Ingeniero

Cuando era muy pequeño y le preguntaban qué quería ser de mayor, Alvaro contestaba que torero u obispo, para ir vestido de colores. Según publicó el profesor Manuel Guerra, en Diario de Burgos, 25-III-94, la balanza se inclinó en favor del toreo, justamente en la ciudad castellana. Siendo niño, disfrutó allí de unas vacaciones en casa de su tía. Un día -así se lo confió años después don Alvaro-, "desde la ventana de su casa en el Espolón, vio cómo era llevado, con escolta militar, el cadáver del arzobispo de Burgos. Al comprobar que los obispos también se mueren, quedó resuelto el dilema: 'Seré torero'".

Pasó el tiempo y, a los once o doce años, le empezó a rondar la idea de ser Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, o bien Licenciado en Filosofía y Letras. Atraía a su imaginación infantil la prosopopeya de esos títulos altisonantes. Alguna vez se planteó también la posibilidad de ser abogado, como su padre, pero pensaba que no se atrevería a hablar en público con soltura y desenfado.

A la hora de la verdad, se impuso el realismo. Cuando terminó el bachillerato en 1931, la situación económica familiar no era próspera. Por esto, aunque empezó enseguida a preparar el ingreso en dos Escuelas de Ingenieros -de Caminos y de Minas-, optó por seguir antes los estudios más breves de Ayudante de Obras Públicas. Ingresó en la Escuela en 1932, y obtuvo en enero de 1935 el título de Ayudante, que le permitió ganar pronto algún dinero.

Sin duda, facilitó mucho sus estudios la afición y facilidad que tenía para el dibujo. Mercedes Santamaría recordaba que Alvaro dedicaba muchas horas a dibujar: pensaba, incluso, que ayudaba a otros compañeros con más dificultades que él. Carlos del Portillo evoca también una anécdota personal de infancia: era un niño más bien revoltoso, y se entretuvo un día jugando entre los planos que Alvaro había ido plasmando a lo largo del año; se los estropeó casi por completo al dejar caer encima un tintero, o algo parecido. Doña Clementina se disgustó de veras, pensando en que había echado por tierra horas y horas de trabajo de Alvaro. Así que Carlos le aguardaba con auténtico pavor. Pero cuando llegó a casa y vio lo sucedido, le llamó, le sentó sobre sus rodillas y le dio una lección práctica de sentido de responsabilidad. Carlos se quedó asombrado:

"-¡En vez de pegarme, lo que hizo fue enseñarme la importancia de aquel trabajo, para que yo aprendiera a ser más cuidadoso en el futuro!"

En aquella época, superar los exámenes de ingreso en las Escuelas Superiores suponía de ordinario varios años de esfuerzos muy intensos. Alvaro consiguió entrar en Caminos en 1933. Pero no empezó la carrera hasta el curso siguiente, porque las autoridades académicas no le autorizaron a simultanearla -al menos, 1º-, con la de Ayudante. Decidió dar prioridad a esta carrera técnica de grado medio, suspendiendo provisionalmente los estudios de ingeniero superior. Por eso, en 1936, cuando estalló la guerra civil española, sólo había superado 1º y 2º (en los cursos académicos 1934-35 y 1935-36).

Desempeñó su primer empleo, como Ayudante de Obras Públicas, en la Jefatura de Puentes y Cimentaciones del Ministerio de Obras Públicas. De este modo, continuó la carrera de ingeniero mientras cobraba un sueldo, pues en ese organismo tenía horario de tarde.

Cada mañana, desde su casa en Conde de Aranda, iba caminando por el Parque del Retiro -a la zona de la Escuela se entraba entonces desde la cuesta de Claudio Moyano-, rezando el rosario con toda tranquilidad. Al terminar las clases volvía con algunos compañeros. Con frecuencia, bajaba por la cuesta Moyano, donde se situaban las viejas casetas de librerías de lance: buena oportunidad para hojear y comprar obras de interés. Otra veces, repetía el camino de la mañana, y aprovechaba el trayecto para charlar, entre otros, con su amigo Francisco José, que vivía en Claudio Coello, más o menos a la altura de Maldonado. Según contaba don Alvaro en 1990, hablaba mucho de religión con él, pues, aunque era muy buen chico, se declaraba agnóstico, y no conseguía convencerle:

"-Pinchaba en hueso", reconocía.

