Traslado de Zaragoza a Madrid (1927)

 

Indice: Fuentes para la historia del Opus Dei
El 19 de abril de 1927, D. Josemaría Escrivá se trasladó a vivir a Madrid. Desde junio fue Capellán del Patronato de Enfermos. El contacto del beato Josemaría con la obra apostólica de Doña Luz Rodríguez Casanova fue de una trascendencia muy particular. Por un lado, le permitió afianzar sus primeros pasos para establecerse en Madrid. Al mismo tiempo, supuso un cúmulo de experiencias pastorales que jugaron un papel indiscutible en la forja de la personalidad sacerdotal del beato Josemaría y que él siempre consideró parte de la prehistoria del Opus Dei. El Patronato de Enfermos era un centro asistencial para gente pobre. Desde el Patronato se dirigían escuelas, comedores, centros sanitarios, capillas y catequesis esparcidas por todo Madrid y la periferia de sus barrios. Las Damas Apostólicas disponían en Madrid de 58 escuelas, con un total de 14.000 niños. Repartidas por Madrid había unas seis o siete iglesias o capillas que también dependían de ellas. Al mismo tiempo, Don Josemaría debía mantener a su familia, por lo que daba clases de Derecho en la Academia Cicuéndez.

Instancia de Don Josemaría dirigida al Ilmo. Sr. Vicario General de la Diócesis de Madrid Alcalá (1927)

Dn. José Mª Escrivá y Albás —de la Diócesis de Zaragoza —con permiso de su Ordinario expedido el 17 de marzo de 1927 —deseando permanecer en esta Corte, calle de Larra, Casa Sacerdotal, número 3 —por tiempo de dos años —suplica a S.S. Ilma. se digne concederle la oportuna autorización para poder celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en la iglesia del Patronato de enfermos.

Dios guarde a S.S. Ilma. muchos años.

Madrid 10 de junio de 1927.

Testimonio de la Dama Apostólica Asunción Muñoz González (1894-1984), dado en Daimiel 25-VIII-1975

Asunción Muñoz González, nacida en Hornacho (Badajoz), fue una de las diez primeras religiosas de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. En 1929 fue nombrada Maestra de Novicias del recién inaugurado Noviciado de Chamartín de la Rosa. Conoció a Josemaría Escrivá en el Patronato de Enfermos y le trató hasta 1931, año en que dejó de ser capellán de esa Institución.

El Capellán del Patronato de Enfermos era el que cuidaba de los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo, D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a D. Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y de que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del cielo. No recuerdo un sólo caso en el que fracasáramos en nuestro intento.

Yo era una de las más jóvenes de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche. A cualquier hora. Por eso estaba dedicada especialmente a estos enfermos. Y siempre, nos acompañaba don Josemaría. Ibamos en algún coche que nos prestaban algunas familias y nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlas, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor.

Así, con don Josemaría, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no teníamos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotros nos encargábamos de todo.

¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y el iba todas las tardes a ver a alguno de ellos puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 178 (20-III-1931)

Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. "Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas"... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!) Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. "Me ha dicho que me confiese..., porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!" Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? "A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido". Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado... Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose.