Un encuentro con un viejo amigo

 

Indice: Las buenas amistades

Mientras tanto, Dios seguía entretejiendo amistades, "casualidades" y destinos en la vida de don Josemaría. Un año más tarde de la muerte de Mercedes Reyna, el 24 de agosto de 1930, se encontró en una calle de Madrid con su viejo amigo Isidoro Zorzano.

Isidoro se dirigía hacia Logroño para pasar el verano con su familia, y había hecho una breve parada en la capital con el deseo de visitar a don Josemaría, que le había escrito poco antes una postal: "cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas". ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía cosas que contarle; pero al llegar a Madrid, como no le había avisado, no halló en casa a su amigo, y se dedicó a deambular sin rumbo fijo por las calles de la capital.

Don Josemaría estaba en esos momentos acompañando a un chico enfermo "cuando de pronto -escribió más tarde, evocando aquel hecho- sentí el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y {casualmente} pasaba también por allí".

Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. "Nada más saludarme -recordaba el Fundador- me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde". Ya en casa, Isidoro le contó detalladamente sus inquietudes espirituales a su amigo Josemaría, que, al oírle, le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo antes.

Durante esos tres años en la capital de España habían sucedido hechos muy decisivos en la vida de aquel joven sacerdote. Una mañana del 2 de octubre de 1928, cuando hacía unos ejercicios espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid y se encontraba recogido en su habitación, releyendo las notas en las que había apuntado las insinuaciones y mociones que había recibido de Dios en los últimos años, había visto, con total claridad, la misión que Dios le encomendaba: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios del cristiano...

Isidoro comprendió: aquello que su amigo había visto el 2 de octubre de 1928, era precisamente lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Era un camino de santidad, totalmente nuevo para él, donde podría llevar a cabo la locura de amor que presentía él también en el fondo de su corazón y las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón. Y aquel mismo día se entregó por entero a la Obra.

Ese rasgo de generosidad pronta retrata de cuerpo entero a este ingeniero joven de veintiocho años. Impulsado por el celo apostólico de D. Josemaría, Isidoro no hizo "esperar a Dios". Su entrega plena e instantánea fue la consecuencia lógica de toda su existencia, volcada siempre hacia Dios y hacia los demás.

"El tenía ya una inquietud de entrega a Dios -recordaba el Fundador años más tarde-, y no necesitó pensar mucho para decidirse, porque cuando se trata de darse al Señor no es necesaria gran deliberación; es el corazón y la fe lo que ha de mandar".

Y no es que Isidoro "no tuviese nada que dejar" a la hora de dar sus primeros pasos en aquel camino de santidad que Dios había hecho ver a su amigo Josemaría. En aquellos momentos ejercía una de las profesiones de mayor prestigio social y estaba muy bien cualificado. Sin embargo sabía conjugar su trabajo como ingeniero -que realizaba con competencia y un alto sentido de la justicia- con la dedicación abnegada a los más necesitados. En Málaga, después de muchas horas diarias de intenso trabajo, se encaminaba hacia un asilo para niños abandonados y les daba clases particulares. "No os podéis dar idea -escribía desde aquella ciudad poco tiempo después a los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid- de la extraordinaria satisfacción que experimento cuando estoy rodeado de estos desgraciados chicos, hijos del arroyo, desecho de la sociedad, sin cariño ni consuelo de los suyos; cómo vibran sus corazones cuando oyen hablar de El".

Era además, muy apostólico; y ese celo le acarreó, como suele suceder, una gran contradicción en torno suyo. Don Josemaría le aconsejaba, en una carta fechada el 3 de marzo de 1931 escrita desde Madrid, cómo debía actuar. Le decía "que, cuanto antes, vayas a visitar al Sr. Obispo y no hagas nada en este asunto sin su aprobación. A ese bendito prelado debes hablarle con claridad {de todo}: te entenderá bien, porque está más {loco} que nosotros. No dejes de ir, en cuanto puedas".