Ya en Roma, no dejó de cartearse con él, y siempre incluía un "Reza por mí". En las últimas cartas que envió a don Alvaro, su amigo reiteraba: "-Estáte tranquilo, que sí, que rezamos por ti en esta casa". Murió muy bien, después de recibir los sacramentos.

Tras el trágico paréntesis de la contienda civil, don Alvaro estudió con renovada intensidad. Según los planes especiales vigentes durante la inmediata postguerra, pudo hacer 3º y 4º en el curso 1939-40, aunque eran muchas las asignaturas, y terminó la carrera en 1941: ingresó en el Cuerpo de Caminos, Canales y Puertos, y fue destinado a la Comisaría del Ministerio de Obras Públicas en la cuenca del río Segura. (( obr 1994, p. 128 ))

Realmente, le supuso un esfuerzo notable, pues se le acumulaban los trabajos. A veces, incluso, no tenía materialmente tiempo para acudir a todas las clases, y estudiaba luego por su cuenta. Otro ingeniero de caminos, Fernando Valenciano, narraba que por entonces era profesor de la Escuela de Caminos un señor muy exigente: no admitía a examen final a los alumnos que hubieran faltado tres veces a clase sin justificación; les suspendía directamente. Alvaro estaba en esa situación, con bastante más de tres faltas, porque había debido ayudar al Fundador del Opus Dei en tareas inaplazables. Sin embargo, fue a hablar con el profesor y, ante la sorpresa de sus compañeros, consiguió convencerle de que le examinase. Algunos pensaron que no le aprobaría. Pero no fue así: porque Alvaro sabía bien la asignatura. Fernando Valenciano le oyó contar esta anécdota sólo en una o dos ocasiones, y recuerda que don Alvaro precisaba:

-"Esto no quiere decir que no hay que ir a clase; yo no iba, porque no podía".

También por esos años, y más de una vez, el propio Fundador avisaba a los que vivían entonces en el Centro de la Obra situado en la calle de Jenner:

"-En estos días no molestéis a Alvaro, porque tiene examen la semana próxima".

Y Alvaro dedicaba muchas horas diarias al estudio de la asignatura correspondiente, se examinaba, y conseguía buenas calificaciones...

Lo evocaba en 1975 Vicente Mortes, en la Revista del Colegio Profesional de los ingenieros de caminos. Asistió a una reunión de compañeros, organizada en octubre de 1967 aprovechando que don Alvaro pasaba por Madrid, para entregarle las insignias de la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort que le habían concedido por entonces. Antonio Inglés, número uno de la promoción, le dirigió unas palabras sentidas. Don Alvaro se sintió obligado a contestar más o menos formalmente. Y evocó, entre otras cosas:

"-Cuando yo estaba en la Escuela, muchas veces mis compañeros de promoción se asombraban porque los lunes llegaba cansado y me dormía en clase. Y es que, ya desde aquella época, muchas veces tenía que salir los sábados para recorrer la geografía española, viajando dos noches, trabajando todo el domingo, para volver el lunes, llegando a la hora que llegase, aunque se enfadara don Bernardo de Granda".

En 1989 mencionó incidentalmente con gran cariño a otro de sus maestros en la Escuela de Caminos, el Prof. Mendizábal. Tenía la facilidad -casi convertida en hábito- de utilizar una tríada de adjetivos para toda descripción: así, "un roblón fuerte, robusto y esbelto" (el roblón es un tipo de clavija de hierro). Cuando recibieron la ordenación sacerdotal don Alvaro y don José Luis Múzquiz, les escribió una carta, que comenzaba: "Muy queridos compañeros, antiguos discípulos y presbíteros"...

Don Alvaro fue amigo de sus compañeros. Roberto Gomá Pujada subraya que, en el clima a veces enrarecido de los tiempos de posguerra, "llamaba la atención por su serenidad: siempre le vi como un hombre amable y equilibrado".

Terminada la carrera, atendía con solicitud la correspondencia de sus compañeros. Se reunía con ellos, cuando le resultaba posible. Se interesaba por todos, aun después de años sin verse. Ricardo Castelo ha descrito la última vez que le vio, en enero de 1994. Ricardo estaba ingresado en la Clínica Universitaria de Navarra, y don Alvaro había acudido a Pamplona para presidir, como Gran Canciller de la Universidad, una ceremonia de investidura de nuevos doctores honoris causa.

