Isidoro en Madrid

 

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La capital, por supuesto, no es todo el país. Pero en el Madrid al que llega Isidoro, por la mañana del 7 de junio de 1936, pulsa con particular nitidez el latido descompuesto, convulso, de una España enferma.

Las masas proletarias, que dieran al Frente Popular su triunfo electoral en febrero, son las dueñas efectivas de la calle, donde provocan desórdenes de todo género. Entre otros, el de las huelgas salvajes. El 26 de mayo se había declarado la de camareros. Los sindicalistas hacen estallar bombas en los bares y cafés que abren sus puertas.

El 2 de junio se han sumado al paro los obreros de la construcción y, por simpatía, otros gremios: cierran los almacenes de cristalería, fontanería, instalaciones eléctricas, etcétera. No se reparan los desperfectos en las vías públicas, ni se cavan sepulturas nuevas. Los huelguistas reciben vales para comer en centros benéficos; pero prefieren exigir que los alimenten gratis en restaurantes y figones, que invaden, una vez terminado el paro de los camareros, al que seguirán los de sastres, obreros de la madera, y hasta de ciegos callejeros, que se declaran en huelga de hambre.

El gabinete de Santiago Casares Quiroga declara su beligerancia antiderechista, en un intento por conservar su prestigio entre las turbas. El 16 de junio, en histórica sesión parlamentaria, Gil Robles enumera los desmanes sufridos por España en los últimos cuatro meses: 160 iglesias destruidas y 215 asaltadas; 269 asesinados y 1.287 heridos; 138 atracos consumados y 23 intentados; 69 centros, políticos o particulares, destrozados y 312 asaltados; 133 huelgas generales y 228 parciales; 10 periódicos totalmente destruidos y 33 en parte; 146 explosiones... A la denuncia sigue un durísimo debate entre José Calvo Sotelo, jefe del Bloque Nacional, y Casares Quiroga. No faltan veladas amenazas por parte del presidente a la persona del diputado monárquico.

El ex-ministro socialista Francisco Largo Caballero, a quien llaman el «Lenin español», se distancia de los sectores moderados de su partido y fomenta la unión con los comunistas. Promueve alardes de fuerza en Valencia, Segovia, Córdoba, León, Huelva, Oviedo y otras capitales: «Es necesario y muy urgente —dice— acelerar la organización del ejército rojo». El objetivo de tales milicias es «sostener la guerra civil que desencadenará la dictadura del proletariado».

Por su parte, la Unión Militar Española (UME) viene preparando un golpe que ponga fin al caos nacional, sin por ello abandonar la institución republicana. El gobierno tiene noticia de estas conspiraciones, que sólo adquieren visos de seriedad cuando toma sus riendas el general Emilio Mola.

Ambiente cordial en DYA. Traslado a Ferraz 16

Toda esta agitación contrasta con el clima de fraternidad, trabajo y buen humor que Isidoro encuentra en DYA, todavía en el número 50 de Ferraz. La mayoría de los miembros de la Obra y los residentes, universitarios, preparan los exámenes del curso que termina. El intenso estudio no les impide asistir a la Santa Misa; acompañar algunos ratos al Santísimo, en el oratorio de la residencia; o rezar el Rosario en familia. Tampoco les viene mal, de vez en cuando, practicar algún deporte o pasar unas horas en el campo.

De momento, Zorzano come y duerme con su madre y Chichina, en la calle Serrano. Isidoro es un hijo cariñoso y un hermano solícito, aunque a doña Teresa no le hace mucha gracia que pase tantas horas en la residencia. Pero Zorzano ha venido a Madrid precisamente para hacerse cargo de DYA, donde todos los brazos resultan insuficientes: «Eran aquellos tiempos heroicos», escribirá Álvaro del Portillo, «en que, con el Padre a la cabeza, Isidoro y los demás fregoteaban con alegría los platos y cubiertos, y los suelos. Y así se ahorraba el dinero que no se podía gastar, porque no existía». Al cabo de tantos años de aislamiento en Málaga, Isidoro goza del ambiente verdaderamente familiar que el Fundador sabía crear entre sus hijos.

