero les hace ver que su aparente inactividad, ofrecida a Dios, puede —a través de la comunión de los santos— ser muy eficaz: «¿Estáis seguros de ser ahí menos útiles al abuelo?».

Con independencia de estos planes, Isidoro muestra una solicitud verdaderamente paternal hacia ellos. Pone los medios para que coman: «Os mando un paquete de galletas y una libra de chocolate». Cuando se entera de que venden las galletas, les reconviene: «Las galletas son para que las comáis vosotros, así que nos las vendáis. [...] Comed bien porque hemos de trabajar mucho y pronto. Espero que no lo volváis a hacer». Y se alegra de que tengan un hornillo en el que pueden calentar sus alimentos.

También se preocupa por su salud: «Cuidaros todo lo que podáis. Indicadme si necesitáis alguna cosa». «decidme si necesitáis ropa, pues este invierno se presenta bastante crudo y tal vez os haga falta más abrigo». Se inquieta cuando alguno está indispuesto: «José María: no sabía que estuvieses acatarrado». «Sería conveniente que a Álvaro le viese alguno de los médicos de ésa, por si necesita medicinarse; buscaré la faja». «Cuánto me alegro de que Álvaro esté mejor; yo creo que le convendría un chaleco de lana». Igualmente se encarga de buscar los libros que le piden.

Mayor, si cabe, es la preocupación de Isidoro por Vicente, que sigue refugiado en la Legación de Noruega. El interesado dirá: «no era yo, por entonces, más que un crío, prácticamente aislado —durante cerca de dos años— de todos. Exceptuando las visitas de Isidoro, no tenía contacto con nadie más». Acude con toda la frecuencia posible, que sólo es semanal: «Voy a verle los lunes de 6 a 7 de la tarde pues, como no tiene permiso para que se celebren más visitas, tenemos que compaginarlas con los días y horas en que hay en la portería amigos suyos».

Pero Zorzano se siente inquieto. Rodríguez Casado lo recordará: «En aquellos días, era yo el motivo mayor de preocupación de Isidoro. Había adelgazado mucho». El ingeniero sigue con aprensión el enflaquecimiento de Vicente: «Ha adelgazado 20 kgs.», «Continúa adelgazando», «Ha perdido cerca de 30 kgs.». Isidoro, según Álvaro, atribuía esa demacración «a lo prolongado del encierro, a las muchas molestias del refugio, a las poquísimas condiciones higiénicas de la embajada... Y más de una vez nos dijo que, si fuese posible sacarle de esa verdadera cárcel, el cambio de vida y, sobre todo, ‘el calor de la vida de familia’ habrían de curarle totalmente». En efecto, Zorzano trata de que Vicente se traslade con los de Honduras; pero no lo consigue. Hay que seguir cuidándolo en su escondite.

El refugiado escribe años después: «Lo que entonces hizo Isidoro para conseguirme un suplemento de alimentación no es para descrito». Vicente, que ve a Zorzano tan necesitado como él, «le suplicaba y le rogaba que no trajese más, porque a mí se me hacía cargo de conciencia aceptarlo de él. Pensando en los demás, se había olvidado de que él sí que estaba materialmente reducido a los huesos. Era tanta su debilidad que —recuerdo— se le escapó decirme un día que se veía obligado a descansar en un banco de la Castellana cada vez que venía a verme», y eso que no era larga la distancia de su casa a la Embajada. Bromeando sobre su flojera, Zorzano dice fatigarse por el peso del reloj en el bolsillo. Chiqui recordará cómo, algunos de aquellos descansos en bancos públicos, los tomaba Isidoro cuando transportaba paquetes de galletas, de los que —subraya— ¡nunca echó mano!. A veces, antes de entrar en su casa, se repone unos momentos en el domicilio de sus parientes, que también viven en Serrano 51. «¿Qué te pasa?», le preguntan. «Nada. Debe de ser el cansancio. Pero no le cuentes a mamá que me has visto así».

Fortaleciendo la fe de todos. Confianza en la oración. Un obús sin consecuencia, «gracias a José»

Preocupado sobre todo por la vida espiritual de «los peques», a Isidoro le produce gran satisfacción informar al Beato Josemaría cuando comulgan a diario: «Desayunan con D. Manuel todas las mañanas». También procura que todos nutran su piedad con los textos de las meditaciones que dirigiera el Fundador en la legación.

