Nuevos fieles para el Opus Dei. Los "mayores"

 

Indice: Fuentes para la historia del Opus Dei
Fruto de la oración y el trabajo apostólico del Fundador el pequeño grupo inical de personas que le seguían comenzó a incrementarse. Entre 1933 y 1936 se incorporaron varios jóvenes que, con su fidelidad, se conviertiron en pocos años en una importante ayuda para el Fundador; poco después de la guerra civil se les pudo empezar a llamar los "mayores" del Opus Dei.

Recuerdos de Francisco Ponz

Francisco Ponz nació en Huesca en 1919. Se incorporó al Opus Dei en 1940. Catedrático de fisiología desde 1944, en 1966 se incorporó a la Universidad de Navarra de la que fue su Rector desde 1966 a 1979. En un libro que recoge sus recuerdos de sus primeros años en el Opus Dei, rememora al conjunto de personas que en el momento de su incorporación formaban ya parte del Opus Dei.

Además de Álvaro, los miembros de la Obra más antiguos ayudaban al Padre en las tareas de formación y apostolado. El que llevaba más tiempo en el Opus Dei -desde 1930- era Isidoro Zorzano, un ingeniero industrial compañero de bachillerato del Padre en Logroño y de su misma edad. Vivía en Jenner, trabajaba en los Ferrocarriles del Oeste y se ocupaba de los asuntos económicos y materiales de la residencia. Era muy trabajador, aprovechaba formidablemente bien el tiempo, hacía muchas cosas y muy poco ruido. Era un buen ejemplo para los que llevábamos poco tiempo en la Obra.

Juan Jiménez Vargas, con veintiséis años, era entonces el director de la residencia de Jenner. Preparaba oposiciones a cátedra de Fisiología de Medicina, e investigaba en el Instituto Cajal; también ejercía como médico. Pertenecía al Opus Dei desde 1933. Juan era, y lo ha sido siempre después, hombre de cuerpo enjuto, duro consigo mismo, de pocas palabras y muchos hechos, activo, decidido, con un trato en apariencia seco, pero con un gran corazón que estaba pendiente de todos y se desvivía por todos. Era muy trabajador. Rechazaba con energía cualquier intento de expresarle agradecimiento o afecto. Nos impulsaba a que hiciéramos deporte, a remar, salir al monte, dar paseos rápidos por las calles de Madrid. Sufría cuando le parecía apreciar poca reciedumbre en alguno.

También en 1933 habían pedido la admisión en la Obra José María González Barredo -un químico de treinta y cuatro años y catedrático de Instituto que preparaba entonces oposiciones a cátedra universitaria de Química Física- y Ricardo Fernández Vallespín, de veintinueve años, que trabajaba ya como arquitecto y alcanzó en pocos años notable prestigio.

Otro que había acabado la carrera -de ingeniero de minas-, era José María Hemández Garnica, a quien llamábamos familiarmente Chiqui. Pertenecía al Opus Dei desde julio de 1935. Cuando le conocí en 1940, trabajaba en la Electra Madrileña, una Compañía relacionada con su tío Pablo Garnica. Algo más próximos a mí en edad estaban Pedro Casciaro, Paco Botella y Vicente Rodríguez Casado, que se ocupaban más directamente de la labor apostólica en Jenner con universitarios. Pedro y Paco comenzaron Arquitectura y Matemáticas en Madrid; compañeros de estudios y amigos, pidieron la admisión en el Opus Dei casi el mismo día, en noviembre de 1935. Acababan de licenciarse en Ciencias Exactas y en el curso 1939-40 hacían el doctorado. Vicente era historiador y, como Pedro y Paco, cursaba el doctorado y preparaba la tesis. Era del Opus Del desde mayo de 1936, muy poco antes del comienzo de la guerra civil. Había sido boy scout, y de ahí le venía la tendencia a las excursiones. Como alguna vez venía con el uniforme de sargento del Ejército y era bastante corpulento, le llamábamos en aquel tiempo «el sargentísimo». Era muy apostólico y un optimista nato; aunque aseguraba que era muy tímido, abordaba a quien se proponía con gran facilidad.

En cuanto a mi maestro, José María Albareda, era como Isidoro de la misma edad que el Padre. Vivía en Jenner, pero andaba muy ocupado con sus actividades profesionales y científicas, y coincidíamos menos con él. A Rafael Calvo Serer tardé algo en conocerle. Había pedido la admisión en la Obra unos tres meses antes del comienzo de la guerra civil española y no residía en Madrid. Se dedicaba a la Historia y había sido directivo de los Estudiantes Católicos en Valencia.

Todos los «mayores» que conocí en Jenner me ayudaron mucho a comprender y vivir el espíritu del Opus Dei. Con una personalidad muy diferente, cada uno con su propio carácter y temperamento, ofrecían un ejemplo estupendo de cómo el común espíritu que enseñaba el Fundador del Opus Dei podía encarnarse en tipos humanos tan diversos. Su fe en el Padre, la atención con que le escuchaban, la prontitud con que seguían sus consejos, la manifiesta generosidad de su entrega, constituían un formidable apoyo: eran firmes columnas para todos los demás. Cuantos hemos llegado después, les debemos infinito agradecimiento.