Francisco Botella recuerda cómo cumple Zorzano, estos días, las tareas que le señala el Padre: «Se dedicaba a ordenar las cosas de administración de casa y hacía muchas fichas con distintos menús y precios detallados [...]. Nos reíamos alguna vez con él por el detalle de este fichero». Isidoro había aprendido de don Josemaría que hasta lo más pequeño —en la liturgia, en el trato, en el orden del tiempo, en el cuidado de las cosas materiales— tiene un valor muy grande, si se realiza con sentido sobrenatural. Por eso —escribe Álvaro del Portillo—, «llevaba con gran minuciosidad, es decir, con gran amor de Dios, todas las cuentas, dichas de cocina, precios de los diferentes platos, etc.; de modo que se consiguió una reducción enorme en los precios de las comidas y en todos los gastos». A los tres días de llegar Zorzano a Madrid, Juan Jiménez Vargas anota: «Isidoro lleva las cosas de la casa como si en su vida no hubiera hecho otra cosa».

Como la vida sobrenatural se construye sobre la naturaleza, Isidoro no puede disimular su condición de ingeniero, ni siquiera cuando escribe recetas de cocina. Una de croquetas, por ejemplo, la redacta en varias columnas: ingredientes, peso, y precio. Por último calcula cuántas croquetas salen de un kilo de carne y anota su precio unitario. Se comprenden las cariñosas chirigotas de todos a cuenta de las famosas «croquetas de Isidoro» y de las «recetas de ingeniero». Pero, bromas aparte, los más jóvenes quedan edificados al ver la ilusión y la humildad sin aspavientos con que aborda estos quehaceres quien hace sólo unos días mandaba sobre centenares de obreros.

Además del trabajo habitual, son días de preparar tanto la apertura de nuevos centros en París y en Valencia —donde va Paco Botella para buscar un local adecuado—, como el traslado de DYA a la nueva casa. El arquitecto Ricardo Fernández Vallespín, todavía director de la residencia, prepara con el notario la escritura de compra por parte de la sociedad Fomento de Estudios Superiores (que arrendará la casa, por un alquiler moderado, a DYA). La firma del contrato, el 17 de junio, se festeja con pasteles. Y se comienzan los planes de adaptación y distribución: dónde irán el oratorio, la sala de estudios...

A medida que terminan sus exámenes en la universidad, los estudiantes marchan a pasar el verano con sus familias. Para el 2 de julio la vieja residencia está medio vacía: el Fundador, Isidoro, Ricardo y los demás han iniciado el traslado a la nueva sede. Como es primer viernes de mes, hay Exposición y adoración al Santísimo Sacramento. El 6 de julio el Beato Josemaría celebra la última Misa en Ferraz 50, donde se desmonta el oratorio. Hay que llevarse todo lo que pertenece a DYA y pueda servir en la nueva residencia.

A este propósito escribe Juan, con sentido del humor: «Estando yo esta tarde quitando hilos de la instalación de la luz y, tirando de un extremo, arrancaba todos los clavos que le sujetaban a la pared, Isidoro, tan metódico, tan ordenado [...] se me quedó mirando. Ya pensé que yo estaba haciendo una barbaridad porque realmente el procedimiento era un poco violento, cuando me dice que es la mejor manera de hacerlo. Es que es muy metódico y éste es un método como otro cualquiera, y tenía que parecerle bien». Zorzano, efectivamente, no es ningún censor, que inhiba con su presencia: sabe mirar con ojos benévolos, de hermano mayor, incluso los errores de los pequeños. Vicente Rodríguez Casado cuenta que, durante el traslado, rompió un jarrón en el jardín de la nueva casa: Isidoro que, por sentido de pobreza, «tenía la preocupación del céntimo, y por ahorrarlo recorría todas las tiendas posibles, antes de comprar, a fin de conseguir lo mejor y más barato, al verme bastante compungido, no me dejó preocuparme [...], con tal de que me sirviera de advertencia para el futuro. ‘Estos chicos...’ decía sonriéndose como siempre».

