Los últimos días del doctor Cofiño

 

Indice: Un mar sin orillas

"Yo he conocido muchos médicos a lo largo de mi vida -contaba Benjamín Antonio, el enfermero que atendió al doctor poco antes de su muerte- pero con el doctor Cofiño aprendí, realmente, qué es un médico. Un médico es un hombre que se desvive por servir a los demás y que vela por las personas que lo necesitan hasta el último momento, ¡aunque él mismo se esté muriendo!

En 1991 los familiares del doctor Cofiño me pidieron que les ayudara a cuidarle en su propia casa, porque vieron que nos entendíamos muy bien desde que le atendí en el Hospital, cuando le hospitalizaron.

Estuve con él durante las últimas semanas de su vida. Me daba muy buenos consejos. Al principio quería que lo llevase a Misa a una iglesia que hay cerca de su casa, y aunque no tenía ni fuerzas para abrir la boca, comulgaba ¡con una devoción! ¡con un amor! Hasta que por su situación, ya no pudimos ir más. Me daba lástima porque... ¡tenía tanta ilusión en recibir al Señor!

Luego fue empeorando, y había periodos en los que perdía la lucidez. Cuando recobraba el conocimiento me decía de pronto: '¿Ya estás listo?' '¿Listo para qué, doctor?'. '¿Para qué va a ser? Es la hora de Misa!'. 'Sí, doctor', le decía yo, y le ayudaba a sentarse en su silla de ruedas. Recorríamos algunos tramos del pasillo... y se quedaba con la mirada fija en la lejanía. Y cuando se recobraba exclamaba: '¡La Misa! ¡La Misa!'

A mí me daba pena verle en sus últimos días, porque quería estar unido al Señor en todo momento y rezar su Rosario y la mente ya no le daba... Sin embargo, empezaba a rezarlo una vez, y otra, y otra... 'Primer misterio' -decía-, y rezaba un Avemaría; 'Quinto misterio', y rezaba tres; y al poco, 'Segundo misterio'. Pero yo pensaba que no importaba, que la Virgen lo comprendía...

El 17 de octubre de 1991, en la madrugada, estábamos los dos solos en su habitación. El estaba sentado en su sillón y yo, muy cerca, a su lado. Y así se fue, dulcemente...

Tuvo una muerte tranquila y placentera. Siempre he pensado que así debe ser la muerte de los santos. Porque de esto no me cabe duda: el doctor Cofiño era un santo".