Tiempo mariano

A don Alvaro le conmovían los gestos y palabras de los Papas que conoció a lo largo de su vida. De Juan Pablo II admiraba en particular su devoción a la Virgen y su espíritu de oración. Especialmente unido a él se sintió en septiembre de 1979, cuando acudió en peregrinación penitente a la Virgen de Czestochowa. Deseaba rezar por la Iglesia y por el Santo Padre, y renovar -como había hecho en tantos otros santuarios o ermitas del mundo- la consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María, dejándolo a los pies de la Virgen de Czestochowa. Lo resumió en italiano cuando visitó en Varsovia al Cardenal Wyszynski, Primado de Polonia:

"-Siamo venuti per pregare, pregare, e poi pregare".

Ya en Roma, contó que tenían previsto regresar desde Varsovia al aeropuerto de Düsseldorf, previa escala en Frankfurt. Pero aquí les esperaba el Consiliario de la Obra en Alemania. Continuaron viaje en automóvil. Al día siguiente, Hans Thomas fue a la compañía aérea para recuperar el importe del trayecto no realizado, pero pidiendo el favor de poder quedarse con los billetes como recuerdo, por su valor histórico. La empleada pensó -según dijo- que se trataría de la firma de un acuerdo comercial importante. Cuando lo supo don Alvaro, comentó:

"-Es verdad: hemos hecho un contrato con la Santísima Virgen. Vamos a Ella y le decimos: todo el Opus Dei es para Ti, y cada uno de nosotros también; para Ti nuestras oraciones, nuestras mortificaciones, nuestro trabajo, para que Tú lo presentes a Dios. Ella, a cambio, nos pone bajo su manto, nos protege, nos ilumina y nos lleva adelante". (cn 1979, p. 923)

El Opus Dei vivía entonces -en la intimidad- un año mariano: el 2 de octubre de 1978 se había cumplido el 50º aniversario de la fundación, y don Alvaro consideró que la Obra debía recorrer el año jubilar junto a la Virgen. Surgió esa idea en su alma la tarde del 31 de diciembre de 1977 mientras meditaba en la cripta donde estaba enterrado el Fundador: "sin milagrerías", precisó al comunicarlo en Villa Tevere. Poco después, envió a los Centros una extensa carta: esperaba que fuera un tiempo de acción de gracias y de muchos beneficios para los fieles del Opus Dei, puesto que vivirían -de modo personal cada uno- mucho más unidos a quien es Madre de Dios y Madre nuestra. "Meter más a la Virgen en todo y para todo", sintetizaba don Alvaro. Esperaba que así los miembros de la Obra darían un buen "salto de calidad" en sus vidas. Quería que fuese un año de gratitud, pero también de renovación en la compunción, en la lucha espiritual y en el apostolado.

Sin duda, los fieles de la Prelatura intensificamos la devoción a la Madre de Dios bajo la guía de don Alvaro, también porque prolongó el año mariano durante 1979 y 1980, nuevo año jubilar en la Obra. A lo largo de ese trienio, hizo muchas visitas a santuarios dedicados a la Virgen. Salvo una excepción en Fátima, esas romerías no fueron rumorosas, sino momentos de silencio, de oración y de penitencia.

Terminó 1981 con una visita a un santuario de la Virgen. Y comenzó 1982 con otra. Seguía abandonando en las manos de Santa María la solución jurídica de la Obra, dando gracias de antemano, porque iba muy bien. Y rogaba por la Iglesia, por el Papa y los Obispos, por el Opus Dei y todos y cada uno de sus miembros, por la eficacia espiritual de las diversas labores apostólicas. Especialmente acudía a la Virgen para instarle por la santidad y la fidelidad de los miembros de la Obra a su vocación cristiana.

Pude comprobar personalmente ese espíritu mariano desde que le acompañé por vez primera a Covadonga (Asturias), el 2 de agosto de 1976. En cuanto se divisaron en la lejanía las torres del santuario, incoó una Salve. Dejamos los coches en la explanada, casi junto al comienzo de la galería que lleva a la Cueva Santa. Don Alvaro cruzó hasta el fondo y, junto a la puerta de la sacristía, se arrodilló en un reclinatorio y comenzó a hacer oración.

