Fallecimiento de Monseñor Álvaro del Portillo (1994)

 

Indice: Fuentes para la historia del Opus Dei
El 23 de marzo de 1994, falleció en Roma, en su habitación, Monseñor Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei. Acababa de regresar de una peregrinación a Tierra Santa. Álvaro del Portillo había sucedido al Fundador del Opus Dei en 1975, había conducido y culminado el iter jurídico de la institución, y había impulsado el proceso de beatificación del Fundador. Durante su mandato el Opus Dei había comenzado su trabajo apostólico en 21 nuevos países: 1978,  Bolivia; 1980, Zaire, Costa de Marfil y Honduras; 1981,  Hong-Kong; 1982,  Singapur; 1983,  Trinidad-Tobago; 1984,  Suecia; 1985,  Taiwan; 1987,  Finlandia; 1988,  Camerún y República Dominicana; 1989,  Macao, Nueva Zelanda y Polonia; 1990,  Hungría y República Checa; 1992,  Nicaragua; 1993,  India e Israel; y 1994,  Lituania. En las horas siguientes a su fallecimiento, numerosas personas de toda condición acudieron a rezar ante sus restos, en la Iglesia prelaticia del Opus Dei; entre ellos, el mismo Romano Pontífice Juan Pablo II, acompañado del Secretario de Estado del Vaticano. Muchos testimonios orales y escritos de aquellos momentos y posteriores reflejaban el convencimiento de la santidad de Monseñor del Portillo.

Telegrama de pésame de Juan Pablo II a Mons. Javier Echevarría, ante el fallecimiento de Mons. Álvaro del Portillo

Al recibir la triste noticia de la repentina desaparición de Monseñor Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, le expreso a usted y a los miembros de la Prelatura mi más sentido pésame. Mientras recuerdo con agradecimiento al Señor la vida llena de celo sacerdotal y episcopal del difunto, el ejemplo de fortaleza y de confianza en la Providencia divina que ha ofrecido constantemente, así como su fidelidad a la Sede de Pedro y su generoso servicio eclesial como íntimo colaborador y benemérito sucesor del Beato Josemaría Escrivá, elevo al Señor fervientes súplicas para que acoja en el gozo eterno a este siervo bueno y fiel, y envío, para consuelo de cuantos se han beneficiado de su dedicación pastoral y de sus preclaras dotes de mente y de corazón, una especial bendición apostólica. Ioannes Paulus PP. II.

Homilía de Mons. Javier Echevarría, Vicario General del Opus Dei, en la Misa exequial por el fallecimiento de Mons. Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei, 24-III-1994

Hermanas y hermanos queridísimos: como hace casi diecinueve años, cuando nuestro queridísimo Fundador se nos marchó al Cielo, también hoy nos reunimos para dar el último saludo en la tierra a quien ha sido durante todos estos años Padre y Pastor nuestro amadísimo, el buen hijo fiel de nuestro Padre.

Hace pocos días celebrábamos llenos de gozo el cumpleaños del Padre: ochenta años de servicio fecundo en frutos para Dios y para la Iglesia. Con el mismo gozo nos estábamos preparando para sus bodas de oro sacerdotales. Pero los planes del Señor muchas veces no coinciden con los de los hombres, aunque sean tan nobles como los que unos hijos o unas hijas pueden albergar respecto a su padre.

Tras la peregrinación a Tierra Santa, siguiendo las huellas de Jesús, en la que mucho ha rezado y se ha conmovido el Padre, y en la que con tanta oración y tanto cariño nos habéis acompañado todas y todos, cada una y cada uno -así nos lo repitió frecuentemente el Padre, como nuestro Fundador en su peregrinación a la Virgen de Guadalupe en 1970: venimos, comentaba, con todas y con todos los de la Obra-, tras esa peregrinación, decid, el Señor ha querido otorgarle el premio merecido por su vida santa, por su entrega generosa, por su constante desvelo por la Iglesia y por las almas. Parece como si, después de recorrer los lugares santificados por la presencia de Jesucristo, sólo le faltara irse al Cielo para ver cara a cara a la Trinidad Beatísima y a la Virgen, sus grandes amores.

