Doña Azucena

 

Indice: Un mar sin orillas

Una tarde de noviembre estuve conversando con doña Azucena en la puerta de Aragua, mientras se escuchaba, cercano y monótono, el clac-clac-clac de las máquinas de coser. Doña Azucena es una de las parteras que asisten a los cursos de la Clínica. Es una señora mayor, de tez oscura y mirada vivaz, con el rostro curtido por los sufrimientos, que me contó, a grandes trazos, su historia.

"Yo vine a Aragua porque Dios quiso que me tocara el corazón la doctora Gracia María. Ella tanto insistió: 'venga, venga, doña Azucena, que hay tantos cursos... ¿por qué no viene, doña Azucena? Hay uno de Costura que le va a servir mucho a usted y a sus hijos'. '¡Ay doctora, le decía yo, no tengo dinero, tengo muchos niños y no hay quien me los cuide!' 'Por el dinero no hay problema', me decía la doctora, y me dio pena y solucionamos lo de los hijos, y llegué por primera vez a Aragua en febrero del noventa.

Aragua me gustó mucho; porque aprendí muchas cosas de Bordados, de Cocina y a comportarme, y a costurar y a hacer la ropa para mis hijos. Pero más que todo vine por la Doctrina Cristiana; educación en todo, verdad, porque por ahí no hay nadie que le oriente a uno, y cuando yo llegué aquí no era una mujer casada y ahora sí...

Yo iba a las charlas de doña Tita sobre el matrimonio, pero sin interés, sólo por saber más... Se lo pedía a Monseñor, porque yo sabía que al hombre el único que le puede tocar el corazón es Dios... Hasta que un día le dije a doña Tita:

-Ay, doña Tita, no me apunte en la lista de las que se van a casar, porque mi hombre... ¡no se arranca ni con cañones!

-¿Ah, sí? -me dijo ella- ¡pues ahoritita mismo vamos donde él!

Y fue; y lo encontró en casa y estuvieron platicando y pasó algo que me parece milagro: dijo que sí y rápido empezamos a arreglar los papeles y rápido nos casamos. Desde entonces le tengo a Monseñor una confianza inmensa.

Mire usted, yo soy la partera del pueblo. Empecé atendiendo a mi hija en un parto de emergencia y a partir de ahí, pues me gustó; y me buscaban de los pueblos porque aquí no había médico... Luego el Ministerio de Salud me dio unas orientaciones para realizar mejor esta labor y yo se lo agradezco, porque ser partera es muy bonito. Es un riesgo atender a un parto y no se sabe cómo puede ir en ese momento; pero también es un momento muy alegre: ver al bebé que nace y a su madre contenta por ver a su hijo...

A mí Dios sabrá por qué me ha dado tantos; con éste que voy a tener ahorita serán doce. Pero no he permitido nunca nada malo; y estoy contra el aborto, porque pienso que cada uno debe pensar en lo que hace y asumir sus responsabilidades... Por eso, siempre que me viene una persona atrevida y me dice: 'mire, doña Azucena, yo no quiero tener este hijo, deme algo', le digo:

-Eso es un crimen; y en la situación de pobreza en que estamos yo me voy a la cárcel; pero usted... ¡se va al cementerio!

Monseñor me ayuda mucho. En el parto de mi último hijo le pedí de corazón que me ayudara: como amigo, como padre y como médico; y gracias a Dios, me fue de maravilla. Yo le pido cosas todos los días a Monseñor y sé que me escucha; y le ruego a Dios que el Opus Dei esté extendido por el mundo entero, porque esto rápido ha crecido: yo he visto cómo Montecillos empezó de la nada y hoy se ha hecho inmenso".

***

No dispongo de espacio para hablar de tantas personas y de tantas iniciativas apostólicas como han surgido durante estos años en los estratos más diversos de la sociedad hondureña. He recogido unos testimonios que, a mi juicio, muestran elocuentemente la intercesión del Padre sobre estas tierras donde, como bien decía doña Azucena, "esto rápido ha crecido".

Sin embargo, hay un pequeño detalle, una coincidencia que deseo recordar por lo que tiene de simbólica. Cuando se últimaron las gestiones para la construcción de Montecillos, los miembros del Patronato se encontraron con una dificultad inesperada: don Gonzalo y doña Aurora no encontraban las escrituras.

Buscaron y rebuscaron por baúles y bibliotecas... Nada; no aparecían. Volvieron a indagar y a revisar papeles. Al fin dieron con ellos. Eran unos legajos antiguos. Y al ver la fecha comprobaron, con asombro, que la finca estaba escrituradas exactamente el 2 de octubre de 1928, día de la fundación del Opus Dei.

Agua de un vario verde y de un gris tan cambiante
que discenir no deja su ópalo y su diamante
a la vasta llama tropical.
Momotombo se alzaba lírico y soberano,
yo tenía quince años: ¡una estrella en la mano!
Y era en mi Nicaragua natal.

Rubén Darío