No era fácil concentrarse, porque la pequeña capilla estaba llena, y seguía llegando gente; además, un sacerdote comenzó a celebrar Misa. Casi inmediatamente, don Alvaro se levantó, y salió al exterior: sugirió que subiéramos a recitar el rosario a la Colegiata. Se dirigió hacia la capilla del Santísimo. También allí se estaba celebrando Misa. Saludó un instante al Señor, pero no quiso entrar: para no distraer al sacerdote. Rezamos el rosario en la nave central. Al terminar, volvimos a la capilla, para hacer una visita a Jesús Sacramentado. Luego, don Alvaro regresó a la nave, y saludó de nuevo a la Virgen, con la Salve: deseaba unirse a la oración de los fieles de la Prelatura que iban a cantar esa antífona mariana en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en Cavabianca (por aquellos días se habían completado algunos detalles ornamentales pendientes).

En estas visitas a la Virgen, que tanto prodigó en su vida, don Alvaro abandonaba en los brazos poderosos y suaves de su Madre toda preocupación o inquietud. Junto a cuestiones más o menos actuales, relativas a la Iglesia en general o al Opus Dei, había como un denominador común: hablaba a la Virgen -Omnipotencia Suplicante- de la Iglesia, de sus Pastores, del Pueblo de Dios, del mundo; de vivir una piedad honda, para saber distinguir el error de la verdad, el bien del mal; de paz y fidelidad en los corazones; de convertir la propia vida en oración, holocausto y entrega, para encontrar, a través del Corazón Dulcísimo de María, al Corazón de su Hijo.

Me impresionaba la capacidad de recogimiento de don Alvaro, especialmente en santuarios muy concurridos. Lo advertí con claridad en Lourdes. En julio de 1978, acudió desde Torreciudad, en un viaje en automóvil de unas tres horas y media. Inmediatamente, se dirigió a la Gruta de las apariciones, y rezó allí el rosario de rodillas, muy concentrado, a pesar del gentío que entraba y salía, moviéndose de un lado a otro. A finales de agosto de 1984 llegaba don Alvaro de nuevo a Lourdes. Eran las cinco y media de la tarde, llovía intensamente, y aquello estaba abarrotado. Tardamos en alcanzar la Gruta. Allí, de pie, apenas protegidos por los paraguas que había en los dos coches, le acompañamos en el rezo del rosario, de la Salve y de la oración para la devoción a Mons. Escrivá de Balaguer. No dejó de caer una fuerte lluvia, pero don Alvaro estaba muy recogido, sin prisa alguna. Al final, hizo una breve oración en voz alta: no nos despedíamos, porque quedábamos todos allí, consummati in unum!, en el Corazón de la Virgen: bien unida la Obra, suplicando por la intención del Prelado, y multiplicando la labor apostólica en servicio de la Iglesia.

Ciertamente, sus días se fueron transformando en auténtico tiempo mariano, según la expresión que usaba en una carta del 8 de diciembre de 1980, cuando terminaban los años marianos con que el Opus Dei había festejado sin ruido el quincuagésimo aniversario de las fechas fundacionales de 1928 y 1930: "nos han dejado en el alma la profunda convicción de que ya todo nuestro tiempo en la tierra -y después, con la gracia de Dios, en la eternidad maravillosa del Cielo- se ha convertido en tiempo mariano". (Cartas de familia, I, n. 49, § 2)

Don Alvaro confiaba todas sus obras a la Reina del Cielo para que, perfumadas por sus manos maternas amabilísimas -así se lo escuché muchas veces-, fueran agradables a la Santísima Trinidad. (Cartas de familia, I, n. 134, § 1) Y recomendó siempre la antiquísima devoción del rosario. Como el Beato Josemaría, solía regalar rosarios a quienes le visitaban. Cuando los entregaba, insistía a los interlocutores con palabras castizas:

"-Os los doy para que los gastéis, y tengáis que llevarlos a remendar de tanto usarlos".