Aprovecha todas las ocasiones para robustecer en los miembros del Opus Dei una visión sobrenatural de los acontecimientos: «En esta temporada en que D. Manuel nos concede la gracia de ayudarle a llevar su carga, debemos de aprovecharla bien considerando que cada uno de los instantes que pasan tiene repercusión eterna. Esta carga la debemos de llevar a plomo —como nos dice siempre el abuelo— con alegría y paz, reflejo del espíritu que nos anima y que constituye el ‘aire de familia’ que nos es peculiar. De esta forma, aunque aparentemente no se vea nuestra labor, para D. Manuel, que ve en lo oculto, tiene más valor que si estuviéramos actuando en primera línea». Y no cesa en sus alientos para que todos sean fieles a la vocación: «Hay que pedirle a D. Manuel mucha perseverancia». «La fortaleza de un edificio depende de la profundidad de sus cimientos. Pues, ¡a cavar muy hondo! con las herramientas que ahora nos ha puesto D. Manuel a la mano: la perseverancia y la paciencia, y todo ello llevado con alegría, con mucha alegría».

También les recuerda las celebraciones y tiempos litúrgicos. Así, por ejemplo, en vísperas de la Ascensión escribe: «Como el jueves se marcha D. Manuel con su Sr. Padre, es conveniente hacerle todos los encargos y recomendaciones que podamos». Y en Cuaresma les dice: «¡Lo que se puede esperar de unos corazones templados en el sufrimiento y en el dolor! Es el único camino. D. Manuel nos lo dice a cada paso y su ejemplo es una demostración viviente. Para gozar, toda una eternidad nos está reservada. Padecer y más padecer por Aquel que dio su vida por nosotros».

El ingeniero, que pone toda su voluntad al servicio del Señor, no es, de ninguna manera, un «voluntarista». Sabe muy bien que Dios es el verdadero protagonista de la santidad, del apostolado y de la historia en general. El Fundador le ha enseñado a vivir un profundo sentido de la filiación divina y, consiguientemente, a practicar el abandono: «Este Señor —escribe Isidoro a Valencia— por sus delicadezas con todos nosotros es, como dice el abuelo, un verdadero padrazo y, efectivamente, está esperando a que se le pidan las cosas que deseamos, con fe, para concedérnoslas. Pero ¡qué pocas veces lo hacemos con verdadera fe!».

Por cuanto a sí mismo atañe, Zorzano tiene una plena seguridad en que Dios conduce sus pasos. En la primavera de 1938 recibe una muestra tangible de esa Providencia.

Con cierta frecuencia, cuando suenan las alarmas de bombardeo, Isidoro suele permanecer en casa —en el ático de Serrano 51— mientras los parientes y vecinos bajan a cobijarse en las plantas inferiores del edificio. El 3 de mayo, sin embargo, también él acude al refugio. Cuando suben todos, advierten que varias habitaciones han sufrido desperfectos. Un proyectil ha perforado la pared y ha terminado alojándose en el colchón del ingeniero. Pero hay algo más. En la pared deteriorada colgaba un cuadro con una imagen de San José. La estampa permanece intacta, sin un rasguño; pero el vidrio muestra un orificio circular del mismo diámetro que el proyectil. Zorzano escribe la fecha del suceso en el dorso del cuadro, y a los de Honduras, que se interesan por los daños, les tranquiliza: «Gracias a José, que presidía la habitación por donde entró el obús, apenas hemos sufrido molestia alguna».

Bajo el título «Yo conocí a un Santo argentino», a esta temporada se referirá, muchos años después, un testigo casual: «Era una tarde brillante de primavera cuando comenzó a rugir el bombardeo. Casi a mis espaldas se derrumbó un edificio, y de pronto me encontré, por esos azares regidos por la ley de la conservación, acurrucado en un sótano próximo donde ya se hallaban otras personas. Él llegó unos momentos más tarde. No hubiera buscado refugio —y tampoco lo buscaba esta vez— de no estar acompañado por un pequeño recogido en la calle, que temblaba de miedo.

»—No te asustes, hijo. No es nada.

»Tenía una sonrisa tan particular, su tono de voz y sus modales una dulzura tan profunda, que logró inmediatamente tranquilizar al pequeño y a todos los que presenciábamos la escena [...].

»Era así, sonriente, amable, vital. Su vitalidad se contagiaba a todos por mera presencia, y sus palabras tan sólo subrayaban una sensación indescriptible.

»Esa tarde conversamos un rato y después lo acompañé durante un trecho, mientras él llevaba hasta el domicilio al pequeño encontrado en la calle». El periodista, no creyente, inició así su amistad con Zorzano.