Es un deber de piedad filial que recemos mucho por el Padre, aunque nos consta su santidad: la hemos tocado con las manos, jornada tras jornada; y el testimonio de la afluencia a este lugar de ayer y de hoy es bien elocuente también. Aunque tengamos el íntimo convencimiento -repito- de que el Padre ve el Rostro de Dios, hemos de ofrecer muchos sufragios: no haremos más que corresponder un poquito a lo que el Padre ha rezado y se ha mortificado por nosotros. También en este caso, como con nuestro Padre, estamos convencidos de que serán oraciones de ida y vuelta.

En estas pocas palabras, yo quisiera transmitiros la misma vibración y seguridad, idéntico consuelo y esperanza que el Padre infundió en todos nosotros en junio de 1975. El dolor es grande, la nueva herida abierta es profunda, pero también es pujante y seguro el gozo sobrenatural que la fe y la esperanza hacen brotar de nuestras almas.

Como entonces nuestro Fundador, también ahora el Padre se nos ha marchado inesperadamente. ¿Qué podemos hacer, sino adorar el misterio de la Voluntad divina? Repitamos: “Fiat, adimpleatur, laudetur atque in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen”. Por otra parte, de nuestro corazón brota una gratitud profunda a la Santísima Trinidad, que ha llenado de días apostólicos y fecundos a este Padre queridísimo y le ha permitido contemplar hechas realidad tantas, tantas cosas… Pensad en el camino jurídico de la Obra, que el Padre -con la gracia de Dios y con un esfuerzo ímprobo, y con la oración de todas y de todos- llevó a término, cumpliendo lealmente cuanto había señalado nuestro Padre. Pensad en la expansión del Opus Dei por el mundo entero a lo largo de estos años, y pensad en la beatificación de nuestro Fundador, fruto también del trabajo y de la oración y del sacrificio del Padre…

¿Qué puedo decir? El Padre ha sido el vir fidelis alabado por la Sagrada Escritura, el hijo fiel que ha gastado su existencia por entero en ser apoyo e instrumento de nuestro Fundador. Gracias a su fidelidad y a sus desvelos, la Obra ha proseguido por el camino que marcó nuestro Padre, el Beato Josemaría, sin desviarse ni un ápice, sin ninguna solución de continuidad, sin vacíos de ningún tipo. ¡Gracias, Padre! Ahora podemos darle las gracias en voz alta, con el santo orgullo de haber tenido un Padre como el que hemos tenido.

Su único deseo fue siempre la santidad de los miembros de la Iglesia, y especialmente la de sus hijas y la de sus hijos. Siguiendo los pasos de nuestro Padre, buscó pasar oculto. ¡Y qué bien lo ha hecho! Era la sombra benéfica de nuestro Padre, al que hacía presente en todos los lugares donde se hallaba; era la voz de la que nuestro Fundador se ha servido para hablarnos; el corazón, lleno de cariño sobrenatural y humano, con el que ha continuado queriéndonos en la tierra; el brazo, fuerte y paternal, con el que nos ha dirigido -a toda la Obra, a cada una, a cada uno- en estos diecinueve años duros e intensos, gozosos y llenos de paz, plenos de dolor y repletos al mismo tiempo de alegría.

Os puedo confiar que era constante el ofrecimiento de su vida a Dios, por el Papa y por la Iglesia Santa. Tuve ocasión de comentárselo ayer al Santo Padre Juan Pablo II, cuando vino a rezar ante los restos mortales del Padre. Le dije, porque es la pura verdad, que la última Misa de su vida -la que celebró en la Iglesia del Cenáculo de Jerusalén- la ofreció, como siempre, por la persona e intenciones del Romano Pontífice (…)

Oración para la devoción privada a Mons. Álvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei (1994)

Dios Padre misericordioso, que concediste a tu siervo Álvaro, obispo, la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio a la Iglesia y fidelísimo hijo y sucesor del Beato Josemaría, Fundador del Opus Dei: haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo; dígnate glorificar a tu siervo Álvaro, y concédeme por su intercesión el favor que te pido… (pídase). Así sea.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.