Siempre comenzando

 

Indice: Un mar sin orillas

20.IX.96

"Querido don Antonio:

Contesto a su carta del catorce del presente mes, para agradecerle sus oraciones por nosotros y contarle algo de los comienzos en Panamá, donde hemos ido viniendo mensualmente desde el mes de marzo. Nunca nos alcanzaba el tiempo para ver a todos nuestros amigos y en abril decidimos venir cada quince días. Soñamos con el día en que nos establezcamos definitivamente aquí.

Durante estos viajes me he llevado muchas y muy gratas sorpresas, no sólo en la ciudad de Panamá, sino en otras ciudades a las que ha llegado, de un modo u otro, el espíritu del Opus Dei: Colón, David, Las Tablas, Bocas del Toro, etc. Unos amigos me dicen que tienen un conocido del Opus Dei en Costa Rica o en Honduras; otros me cuentan que han leido la Hoja Informativa, o que llevan años haciendo oración con Camino. Uno me decía hace poco: 'en mis momentos interiores de duda, o de falta de fe, me he agarrado de Camino y siempre he salido adelante'. Se ve como nuestro Padre, desde el Cielo, intercede por muchísimas almas.

Ya sabe usted que Panamá es un país cosmopolita: hay gente venida de la China, de la India, de Rumanía, de Italia, de toda Sudamérica... Yo he conocido gente hasta de Australia. Eso hace que los panameños tengan un talante abierto y acogedor hacia todo lo que viene de fuera. El actual nuncio, que se ordenó obispo con el Padre (69) * el pasado 6 de enero, y con el que nos hemos visto todos los meses, nos pregunta con frecuencia: '¿Cómo va la labor apostólica? ¿Cuándo se vienen? ¿Ya tienen casa?'.

Vamos conociendo a muchas personas, que se entusiasman al conocer el Opus Dei. Hay varios cooperadores médicos: pediatras, ginecólogos, psiquiatras, urólogos, otorrinolaringólogos (¡vaya nombrecito!)... Son amigos de Julio, que es médico también y pidió la admisión como supernumerario en febrero pasado. Julio conoció la Obra en Estados Unidos, cuando hacía una especialización en Oncología, y es presidente de una Asociación para la atención de enfermos terminales. Su trabajo le sirve para acercar mucha gente a Dios y hablarles de los sacramentos.

Un párroco amigo nuestro nos contaba su agradecimiento por don Álvaro, al que había conocido en Roma, cuando trabajaba en una Congregación de la Santa Sede: 'me ayudó muchísimo -decía- al fortalecimiento de mi vocación sacerdotal'.

Hay tres supernumerarias que han comenzado un Retiro con sus amigas en la iglesia de nuestra Señora del Carmen. También han comenzado los Retiros para universitarias. Y hay algunas madres de familia, y empleadas del hogar que participan en medios de formación espiritual. Marcos y su esposa, dos supernumerarios argentinos que trabajan en David, que queda a 350 kilómetros de Panamá, han comenzado unos cursos de formación cristiana con sus amigos y nos piden que vayamos lo antes posible para tener un Retiro.

Estamos buscando una casa para establecernos definitivamente; cada vez que cruzo con el avión la bahía de Panamá y llego al aeropuerto, le pido a Santa María de la Antigua, Patrona de este país, por los frutos abundantes que se adivinan ya.

Un fuerte abrazo

Sergio

Al releer la carta que me envió Sergio Flores sobre los primeros pasos en Panamá, donde se puso el primer centro del Opus Dei en 1996, me viene a la memoria mi primera estancia en este país, cuarenta y un años antes, en septiembre de 1955. El avión estuvo sobrevolando durante mucho tiempo los inmensos pantanos del Darién, hasta que dejó atrás La Palma y enrumbó hacia la capital, dejando a un lado la Serranía de Cañazas y adentrándose por el golfo de San Miguel. Entreví entonces por vez primera el verdor de las selvas panameñas y contemplé, asombrado, las siluetas diminutas de los barcos que esperaban su turno para atravesar el Canal. Y, al igual que Sergio, al llegar al aeropuerto de Tocumen, puse bajo la intercesión de Santa María la Antigua la futura labor apostólica del Opus Dei en este país.

Guardo un recuerdo delicioso de aquella primera estancia: estuve paseando por la Avenida de José A. Arango y la Vía España, y llegué hasta el Parque Lefevre, donde los edificios comenzaban a elevarse. Luego caminé hasta Punta Paitilla, entre comercios con rótulos y carteles en diversos idiomas. Era un ambiente abierto y cosmopolita, con gentes de las procedencias más variadas, con lenguas, costumbres y trajes multicolores y exóticos: un magnífico crisol de razas y culturas.

Durante cuarenta años, desde 1955 a 1995 hice varios viajes a Panamá, un país singular dentro del contexto centroamericano, porque estuvo anexionado a Colombia hasta 1903. Recuerdo especialmente un viaje que hice con Enrique hasta Colón, una ciudad de la costa Atlántica, en aquel trenecito traqueteante que iba bordeando el Canal desde el pie del cerro Ancon hasta Bahía Las Minas. Mientras el tren avanzaba desde las exclusas de Miraflores, en el Pacífico, hasta las de Gatún, en el Mar Caribe, hablamos extensamente del futuro del Opus Dei en esta tierra donde Centroamérica se engarza con América del Sur.

Durante este tiempo -casi medio siglo- muchos panameños han ido conociendo el Opus Dei en diversos países: Luis, Orestes, Jaime... y se han hecho viajes periódicos desde Costa Rica. La devoción por el Padre, como ha sucedido en otros países, se ha extendido -especialmente en la zona de Chiriquí- antes de que se comenzara establemente la labor apostólica. A mitad de los años noventa, cuando hablaban por vez primera del Opus Dei a los panameños era habitual que respondieran con un: "¡Ah! ¡Si ya lo conozco! ¡Yo le rezo al Fundador todos los días!". Y el mensaje del Opus Dei se ha difundido de modo espontáneo -el marido a la esposa; la madre a la hija; el comerciante a un viejo cliente- por los mil entramados de la vida social: en la casa, en la oficina, en la reunión de amigos o en los viajes de avión como cuando Modaldo, un empresario panameño, se sentó junto con un sacerdote y comenzó a charlar...

-Perdone que le pregunte -le dijo el sacerdote, durante la conversación-, ¿es usted católico?

-Sí, Padre; y mi esposa también.

El sacerdote le habló del Opus Dei y del Padre y le propuso que participara en algunos medios de formación cristiana. Así lo hizo.

Al cabo del tiempo, ese sacerdote -don Javier Echevarría- se convertiría en el segundo sucesor del Padre.