Nunca es tarde para amar a Dios

 

Indice: Un mar sin orillas

"¿Recuerdas -me preguntaba José María Báscones- aquellas tertulias bajo los pinos de Molinoviejo cuando el Padre soñaba con la expansión del Opus Dei por todo el mundo... y nos decía que nos pasaríamos el fin de nuestra vida agradeciéndole al Señor haber podido contemplar tantas y tantas maravillas, fruto de la gracia de Dios?"

No he olvidado aquellas tertulias, ni las palabras del Padre... y le doy constantes gracias al Señor. En mi caso, hubo una gracia de Dios que no me esperaba. A comienzos de 1977 mi madre me contó, en una de sus cartas, que el 24 de enero anterior había pedido la admisión en el Opus Dei: ¡casi a los ochenta años!

Es fácil comprender mi sorpresa. Pero el amor a Dios no tiene edad, y mi madre vivió esa nueva llamada de Dios con espíritu joven, con su alegría de siempre y con un optimismo firmemente enraizado en la filiación divina. Sólo salía de casa para ir a Misa; pero se las ingeniaba para hablar de Dios con algunas amigas de su misma edad que vivían en una residencia cercana.

Y, sorprendentemente, año tras año, a medida que aumentaban los achaques propios de la edad, se fue rejuveneciendo por dentro. El amor a Dios le daba aliento, energía, fuerza para vivir. No perdió el buen humor en ningún momento, a pesar de que sufrió un grave accidente y una operación importante, que le dejó varias secuelas. Nunca se quejó, y ofreció muchos de sus dolores por la labor apostólica del Opus Dei en Centroamérica. Estuvo alentándonos y ayudándonos con su oración y con su aliento, desde los comienzos, en 1953, hasta el último instante de su vida.

Al recordarla me vienen a la mente unas palabras que dijo el Padre, el 22 de octubre de 1960, a un grupo de padres de familia que le saludaron en Zaragoza. "Algunos de vosotros -comentó- tenéis a los hijos lejos. Han ido lejos a coger la mies de Dios. Yo os digo que os quiero con toda mi alma. Y os doy la enhorabuena, porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón -enteros- para El sólo... ¡para El sólo! Padres y madres de estos hijos que también son míos: ¡no habéis terminado vuestra misión en la tierra! Ellos -ellas- han venido a entregarse a Dios, a servir a la Iglesia (...) y los tenéis metidos en tantos ricones del mundo, en Africa, en Asia, en toda Europa, en toda América, desde Canadá hasta la Tierra del Fuego; pronto, el año que viene, en Australia. Bien. No habéis acabado la misión: tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos; una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos. -Padre, ¡que estoy muy lejos! -¡Con tu oración! -Padre, ¡que estoy lejos! -¡En la vida profesional, poniendo en cada momento la última piedra, haciendo las cosas bien y por amor, y con el pensamiento en esos hijos!"

En mayo de 1985 mi madre sufrió unos cólicos hepáticos, producidos por cálculos biliares, que le produjeron grandes padecimientos. La única solución, según los médicos, era operarla. Nos previnieron: una intervención, a esas edades, es siempre peligrosa... No sabíamos qué hacer; pero ella decidió que la operaran cuanto antes, y afrontó con entereza todas las molestias. La intervención fue un éxito.

Al cabo del tiempo, cuando ya comenzaba a reponerse y pensábamos que había pasado todo, sufrió unas fuertes complicaciones renales.

Yo estaba en Guatemala y el día 23 de julio hablé con ella por teléfono: se encontraba mal, pero estaba serena y alegre, aceptando aquella recaída con gran sentido sobrenatural.

De pronto, la situación se agravó y las Siervas de San José que atendían el Hospital se quedaron conmovidas al ver con qué paz recibió la Unción de los enfermos, con plena conciencia y gran serenidad. Pasó la noche anterior a su muerte diciendo jaculatorias.

Falleció a las ocho y cuarto de la mañana del 24 de julio de 1985. Bendita sea.