Paso de los Pirineos

 

Indice: Fuentes para la historia del Opus Dei
A finales de 1937, Don Josemaría, con unos pocos hijos suyos y algún amigo, pudieron pasar clandestinamente a Andorra y Francia, a través del Pirineo, y regresar a España por la llamada zona nacional.  Buscaban unas condiciones que les permitieran seguir con el trabajo apostólico. Más tarde, algunos otros miembros del Opus Dei, como Álvaro del Portillo, también pudieron salir de Madrid. Otros permanecieron en la zona republicana hasta el final de la guerra. Pepe Isasa falleció en ese periodo.

Recuerdos de Pedro Casciaro

Pedro Casciaro fue uno de los que participaron en el paso  por los Pirineos. En este libro de recuerdos relata con bastante detalle lo sucedido en aquellas jornadas.

Cuando comenzó a oscurecer, reanudamos la marcha, esta vez de bajada. Cruzamos un río y nos acercamos a una carretera. Nos advirtieron que había que extremar la prudencia y no hacer ruido con los pies, al caminar, o con los bastones que nos habíamos hecho con ramas de árboles. Teníamos que coronar dos montes -Santa Fe y Ares- de unos 1200 y 1500 metros de altitud respectivamente; y entre un monte y otro había un valle enclavado a 700 metros. Atravesar aquel valle era bastante peligroso, porque, según nuestro guía, los perros de las masías podían dar la alarma a los milicianos de Orgañá. Esto es lo que había sucedido poco tiempo antes, y los milicianos habían recibido a tiros a los fugitivos.

Superamos estos dos montes; después, ya no me acuerdo de nada con precisión; sólo guardo la imagen de unos treinta hombres encorvados, caminando en hilera, sin apoyar los bastones en el suelo, componiendo una escena casi irreal. Luego, los recuerdos se agolpan. En una ocasión, cruzamos una carretera y nos deslumbraron las luces de un coche. “El susto nos dejó paralizados -anota Juan-, pero los guías, inalterables, se limitaron a decir que si nos enfocaban otra vez, eso es lo que había que hacer: quedarse quietos y en silencio”.

- No pasa nada -dijeron con gran seguridad-. No pueden vernos..

A continuación vino lo duro: tuvimos que atravesar infinidad de ríos; luego me enteré que era siempre el mismo, el Arabell: lo cruzábamos y lo volvíamos a cruzar; a ratos, caminábamos dentro del agua; otros, cerca de la ribera. Entonces comprobamos que las botas que Juan le había conseguido al Padre eran un auténtico timo. Le habían asegurado que eran impermeables y entraba el agua como si fueran un colador; con el inconveniente, además, de que tardaban mucho en secar. El Padre anduvo, por lo menos dos días, con los pies totalmente mojados.

Al amanecer del día 1 de diciembre acampamos, al fin, totalmente empapados y ateridos de frío. Apenas salió el sol, y amenazaba ya una nevada. Pasamos el día entero entre los matorrales y las piedras completamente mojados, sin podernos mover para no llamar la atención, en un suelo húmedo y resbaladizo. Por la noche, oímos batir unos tambores que delataban la proximidad de fuerzas armadas de carabineros o milicianos, y nos inquietamos. Pero en aquellos momentos -por lo menos a mí-, me importaba más el frío que el miedo a ser apresado. Era un frío terrible, un frío inmisericorde y cruel, que me calaba hasta los huesos y me hacía estremecer en medio de aquel agotamiento físico y psíquico que arrastraba desde hacía varios días. Aunque estaba totalmente onnubilado por el cansancio, me pregunté que, si yo estaba así, cómo estaría el Padre. Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle (…)

Carta del Fundador del Opus Dei a Don Francisco Morán, 17-XII-1937

El Fundador del Opus Dei escribió esta carta al llegar a  Pamplona, una vez culminado el paso por los Pirineos.

Mi muy querido y venerado Señor Vicario:

Después de mil peripecias, superadas por evidente protección de mi Padre-Dios, pude lograr evadirme del campo rojo (...). Me he acogido al calor de mi gran amigo el Sr. Obispo de Pamplona, y en su Palacio estoy, donde comenzaré mañana -solito- los santos ejercicios.

Si el Sr. Vicario no me dice otra cosa, entenderé que le parece bien que me dedique inmediatamente, cumpliendo la Santa Voluntad de Dios, a trabajar según mi vocación particular en la dirección de las almas que V. E. conoce, y que están repartidas por todo el territorio Nacional. Por cierto: ¡qué heroicos, todos, sin excepciones!

Ruego a mi Sr. Vicario que haga presente a nuestro amadísimo Prelado cómo, en medio de tantas tribulaciones, a diario hemos pedido por S. E. Rvma.

Ya sabe, Padre, que le quiere su affmo. s. y a. q. b. s. m. y le pide su bendición

Josemaría Escrivá