Al servicio de todos, para todo

 

Índice: Isidoro Zorzano

Don Josemaría enseña de un modo práctico a sus hijos que pueden y deben santificar todas las situaciones: también la de asilo en una legación, donde la estrechez del espacio, el ambiente de los otros refugiados y la carencia de todo invitan al descuido personal, a la pérdida de tiempo y al desorden. Por eso, yendo él por delante, cuida de que quienes lo acompañan vivan un horario definido, con tiempo de oración, estudio, etcétera; y mantengan arreglada la estancia —una para todos— que ocupan, sin objetos tirados en cualquier parte.

Ahora bien, esto exige algunos medios —bien modestos, por cierto—, que conseguirá Zorzano en una ciudad asediada, donde no hay ni comestibles, ni productos de aseo, ni nada, para nadie. Menos aún para unos refugiados, que oficialmente no existen. Mientras hayan de permanecer en Madrid, Isidoro proveerá a todas las necesidades de los «hondureños»: desde facilitarles las formas y el vino para la celebración de la Misa, hasta suministrarles mil menudencias de tipo material. Se trata, por ejemplo, de conseguir un cuchillo para cortar el pan, sin que se desperdicien las migas, y una bolsa para guardar los mendrugos; una cuerda para enrollar las colchonetas durante el día; unas fundas de almohada; un espejo; unos cordones de zapatos; tinta; una caja de cartón o de hojalata; unas medicinas, y su estetoscopio, para Jiménez Vargas; dos reales de acíbar, con que el Padre —por mortificación— «sazona» sus magras colaciones; un cepillo de dientes; o un diccionario. El 18 de abril, Isidoro anota: «Le he llevado —al Fundador— mi reloj, porque no disponen de ninguno».

Otras veces hay que realizar gestiones variopintas: hacer reparar el reloj; encargar a Carmen que confeccione unos escapularios; mandar estrechar unas prendas que, con el hambre, se han quedado anchas...

En ocasiones, los encargos obedecen a la esperanza de la próxima evacuación: sacar copias de unas fotografías carnet; traer un maletín de casa de Juan y dejar allí su estetoscopio; comprar unas gafas de camuflaje; o devolver unas ropas que, por error, se habían sacado de la Legación.

Isidoro es, en el cumplimiento de estas encomiendas, la eficacia hecha persona. Así, por ejemplo, el 30 de marzo, recibe un encargo del Fundador: «Mira si puedes traer las fotografías mañana miércoles, porque por la tarde hay que entregarlas». Al día siguiente agradece don Josemaría: «Acabo de recibir las fotos [...]. Gracias».

Sólo en una misión le traicionó su mentalidad de ingeniero concienzudo. Los de Honduras han pedido «Mitigal», pues en la legación se dice que los piojos han hecho acto de presencia. Isidoro lo comenta con un médico, quien —para mayor eficacia— pregunta si son pulgas, piojos de cabeza o de vestido. El Padre, divertido, responde que son «de ropa, de cabeza... y, ¡etcétera!». Isidoro habla de nuevo con el doctor, que redacta una fórmula infalible y la hace llegar al Consulado. Don Josemaría les cuenta la historia de quien «recomendaba a un hambriento un menú del Palace» —un conocido hotel— y ruega que, si tienen un insecticida, lo envíen; pero que, por favor, no manden fórmulas.

A veces, las gestiones resultan azarosas: «Toda la mañana la pasé agitadísima con los obuses; parece que me iban persiguiendo y, como me empeñé en hacer un encargo que me dio el Padre, lo conseguí a pesar de las pildoritas destructoras. Regresé a la legación para llevárselo, pero tuve la mala pata de que abriera la puerta el mismo Cónsul y me echó con cajas destempladas; en una palabra, me dio con la puerta en las narices; que, por cierto, me vino muy bien, pues iba demasiado orgulloso con mi compra».

En el apartado de los encargos materiales, los víveres constituyen un capítulo propio.

Búsqueda y distribución de alimentos

En el Madrid asediado se decreta el racionamiento de alimentos que, lógicamente, sólo se distribuyen a la población debidamente documentada y cuya presencia en la capital es legal. Por otro lado, las raciones oficialmente anunciadas son más bien teóricas. Falta el pan. Y tanto la leche como las verduras, el pescado y la carne se consideran productos farmacéuticos, que son expendidos con receta médica.

