¡Existen los milagros!

 

Indice: Un mar sin orillas

Recuerdo bien esa carta de la que habla Alberto, porque el 1 de octubre de 1979 don Álvaro del Portillo, entonces Prelado del Opus Dei, me escribió desde Roma pidiéndome que les entregara en mano su carta de contestación. Deseaba que les agradeciera de su parte "su cariño y su deseo de que se desarrolle cada vez más la labor en ese querido país" y me dijo que les animara "a moverse apostólicamente y a multiplicarse": ése sería el mejor camino para que su deseo se convirtiera pronto en realidad.

Fui a Tegucigalpa con la carta de don Álvaro y me reuní con ellos en casa de don Andrés Alvarado. Comprobé que el grupo inicial de personas que deseaban que se comenzara en Honduras se había incrementado notablemente.

Aquellos deseos se hicieron pronto realidad: un año después, el 18 de diciembre de 1980, se celebró la fiesta de Navidad en el primer Oratorio del Opus Dei en Honduras. ¡Qué alegría para todos, y en especial para aquel primer grupo de cooperadores que veían fructificar tan rápidamente sus esfuerzos! Poco después se abrió el Centro Universitario Guaymura; y se fue extendiendo la labor apostólica, como siempre, por medio de la amistad, del trabajo, de las relaciones familiares o sociales: amigo a amigo, padre a hijo... O de la esposa al marido -y viceversa-, como sucedió en tantas familias hondureñas: los Alcerro, los Mendoza, los Quesada, los Villeda, los Alvarado y tantas otras.

Algunas señoras de estas familias habían conocido el Opus Dei en otros países: Gracia, por ejemplo, había estudiado en la Universidad de Navarra; Eugenia había participado en algunas actividades apostólicas en Canadá; y Berta, la primera mujer hondureña que pidió la admisión, llevaba tiempo acudiendo a los medios de formación espiritual en Costa Rica. También pidió la admisión su hija Marta, que me cuenta su historia en el salón de su casa de Tegucigalpa.

"Yo tenía una gran ilusión, desde siempre: casarme y ser madre de familia. Cuando me preguntaban, de pequeña, cuál era el sueño de mi vida, respondía sin parpadear: 'casarme y tener muchos hijos'. Punto. Estudié Periodismo y ejercí durante un tiempo: viajé mucho, visité campos de refugiados, hablé con personalidades diversas, y eso me dio una visión muy amplia de Honduras; y me casé muy jovencita, en 1971, con el gran deseo de formar una familia numerosa.

Pero los hijos tardaron en venir... y después de nuestra primera hija, durante once años, perdí cuatro hijos antes de que llegaran a nacer.

Es, quizá, uno de los vacíos más grandes que puede sentir una madre. ¡Con qué ilusión se desea un hijo! Es algo indescriptible; y esa esperanza inmensa se queda truncada, sin explicación, alguna, de repente: hoy estás embarazada y mañana en la habitación de un hospital, con suero. Otra ilusión perdida...

Sin embargo, sabes que Dios está ahí, en ese suceso incomprensible; y sabes que el niño está en algún lado, aunque no lo entiendas, aunque no haya habido tiempo de bautizarlo. Uno de mis sueños es encontrarme al llegar al Cielo -si Dios quiere- con estos cuatro hijos...

No pienso en ellos siempre, pero de vez en cuando sí. Les puse nombre a todos, porque eso me ayuda a rezar por ellos. En mi mente tengo a tres varones, Felipe, Diego y Javier; y una niña, Cristina. No sé por qué le puse esos nombres; pero me los imagino perfectamente, y los llevo en el corazón...

En esta situación fuimos a Roma y estuvimos con Pablo VI. Mi madre se le acercó al oído y le dijo que rezara por mí, porque tenía un problema de esterilidad. El Papa me agarró la mano y me dijo: 'No te preocupes, el niño vendrá'. Entonces mi marido le aseguró: 'Si algún día tengo un hijo varón se llamará Pablo'. Y Pablo le pusimos cuando nació.

Lo mismo me pasó cuando visité a don Álvaro en Roma, años más tarde. Yo había pedido hacía poco tiempo la admisión en el Opus Dei y estábamos comenzando en Honduras. Mi marido aún no era del Opus Dei.