Una decisión tomada en la presencia de Dios: que se pasen los refugiados. Enrolamientos y deserciones. Charlas por Madrid. «Casualidades» providenciales. Dos de octubre: Álvaro se despide

Por estas fechas la situación se ha vuelto peligrosa incluso para los extranjeros debidamente documentados, como Isidoro: tiene que «justificar desde cuándo se encuentra uno en España, a qué ha venido, de qué vive, a qué se dedica, etc. A mi casa han venido dos agentes a dicho fin y la autorización de permanencia la conceden por tres meses».

Así las cosas, el 13 de junio (1938) Álvaro pide nuevamente autorización a Isidoro para dejar el Consulado, presentarse en el ejército republicano y cruzar, por el frente, a la España nacional. Tras exponer las razones que, a su juicio, apoyan la iniciativa, dice: «Te suplico, pues, que, delante de D. Manuel, me des permiso para alistarme». A decir verdad, los refugiados temen una negativa. Álvaro escribirá: «Suponía que nos negaría de nuevo el permiso». De ahí su sorpresa cuando, a los cinco días, reciben una letras de Zorzano: «Querido Álvaro: Con la ayuda de D. Manuel he pensado detenidamente en tus proyectos [...]. Me parece que puedes realizar tus proyectos, y que D. Manuel y Dª María llenen tus deseos, que son los nuestros».

Isidoro escribe al Padre: «Lo he estudiado detenidamente antes de contestarles y no he encontrado inconveniente». Subraya que ha tomado la decisión «en la presencia de D. Manuel». En efecto, ha pedido luces al Señor, mirando un pequeño Crucifijo, ante el que don Josemaría había celebrado la Santa Misa y que Zorzano guarda en casa, junto al Santísimo. En el lecho de muerte, Isidoro dirá que recibió del Señor la seguridad de que el proyecto tendría éxito y conoció exactamente la fecha en que los fugitivos llegarían a Burgos. El Fundador lo ha sabido también, por el mismo procedimiento que Zorzano.

Los refugiados no salen de su asombro. Álvaro recuerda: «Tengo que hacer constar que recibimos la noticia con alegría y con algo de extrañeza. A la enérgica oposición que antes había manifestado a nuestros planes, sucedía una extraordinaria decisión, sencillez y facilidad para aprobarlos. Precisamente unos días antes supimos que Arquelao, un muchacho estudiante de filosofía de la Congregación de los Sagrados Corazones, que salió con los mismos propósitos del Consulado —el único que había marchado de nuestro refugio para atravesar las líneas del frente— cayó asesinado [...] entre las dos líneas, en el momento en que intentaba el salto. Eran más los que caían en la empresa que los que triunfaban en ella. Y en esos momentos nos concedía Isidoro el permiso, con tal fe en el triunfo humano del intento, que no podía por menos de asombrar la tranquilidad con que se jugaba a cara y cruz —mirando las cosas de tejas abajo— las vidas de varios miembros de la Obra».

Más aún, el propio Isidoro tomará las riendas de la operación. En efecto, ya en su respuesta de conformidad a Portillo, Zorzano alude a las diligencias que acometerá personalmente: por ejemplo, hablar con un amigo militar y estudiar el funcionamiento de las cajas de reclutamiento, donde se irán presentando los refugiados.

Álvaro señalará que «el alistamiento se hizo sin dificultad, según las instrucciones de Isidoro». José María es inmediatamente destinado a servicios auxiliares, donde consigue un buen puesto. Tan bueno, que Isidoro le aconseja quedarse en Madrid, sin intentar el salto.

Los destinos de Álvaro y Eduardo son menos satisfactorios y, sobre todo, no les facilitan el acceso al frente de guerra. Deciden por ello desertar de sus unidades y alistarse de nuevo, con nombres ficticios. Repetirán varias veces la operación.

Isidoro, que sigue preocupado por Vicente, flaco y aislado, utiliza una de las documentaciones desechadas para sacarlo de la Embajada noruega: ha decidido que también él se pase con Álvaro y Eduardo. Pero llega el mes de agosto sin que los destinen a primera línea.

Salieron de las embajadas porque Dios se lo hizo ver a Isidoro. Ahora todo parece indicar que Dios mismo desea llevar el negocio adelante, sin la ayuda de los propios interesados. A fin de cuentas, el Señor de los Ejércitos también manda en el republicano. Así que vuelven a desertar los tres y, una vez más, se presentan en la Caja de Recluta, con nombres distintos a los de antes.

Zorzano sigue apiñando a todos: «Nuestra unión con Isidoro» —escribe Álvaro— «fue, gracias a Dios, constante. Siempre que era posible, íbamos los ex-refugiados a su casa, o nos reuníamos en una pensión de la calle de Goya y allí hacíamos nuestra oración y charlábamos sobre nuestros asuntos familiares. Mucho bien nos hizo en esos meses Isidoro, con sus conversaciones, con todo su trato y, sobre todo, con su ejemplo. El ánimo siempre igual, la misma confianza siempre en Dios y en la Obra; y siempre con una alegre gravedad y naturalidad.