En esta tesitura, Isidoro debe alimentar muchas bocas, que no están previstas por los suministros gubernativos. A medida que avance la guerra, Zorzano irá desarrollando una notable habilidad para conseguir víveres por los más variados caminos: cuarteles, instituciones benéficas, etcétera.

Su propia cartilla de racionamiento le permite adquirir algunos productos en las Mantequerías Rodríguez. Por otro lado, cuando la Embajada de Argentina establece un economato para sus ciudadanos, Isidoro se inscribe inmediatamente; y no sólo él: «En mi propia cartilla he incluido a Dª Lola y Carmen» —la madre y la hermana del Fundador— «como familiares». Pero, de momento, las provisiones más apreciables llegan por vía de relación personal.

A través de un conocido, Zorzano adquiere víveres en el economato de la cárcel de San Antón.

Pedro y Paco —desde Levante, donde hay más facilidad para conseguir alimentos y otros productos— hacen envíos frecuentes a casa de Isidoro, que agradece: «Acabo de recibir un paquete muestra con café, queso y embutido: ha llegado admirablemente. Muy agradecidos todos». Les indica cuáles son las necesidades más perentorias: «En tu próxima expedición podrías enviar lo que por aquí nos falta más, que son: judías, garbanzos, lentejas, latas de sardinas y tomate y, si pudiese ser, mermelada y leche condensada en polvo [...] amén de los embutidos que puedas. Perdóname que te escriba una carta tan materialista...».

Otro conducto, por el que llegan los paquetes más sustanciosos, es una familia de Daimiel (Ciudad Real) amiga del Beato Josemaría. Mandan garbanzos, patatas, habichuelas, botes de leche, arroz, harina, jamón, etcétera. Isidoro les escribe agradeciendo los envíos. Resulta conmovedora la correspondencia del señor ingeniero: «Me figuro que habrás recibido una carta mía, que la escribí el mismo día que recibí los garbanzos; como te decía, llegaron admirablemente. Hace tres días me trajeron las patatas en perfecto estado; las habichuelas y los botes de leche no se han recibido todavía. Como ves, lo más rápido es lo del ferrocarril. No obstante, enviadlo como os resulte más cómodo.

Os lo agradecemos infinito, pues casi hay que comer por correspondencia, por no disponer aquí de nada. Como son muchas las extorsiones que os estamos originando, me permitiréis que os anuncie un giro de 100 pts.

Por si no habéis recibido mi anterior, os diré que lo más necesario son: judías, lentejas, garbanzos, leche condensada o en polvo, harina, chocolate y jabón, tanto de lavar como de tocador, porque como no hay tenemos que ser sucios a la fuerza».

Cuando las necesidades están cubiertas, aunque sea de modo transitorio, Isidoro —por indicación del Fundador— escribe a los levantinos y a Daimiel para que interrumpan los suministros: «Ayer me habló el abuelo de la cuestión de los comestibles y me encarga que os escriba es profeso: que bajo ningún concepto volváis a mandar nada más por ahora».

La primera preocupación de Isidoro es atender al Padre y a quienes con él pasan hambre. ¡Con cuánto dolor anota el ingeniero en su diario: «Necesitan alimentos, pasan hambre y, sin embargo, no tenemos absolutamente nada que llevarles»!.

El Fundador agradece los desvelos de Zorzano por los refugiados, pero tiene muy presente la situación de sus hijos que andan por la calle: «Primero, en cuestión de alimentos, debéis ser vosotros: para aquí, lo que realmente no necesitéis. ¿Está claro?». Cuando en el consulado hay de comer, prohíbe a Isidoro que lleve nada. Más aún, incluso hace llegar a los de fuera productos que proporcionan en Honduras: por ejemplo, chocolate y pan.

Con las provisiones que recibe, Zorzano atiende también a las familias, necesitadas, de los miembros de la Obra, incluida la suya propia: «Se han recibido de Valencia 2 kgs. de jamón y un bote grande de albaricoque al natural [...]. Hice cuatro partes iguales para Dª Lola, casa Ricardo, Miguel y mi familia». El Padre le señala que asista, igualmente, a los Jiménez Vargas: «Si les podéis enviar algo de comida, yo lo agradezco como hecho a mí mismo».