Don Álvaro, al verle, le abrazó sonriendo: "a ti también te quiero mucho', le dijo, y nos comentó que había rezado por nosotros. '¡Ah, entonces pidió para que yo tenga otro hijo!', le dije yo. '¡Pero si ya tienes uno!', me dijo don Álvaro. 'Sí, Padre, tengo uno; pero yo quiero otro más, y quiero que sea varón'. Y le pedí que me explicara el dolor de los inocentes. Me dijo que Dios no pierde nunca batallas, que el mal nunca va a triunfar sobre el bien, y me animó a aceptar tantas cosas que no se entienden... Y cuando nos despedíamos me aseguró, de pronto:

-Hija, no te preocupes: tendrás tu hijo varón. Un niño fuerte, fuerte.

Yo me quedé consolada... pero no convencida. Supuse que era una frase más de estímulo y de aliento. 'Qué bonito que me lo dijo -pensé-, aunque no vaya a ser verdad'. Pasó un tiempo y quedé embarazada. Quizás fue la prueba de fe más grande que he tenido en mi vida, porque creía que iba a tener ese hijo; pero lo perdí...

Esa pérdida me costó mucho más que las otras, porque con los años se va haciendo cada vez menos posible... Poco después acompañé a mi marido durante un viaje de negocios a Colombia. Estaba un poco tristona. Allí hablé con una mujer que dirigía un programa cultural en la televisión, con temas vivos relacionados con la familia. Cuando supe que era del Opus Dei le pedí que me contara su experiencia, porque yo quería hacer algo parecido en Honduras... Y hablando, hablando, le pregunté cuántos hijos tenía. 'No tengo', me dijo. Y me contó que había estado en Roma, con don Álvaro.

-¿Cómo? -le pregunté-. ¿Y no le has preguntado nada de esto?

-Sí; pero don Álvaro me aconsejó que yo, como Jesús en Getsemaní, debía aprender a llevar la Cruz.

Entonces tuve la certeza absoluta de que a mí don Álvaro no me consoló cuando estuve en Roma, porque más consuelo necesitaba ella... y cuando nos volvíamos en avión le iba diciendo a mi marido: 'vamos a tener un hijo varón. ¡Estoy segura!'. Y aunque el avión se movía muchísimo, ¡con el miedo que me dan a mí esos aparatos!, venía tranquila. '¡Este avión no se cae -decía riéndome-, porque voy a tener un hijo varón!'

Es muy difícil explicar estas cosas donde se ve la mano de Dios... Pero el caso es que al mes yo estaba embarazada, y para desagraviar mi incredulidad anterior, hice un acto de fe y compré ropa de varón. No era una obsesión: era una certeza grande en las palabras de don Álvaro.

Y tuve un hijo fuerte, fuerte, como me había dicho: grande, sano, hermosote... y cuando don Álvaro pasó cerca de Honduras, durante uno de sus viajes, se lo llevé para que lo conociera. El niño tenía entonces nueve meses. 'Usted me dijo que iba a nacer... -le recordé- ¡y aquí está!' Lo bendijo y le pedí a Dios que no sólo fuera fuerte por fuera, sino también por dentro...

Durante ese tiempo empecé a impulsar un movimiento a favor de la vida. Me di cuenta de que para defender la vida eficazmente tenía que documentarme a fondo; así que comencé a estudiar y a asesorarme desde el punto de vista científico, establecí contacto con instituciones internacionales, y junto con otros matrimonios amigos, me propuse unos proyectos muy ambiciosos: clases de formación familiar, cursos prematrimoniales...

Hasta que un día, haciendo oración en una iglesia que hay aquí, muy cerca de casa, mientras contemplaba las escenas del Via Crucis, me quedé mirando una imagen de la Verónica, y pensé: Esta mujer tuvo tanto valor... Quizás, durante la Pasión, ese lienzo con el que le limpió el rostro, esa caricia de quitarle el sudor y la sangre fueron los únicos consuelos humanos que tuvo el Señor. Todos huyeron, pero ella fue valiente y no le importó nada. Nada... Y ese día tomé la firme determinación de dedicar todo el tiempo que me dejase la atención de mi familia y de mis obligaciones, a la defensa de la vida.

Invité a mis amigas. Eran unas ocho. Ninguna era de la Obra. Les expliqué el proyecto: la defensa de la vida en todos los aspectos. Les fascinó la idea, y trabajaron conmigo como seis meses, pero cuando el tema se complicó... me volví a quedar sola.

¡Bueno, pues aunque sea sola!, me dije, y un lunes, a las ocho de la noche, convoqué a unos veinte universitarios hijos de amigas mías. '¡Tienen ustedes que ayudarme en esta lucha -les pedí-, porque yo sola no puedo, y porque a ustedes es a quienes afecta este problema; además, ustedes son jóvenes, y los jóvenes escuchan a otros jóvenes!' Y así nació el movimiento a favor de la vida en Honduras, en el que participan activamente cientos de personas.

