Don Pedro. Entre un plebiscito de cariño

Indice: Un mar sin orillas

El 23 de marzo de 1995, en México, falleció don Pedro Casciaro. Hacía exactamente un año que Dios se había llevado a don Álvaro del Portillo, en la madrugada del 23 de marzo de 1994, tras un viaje a Tierra Santa. Había celebrado su última Misa el día anterior, 22 de marzo, en la iglesia del Cenáculo en Jerusalén.

Don Álvaro estuvo al frente del Opus Dei durante diecinueve años, fielmente unido a las enseñanzas del Padre; y he pensado muchas veces en esta coincidencia, tan expresiva: como si hasta en eso don Pedro, siempre fidelísimo, hubiese querido estar unido al que hace cabeza en el Opus Dei.

Ahora, al evocar a don Pedro no puedo menos que sonreírme ante la premonición que nos contó cuando vino a vernos a Guatemala en 1953. Nos decía, bromeando, que pensaba que iba a morir solo, en un país desconocido, en una cama extraña, y que cuando quisiera darle a la perilla de la luz... ¡no funcionaría!

Ha sido todo lo contrario. Ha muerto en el México que tanto amaba, en su casa, acompañado por el cariño y los cuidados de los fieles del Opus Dei, que intentaron aliviar en la medida de lo posible los grandes sufrimientos que padeció durante las últimas semanas a causa de su enfermedad. Ha muerto como el Padre deseaba: exprimido como un limón, después de gastar la vida entera por amor a Dios, en el "martirio silencioso de lo cotidiano" -el único martirio que el Padre deseaba para nosotros- dejando tras sí un surco luminoso y ancho en estas tierras americanas.

Durante la tarde del 23 de marzo de 1995, el Cardenal de México celebró un funeral por el alma de don Álvaro en la Villa de Guadalupe, abarrotada de fieles, y les rogó que pidieran por la salud de don Pedro. Al acabar la Santa Misa le avisaron que don Pedro estaba muy grave. Fue enseguida a la casa, para acompañarle en sus últimos momentos. Poco después, a las diez y media de la noche, Dios se lo llevó.

Durante el funeral se produjo un plebiscito espontáneo de veneración y afecto: miles de personas de México se acercaron hasta la iglesia donde estaba su cuerpo y fueron pasando rosarios y crucifijos por sus manos, durante mucho tiempo, mientras se las besaban, agradecidos. Al retirar el féretro, resonó espontáneamente en el templo un larguísimo aplauso, fruto de la emoción y del cariño.

Guardo muchos recuerdos simpáticos y divertidos de don Pedro; pero hay uno que no se me borra de la memoria; y le veo todavía en Guatemala, bajando las escalerillas del avión en aquel lejano día de agosto de 1953, sembrando a manos llenas a su alrededor la paz y la alegría.