El día 13 concluye la mudanza.

Alzamiento militar. Dispersión general

Todo este quehacer no significa, de ninguna manera, que don Josemaría, Isidoro y los otros vivan al margen de las inquietudes que sacuden el país. Como todos los españoles, siguen la marcha de los acontecimientos. Pero no permiten que la zozobra interrumpa su tarea, realizada de cara a Dios, en cuyas manos se saben seguros. El mismo día 13 de julio se conoce una siniestra noticia: fuerzas del orden público han raptado de su casa y asesinado al parlamentario don José Calvo Sotelo. Su muerte cataliza el consenso de las fuerzas todavía dudosas en colaborar con el alzamiento que viene preparando el general Mola. Se había previsto iniciarlo durante unas maniobras que las tropas de Marruecos realizaron, los días 11 y 12, en el Llano Amarillo: la familia del teniente Zorzano sabe que la unidad de Paco tomaba parte en ellas. Pero sólo el día del entierro de Calvo Sotelo, 15 de julio, llegan a Mola las adhesiones de los carlistas y del general Franco.

El Fundador dice a sus hijos que recen por Calvo Sotelo: por el eterno descanso de su alma, sin implicaciones políticas. El Opus Dei no está vinculado con este o aquel régimen. Los preparativos de DYA y los de Valencia deben continuar, resulte lo que resulte del alzamiento, a todas luces próximo. Por otra parte, los «pronunciamientos» militares, frecuentes en la historia española, solían triunfar o fracasar en unos días. En julio de 1936 nadie imagina que se avecina una guerra de casi tres años. Y las residencias han de estar listas para cuando terminen las vacaciones.

Por eso, el 17 de julio, Ricardo Fernández Vallespín sale hacia Valencia para contratar la casa que está previsto dirija él mismo el curso próximo. El sábado 18 escribe a Isidoro: «Ya he quedado en alquilar la casa de la calle de Calatrava y mañana domingo firmaré el contrato de alquiler. Así es que no sé cuándo me marcharé de aquí».

Pero ya el viernes 17 por la tarde se han levantado las guarniciones militares de Marruecos. Al día siguiente se produce la insurrección en Canarias y en Sevilla. En Madrid el alzamiento tendrá uno de sus principales núcleos en el Cuartel de la Montaña: un enorme caserón, al Oeste de la ciudad, justo enfrente de la nueva DYA.

El sábado 18 por la tarde, mientras limpian la casa, los miembros de la Obra ven un desacostumbrado ajetreo en el cuartel: se van concentrando los militares y falangistas que han de protagonizar el levantamiento. A sus hijos que marchan a dormir en casa de sus familias, el Fundador les pide que telefoneen nada más llegar a sus domicilios: sólo entonces quedará tranquilo.

El domingo 19 se alzan Valladolid, Burgos, Zaragoza, Barcelona, Pamplona y otras plazas. En Madrid se suceden las crisis de gobierno: al de Martínez Barrio, que dura sólo unas horas, le sigue otro presidido por José Giral. Éste arma las milicias populares de la capital. Pero los cerrojos de 45.000 fusiles se guardan, precisamente, en el Cuartel de la Montaña, donde continúa la concentración de insurrectos. Las fuerzas gubernamentales, apoyadas por milicianos, preparan el asedio de los rebeldes. Cuando algunos estudiantes se dirigen a DYA son interceptados, a punta de pistola, por patrullas milicianas. Han de dar un rodeo por las calles de Quintana y Princesa.

En Ferraz 16 —con la radio encendida para escuchar las noticias— cuelgan lámparas, fijan cuadros y ordenan armarios. Se oyen algunos tiros y el paso de guardias civiles a caballo. El Padre infunde tranquilidad: se hará la voluntad de Dios. Los cuartos de los conserjes son trasladados a las habitaciones más seguras, que dan al jardín.