La madre y las hermanas de Isidoro están sorprendidas con sus idas y venidas —apenas para— y con ese trasiego de paquetes. Probablemente esperan que en la casa no faltará de nada. Ellas, ciertamente, reciben su parte; pero no más. Uno de los refugiados en Honduras recordará cómo «costaba el que [Isidoro] se quedase con algunos de los víveres que se agenciaba o recibía porque, con una extrema generosidad, quería que todos fueran para nosotros».

Un balance que no cuadra. Reclamación por daños y perjuicios. ¡No es argentino!

A mediados de 1937, cuando la guerra lleva casi un año, el Padre pide a Zorzano un balance de la situación económica. Quiere que sus hijos —además del desprendimiento— vivan la pobreza con sentido de responsabilidad, conociendo exactamente los ingresos y los gastos. Isidoro al principio de la guerra llevaba nota detallada de todos los gastos, pero con motivo de los registros rompió la relación. Además, durante los dos meses en que no salió de casa, fue otro quien efectuó los pagos. Tampoco se anotaron algunos pequeños gastos que, a lo largo del año, suponen cierta cantidad. Así que, al rehacer de memoria las cuentas, el balance no cuadra con exactitud.

Cualquiera se hubiera quedado tan ancho: el trajín de gestiones y encargos en el Madrid asediado no facilitaba, ciertamente, una contabilidad minuciosa. Pero Zorzano piensa que no ha actuado bien y, humildemente, pide perdón: «Lo que ha sucedido espero que no volverá a repetirse —confieso mi descuido—. Me he hecho cargo de la responsabilidad que por ello tengo. Pido perdón, en el Padre, a la Obra». Y añade: «Me ha servido de materia de meditación y... de experiencia».

Para estas fechas, Isidoro lleva más de tres meses embarcado en otra operación, también económica, que implica un alto grado de fortaleza, pues significa hacerse notar por las oficinas estatales y llamar la atención de la Embajada argentina.

A finales de abril el Fundador le ha pedido que prepare la documentación para reclamar al gobierno de la República los daños y perjuicios sufridos por la residencia DYA. Como presidente de la sociedad Fomento de Estudios Superiores, propietaria del inmueble, y alegando su condición de argentino, Zorzano efectuará la reclamación.

En menos de una semana está lista la solicitud y el inventario de lo perdido: muebles, vajillas, ropas, libros, etcétera. El 3 de mayo envía la reclamación a la Embajada de Argentina, en Valencia, para que la curse y «el Estado Español me indemnice de daños y perjuicios».

Pero las diligencias sufren contratiempos de todo tipo: con los notarios, en Hacienda, etcétera. La mayor dificultad surge cuando la Embajada de Argentina en Valencia escribe a Zorzano rogándole acredite su nacionalidad. Con este motivo queda de manifiesto su frágil situación legal.

Le dicen que sólo tienen una copia de su partida de nacimiento y que debe presentar un documento original. Isidoro lo pide inmediatamente a Buenos Aires. Pero, entre tanto, le explican con mayor claridad cuál es el problema: no pueden extenderle un certificado de nacionalidad, y «no se puede cursar ningún asunto, ya que no se considera como ciudadano argentino al que no haya hecho el servicio» militar.

Tras innumerables peripecias, el asunto se acabará enderezando «gracias a la machaconería incesante cerca de la madre de D. Manuel y de Ángel» (es decir, la Virgen y el Ángel de la Guarda). En Argentina se promulga, para los prófugos, una ley de amnistía, que contempla la situación de Isidoro. El 29 de julio le entregan la cartilla militar en regla. Ya es argentino de derecho..., por lo menos a los ojos de su país: queda por ver si el gobierno español republicano acepta esa nacionalidad.

El mismo día remite Zorzano a Valencia la cartilla, para que se curse la reclamación de daños y perjuicios. Han sido tres meses de laboriosas diligencias, a lo largo de los cuales Zorzano ha derrochado esperanza y fortaleza para superar todos los obstáculos al obedecer.