Ahora me asombro al ver cuánto se ha trabajado en estos años; al recordar cuantas mamás en situaciones difíciles se ha atendido; cuántas vidas se han salvado; a cuántas personas se les ha dado soluciones, esperanza, aliento, consejo... Y he podido alzar la voz en defensa de la vida, a favor de la Mujer, en las Conferencias Mundiales organizadas por los grandes organismos internacionales, en El Cairo, y en Pekín...

Pero al principio estaba yo sola. Cuando me lo preguntan siempre insisto en este punto: fue una iniciativa personal, en la que me ayudaron decisivamente unas amigas mías, con las que luché a favor de la vida desde el principio. Nosotras somos las responsables de este movimiento, que es aconfesional, porque la defensa de la vida nos compromete a todos, sean cuales sean nuestras creencias o nuestro credo religioso.

Pero en mi caso tengo que reconocer que me ha estimulado mucho el ejemplo del Padre y el de personas como la Madre Teresa, que han luchado tanto por los más necesitados y estaban tan solos al principio...

Cuando la Madre Teresa vino a Honduras, Monseñor Santos, que es muy amigo nuestro, nos llamó a mi esposo y a mí para que la conociéramos y estuvimos conversando los cuatro. Yo me había propuesto no volver a pedir a nadie que rezara para que yo tuviera más hijos, pero cuando le conté a la Madre Teresa mi lucha a favor de la vida, se emocionó y sacó de un morralito una imagen de la Virgen con lágrimas en los ojos y las manos sucias: 'Mira -me dijo en inglés- la Virgen tiene los ojos doloridos de tanto llorar, y las manos sucias de recoger bebés abandonados en los basureros de todo el mundo'.

Al ver con qué sencillez y con qué fuerza me hablaba del dolor de la Virgen se me saltaron las lágrimas. Entonces se quedó mirándome así, como miran los santos, que lo calan a uno hasta lo más hondo, y me dijo: 'Tú, ¿cuántos hijos tienes?' 'He perdido cuatro'. 'Pues no te preocupes: tú y yo vamos a rezar a Jesús y vas a tener más hijos'.

Y al poco tiempo quedé embarazada. Pasé mucho miedo. Le escribí a la Madre Teresa pidiéndole que rezara por mí. Y tras el parto, que fue complicadísimo, nació mi hija. Poco días antes había recibido esta carta de la Madre Teresa:

Querida Marta:

La chiquitina va a nacer para ser la felicidad de tu casa

y el esplendor del amor de Dios en tu casa y en el mundo.

La niña nació chiquita, muy chiquita... Tres libras y media. Era como una mandarina con ojos, que me sonreía desde la incubadora.... Estuve en el hospital muchísimo tiempo, y allí pude hablar de Dios con las enfermeras y los médicos; es algo que me han enseñado desde siempre en el Opus Dei: procurar llevar a Cristo donde quiera que estés. Recuerdo que un médico del Hospital, masón, se sentaba a conversar conmigo y al final me decía: 'Yo la respeto, la respeto, pero no comparto...' Hablé con todos: con el ginecólogo, con el pediatra, con el neonatólogo... de encontrar a Dios en el trabajo, de respetar la vida que comienza, de actuar siempre de acuerdo con la ley de Dios... Y me di cuenta de que en el origen de muchas actitudes está la ignorancia, que es el gran enemigo de Dios, como decía el Padre; la falta de formación científica y el desconocimiento de la doctrina cristiana.

'¿Qué les parece -les propuse a varios médicos- si organizamos unas charlas de deontología médica en el Hospital, a cargo de un sacerdote del Opus Dei? La ponemos a la hora que puedan, porque como tienen ustedes un horario tan complicado..' Fue una experiencia muy interesante: acudieron muchos médicos, y a raíz de esas charlas, que tuvieron gran calidad doctrinal y científica, un médico cambió de modo de pensar y se ha dedicado desde entonces a reestructurar las trompas de muchas de sus pacientes; trompas que él mismo cortó. Es un ejemplo de coherencia, porque ha tenido la valentía de reconocer públicamente su error.

Pero esta lucha a favor de la vida es sólo una faceta de mi vida. Llevo 23 años de casada y estoy continuamente dando gracias a Dios: por la gracia de la fe, por mi familia, por mi marido, por estos hijos maravillosos que Dios me ha dado, por haberme llamado a participar en los comienzos del Opus Dei en Honduras, por haber visto tantos milagros... ¡Es verdad! -les digo siempre a mis amigas- ¡Existen los milagros!".