»Estaba entonces extraordinariamente débil, delgadísimo. Muchas veces se vestía con un mono y venía con nosotros a comer a un cuartel, del que dependíamos como ‘milicianos’. No era fácil conseguir alguna ración más, haciendo interminables colas; y después, sentados en el suelo, en corro, charlábamos y comíamos».

Isidoro mismo describe estas comidas: «primero, la cola con el plato para la ración; después, buscar un acomodo en el suelo y unos ladrillitos para colocar el plato; y después, como no disponemos de cubiertos suficientes, mejor dicho, de cucharas, pues es lo único que se utiliza, hay que esperar a que uno termine para que la utilice otro; divertidísimo». Cuando llega alguna fiesta de la Santísima Virgen, «lo celebramos por todo lo alto; siguiendo la costumbre del Padre de hacer un obsequio a los pobres en sus festividades, repartimos las tres comidas que sacamos entre los pobres».

Eduardo recordará un día en que, después de almorzar, «volvimos los dos solos hacia el centro, dando un largo paseo por la calle de Alfonso XII. Comentábamos los desastres y las ventajas de la guerra e Isidoro empezó a hacer el recuento de los bienes que nos traía y nos había traído. La veía de un modo totalmente sobrenatural, como una oportunidad magnífica que Dios nos deparaba para santificarnos. Y, lleno de alegría, iba enumerando las virtudes —sobre todo, la caridad y unión fraterna— que con aquellas circunstancias y por la bondad de Dios se afirmaban en nosotros. Cuando llegamos a casa, recuerdo que estábamos rebosantes de alegría y dábamos gracias interiormente a Dios de todo corazón por tantos regalos como nos colmaba».

Charlan a menudo sobre la futura labor apostólica del Opus Dei, en servicio de la Iglesia. Estas conversaciones «nos encendían de entusiasmo y nos elevaban muy por encima de las dificultades y peligros que nos rodeaban. Isidoro las provocaba a menudo y las circunstancias se prestaban a que estuviesen llenas de naturalidad. Al comentar las cosas grandes que presenciábamos ya y que nos esperaban, recuerdo que repetía a menudo, como no pudiendo expresar de otro modo su admiración, ‘¡Es admirable! ¡Es extraordinario!’. Nosotros le embromábamos cariñosamente por esta muletilla».

Por fin, el 24 de agosto, Álvaro y Vicente son trasladados al pueblecito de Anchuelo, cerca de Alcalá de Henares. De allí partirán hacia Chiloeches y, después, a Fontanar, en la provincia de Guadalajara, donde realizan su período de instrucción militar. Por una serie de circunstancias providenciales —reajustes de unidades, errores, etcétera—, Álvaro y Vicente pertenecen a la misma compañía. El día 19 de septiembre, tras diversas peripecias igualmente providenciales, se les junta también Eduardo. No pueden por menos de ponderar la casualidad de que —en un ejército de 700.000 hombres— tres amigos coincidan, según su deseo, en el mismo cuerpo de ejército, en la misma brigada, en el mismo batallón, en la misma compañía y en la misma sección.

El 2 de octubre, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, Álvaro pide permiso para llegarse a la capital, donde quiere despedirse de Isidoro. «Charlamos mucho, hicimos la oración juntos y hasta fuimos a comer también en compañía. Isidoro, con Santiago, José María» —González Barredo— «y yo conseguimos un poco de agua con arroz y una sardina y pan después de larga espera en una formidable cola de soldados, que sacaban su comida en uno de los cuarteles del paseo de Atocha. Y allí, junto a los jardincillos de la basílica de Atocha, sentados en la acera de la calle, celebramos también materialmente, con esa pobre comida, llena de alegría y de recuerdo para el Padre y para todos nuestros hermanos, el día que para nosotros es de acción de gracias».

Después de almorzar, Álvaro pide a Isidoro el Santísimo Sacramento para llevarlo consigo y poder comulgar hasta el momento de cruzar el frente. Zorzano se resiste al principio, pero termina cediendo y acuden a su casa, en la calle de Serrano, para recoger algunas Sagradas Formas en una cartera.