Eucaristía en la clandestinidad. Pan y vino para la Misa del Fundador

Pero Isidoro no sólo se ocupa de gestiones materiales, burocráticas y económicas. Mucho más importante es conseguir, por ejemplo, que el Padre pueda celebrar la Santa Misa, y que todos asistan al Santo Sacrificio, donde sea, o cuando menos comulguen. Rebosa de alegría cuando escribe a los de Valencia: «A mi padre le hemos podido proporcionar un vino de muy buena clase par que lo tome a diario; hasta ahora no lo tomaba más que de vez en cuando. De esta forma se encuentra más confortado». También a los amigos manchegos les comunica: «El abuelo puede tomar diariamente un vinillo que le da la vida y nosotros un pan que nos nutre y fortalece, donde todo es desnutrición y flaqueza».

Cualquier forma de culto sigue siendo delictiva. El nuevo Presidente del gobierno republicano, doctor Juan Negrín López, ha nombrado ministro de Justicia al nacionalista vasco Manuel Irujo, que trata de restablecer la legalidad, al menos, del culto privado: no lo conseguirá. De todas maneras, en Madrid, se ha ido vertebrando una «Iglesia clandestina». Por información oral se va conociendo el paradero de los sacerdotes que no han sido asesinados y celebran la Santa Misa, sin ornamentos ni vasos sagrados.

Isidoro ha descubierto uno de estos lugares y lo comunica a los demás. Albareda recuerda: «me dijo que podía ir con él a Misa un día a la semana» en una pensión de la calle Ayala. «Nos citábamos a las ocho en la esquina de Ayala y Torrijos. Me llamaba por teléfono y me decía: Te espero mañana en mi oficina. La calle de Torrijos estaba llena de vendedores y de puestos de mercado. Llegábamos y había que sortear la entrada en la pensión sin tocar el timbre, pues no habían de enterarse algunos huéspedes». Como la sirvienta no era de fiar, «la llegada era cuando había salido a la compra [...]. Pero, yendo con Isidoro, no había más que seguirle: se deslizaba con precisión segura».

Allí les proporcionan el Santísimo Sacramento, para comulgar los días en que no podrán asistir a la Misa. Zorzano, que conserva las Sagradas Formas en su escritorio, anota: «Es una impresión extraordinaria la que produce llevar al Señor, convertirse en custodia; constituye un método magnífico para tener presencia constante de Él, por la serie de precauciones de que hay que rodearle para que sea llevado con la dignidad que merece el Rey de Reyes».

Se ocupa, igualmente, de buscar un sacerdote que celebre, de vez en cuando, en la casa donde vive doña Dolores. Aunque al principio al dueño del piso le daba miedo, acabarán teniendo Misa todos los domingos y festivos. En estos casos Zorzano se encarga de conseguir todo lo necesario y también de que al sacerdote no le falte desayuno.

Por lo que atañe a las misas del Padre en la Legación, el ingeniero se ocupa de proporcionar la materia para el Santo Sacrificio.

Durante algún tiempo, Albareda consigue formas y vino, que Isidoro hace llegar al consulado. Pero el vino se agría enseguida y Zorzano escribe: «Hago gestiones para encontrar el auténtico». Lo consigue a través de Pilarín, teresiana, hermana de uno de los refugiados en Honduras. Pronto se agota esa fuente: «El vino que envío es el último que quedaba en la bodega de nuestros proveedores. En lo sucesivo, [...] tenemos que buscar otros cosecheros».

No resulta fácil: «El vino lo dan con cuentagotas». «Espero que mañana nos den algo, según me han asegurado esta noche». Albareda vuelve a conseguirlo: esta vez, del genuino. Pero detienen al sacerdote que se lo proporcionaba: «Está en las dependencias de la Dirección General de Seguridad. Buscamos otro proveedor». Simultáneamente se complica la obtención de formas: «Pilarín, desde hoy, no nos puede suministrar el pan especial que nos proporcionaba». Ahora bien, la devoción eucarística de Isidoro y su cariño al Padre le impiden desistir. Continuará buscando y logrando tanto vino como formas, donde sea preciso.

Esta solicitud de Zorzano por facilitar el acceso de todos a la Sagrada Eucaristía también se refiere, lógicamente, a su propia familia. Chichina, por ejemplo, declarará que, durante la guerra, su hermano la llevó consigo a Misa y a comulgar.