Después de hacer todos juntos un rato de meditación, el Padre manda que Álvaro, José María Hernández de Garnica («Chiqui» para su familia y amigos) y Juan regresen a sus casas. Han de superar varios controles de cuadrillas armadas y sortear las balas. También hoy llevan la indicación de telefonear en cuanto lleguen. En su camino ven los resplandores de las iglesias madrileñas incendiadas por bandas leales al gobierno.

En la residencia pernoctan el Fundador, Isidoro, José María González Barredo y los dos conserjes.

Al amanecer del lunes 20 comienza el asalto al insurrecto Cuartel de la Montaña. Intervienen carros de combate, alguna batería de cañones, tropa regular, las milicias e incluso aviación leal al gobierno. Para el mediodía el reducto ha caído y es invadido por los asaltantes, que se toman una sangrienta venganza.

Hacia la una de la tarde se dispersan los cinco moradores de DYA. El Padre ha de vestir un mono que utilizaba Vicente para la instalación de la casa. Las turbas, que festejan la toma del cuartel y la muerte de sus ocupantes, no reparan en que don Josemaría lleva una ostensible tonsura sacerdotal. Consigue llegar a casa de su madre, en la calle Doctor Cárceles.

Isidoro avisa que está a salvo, pero no deja número de teléfono. Para evitar que alguien lo siguiese y pudiese comprometer a su madre, deambula por Madrid antes de dirigirse a Serrano 51. Un pariente, domiciliado en el mismo edificio que los Zorzano, recordará cómo Isidoro «llegó, al principio de la guerra, un día a casa a las 12 de la noche. Había perdido las gafas y había tenido que hacer un largo recorrido. Había salido de la casa de Ferraz de la cual era Director. Traía el dinero de la asociación en los zapatos escondido».

Por la mañana del jueves 23, Zorzano y Juan se llegan a la residencia. Están recorriendo la casa, cuando suena el timbre de la calle; tras vacilar un poco, abren la puerta y reconocen al visitante: es un joven científico, José María Albareda, que solía frecuentar DYA. Continúan la ronda y comprueban que las balas, en todos los pisos, han atravesado incluso las maderas de los balcones. Hasta en el sótano descubren alguna ventana abierta de un balazo. «Antes de marcharnos», escribe Juan, «rezamos al Ángel Custodio para que cuide la casa».

Persecución a la Iglesia. Se busca a Zorzano. Dos meses sin salir. Documentación argentina

Todavía se piensa que las obras de Ferraz 16 habrán de estar concluidas para el comienzo de curso, en octubre. De todas maneras, y aunque nadie espera una contienda de años, ya está claro que el alzamiento militar no ha supuesto un vuelco total e instantáneo del país. España está fraccionada en dos grandes zonas: la republicana y la llamada «nacional». Ha comenzado la guerra española.

El gobierno republicano no controla realmente su zona. El poder fáctico está en los partidos obreristas, en los sindicatos y en la multitud de comités que proliferan. En Madrid, como en las otras localidades donde ha fracasado el alzamiento, se desata el terror: particularmente virulento durante la primera semana, tomará nuevos bríos a partir del 5 de agosto. Han comenzado los fusilamientos masivos de personas inocentes.

El furor de las masas se vierte principalmente contra la Iglesia. El historiador Salas Larrazábal dirá que «era bastante para merecer la muerte ser sacerdote o religioso, ir a misa, pertenecer a alguna congregación o leer periódicos de derechas». Antes del 3 de agosto serán martirizados más de 1.000 eclesiásticos —sacerdotes, religiosos y monjas— cuyo número llegará, en los meses venideros, hasta 6.832. Es incalculable la cifra de fieles laicos que morirán por el sencillo hecho de ser católicos practicantes.

La persecución a la Iglesia no sólo responde al descontrol de unas masas. El Estado es beligerante. Queda suspendido el culto católico y el día 27 se decreta la incautación de todos los edificios religiosos. Ha comenzado un verdadero vía crucis para los sacerdotes y religiosos. Cualquiera puede buscarlos, detenerlos y asesinarlos impunemente. Por otro lado, no es fácil que nadie se arriesgue a recibirlos en su casa, por el peligro que representan para el anfitrión.

