Un pacto

 

Indice: Un mar sin orillas

Cuando Álvaro Rocha me cuenta esto comenzamos a orillar las aguas del lago de Managua, que tienen, a estas horas, un azul extraño, moteado de negro, como de mariposa. Y mientras sigue contando anécdotas y recordando viejos sucedidos, pienso en aquellos días de incertidumbre, cuando no sabíamos donde estaba Roger, tras el terremoto...

Por fin, tras muchas pesquisas, localizamos a unos parientes suyos de Costa Rica que nos tranquilizaron: sabían que estaba vivo, pero ignoraban su paradero. Empezamos a hacer gestiones para encontrarlo: no era fácil; todas las comunicaciones estaban cortadas. Hicimos llamadas y avisos, pusimos mensajes por radio; esperamos un día, dos, tres; nada, no aparecía. La ciudad era una montaña de escombros y personas sin hogar. Y pasaba el tiempo: diez, once, doce días... ¿Qué hacer? No podíamos dejar a Roger solo, en medio de aquella tragedia.

Concluimos que la única solución era ir a Nicaragua. Era una empresa arriesgada en aquellos momentos, y aún más buscarlo en el caos de una ciudad destruida. Pepe Molina consiguió unas credenciales y estuvo buscándolo durante días y días con su motocicleta -el único vehículo disponible- entre las ruinas. Al fin lo localizó por radio: estaba en un campamento militar. ¡Qué alegría cuando se abrazaron y le dio una maleta con alimentos, ropa, artículos de primera necesidad!

El trabajo era muy duro y Roger estaba cansado, pero se encontraba bien de salud. A partir de entonces fuimos a visitarle cada dos semanas desde Guatemala. Y cuando vimos que aquello iba para largo, comprendimos que Dios nos pedía... empezar a atender con regularidad a las personas que se acercaban a Dios a través de la amistad con Roger. ¡Nunca hubiese podido suponer que nuestros primeros pasos en Nicaragua se darían así!

Roger había hecho muchos amigos entre los colegas, capataces y trabajadores de los equipos de reconstrucción nacional, mientras repartía víveres a los damnificados. Los frutos no se hicieron esperar: comenzó enseguida un curso de doctrina cristiana con varios jóvenes -Egberto, Lorenzo, Aldo, Jaime, Norman, Rafael-, y como la situación se alargaba, se le ocurrió la idea de formar un club juvenil.

¡Un club juvenil en medio del aquel desastre! ¿Y por qué no?, pensé. En mis sucesivos viajes pude conocer algunos de componentes de aquel sorprendente club; y el 19 de marzo, fiesta de San José, organizamos un Curso de Retiro para estos jóvenes. Lo predicó don Alberto Casals un sacerdote del Opus Dei, que viajó desde Costa Rica.

Puede parecer descabellado organizar un Retiro Espiritual en medio de una ciudad en ruinas, pero la respuesta fue formidable. Acudieron muchos amigos de Roger: jóvenes capataces, estudiantes de bachillerato, universitarios... Era una representación variada de la juventud nicaragüense. El dolor los había removido y aquellos días de sosiego y oración les sirvieron para ahondar en su vida cristiana. Al acabar, volvieron a su trabajo de ayuda a los damnificados, o de reconstrucción entre los escombros.

De nuevo, en estos comienzos, no teníamos nada, y de nuevo, contábamos, sobre todo, con el poder de la oración, que es siempre guía y luz, como esa "estrella en la mano" que evocaba el verso de Rubén Darío. Esa es la única fuerza del Opus Dei, nos recordaba el Padre: la oración; y cuando Álvaro Rocha me habló de esa señora que ofreció todos sus dolores por el Opus Dei, recordé algo que me contó Roger en aquel lejano 1972.

Un día, me dijo Roger, había hablado del Opus Dei con una de sus tías que estaba paralítica desde hacía 38 años. Era una señora buena y piadosa que entendió muy bien, desde el primer momento, con esa intuición sobrenatural de las almas probadas en el dolor, la trascendencia del espíritu del Opus Dei.

"En aquella conversación -me contaba Roger- mi tía me propuso un pacto, que cuando se lo relaté al Padre, años más tarde, me dijo que tenía sabor de primitiva cristiandad:

-Tú reza -me propuso mi tía- para que yo dé al Señor toda la gloria que le tengo que dar, y yo le ofreceré a Dios todas las molestias de mi enfermedad para que el Opus Dei comience en Nicaragua".