Apostolado con parientes. «Tres ramos de rosas» por Pepe. Confianza en Dios

Su sentido apostólico, en efecto, hace que Isidoro cultive la vida cristiana, entre quienes lo rodean. Así, por ejemplo, a la hija del tío Juan José, cuya familia pasó dos o tres meses en casa de los Zorzano, le enseñó a rezar el Rosario, con sus misterios y letanías.

También Salus Zorzano comprueba el sentido sobrenatural de su hermano. Fernando Munárriz, el marido de Salus, ha sido detenido. Salus e Isidoro son llamados alguna vez a declarar. Por el camino, muy nerviosa, la hermana no cesa en sus recomendaciones: «Tienes que pensar en lo que vas a declarar; qué vas a contestar; dónde me dirás que trabajas...». Isidoro sonríe y le dice: «Habla menos y reza más». El ingeniero, que ha hecho leer a su hermana la «Historia de un alma», concreta: «Encomiéndate a Santa Teresita y ella te inspirará lo que debes decir». Pero Salus no se tranquiliza: «Sí, ¡encomiéndate a Santa Teresita! Pero ¿qué vas a contestar?». El hermano repite, con toda paz, su consejo: «Habla menos y reza más».

El ingeniero transmite a los demás su confianza en la oración: «Ahora que se nos presentan tantas dificultades —escribe a Paco Botella— es cuando debemos convivir más tiempo con D. Manuel, contarle hasta nuestras pequeñeces, todo absolutamente; hacerle nuestro confidente y demostrarle, de todas las formas que podamos, nuestro amor y cariño».

Del Fundador ha aprendido que la vida interior es también el único medio de sobreponerse al conformismo frente a las circunstancias, en espera de que cambie la situación. Es un peligro del que alerta Isidoro a los amigos manchegos: les anima a que aprovechen bien el tiempo y a «estar cada día más cerca de D. Manuel; [...] tenerle presente para que, de esta forma, en vez de ser dominados por el medio ambiente, seamos nosotros los que lo transformemos, dándole nuestro sello».

Desde mediados de junio (1937) Isidoro aconseja, en sus cartas, el recurso a un nuevo intercesor: «Pepe Isasa que, por estar con D. Manuel y haber visto de cerca nuestras necesidades, será nuestro mediador». Se trata de un miembro del Opus Dei, cuyo fallecimiento, en la zona nacional, se acaba de conocer. De parte del Fundador, Zorzano pide a los de Levante y Daimiel sufragios por su alma: «El abuelo me dice: comunicad a mis nietos que lleven tres ramos de rosas (que recen tres rosarios) a la madre de D. Manuel, de parte de Pepe; y que, si pueden, almuercen con este buen amigo (que ofrezcan algunas comuniones)».

El Padre ha contagiado su fe a Isidoro. Desde que don Josemaría le habló del Opus Dei, en agosto de 1930, Isidoro sabe que es cosa de Dios y, por consiguiente, no le cabe la menor duda de que su labor en servicio de la Iglesia será una realidad: pronto podrán todos «trabajar con más intensidad y eficacia que antes [...]. Ahora vivimos de ilusiones y proyectos, todo ello fantástico a primera vista, pero que pueden muy bien convertirse en una realidad palpable dentro de muy pocos años».

Ahora bien, todo ese futuro presupone una condición: que el Fundador sea puesto a salvo.

Sacar de Madrid al Padre. Gestiones fallidas. El Fundador deja la Legación

A comienzos de la guerra, cuando se calculaba que su duración sería breve, cabía pensar en medidas a corto plazo: por ejemplo, conseguir una documentación lo bastante segura como para que don Josemaría pudiera permanecer y trabajar sacerdotalmente en Madrid. Aparte del problema del alojamiento —ni los amigos se arriesgan a recibir un sacerdote—, no resulta sencillo procurarse unas acreditaciones personales de garantía: sobre todo, el indispensable certificado de trabajo. De todas maneras, y por si acaso, Isidoro se hará con dos carnets del sindicato de abogados de la CNT: uno para el Padre y otro para Juan.

