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La Universidad de Navarra

 

Indice: Fuentes para la historia del Opus Dei
Los fieles del Opus Dei, junto con muchas otras personas, cristianos y no cristinanos, promovían iniciativas apostólicas, impulsados por el Fundador. Una de las iniciativas apostólicas más importantes promovidas por el Beato Josemaría en aquellos años fue la Universidad de Navarra. Aunque, con el paso del tiempo, han surgido otros centros de estudios superiores en distintos países del mundo, promovidos por miembros del Opus Dei, y un número mucho mayor de centros de enseñanza de todo tipo, incluidas numerosas labores de promoción social y profesional de las personas más necesitadas de la sociedad.

Recuerdos de Ismael Sánchez Bella, sobre los inicios de la Universidad de Navarra

Ismael Sanchez Bella (1922), se incorporó al Opus Dei en 1940. Fue catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de la Laguna desde 1950. En 1952, después de una larga estancia docente en América, regresó a España para iniciar la Universidad de Navarra.

Llegué a Pamplona en julio de 1952, con muy poco dinero, aunque con la promesa de ayuda económica por parte de la Diputación Foral, con cuyas autoridades ya habían tenido unas conversaciones previas Amadeo de Fuenmayor y José María Albareda. La duda que suscita lo nuevo -y tal vez el hecho de que yo tuviera sólo treinta años-, hizo que el acuerdo de ayuda se concretara de forma un tanto cautelosa: 150.000 pesetas anuales, en dos años, y a prueba. Parecía imposible que sólo con esa ayuda se pudiera poner en marcha la primera Facultad, la de Derecho, ya en el cercano mes de octubre. Pero, por expresa indicación del Beato Josemaría, seguimos adelante. El deseo de monseñor Escrivá de fundar una Universidad en Pamplona empezó así a hacerse realidad. Quiero dejar constancia que, desde el primer momento, quedó patente la amplitud, ciertamente audaz, de sus planteamientos, que nos hacían llegar mucho más lejos de lo que nosotros podíamos pensar. (…)

Entre mis primeras preocupaciones estaba encontrar un edificio adecuado para la labor docente y un piso decoroso para los primeros profesores. Lo asombroso es que el doble problema se resolvió en pocos días. Como primer paso, acudí a la Catedral, y puse el asunto en manos de Santa María la Real. Me fijé en la Escuela de Comercio, de reciente construcción entonces, y se me ocurrió que, como Catedrático de la Universidad estatal, podría solicitar que nos dejaran utilizar, a modo de préstamo, algún aula. A ese efecto busqué a un profesor que, según me dijeron, estaba en la Cámara de Comptos Reales. Nada más ver aquel bello edificio medieval, pensé que allí podría iniciarse la nueva Universidad. Pregunté de quién dependía el pequeño museo arqueológico instalado allí en aquel entonces, y anoté que era el Jefe Cultural de Navarra, Sr. Uranga (…)

Obtenida la conformidad de Uranga, tuve luego que convencer al Gobernador. Al final todo se resolvió y se nos concedió autorización para utilizar el edificio de la Cámara de Comptos. Después, ayudado por alguno más, se decoró el edificio, mejor dicho, un aula. ¡Pero qué aula aquélla!: una de las más nobles en que podría pensarse. Y suficiente para comenzar con el primer curso de los estudios de Derecho.

También la residencia para los profesores quedó pronto resuelta. Encontré un buen piso que se ofrecía en alquiler. No había dinero, pero el vecino, que era abogado, se ofreció con mucho gusto a avalar un préstamo en un banco (…)

Pero quedaba por resolver el problema fundamental: el de los profesores, pues sin ellos no puede haber una Universidad, aunque en aquel momento -así había que empezar- se tratara sólo de un curso, el primero de Derecho. Contaba ya con algunos nombres y luego se fueron concretando otros, hasta completar los necesarios. José Luis Murga, para Derecho Romano; Jerónimo Martel, para Derecho Natural; Rafael Aizpún, para Economía Política; Ángel López-Amo, con la colaboración de Leandro Benavides, para Derecho Político; yo mismo me hice cargo de Historia del Derecho, que es mi especialidad (…)

La inauguración de la Universidad en octubre de 1952 fue muy brillante. Asistieron muchas personalidades. Hubo Misa del Espíritu Santo en la parroquia cercana, bendición de los locales en la Cámara de Comptos y un brillante acto académico en el edificio de la Diputación Foral. Los alumnos, que enseguida comenzaron a frecuentar las clases, eran 42. El ambiente era muy bueno. Al final del curso debían ir a examinarse a la Universidad de Zaragoza, pues el Estudio General no tenía todavía el reconocimiento necesario.