En 1983, para dar gracias a la Virgen por la erección del Opus Dei en Prelatura personal, recorrió de nuevo santuarios y ermitas del mundo. La magnitud de su agradecimiento se hizo particularmente intensa ante de la Virgen de Guadalupe. Acudió a su Villa en la Ciudad de México en cuanto le resultó posible. Habían pasado trece años de su estancia anterior, cuando acompañó a Mons. Escrivá de Balaguer en mayo de 1970. Llegó el 27 de abril de 1983, después de pasar dos días en Canadá. Esa misma noche comentó:

"-Nuestro Fundador dijo que, cuando volviera a México, entraría por Monterrey. Yo no lo he hecho, porque no he venido a México, sino a dar gracias a Nuestra Señora de Guadalupe". (Catequesis del Padre, 1983, p. 33)

A la mañana siguiente, se presentó ya en la Villa. Explicó que no empezaría su novena de acción de gracias y petición -en la que se sentiría acompañado por los fieles de la Prelatura de todo el mundo- hasta el viernes, un día después: esa visita a la Virgen era sólo "un preámbulo". (Catequesis del Padre, 1983, p. 34)

En la novena reiteró los pasos del Fundador en 1970: le acompañaban Mons. Javier Echevarría y Mons. Joaquín Alonso, y cuatro personas de México; recitaba las tres partes del rosario, intercalando ratos de oración personal, en los que se dirigía a Nuestra Señora en voz alta. Uno de los primeros días, explicó que deseaba corresponder al regalo de la Madre de Dios con otro obsequio: la lucha fiel de sus hijos. (Catequesis del Padre, 1983, p. 38)

El 1 de mayo, pudo rezar un buen rato en el camarín de la Virgen, ya cerrado el Santuario. Captó allí con especial luz la delicada e irrepetible expresión de la mirada de Nuestra Señora. Al terminar el rosario, besó las manos y los pies de la imagen, a través del cristal que la protege. No se consideraba digno de besar sus mejillas:

"-¿Cómo iba a besar yo, que soy un pecador, la cara de la Virgen?"

Hasta que don Javier Echevarría le recordó delicadamente que es nuestra Madre. Luego, comentaría que ninguna reproducción o fotografía de la Virgen de Guadalupe, de las que había visto hasta entonces, recoge con fidelidad el aire tan maternal de su faz y de su mirada:

"-El semblante de la Virgen, que tiene muy poca pintura, es de extrema sencillez y muestra una expresión de dulzura, de humildad, y de castidad, de limpieza; y una mirada de compasión, de cariño, y como de sufrimiento a la vez.

"Pienso que sufría viendo que no hacían caso al pobre Juan Diego, y le mira con compasión y cariño. Yo pensé en vuestros pecados y en los míos, y que la Santísima Virgen nos mira con tanto cariño -porque es nuestra Madre-, pero al mismo tiempo a veces como con pena... Que no le demos pena a nuestra Madre del Cielo".

"-¡Qué suertasa hemos tenido!", resumía reiterando el acento mexicano que escuchaba de niño en los labios maternos. (Catequesis del Padre, 1983, p. 43, p. 101)

Al fin, a las nueve de la noche del 22 de mayo, solemnidad de Pentecostés, acudió a la Villa para despedirse de la Virgen de Guadalupe. La basílica estaba abarrotada de personas que deseaban acompañarle. Se arrodilló en el presbiterio, delante de la imagen, y oró en silencio durante unos diez minutos. Luego, se puso de pie, y don Javier Echevarría incoó la Salve. Después de la oración final, volvió a arrodillarse, con el micrófono abierto, y dirigió a la Madrecita de Guadalupe palabras de amor, gratitud y esperanza en nombre del Opus Dei:

"-Madre nuestra, míranos con esos ojos tuyos llenos de misericordia. Ya nos miras. Lo sabemos. Lo sentimos en lo más íntimo de nuestra alma, y te amamos mucho. (...) Somos hijos de Dios e hijos tuyos, y Tú eres nuestra Madre. ¡Míranos con compasión, no nos dejes nunca! Si nos dejas, cada uno de nosotros se descarría. Y queremos ser muy fieles".