El soldado marcha feliz... y un tanto perplejo: «Mucho me chocó una cosa en aquel día. En cuanto vi a Isidoro [...] le dije la noticia: dentro de tres o cuatro días, nos llevarían al frente. Y después... ¡a la zona nacional! A Isidoro no le impresionaron ni le sorprendieron estas palabras ni poco ni mucho: ‘Sí: ya le he escrito al Padre que hacia el día del Pilar estaréis en Burgos’. Quedé, naturalmente, más que medianamente desconcertado ante la respuesta de Isidoro. ¡Si él no sabía, hasta que se lo dije yo, que enseguida marchábamos al frente! Y, además, sólo Dios sabía si podríamos o no pasarnos cruzando la línea de fuego. Y, aun en caso de que lográramos evadirnos [...] ¿cuándo sería? Todo esto pensé, pero no comenté nada. E insisto en que la naturalidad con que aseguró Isidoro que había escrito en ese sentido —y con esa seguridad— al Padre, me desconcertó plenamente».

Otro cúmulo de casualidades providenciales hará que los tres lleguen, por el frente, a la España nacional el 12 de octubre (1938), fiesta de Nuestra Señora del Pilar. Dos días después se reunirán en Burgos con el Fundador que, sin haber recibido la carta de Isidoro, había anunciado su llegada y estaba esperándoles.

Ha muerto Paco Zorzano. Preocupación por Rafa, enfermo

Don Josemaría pone unas líneas para comunicar a Zorzano la llegada de los fugitivos. A la vez, por otro lado, Isidoro recibe una triste novedad: acaba de saber que su hermano Francisco, capitán ya en el ejército «nacional», murió a primeros de año, en acción de guerra. Pide sufragios por su alma: «Dada la amistad que Vd. tiene con Mr. Emanuel y su Madre, le ruego se lo comuniquen como igualmente a la familia».

La noticia ha tardado casi año y medio en llegar; además, con la fecha equivocada, pues Paco no cayó a principios de 1938 sino el 12 de julio de 1937, en la batalla de Brunete, cerca de Madrid. Isidoro informa también a los miembros de la Obra que andan por la zona republicana, y pide oraciones por su hermano. Era buen cristiano, pero el ingeniero lamenta no haber tenido más ocasiones de ayudarle a incrementar su sentido sobrenatural de la vida. Debe incluso rechazar la ocurrencia de que tal vez hubiera sido preferible su propia muerte. En cualquier caso, considera inoportuno decir nada, por el momento, a doña Teresa, Salus y Chichina. Lo hará unos meses más tarde. «No lo quise decir en casa pues, dado el estado de debilidad de mi madre y hermanas [...], no estaban en condiciones de sobrellevar esta noticia».

Tras la marcha de los «hondureños», Isidoro tiene menos hijos del Padre a quienes cuidar. Y esos pocos andan desparramados.

Rafael Calvo Serer está en Valencia, declarado «inútil total» en el ejército republicano como consecuencia de una afección pulmonar. Ha pasado un verdadero calvario, de hospital en hospital.

Isidoro ha sufrido mucha inquietud por él —«¡Cuánto está pasando este pobre chico, solo y enfermo!»— y se queja cariñosamente cuando tarda en escribir: «No hay derecho a que me tengas intranquilo por tu suerte y enfermedad». Mantiene informados al Padre y a los demás sobre la salud y andanzas de Rafa. Reza y pide oraciones por el enfermo, a quien hace llegar los alimentos que necesita para restablecerse. También le dirige, una y otra vez, palabras de aliento y exhortaciones para que santifique sus dolencias: «[...] Me figuro que estarás bien atendido; no obstante, procura cuidarte lo mejor posible, pues esas lesiones cogidas a su debido tiempo no tienen trascendencia.

»Me hubiera gustado que tu traslado hubiese sido a algún hospital de ésta, pues tendríamos la satisfacción de tenerte a nuestro lado [...].

»A D. Manuel le hablo continuamente de ti y, como constantemente nos da pruebas de su afecto y cariño, no nos debemos preocupar en absoluto por nada; la única preocupación debe ser el no caer en su desgracia y el corresponder a sus atenciones. Aprovechemos, pues, las ocasiones que nos brinda para adquirir méritos a favor suyo».

El resultado de sus oraciones, de sus muestras de afecto y de sus atinados consejos, es que Rafael, en medio de su tribulación, conserva el buen espíritu y persevera en su vocación.

«Toreado» por Chiqui. Sólo queda Barredo

En cuanto a José María Hernández de Garnica (Chiqui), él mismo escribirá sobre Zorzano: «Le toreé lo indecible por mi flojera, y él, con paciencia extraordinaria, no dejaba de escribirme y animarme, aunque muchas veces no recibiese respuesta en largo tiempo». Nada más salir de Madrid el Fundador, Chiqui había sido destinado —por el ejército republicano— a Baza (Granada). Pero no responde a las cartas de Isidoro y, a veces, pasa varios meses sin dar señales de vida: «De Chiqui hace mucho tiempo que no sé de él»; «Como no se reciben noticias de Chiqui, telefoneé a su casa, pero tampoco saben nada».

