1972. Roger

 

Indice: Un mar sin orillas

¡Había deseado aquel momento desde hacía tantos años! ¡Llevaba tanto tiempo soñando en que se hiciese realidad! Eso explica que al llegar a Managua aquel día de octubre de 1991, con Enrique Fernández del Castillo, experimentase una alegría difícil de explicar. ¡Por fin! No acababa de creérmelo. ¡Por fin en Nicaragua!

En el aeropuerto nos esperaba Mauricio, un cooperador; y mientras recorríamos una larga avenida bordeaba de palmeras en dirección a la capital di gracias a Dios por presenciar los comienzos del Opus Dei en este país; ó más bien, por presenciar los segundos comienzos, porque Roger Pallais, un primo de Mauricio, ya había estado aquí diecinueve años antes...

"En las Navidades de 1972 -me contaba Roger- volví, como de costumbre, a Nicaragua. El avión aterrizó en el aeropuerto de Managua a los ocho en punto de la tarde. ¡Qué calor hace! le comenté a mi mamá, que vino a recogerme. Hacía un calor agobiante, pesado como una losa. 'Además -me dijo mamá, que aquel día cumplía cincuenta años- llevamos varios meses de sequía'.

Por la noche celebramos en casa su aniversario. Ya sabe usted, don Antonio, que a los nicaragüenses nos encanta hablar: somos abiertos, espontáneos, expresivos; y así, charlando y charlando, nos dieron las diez y media de la noche. Comentamos cosas de la familia, recuerdos de papá, que era médico y había fallecido siete años antes en un accidente de helicóptero, cuando se dirigía a socorrer unos heridos; hablamos de mis estudios en Madrid, donde había conocido el Opus Dei y había pedido la admisión dos años antes; de los estudios de mis hermanos... y de pronto, sentimos una leve sacudida. Un temblorcito. Uno de mis hermanos me dijo bromeando:

-Mirá Roger: ¡Es Nicaragua, que te da la bienvenida!

La noche avanzaba sin que nos diéramos cuenta, y nosotros seguíamos charlando... hasta que a las doce y treinta y dos minutos -no me olvidaré nunca-, en las primeras horas del 23 de diciembre, víspera de Nochebuena, escuchamos un ruido ensordecedor; un ruido inmenso, terrible, agudísimo, que brotaba de las profundidades de la tierra y que nos dejó paralizados: el terremoto que destruyó, en diecisiete segundos, más de la mitad de la ciudad de Managua.

Usted, don Antonio, vivió el terremoto de Guatemala y sabe lo que es eso: algo indescriptible: si no se ha vivido -y mejor no vivirlo- no se puede explicar... Sientes un estruendo grandísimo y en pocos segundos se te cae la casa encima: techos, lámparas, cuadros, paredes... Y luego viene el espanto, la confusión... Yo intenté ayudar como pude a mi madre y a mis hermanos, que comenzaron a gritar pidiendo auxilio, pero me golpeé la cabeza con una viga, porque se había ido la corriente eléctrica y nos quedamos a oscuras...

Pocos segundos después vino otro temblor; el suelo se levantó como si fuera la proa de un barco, las vidrieras de las ventanas se hicieron añicos y se nos vinieron encima todos los muebles de la casa. Al fin, aturdidos y llenos de polvo, logramos salir a la calle, en medio de un revoltijo de cascotes y ladrillos.

Fue un terremoto muy breve: sólo diecisiete segundos, pero de una intensidad tremenda: 7,2 en la escala de Richter. Dicen que eso equivale a la explosión de 240 kilotones; es decir, unas doce bombas atómicas... Y esos diecisiete segundos provocaron 6.000 muertos, 56.000 heridos y dejaron a más de 300.000 personas sin hogar...

Cuando me repuse de la contusión en la cabeza, comprobé que todos estábamos bien, salvo mi madre, que había recibido un golpe con un ladrillo en el pecho y no lograba sostenerse en pie. Pero, gracias a Dios, no parecía grave.

A nuestro alrededor la situación era terrible: gentes que corrían enloquecidas con sus hijos ensangrentados en los brazos; resplandores de incendios en la lejanía; llantos y gritos de auxilio; ambulancias que pasaban a gran velocidad transportando heridos... Los hospitales se colapsaron y se formó por las calles una larga procesión de hombres, de mujeres, de niños, de ancianos que avanzaban como podían, por las calles agrietadas, entre las ruinas... Yo no sabía qué hacer mientras sostenía entre mis brazos a uno de mis hermanos, que sufría un gran shock emocional. Mientras tanto, mamá rezaba el Rosario sin cesar...

No habría pasado ni media hora, cuando escuchamos otro ruido enorme en medio de la oscuridad: la ola de vuelta del terremoto hacia su epicentro... Esos segundos nos produjeron un pánico indescriptible, porque, a medida que lo escuchábamos, se iban abriendo unas grietas gigantescas en las calles y las pocas casas que quedaban en pie comenzaron a caer... Ví como se derrumbaban, a lo lejos, los catorce pisos del Hotel Raiser. Fue una noche terrible, estremecedora, inacabable.

Amaneció por fin. Nos miramos. Estábamos demacrados, atónitos, incapaces de asimilar la tragedia. Mamá continuaba rezando. Era el caos total. No había luz, ni agua... Intenté llamar por teléfono: no funcionaba. Pasaron unos camiones repartiendo botellas de leche. Bebimos algo, completamente abatidos.

Mi hermano fue reponiéndose poco a poco y decidimos llevar a mamá al Hospital Militar, que no estaba lejos. En el hospital había cientos de personas ensangrentadas y moribundas, tendidas en mitad de la calle, agonizando entre las ruinas, sobre la hierba... Las enfermeras y los voluntarios iban y venían distribuyendo medicinas, dando indicaciones, vendando las heridas... Los médicos estaban al borde del agotamiento: llevaban operando muchas horas a la luz de los focos de los carros, en muchos casos sin agua y sin anestesia; y llegaban más y más heridos...

Comprobé la profunda fe cristiana del pueblo nicaragüense, porque en medio de aquel grandísimo dolor, muchos imploraban la misericordia de Dios. '¡Qué suerte que este pueblo sea cristiano!', comentó un hermano mío. Gracias a Dios, lo de mi madre no era grave, y en cuanto le pusieron un vendaje, nos volvimos.

La noticia provocó un movimiento de solidaridad mundial y aquella misma noche aterrizaron en Managua muchos aviones con hospitales de campaña y sobre todo -eso era lo más urgente- con sangre para las transfusiones. Vinieron médicos y voluntarios de toda Centroamérica, de Estados Unidos, de Francia, de Alemania, de Italia, de España, de Cuba... ¡Hasta de la China nos enviaron un barco con arroz!

Fue una Navidad llena de sufrimientos, unida a los dolores de Cristo en la Cruz... Mi madre y algunos de mis hermanos se trasladaron a la finca de unos amigos en Chinandega, que queda a unos 150 kilómetros de Managua, y a mí me movilizaron para trabajar, como jefe, en la distribución de comida por los diferentes barrios de Managua, que quedó absolutamente incomunicada.

Me hubiera gustado ponerme en contacto con ustedes en Guatemala, para decirles mi paradero, pero, ¿cómo? No funcionaba nada: ni el telégrafo, ni el teléfono... ¡ni el correo, por supuesto!".