La Casa de Retiros Montecillos

 

Indice: Un mar sin orillas

Uno de los muchos milagros que Dios ha hecho en Honduras, se llama Montecillos, la primera Casa de Retiros en este país. Su construcción se convirtió, con el desarrollo de las labores apostólicas, en una necesidad cada vez más urgente; y un grupo de profesionales jóvenes, supernumerarios y cooperadores del Opus Dei -Jacobo, Salvador, Tonio, Marco Antonio...-, empezaron a buscar lugares donde se pudiera construir. Al principio, como tenían poco dinero, sólo encontraban sitios muy malos, hasta que se dijeron: "Seamos razonables. Confiemos en Dios y busquemos el mejor lugar. Luego... ¡ya veremos!".

Durante ese tiempo pasé por México, de vuelta de un viaje a Roma, donde estuve conversando con Mario Becerra, un sacerdote del Opus Dei. Mario me habló de doña Aurora, una señora mexicana amiga de su familia. que estaba casada con don Gonzalo, un odontólogo hondureño. Vivían en Zambrano, un pueblecito al norte de Tegucigalpa, donde poseían bastante terreno. Quizá ellos pudieran ayudarnos... Le sugerí a Alberto Banchs que los visitara, de parte de Mario.

"¡Zambrano! -me comentaba Alberto Banchs-. Cuando dije aquel nombre todos me decían lo mismo: ¡qué bueno! ¡que bueno sería tener una Casa de Retiros en Zambrano! Porque tiene clima seco, aire puro y una carretera que enlaza con San Pedro Sula y el norte del país...

Poco después fui con Leonel Caffati -un profesional joven, presidente del Patronato- a saludar a doña Aurora.

-Deseábamos hablar con usted -comencé a explicarle- porque estamos buscando unos terrenos en Zambrano para construir una Casa de Retiros y deseamos...

Mientras yo le explicaba el proyecto, doña Aurora me miraba con cara de sorpresa. Debió pensar que éramos muy jóvenes y que no teníamos dinero para un proyecto de aquella envergadura (cosa que era cierta), y me dijo, con una chispa muy mexicana:

-¡Padre! ¡Usted... usted tiene cara de ser un poco arrancado! (65)*

Era tanto como decirme: ¡no tiene un centavo y pretende comprarme el terreno! 'Porque -siguió bromeando- se ve que no quiere que le venda... ¡sino que le regale!'

-Muy bien, muy bien -le dije yo, continuando con la broma- ¡si me lo regala, mejor todavía!

Se puso seria: 'No, mire. Mucha gente ha intentado comprarnos esas tierras y nunca hemos querido vender; es la finca de la familia y mi esposo no quiere que se corten los árboles. No es por cuestión económica, compréndalo, porque todo eso es puro pino y piedra... Sin embargo, voy a hablar con mi señor marido y les contestaremos'.

Nos despedimos de ella sin saber qué pensar. Le rogamos al Padre que intercediese desde el Cielo, y a los pocos días doña Aurora nos mandó llamar. 'Muy bien -dijo- hablé con mi marido y les damos diez manzanas de tierra donde ustedes quieran'.

No podíamos creerlo; no era broma; era verdad, ¡nos regalaban el terreno! Nos enseñaron los planos: '¿Ven? Esto para ustedes. Yo les recomiendo que construyan aquí -dijo doña Aurora, señalando una cima cercana al pueblo-: hay agua y se siente el Cielo más cerca...'

Era un milagro: era sentir cerca, palpable, la intercesión del Padre. No encontrábamos otra explicación para todo aquello. Vino el topógrafo y midió las tierras. '¿Cómo? -se sorprendió doña Aurora al ver los planos- ¡Si hay más terreno de lo que pensábamos! Entonces les damos a ustedes la mitad de esa parte: veinticinco manzanas.'

¡Veinticinco manzanas! Aquello superaba nuestras espectativas. Empezamos a hacer nuevos planes: en ese espacio se podría construir, además de la Casa de Retiros, una Escuela Agrícola para la gente de los alrededores, con la que tanto soñábamos; y quizá, en el futuro, otros proyectos, como una Clínica Médica...

Se lo comentamos a doña Aurora. '¿Ah si? Entonces necesitarán más terreno, porque la Casa de Retiros quedará cerca de la carretera, y si alguien pone un garito por allí, y se pone a organizar fiestas y bailongos, pues será una molestia... Mejor hagamos una cosa: les damos terreno por otra parte, venden los lotes que no les sirvan y nos dan el dinero'.

Esa nueva propuesta nos desconcertó. No sabíamos que hacer: ¿a cuánto valdrán los lotes? ¿A cuánto querrán que los vendamos? Fuimos de nuevo a visitar a doña Aurora: '¿a cuánto lo vendemos?', les pregunté. En esa ocasión estaban los dos: don Gonzalo -que solía permanecer callado- y doña Aurora. Al escuchar la pregunta se miraron en silencio. Y entonces -cosa inusual- tomó la palabra don Gonzalo.

-Vender, no. Cuando se hacen las cosas, se hacen bien hechas. Les regalamos todo esto.

Y nos señaló el amplísimo terreno que deseaban donar".