Surgía enseguida la petición filial y confiada por la Iglesia, por el Papa:

"-Haz que no defraudemos al Papa, Madre nuestra; ni a Juan Pablo II, ni a ningún Sucesor suyo, hasta el final de los siglos".

Continuaba implorando por los Obispos, por los sacerdotes y religiosos, por el pueblo, por las familias, por la fidelidad de todos. Y, casi al final de su oración, exclamaba:

"-Y ahora, Madre nuestra, te digo que los que hemos venido de Roma para rezar ante tu imagen, y todos los que se encuentran aquí, no nos separaremos nunca de Ti. No te decimos adiós ni hasta luego. Estaremos siempre unidos a Ti, porque te llevamos en el corazón y en nuestra alma. Tú nos miras con esos ojos llenos de dulzura, y con tu mirada nos infundes fortaleza. Haz que tu divino Esposo, cuya fiesta celebramos hoy, nos conceda sus dones y sus frutos. Haz que siempre seamos buenos hijos, bien abandonados en las manos de Dios. (...) Hemos de ser santos, y somos pecadores. Madre nuestra, ¡míranos con compasión! ¡Ayúdanos! ¡Haz que seamos fieles! Danos este mimo, esta caricia que los hijos más necesitados, que somos nosotros, te suplicamos".

Tras estas palabras, añadió una breve frase:

"-Y ahora vamos a cantarte esas canciones de amor humano, que se pueden entonar perfectamente pensando en Ti. Madre nuestra, óyenos".

Comenzó entonces el rasguear de guitarras, con los primeros compases de las canciones que allí mismo, trece años antes, se habían entonado a la Virgen cuando el Fundador del Opus Dei se despidió de Ella: Gracias por haberte conocido, La Morenita, María Elena.

Al terminar la última canción, volvió a arrodillarse, y continuó abandonando en la Madre de Dios su gratitud y sus peticiones, visiblemente emocionado. Le costaba marcharse:

"-Dejo mi corazón aquí, y de aquí no lo separará nadie. Lo dejo a tus plantas. Me he atrevido a besar tus pies, tus manos y hasta tu cara. Considéralo como una osadía de hijo que te quiere mucho. Pero Tú, Madre nuestra, nos amas mucho más. Eres la Causa de nuestra alegría. Eres el Motivo de nuestra esperanza. Eres la Esclava del Señor. Eres... ¡nuestra Madre! Contigo nos quedamos, Madre nuestra, aunque nos tengamos que ir. ¡Bendícenos!" (Catequesis del Padre, 1983, p. 358-370)

Dentro de ese año mariano de acción de gracias, no podía faltar una visita a Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza. Ahí se fundía casi físicamente el amor a esa advocación de Santa María -que había saboreado desde sus años de colegio en Madrid- con el recuerdo apasionado del Fundador del Opus Dei. En septiembre de 1983 llegó al Pilar desde Torreciudad, camino de Madrid. La puerta habitual de acceso estaba cerrada por obras. Entró por la del fondo: cruzó la nave lateral hasta la capilla de la Virgen, y se arrodilló en el primer banco, donde pasó unos quince minutos en oración; le acompañaron personas de la Obra que habían acudido allí por su cuenta, con el deseo de saludar un instante a la Virgen, según una costumbre extendidísima en Zaragoza. También advirtió la presencia de don Alvaro un canónigo de la basílica. Le saludó cuando terminó de rezar, y le preguntó si quería besar a la Virgen. Don Alvaro contestó que no se podía ya...

"-Usted sí, Padre", respondió, y se ocupó de preparar todo. Luego le invitó a entrar en la sacristía, para ver los recuerdos que había dejado Juan Pablo II en 1982 (su solideo, un rosario), y le rogó que firmase en el libro de oro. Estampó una breve frase: "¡Gracias, Madre, por todo lo que has ayudado a nuestro Padre, el Fundador del Opus Dei, en sus tiempos de Zaragoza y siempre! ¡Bendita seas! / Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei / 6.IX.83".