Para no alarmar al Padre, Zorzano achaca el silencio a la pereza del muchacho: «Chiqui, perezosillo como siempre». Por otro lado, cuida de que todos escriban al «perezoso».

Cuando alguna vez recala en Madrid, con unos días de permiso, Isidoro aprovecha la oportunidad para consolidar la vocación de Chiqui, a quien facilita la recepción de los sacramentos: «Se preocupaba de nuestra vida espiritual, buscándonos sacerdotes que nos oyeran en confesión». José María se sorprende al ver los riesgos que asume Zorzano, con tal de atender a los demás: «Era tal la naturalidad con que [...] afrontaba las adversidades de aquel momento, que yo llegué a pensar si era un inconsciente y no se percataba de la realidad de los peligros que nos rodeaban por toas partes». Isidoro se hace perfecto cargo de la situación; pero también sabe cuánto importa el que todos permanezcan fieles a la vocación.

En Madrid sólo queda Barredo, destinado en servicios auxiliares. Como en los tiempos de Linares, Isidoro vuelve a ocuparse del químico. Pero actúa con tal delicadeza que apenas lo nota el interesado: «Fue director mío, pero nunca se arrogó las atribuciones de tal, sino que lo hacía con tanta naturalidad [...] que yo mismo no pude advertir que era mi director; por otra parte, su actuación como director resultaba eficacísima». Así, por ejemplo, para que Barredo no se olvide de la oración mental, Zorzano sincroniza la hora en que ambos meditarían: «Tenía teléfono en mi habitación» —escribe el químico— «y convinimos Isidoro y yo en que me llamaría todos los días a la hora de levantarme, para hacer la oración al mismo tiempo».

Barredo recuerda también cómo «cuando murió en el frente nacional un hermano mío, el Siervo de Dios se preocupó de buscar un sacerdote que celebrara las misas gregorianas por su alma, en las cuales él comulgaba e invitaba a otras personas para que asistieran a la Santa Misa».

Como el químico trabaja en oficinas militares, puede proporcionar vales de comida cuartelera. Santiago Escrivá, a quien Isidoro sigue dando clases de francés, recordará que acudían «a los cuarteles donde repartían rancho para los soldados que estaban de tránsito por Madrid. [...] Isidoro y yo íbamos cada día a tres cuarteles diferentes y recibíamos seis ranchos y seis chuscos. Recuerdo haber ido al cuartel de María Cristina, a la Basílica de Atocha, que no era cuartel pero había un puesto de reparto de rancho. Y al gobierno militar». Como siempre, reparten los víveres entre las familias necesitadas, y «nuestra propia ración nos la comíamos, Isidoro y yo, en el Retiro o en la acera de una calle».

Pero un día en que profesor y alumno hacen cola para el rancho, junto al Panteón de Hombres Ilustres, Santiago es descubierto y detenido en los sótanos del mismo edificio.

Petición de alimentos a Buenos Aires. Camisería de la calle Toledo. Isidoro, detenido

Cuando termine la guerra, el propio Isidoro contará estas peripecias a sus tíos de Buenos Aires: «El problema del alimento ha sido terrible; falsificando documentos me presentaba en los cuarteles, como si fuese miliciano [...] de esta forma estuve unos cuantos meses, pero como ya escaseaba tanto la comida, empezaron a sospechar y, como detuvieron a un amigo que me ayudaba en estos menesteres, desistimos de continuar». Los Zorzano entonces piden víveres a los parientes argentinos.

A finales de 1938, la guerra está definitivamente sentenciada. La campaña de Cataluña se ventilará sin gran dificultad en poco más de un mes. Para el 10 de febrero los «nacionales» han tomado toda la frontera con Francia, donde ha debido refugiarse el gobierno republicano.

En Madrid el abastecimiento es prácticamente nulo, se ordena la movilización general y se decreta el estado de guerra.

Para conseguir algún ingreso y quizá para disminuir el número de bocas en Serrano, desde principios de 1939 Isidoro trabaja por las mañanas, como dependiente y contable, en la camisería que tienen unos amigos ortigosanos en la calle de Toledo. A menudo comparte su mesa y baja con ellos al sótano, cuando hay bombardeos. Nunca olvidarán las numerosas obras de misericordia que practicaba el ingeniero: conseguir alimentos para otras personas, visitar presos, etcétera. El hijo de los dueños le agradece particularmente un favor. Movilizado en el ejército republicano, sufría molestias en un oído. Zorzano toma el asunto de su cuenta y logra que el soldado sea dado de baja e ingresado en un hospital hasta el fin de la guerra.

