En Villa Fontana

 

Indice: Un mar sin orillas

"Usted recordará que a comienzos de los años 90 -me dice Álvaro Rocha- vinimos en algunas ocasiones para buscar empleo y una casa para vivir. Por fin nos instalamos en Villa Fontana. Era una casa de ensueño: las bombillas soñaban con lámparas, las paredes soñaban con pinturas y las habitaciones soñaban con muebles. Todo eran sueños... Comenzamos sin nada. Sólo teníamos cuatro sillas prestadas. Pero comenzamos enseguida las clases de doctrina cristiana. Al principio vinieron cuatro. Bien. ¡Por lo menos tenían una silla para cada uno! Las clases, cuando se iba la luz, se daban a la luz de una vela. Pero muy pronto empezó a crecer el número de personas y a faltar sillas...

Tratábamos de diversos aspectos de la vida cristiana; de oración, de afán de servicio a los demás, de amor a la Iglesia, y especialmente de trabajar mucho y bien, porque, aquí, don Antonio, este calorcito no facilita la cosa; no hay bibliotecas, en las universidades se ha exigido poco... En fin... Hubo años en los que a los que iban a cortar caña les regalaban las notas y se creó la maña de no estudiar...

A veces, cuando converso con universitarios sobre la Doctrina Social de la Iglesia, se lamentan de tantas desigualdades escandalosas como se ven. 'Todo eso es verdad -les digo- todo eso es verdad: pero ustedes no pueden conformarse con lamentos'. Y les recuerdo que las opresiones, las violaciones de los derechos humanos, nacen de los pecados personales. Por eso, la liberación más profunda es la del pecado. Y les digo que lo primero que tienen que preguntarse es: y yo, ¿en qué puedo mejorar, en qué debo cambiar?

Están de acuerdo conmigo en que Nicaragua necesita cristianos bien formados en todos los aspectos: en lo humano, en lo moral, en lo profesional... y que, como universitarios, ellos son unos privilegiados; y que por tanto deben prepararse para servir a la sociedad con eficacia, para que el día de mañana sepan sembrar la paz, generar puestos de trabajo, y lograr un verdadero progreso: ¡que no es sólo material, sino también moral!

Ustedes tienen que trabajar intensamente, les insisto, con sentido de solidaridad, porque quizá en el futuro ese espíritu de servicio les lleve a renunciar a unas opciones de mayor rendimiento económico en lo personal...

Cuando me escuchan decir esto se ponen serios... Y les recuerdo lo que decía el Padre a los universitarios: ¡no pueden malgastar egoístamente lo que han recibido, sin transmitirlo a los demás! Los universitarios nicaragüenses ienen una gran responsabilidad social; y esa responsabilidad significa horas, muchas horas, intensas, sacrificadas, en la sala de estudio, porque... ¡no basta con desear hacer las cosas bien! ¡Hay que aprender a hacerlas! Y sólo con un trabajo intenso, con una conciencia sensible a los problemas humanos, podrán ayudar a resolver cristianamente, el día de mañana, con libertad, con autonomía, según el recto criterio de cada uno, tantos problemas y tantas injusticias...

Recuerdo que uno me hablaba de sus proyectos, y me decía que en el futuro quería reformar esto y lo otro. 'Todos esos proyectos están muy bien -le dije- pero... ¿cuántas horas has estudiado esta mañana? Porque si no, lo que me cuentas son palabras que se lleva el aire...

Pero me he desviado de lo que estaba contando... ¡Ah! De la falta de muebles en Villa Fontana. Duró poco tiempo: esas situaciones, propias de los comienzos, suelen ser transitorias. Recuerdo que el 14 de agosto del 92, víspera de la Asunción, José, un amigo nuestro, le comentó la situación material del centro a Federico, dueño de un almacén de muebles. 'Vengan -nos dijo Federico, al que no conocíamos-, vengan y escojan lo que quieran'. Fuimos y vimos que tenía unas sillas metálicas que nos vendrían muy bien para la sala de estudio. Pedí veinticinco. '¿Sólo veinticinco? ¡Nooo! ¡Llévense cincuenta', me dijo. '¿Necesitan mesas?' (¡Claro que las necesitábamos, y urgentemente!) 'Sí. Tres', dije tímidamente. '¿Cómo tres? ¡Pida de una vez seis!' '¿Y este escritorio?' 'Sí, uno...' '¿Y este archivador?'. 'Uno, también...' 'No: apunte dos. ¡Ah!, mire este mueble de sala: ¡llevéselo también!'

Cuando salí del almacén, no acababa de creérmelo: ¡nos había regalado en media hora prácticamente todos los muebles de la casa! Estábamos comentando esto, maravillados, cuando a las seis de la tarde, llamó desde Chinandega por teléfono una señora: 'está muriéndose mi mamá. ¿No podría venir un sacerdote a atenderla?'

La mamá de esta señora era doña Mina Callejas de Lucas, que llevaba muchos años enferma, parapléjica. Había venido dos días antes para la boda de un familiar y se había sentido, de pronto, repentinamente mal. Le administré los sacramentos y en la medianoche del día 14, víspera de la Asunción, falleció. Su hija nos contó que su mamá era cooperadora del Opus Dei y que llevaba ocho años ofreciendo todos sus sufrimientos por los comienzos de la labor del Opus Dei en Nicaragua".