Pero como la guerra se prolonga, la solución definitiva sería que el Padre —y, en la medida de lo posible, otros con él— fuera evacuado por vía diplomática y pasase a la España nacional: las legaciones extranjeras sacaban, efectivamente, a millares de refugiados. Con ese objeto se ha llevado al Fundador a la Legación de Honduras, acompañado por varios hijos suyos. Pero es un poco tarde. Las gestiones diplomáticas no resultan ya tan eficaces como antes. Isidoro indica cómo «unas veces parece que su evacuación se toca con las manos, y otras hay que ver las posibilidades con telescopio de gran aumento».

Isidoro reúne a varios miembros de la Obra para tratar del asunto: intentarán —sin éxito— que la legación suiza o la checa evacuen al Padre y a Juan entre sus refugiados. Por su parte, Zorzano acude todos los días a la Embajada de Chile, hasta que lo desaniman categóricamente. La Embajada de Panamá —otra posible vía— no tiene más peso que la de Honduras. Y un barco apadrinado por Turquía parece ya completo (aparte de que viaja directamente a Estambul).

Sólo queda una esperanza: se ha constituido una Secretaría General del Cuerpo Diplomático, donde trabaja un salesiano conocido, a quien visita Zorzano. El religioso explica que se unificarán las gestiones de las distintas embajadas y que todos los refugiados serán evacuados. Isidoro prepara unos rótulos para los paquetes —colchones, ropas y libros— que habrán de dejar el Fundador y los demás cuando marchen. Así transcurre mayo..., y nada.

Las esperanzas renacen a comienzos de junio, con ocasión de un viaje del cónsul hondureño a Valencia. Zorzano apunta en su diario: «Tal vez sea la marcha la próxima semana; esta vez, yo creo, es la definitiva». El optimismo se desvanece en cuanto regresa de Valencia el cónsul. Este nuevo fracaso disipa toda confianza en las gestiones a través de Honduras. Hay que buscar otra solución completamente distinta.

Lo primero de todo, rezar con mayor intensidad. Por sugerencia del Padre, Isidoro y los demás hacen un triduo de oraciones a un amigo de don Josemaría: el Beato Pedro Poveda, Fundador de las Teresianas, que murió mártir el 28 de julio de 1936.

En todo caso, Santiago Escrivá debería haber salido del Consulado, con una situación segura en Madrid, antes de que su hermano —el Beato Josemaría— abandone la Legación. Zorzano hará las gestiones, que llevarán un mes largo, para trasladar a Santiago con doña Dolores.

El 31 de julio Isidoro acompaña al Padre y a Juan fuera del Consulado, para sacarse unas fotografías de carnet, que necesitarán. Días más tarde saldrá otras dos veces con don Josemaría, «para ver si se podía solucionar rápidamente su evacuación, pero no ha dado resultado».

Después de fracasar todos los intentos de sacarlo por mediación diplomática, el Padre considera que ya no tiene sentido para él permanecer en Honduras. Aceptó el refugio, buscado por sus hijos, como medida transitoria, para unos días... que se han convertido en cinco meses. Sin perspectivas reales de ser evacuado, la Legación sería simplemente un escondite, que su espíritu sacerdotal no tolera. Decide, pues, dejar el Consulado y ejercer su ministerio, como pueda, en la capital asediada.

El 31 de agosto, el Fundador ha conseguido en Honduras un carnet «profesional» como Intendente del Consulado (lo que le permitirá incluso llevar un brazalete con la bandera de dicho país): se trata de documentos precarios que proporcionan una seguridad más aparente que real. Pero el celo apostólico del Padre no le consiente permanecer encerrado a la espera de nada. Si no puede salir de la capital, ejercerá —de modo heroico, por cierto— su sacerdocio en Madrid. Juan, por su parte, consigue una documentación parecida —intendente del Consulado de Panamá— y se instala, con el Beato Josemaría, en un ático de la calle Ayala.

Septiembre de 1937: con el Beato Josemaría, por Madrid. Ejercicios espirituales. Negocio de galletas. Despedida de los expedicionarios

El mes de septiembre constituye para Isidoro un regalo de Dios. Prosiguen, lógicamente, algunas de sus tareas: atender a Chiqui, que aparece por Madrid estos días; preparar los balances económicos; administrar los paquetes de víveres; mantener la correspondencia, etcétera. Pero puede ver al Fundador cada día y conversar con él.