En aquella casa, Zorzano coincide con otros antiguos conocidos de Ortigosa, como Salvador Vicente, amigo de la infancia y de los años malagueños. Isidoro tiene ahora más tiempo para cultivar las amistades de toda la vida. Salvador se pasma, como todos, con el ajetreo benéfico de Zorzano: «entraba y salía en las embajadas, haciendo todo el bien que podía».

Ahora bien, los recelos de Isidoro, a raíz de la detención de Santi Escrivá, no eran infundados. Ni siquiera su nacionalidad argentina bastará para protegerlo. Zorzano ha cumplido ya el papel que le asignaba la Providencia divina en el Madrid sitiado. No importa que ahora lo descubran. Él, que se ha movido sin problemas por todo Madrid en momentos bien difíciles, a punto de terminar la guerra será capturado y en su propia casa: «El día de Reyes fui detenido y, después de pasar dos horas en la Dirección General de Seguridad, en un repugnante calabozo, fui trasladado, en coche celular, a los sótanos de la Basílica de Atocha, de donde salí el 7 a las tres y media de la tarde, con la obligación de sellar diariamente, en el Juzgado del CRIM —Centro de Reclutamiento, Instrucción y Movilización—, un salvoconducto que nos dieron».

No ha sido el único hispano-argentino detenido el 6 de enero. El «Heraldo de Madrid» del día siguiente informa en un suelto («LA POLICÍA REALIZA UN IMPORANTE SERVICIO. Detención de un centenar de desertores») que «la policía había realizado un importantísimo servicio, merced al cual había logrado detener a más de un centenar de individuos [...] que, escudándose en haber adquirido por medios ilícitos, una determinada nacionalidad, habían logrado eludir sus deberes militares».

Uno de ellos recuerda su propio caso: en la madrugada del 6 de enero lo buscaron en su domicilio y lo llevaron a los sótanos del Panteón de Hombres Ilustres, donde pasó la noche entre muchos detenidos, de variados pelajes. Al día siguiente, se presenta un funcionario de la Embajada argentina. Se dirige a los suyos: «Vosotros no os preocupéis, porque sois argentinos; y, aunque digan que también sois españoles, estáis bajo mi custodia». Los acogerá en la Embajada, en el paseo de la Castellana, donde se juntan unas ciento veinte personas.

Días después, del 18 de enero al 23 por la tarde, también Isidoro deberá refugiarse en la Embajada. Aparte de argentinos hay allí «chulos, [...], elementos desechados de la columna internacional, etc., pero todo ello» —anota Isidoro— «me ha sentado admirablemente».

No hay camas para los acogidos, que se reparten por el edificio. Las hermanas de Zorzano le llevan una colchoneta, que cede a otro: él dormirá en el suelo. Un joven refugiado, intranquilo, charla con Isidoro, que lo serena: «Tú no te preocupes. Reza, que no te va a pasar nada». Cuando llega la orden de desalojar la Embajada, los refugiados quedan libres —¡a estas alturas, ya no van a reclutarlos!—, con obligación de presentarse diariamente a las autoridades españolas.

Isidoro no quiere intranquilizar, con el episodio, a los miembros del Opus Dei: «Todo sigue igual excepto mi situación, que se ha complicado un poco; no por motivos particulares, sino generales de todos los que se encuentran en condiciones análogas a las mías». Pero no puede visitar a Rafa en Valencia, como quisiera.

Cuanto menos se haga notar, mejor. Incluso la Embajada de su país considera que ya lo han protegido bastante. En una escapada por Madrid, Chiqui se entera de que a Zorzano «el último año de la guerra, le conminaron en el Consulado argentino con quitarle la protección si no se marchaba» de la zona republicana.

Sirviendo, hasta el fin de la guerra. Batalla campal en Madrid. Liberación de la capital. ¡Ha llegado el Padre!

Pero debe permanecer en Madrid hasta el fin de la guerra: lo necesitan su familia y tantas otras personas. Chichina sabe que su hermano ayuda, por ejemplo, a unas monjas. Y los parientes recordarán cómo Isidoro «prestó ayuda en todos los sentidos a cuantos amigos y compañeros veía en situación difícil, exponiéndose muchas veces, y enfermando al fin —con algo intestinal— que cada día se le veía debilitarse más y perder [...]. En la relación de familia era sencillo y cariñoso, haciendo cuanto podía por el bien de todos».