Casi al final de 1983, descubrió un nuevo Mediterráneo, que contó con sencillez en Roma el 27 de noviembre:

"-Cuando me refería a la Virgen Santísima, pensaba que es la Madre de Jesús y la Madre de todos nosotros. Pero me he dado cuenta de que, hablando con Jesucristo a quattro occhi, como dicen en Italia -a solas Él y yo-, puedo decir: Jesús, nuestra Madre... Porque es Madre de los dos: suya y mía".

De ahí surgía una renovada confianza con Jesucristo:

"-Es como si dos hermanos hablaran de su madre". (cn 1983, p. 1207)

Como es lógico, vivió con especial intensidad el Año Mariano que la Iglesia universal celebró en 1987. Desde que el Santo Padre lo convocó, alentó a los fieles de la Prelatura a prepararse a fondo. De nuevo recomendaba meter a la Virgen en todo y para todo, convencido de que vendrían frutos abundantes. Y el 31 de mayo dirigió a los Centros del Opus Dei una extensa carta. Entre tantas sugerencias, proponía un modo bien concreto de vivir ese Año: llevar a cabo "un apostolado capilar para difundir el rezo del Santo Rosario en las familias cristianas"; mediante esa sólida devoción, esperaba arrancar de Nuestra Señora grandes bienes para la Iglesia y la humanidad. (Cartas de familia, I, n. 391, § 3)

Se comprende el reconocimiento con que aceptó por aquella época la sugerencia de Father James Kelly -que trabajaba entonces en la sede central del Opus Dei-, para acudir de nuevo a los pies de la Guadalupana con motivo de su viaje a Estados Unidos y Canadá en 1988. Se detuvo del 29 de enero al 2 de febrero en la ciudad de México. Y en el momento emocionante de otra despedida en la Villa, expresaba en voz alta:

"-Me ha dado mucha alegría, en el viaje de Texas a California, venir a Guadalupe, para que sepas cuánto te queremos en el Opus Dei, cuánto te quiere este pecador que ahora habla contigo. Somos, como decía nuestro Padre, pecadores que aman a Jesucristo, y que te queremos, Madre mía, con toda la locura de que son capaces nuestros corazones". (Catequesis del Padre, 1988, p. 231)

No parece necesario alargarse en explicar que don Alvaro profesó un ardiente amor a San José: como el Fundador del Opus Dei, no podía separarlo de Santa María. Y vivía las varoniles devociones cristianas que saboreó desde 1935. Entre éstas, la antigua costumbre de los siete domingos que preceden a la solemnidad del 19 de marzo.

Recurría mucho al Santo Patriarca, con frecuencia a través del Beato Josemaría. Estaba persuadido de que no dejaría de conceder lo que se le pedía a través de la intercesión de quien le había querido tanto en la tierra. En cualquier caso, pensaba que a San José "se puede aplicar lo mismo, aunque en otra escala, que se dice de la Virgen: que es la Omnipotencia Suplicante". Y lo explicaba:

"-San José hizo tanto por Jesús. Fue como su padre en la tierra y se sacrificó por Cristo de un modo increíble. Sufrió muchísimo, ya desde antes de que naciera Jesús, cuando vio a María encinta. Debió de pasar unos sufrimientos tremendos; no porque dudase de la Virgen -estoy seguro de que no lo hacía-, sino porque pensaba que debería separarse de Ella, al ocurrir algo que no entendía. Pensaría que allí había un misterio divino, del que él no era digno. Y más adelante, ¡cuánto sufrió por el Niño Jesús! Además, le enseñó su oficio, su medio de subsistencia. Por tanto, si San José le pide algo, Jesús no se puede negar". (cn 1986, p. 234)

Advertí de modo particular esa conjunción amorosa de devociones, durante las estancias de don Alvaro en Torreciudad. Había aprendido del Fundador del Opus Dei a amar todas las advocaciones de la Virgen. Le había acompañado a infinidad de santuarios y ermitas de Europa y América. Pero, también siguiendo el ejemplo de Mons. Escrivá de Balaguer, experimentaba que "entre las innumerables fotos de las personas queridas, conservadas en un álbum de familia, haya algunas especialmente amadas. Porque son más bellas, objetivamente hablando; porque avivan sentimientos latentes en el alma; porque despiertan el recuerdo de emociones pretéritas, vividas con particular intensidad. Y así, entre ese montón de fotos de familia, cada uno tiene sus preferidas". Esta explicación de don Alvaro, en la presentación de un libro sobre Torreciudad publicado en 1988, precedía a su neta afirmación de que Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad "despierta en mí una serie de vivencias, que me llevan a considerarla como uno de los retratos preferidos de mi Madre del Cielo".