Don Josemaría, Chiqui y algún otro cenan el día 1 en casa de Zorzano, donde vuelven a reunirse otras tardes. Llenos de esperanzas apostólicas, «empezamos a soñar —escribe Isidoro— lo que serán realidades dentro de un par de años; pasamos revista a las principales universidades del mundo y dejamos volar un poco la imaginación». Entre tantos asuntos, divinos y humanos, de los que hablan, se ríen al comprobar lo flacos que están: Isidoro se lleva la palma, con 48 kilos, seguido del Padre —57— y de Juan —58—.

Para redondear la alegría, el día 8, Albareda pide ser admitido en la Obra. Zorzano escribirá: «Estamos muy contentos con el nuevo vástago; promete mucho. Todo el tiempo de la revolución ha estado visitando diariamente a D. Manuel y, por eso, le ha ayudado ahora para que pueda colaborar en los negocios del abuelo».

Se da la circunstancia de que Albareda tiene familia en Barcelona y, desde allí, un hermano suyo ha conseguido salir de España. Tal vez fuese una buena idea seguir su mismo camino.

Entre tanto, don Josemaría desarrolla —clandestinamente, por supuesto— el intenso trabajo sacerdotal por el que ha suspirado desde hace más de un año. Isidoro dice que «el abuelo [...] es el movimiento continuo y no para un instante; y, como la labor que realiza es tan personalísima, no se le puede descargar de su trabajo». En efecto, el Padre celebra la Santa Misa en los sitios más variados y lleva la Comunión de casa en casa; dirige meditaciones; atiende espiritualmente a religiosas escondidas; confiesa, incluso por la calle, a mucha gente; bautiza en un sanatorio a una niña recién nacida; administra los últimos Sacramentos al padre de Álvaro, enfermo de gravedad. ¡Incluso predica unos ejercicios espirituales! Comienzan el día 21 y los asistentes se dan cita en sucesivas casas, donde tienen las meditaciones. Cada cual se desplaza, por separado, al siguiente punto de encuentro. Una de las casas es la de Isidoro.

Días antes, Zorzano ha comenzado un divertido tráfico: adquirir a buen precio, en «La Industrial Española», galletas rotas, comestibles e incluso vendibles o canjeables por otros alimentos.

Los miembros del Opus Dei siguen tratando de convencer al Beato Josemaría para que se traslade a Barcelona, vía Valencia. Pero «no quiere hacerlo —anota Zorzano— mientras quede alguno en situación dudosa». Por eso deciden que salgan con él todos los que consigan algunos papeles más o menos en regla. También irán los levantinos Paco y Pedro. Se consiguen los fondos necesarios para el viaje, alojamientos y pago de los guías que ayudarán a pasar la frontera.

Juan es el primero que marcha, el martes 5 de octubre, para prevenir a los valencianos y preparar la llegada del Fundador y de los otros. Al día siguiente, Isidoro almuerza con el Padre.

El viernes día 8 don Josemaría sale, con los demás, para Valencia, en coche. Isidoro escribe a Daimiel: «El abuelo con los peques [...] han salido en viaje de evacuación en dirección Valencia-Barcelona». Advierte que el traslado «ha sido muy precipitado, pues era cuestión de oportunidad». Y pide oraciones: «una recomendación con D. Manuel y su Madre, para que pongan toda su influencia en el buen éxito de la evacuación».

Los viajeros pernoctan en Valencia, de donde parten el sábado hacia Barcelona, que por estos días se convertirá en sede del gobierno republicano. Allí habrán de permanecer hasta el 19 de noviembre. Han logrado, por fin, conectar con un guía dispuesto a conducirles, a través de los Pirineos, al Principado de Andorra, donde llegarán —tras una verdadera odisea— el 2 de diciembre (1937).

Isidoro queda en Madrid, haciendo las veces del Padre, como «cabeza» de quienes permanecen en la España comunista. En efecto, unos cuantos miembros del Opus Dei no pueden salir por ahora: son soldados de la República, o prófugos indocumentados. Alguien ha de cuidarles. Zorzano, que ya es argentino —al menos a los ojos de su país—, es la persona indicada.