Ante el aviso de un inminente registro, don Josemaría —conocido en el barrio como sacerdote— habrá de dejar la casa de su madre y cobijarse donde buenamente pueda, sin comprometer a otras personas. Particular dolor le produce la imposibilidad material de celebrar varios días la Santa Misa ni ejercer, en la medida en que lo desearía, su ministerio sacerdotal. La solicitud por sus hijos también hace sufrir al corazón del Padre. Sobre su paradero, es Zorzano quien informa a la madre y hermanos del Fundador.

El 4 de agosto, el Comité de Dirección de la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste dirige a Isidoro una notificación: «Como consecuencia de las actuales circunstancias y en tanto se toman resoluciones definitivas, quedan suspensos de empleo los agentes de la red de Ferrocarriles Andaluces figurados en la relación adjunta». En ella está el ingeniero Zorzano Ledesma.

Gracias a Dios que Isidoro no está en Málaga: «Si [...] no hubiera marchado poco antes de la revolución a Madrid» —dirán sus compañeros de Ferrocarriles— «y hubiera permanecido en Málaga, donde era tan conocido, le hubieran perseguido y dado muerte sólo por ser, como era, fervoroso católico. Por esta razón lo fueron 12.000 personas en Málaga».

De hecho, fracasado el alzamiento en Málaga, algunos obreros buscan a Zorzano para asesinarlo. Por encima del afecto personal, sus creencias hacen del antiguo jefe un enemigo. Primero van a «La Veleña», donde —claro está— no lo encuentran. Recuerdan entonces su relación con el Jefe de Material y Tracción, Adolfo Mendoza, y —como relata el propio Isidoro— «creyendo el Comité que estaba oculto en casa de dicho señor por mi calidad de pariente suyo, fueron a buscarme por dos veces a su domicilio para matarme». Se convencen de que no está en Málaga y «al enterarse que estaba en Madrid, intentaron cogerme aquí». Envían a la capital una fotografía y detalles personales para facilitar su detención.

Acosado, Zorzano habrá de permanecer «unos dos meses sin salir de casa para que no me reconocieran por la calle». En Serrano 51 mantiene su contacto con los miembros de la Obra y recibe las visitas de algunos de ellos. También aparecen cuadrillas incontroladas: «asaltaron nuestro piso unos facinerosos armados, pero les dijimos que ya habíamos sufrido registros. Para evitar nuevas molestias, la Embajada nos facilitó un impreso mediante el cual quedaba nuestro piso bajo la protección de Argentina», de modo que pueden vivir con relativa tranquilidad.

Isidoro nunca alardea de piedad: sigue la enseñanza evangélica de orar en su cuarto «y cerrada la puerta» (Mt 6, 6). Pero su hermana Chichina en ocasiones no llama a la puerta: «Algunas veces», dirá, «cuando entraba yo en su habitación, lo encontraba de rodillas rezando».

En cuanto a su seguridad personal —escribirá Isidoro—, «como empezaron a realizar registros domiciliarios, en la Embajada de Argentina me dieron un documento en el que se hacía constar que había nacido en Buenos Aires; ésa era mi única documentación», a la que se añadirá un brazalete con la bandera de aquel país. Esto no significa un reconocimiento de la nacionalidad, puesto que no ha prestado servicio militar en Argentina. Pero el brazalete y el papel constituyen cierta protección, con visos de oficialidad, frente a las patrullas de milicianos ignorantes. Además, dos meses de hambre, un cambio de peinado y unas gafas de cristales obscuros le proporcionan un semblante que poco tiene que ver con su imagen conocida.

Durante la prudente reclusión de Isidoro, los «nacionales» han tomado San Sebastián y controlan la frontera vasca con Francia. En el Sudoeste, las fuerzas que manda el teniente coronel Yagüe, subiendo de Sevilla, han tomado Badajoz y Mérida, para dirigirse después hacia Madrid por el valle del Tajo. De esta columna forma parte el Tabor de Regulares al que pertenece Paco Zorzano, quien el 11 de septiembre es herido, en el frente de Talavera de la Reina (Toledo).