Ricardo siguió el solemne acto académico a través del circuito cerrado de televisión instalado en la Clínica. Poco después, comentó al doctor que le atendía su ilusión por conversar con don Alvaro:

"-Me contestó que le transmitiría ese deseo mío, y yo pensé que, quizá, al cabo de los días recibiría alguna nota suya disculpándose y con plena razón; porque estaba muy atareado y había mucha gente que deseaba verle".

Pero aquella misma jornada, a media tarde, don Alvaro fue a visitarle en la Clínica:

"-Me impresionó que acudiera tan pronto, en un día tan ajetreado como el que había tenido, cuando debía estar tan cansado, sólo para charlar con un viejo amigo".

La entrevista fue cordialísima. Don Alvaro le preguntó por otros alumnos de la Escuela, a los que no veía desde hacía tiempo. Al final, Ricardo le besó el anillo episcopal, y don Alvaro le dio un par de besos en las dos mejillas, mientras le decía:

"-Tú te has despedido a la española, y yo me voy a despedir a la italiana".

Don Alvaro consiguió una buena formación como ingeniero, y manifestó una clara ilusión profesional. Renunció a esa evidente inclinación humana, porque la correspondencia a la gracia de Dios le llevó por otros derroteros. Pero conservó el amor a su profesión civil: así, cuando se reformó la legislación universitaria española, y se introdujo el doctorado en las Escuelas Técnicas Superiores, se dictaron unas disposiciones transitorias en favor de los antiguos ingenieros; don Alvaro se acogió a esas normas, desde Roma, y se ocupó hacia 1965 de presentar un proyecto -versaba sobre la modernización de un puente metálico-, para obtener el grado de doctor-ingeniero.

Muchos años antes, el título de ingeniero de don Alvaro cumpliría una función que nadie hubiera podido imaginar. Lo relataba Cesare Cavalleri, director de la revista milanesa Studi Cattolici, en el diario Avvenire, el 24 de marzo de 1994: Alvaro llegó a Roma en 1943, enviado por el Fundador del Opus Dei, para plantear en la Santa Sede el posible encuadramiento canónico de la nueva institución. Tenía 29 años. Acudió a la audiencia con Pío XII luciendo el vistoso uniforme de los ingenieros civiles españoles: azul marino, con botonaduras doradas y fajín morado a la cintura. Esa señal de deferencia hacia el Romano Pontífice disimulaba también su juventud, y mostraba el carácter plenamente laical de la Obra. Durante el trayecto en el tranvía, cazó al vuelo el diálogo entre dos personas, desconocedoras de aquellas galas:

"-Parece imposible: tan joven y ya es almirante".

Esos entorchados manifestaban el origen militar de los cuerpos de ingenieros al servicio de la Administración pública española. Al entrar al Vaticano por el Portone di Bronzo, el guardia suizo que estaba de plantón se sintió obligado a llamar a la guardia a formar; luego, el cabo se adelantó hacia la autoridad militar que llegaba, la saludó oportunamente y le dio la novedad. Alvaro, que no perdía el buen humor ni en circunstancias de máxima intensidad, no se inmutó: respondió al saludo, pasó revista al pelotón de guardia, y siguió adelante, como si fuera lo más normal del mundo. Lo recordaría algunas veces, con un punto de guasa.

Con los años, aun dedicado a tareas tan diversas, reaparecía por instantes su condición de ingeniero de caminos: cuando ponía ejemplos de obras públicas o embalses, cuando bromeaba con los coeficientes de seguridad, o cuando refería aspectos específicos de su profesión. Su formación básica resultaba patente en el orden y precisión de sus conceptos y expresiones, en sus hábitos intelectuales bien integrados en el hondón de la cultura humanística occidental, que pronto cultivaría también a fondo en sus estudios de Filosofía y Letras, y en su doctorado en Historia. Como declaró en 1994 Alejandro Llano, Rector de la Universidad de Navarra, "era la síntesis viviente de dos culturas: la humanística y la técnica. Fue una gran figura intelectual y universitaria".