Especial júbilo le producían las noticias sobre el trabajo apostólico en torno al Santuario de Torreciudad. Se conmovía cuando le contaban de personas que manifestaban en público su alegría después de confesarse allí, tras años sin acercarse al sacramento de la Penitencia. Esa emoción fue muy intensa -entre las ocasiones que observé en persona- alrededor del 1º de septiembre de 1991. Al atardecer de uno de esos días, se acercó a rezar el rosario a la antigua ermita. Elevó luego su oración a la Virgen, y dio gracias al Fundador por tantas cosas buenas como había conseguido desde el Cielo para la Obra; le agradeció también su fidelidad, y su sentido de la gratitud, que había hecho posible Torreciudad y las maravillas que se contemplaban ahora en torno al santuario; y pidió a la Señora por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por la Obra y la fidelidad de sus miembros. Terminó recitando la oración Memorare (el "Acordaos" de San Bernardo).

Con Ella quiso recorrer también la etapa final del proceso de beatificación de Mons. Escrivá. En la solemnidad de la Maternidad de la Virgen, el 1º de enero de 1992, recordó que, en el Opus Dei, "hemos dado todos los pasos precedidos, acompañados y seguidos por la protección de la Madre de Dios y Madre nuestra". Y decidió comenzar el 9 de enero, aniversario del nacimiento del Fundador, otro año mariano, que concluiría en la misma fecha de 1993: "Así, de la mano de Santa María, nos prepararemos y viviremos la Beatificación de nuestro Padre con el ansia de renovación que el Señor espera de nosotros, con una conversión personal, para hacer el Opus Dei siendo de veras Opus Dei". (Carta 1-I-92)

Actualizó a diario esos deseos, también durante sus visitas a santuarios marianos de Europa -comenzando por Fátima-, para dar gracias y dejar a los pies de Nuestra Señora las intenciones que el Beato Josemaría, desde el Cielo, tuviera para la Obra. (cn 1992, p. 1018) Se unía así a la súplica confiada -Domina, ut sit!- que el Fundador dirigía a la Virgen en los años veinte.

Tal vez por esto, meses antes de la beatificación, escribió al Cabildo Metropolitano de Zaragoza para comunicarle su deseo de regalar un manto a la Virgen, de acuerdo con una tradición secular entre las gentes de Aragón. El Cabildo aceptó gustoso, y la ceremonia de la ofrenda se celebró, en un acto sencillo y solemne a la vez, el 23 de junio de ese año. Don Alvaro envió un escrito, que leyó Mons. Tomás Gutiérrez, Vicario del Opus Dei en España. En el manto se había bordado esa reiterada jaculatoria del Beato Josemaría, grabada en la base de una talla de la Virgen del Pilar el 24 de mayo de 1924: Domina, ut sit! El Fundador le suplicaba por el Opus Dei cuando aún no lo conocía. Y don Alvaro le rogaba al cabo de tantos años:

"-De nuevo nos ponemos enteramente en tus manos, Madre nuestra: trátanos como cosa tuya, y haz que cada día amemos más a tu Hijo, con una fidelidad a Dios y a la Iglesia como la de nuestro Fundador". (cn 1992, p. 716)

Dos días después se tuvo en el altar mayor de la Basílica la Misa en la fiesta del nuevo Beato. Presidió la concelebración Mons. Elías Yanes, Arzobispo de Zaragoza. En la capilla de la Virgen, como un signo de la gratitud de don Alvaro, que compendiaba la vida del Beato Josemaría, la Virgen del Pilar lucía el manto que le había regalado su sucesor.