Los años siguientes, en los que me correspondió el honor de actuar como Rector, fueron de desarrollo rápido, pero equilibrado. Para preparar el curso siguiente, se hizo necesario buscar profesores que atendieran el segundo curso de Derecho, y habilitar otras aulas. En el curso 1954-55 surgieron nuevas enseñanzas: Medicina y Enfermería (…) En 1955 comenzó la Facultad de Filosofía y Letras, que se inició con la sección de Historia (…)

En los comienzos, las Bibliotecas eran modestas por falta de fondos. Recuero que el tercer año sólo había 100.000 pesetas para libros de Derecho y 7.000 para los de Historia; el total de libros era de 2.794 volúmenes. Sin embargo, en todo momento se procuró cuidar no sólo la docencia, sino también la investigación: todos teníamos muy clara conciencia de que no se trataba de dar vida a una simple academia, sino a una universidad, y no hay universidad sin investigación (…)

Discurso del Beato Josemaría Escrivá ante la Corporación Municipal de Pamplona, agradeciendo el nombramiento como Hijo Adoptivo de la Ciudad, 25-X-1960

Señor Alcalde:

Al recibir de vuestras manos el honroso título de hijo adoptivo de esta Noble ciudad de Pamplona, no voy a caer en la falsa humildad de decir que no merezco tan alta distinción. Si lo hiciera, faltaría a la verdad y causaría agravio a vuestra justicia.

Sí, creo que es justo que esta bendita tierra de Navarra me considere como uno de sus hijos, porque si bien es cierto que no tuve la suerte de nacer junto al Arga, no lo es menos que, desde hace tiempo, le vengo demostrando un cariño filial al entregarle a tantos hijos míos, unos para que gasten lo mejor de su vida en las tareas docentes del Estudio General; otros para que se formen en esta atmósfera pura de reciedumbre, de fe y de lealtad.

No cabe mayor prueba de cariño que esta que yo he dado a Pamplona al elegirla, entre todas las ciudades de España, como sede de la primera Universidad del Opus Dei. Y el título que ahora me entregáis, señor Alcalde, no es más que la credencial que afirma en letras de molde una realidad viviente en mi corazón.

Hace muchos años que resido en el extranjero; bien sabe Dios que no es por mi gusto, aunque lo haga muy a gusto. Y, sin embargo, cada día soy más español y, al mismo tiempo, más universal, más católico.

Amo con toda el alma a esta patria mía, con sus virtudes y sus defectos, con su rica variedad de regiones, de hombres y de lenguas. Me encanta atravesar esa Castilla -paisaje de surco y cielo- que hace a los hombres y los gasta; me siento catalán en Cataluña y soy aragonés de nacimiento; admiro sin disimulo las fértiles vegas de Levante, los pueblos encalados de Andalucía, la recia contextura de la Montaña. Pero tengo una debilidad -todos tenemos alguna-, y esa debilidad es Navarra, porque esta tierra jugosa, de hayedos y rastrojeras, con su fe inquebrantable, su apego a la tradición, su laboriosidad callada y su moral sin tacha, parece como si hubiera sido especialmente dispuesta por Dios para que en ella fructifiquen las obras de apostolado universal, que siembran aquí a manos llenas, seguras de que habrá buena cosecha.

Y eso es lo que ha venido a hacer el Opus Dei, con amplios horizontes. Queremos hacer de Navarra un foco cultural de primer orden al servicio de nuestra Madre la Iglesia; queremos que aquí se formen hombres doctos con sentido cristiano de la vida; queremos que en este ambiente, propicio para la reflexión serena, se cultive la ciencia enraizada en los más sólidos principios y que su luz se proyecte por todos los caminos del saber.

Yo he dicho en alguna ocasión que el mayor enemigo de Dios es la ignorancia; estoy convencido de ello. Por eso quiero que los míos den la batalla de la doctrina; por eso me entusiasma el pensar que vosotros, que habéis estado siempre en vanguardia a la hora de defender con las armas nuestra Santa Fe Católica, vais a figurar a la cabeza de los que la defienden con la inteligencia.

De este modo prestamos un servicio a la Iglesia, un servicio a la Patria y un servicio también, muy grande, a esta ciudad. No os quepa duda: hoy, Pamplona, es más conocida en el mundo por su Estudio General que por los "sanfermines", con ser estos muy célebres. Son muchos ya los estudiantes de los más variados paises que se han formado aquí, y seguirán viniendo cada vez más; y, al volver a sus tierras, se dejan entre estos muros de piedras carcomidas por los años un jirón de su alma, que les sigue llamando dondequiera que estén.

Muchas gracias a todos por vuestra generosa cooperación, sin la cual no hubiera sido posible  nuestra empresa. Muchas gracias a las autoridades eclesiásticas y civiles por la cordial acogida que nos habéis dispensado. Y, finalmente -lo he dejado para el final para que no me embargue la emoción- muchas gracias también a la Corporación municipal y a usted, señor Alcalde, por el alto honor que me habéis dispensado con tanta sinceridad como benevolencia. Podéis considerarme desde ahora como un pamplonés más y estad seguros de que este valioso título, que hoy me otorgáis, ha de ser para mí el mejor estímulo en mis afanes diarios.

 

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