Salus nunca olvidará cuánto la confortó de sus infortunios. Según resumirá Isidoro, a su cuñado Munárriz «le robaron todo lo que tenía; estuvo cerca de un año en la cárcel; al salir, tuvo que refugiarse en un sanatorio donde pasó por loco; intentó pasarse y le detuvieron; lo quisieron matar por espía, para lo cual le pusieron unas inyecciones que, aunque no lo matasen, lo han trastornado bastante y ha estado refugiado después en un hospital». A Salus le consolaba mucho escuchar a su hermano que «cuando Dios nos probaba así, es que era muy grande la recompensa que nos preparaba».

A mediados de febrero (1939) fallece —«de inanición» dice Isidoro— el tío Juan José. Su hija escribirá: «en aquella época había persecución religiosa y no había manera de administrarle los sacramentos»; por lo que, nada más morir Juan José, Isidoro «rezó un responso por su alma, acudiendo al entierro».

Tras la caída de Cataluña, reina la paz en todos los frentes, del 10 de febrero al 25 de marzo. Pero el jefe del gobierno, Negrín, y los comunistas quieren continuar la guerra. Los militares, partidarios de negociar cuanto antes una paz honrosa, se sublevan y constituyen en Madrid un Consejo Nacional de Defensa presidido por el coronel Segismundo Casado. Las calles de la capital vuelven a ser campo de batalla: se trata de una guerra civil entre las unidades comunistas y las leales al Consejo, que terminará dominando la situación. Estas luchas internas debilitan todavía más la posición republicana. El fin de la guerra es cuestión de días.

Isidoro aguarda impaciente al Padre y a los demás: «¡Qué falta nos hace el pasar una temporada con él y sus nietos! Nos quitaría de encima todas esas pequeñas cosas que se pegan tanto a uno y le sirven de lastre». Le ilusiona pensar en la futura labor apostólica, sin trabas.

El 26 de marzo, el ejército nacional comienza la invasión de la zona todavía republicana. Provincias enteras son tomadas sin un disparo: el día 28 la División número 16 entra en Madrid.

En casa de los Zorzano, Salus comenta esperanzada: «A ver si Paco entra con las tropas nacionales». Isidoro no puede seguir ocultando más tiempo la triste noticia. Por otra parte, la alegría de la liberación paliará un poco el dolor. «No —dice— Paco ya no entra», y relata su heroica muerte. El capitán era hombre desenvuelto y dicharachero, capaz de suscitar una sonrisa en el rostro más apenado. Isidoro comenta que, si el muerto fuera él, «en lugar de Paco, él hubiera sido vuestro consuelo y alegría».

Nada más entrar las tropas, el mismo 28 de marzo, Isidoro se acerca por la «casa de Ferraz 16. Está completamente desmantelada, sin escaleras, barandillas ni entarimado. Se conserva únicamente un trecho de barandilla de la escalera de servicio. Por único adorno, quedan dos faroles: el de la puerta y el del vestíbulo. El primero está intacto». Entre los papeles y suciedad que tapizan el suelo, aparece un ejemplar íntegro de las Consideraciones Espirituales del Beato Josemaría.

Como la casa queda muy cerca de lo que fuera primera línea de fuego, Zorzano se da una vuelta por los frentes. Luego recala en el piso donde viven doña Dolores, Carmen y Santiago.

Cuando, en casa de la abuela, están hablando del Fundador «y de los amigos ausentes, se presenta el Padre. Son momentos —escribe Zorzano— verdaderamente emocionantes». Don Josemaría probablemente sea el primer sacerdote que ha entrado en Madrid. Las gentes, que llevan casi tres años sin ver ninguno —menos aún, vestido de clérigo—, se acercaban a saludarle con devoción y casi a piropearlo. El Padre mostraba un crucifijo, invitándoles a besarlo como desagravio por todas las injurias a Dios y a su Iglesia.

A Zorzano, envejecido y demacrado con sus 45 kilos, le abruman las emociones de la jornada y al día siguiente, «mareado por completo», habrá de acostarse un rato. Concluyen 982 días de pesadilla: de jugarse la vida en servicio de todos; de zozobras; de aislamiento; de hambre; de sembrar serenidad, sin asidero humano que la fundamentase. El recurso a «D. Manuel y a Dª María» y una completa fidelidad al «abuelo» lo han mantenido firme.

El último parte bélico se firmará cuatro días después. Pero la guerra ya ha terminado para Isidoro. A partir de ahora, «desayunar con D. Manuel» no significará un riesgo de muerte. Además, ¡está con «el abuelo y sus peques»!

Como San Pablo, podría decir que, con la gracia de Dios, en el infierno de Madrid, ha combatido un buen combate, ha cumplido su encargo, ha sido fiel.