1976. El primer Retiro en Honduras

 

Indice: Un mar sin orillas

"Como le iba diciendo -continúa Alberto Banchs- en el Centro Universitario Ciudad Vieja de Guatemala, del que fui capellán en 1971, conocí a varios universitarios hondureños: Pedro Cubas, de Tegucigalpa, Jorge Andonie, de San Pedro Sula, Selim Castillo y algunos más... Eran unos diez en total. Fueron a un Retiro en Altavista, quedaron muy removidos, y se dijeron: ¡Hay que organizar un Retiro como éste en Tegucigalpa!

Aunque lo deseábamos, no teníamos previsto iniciar todavía la labor en Honduras. Pero ellos insistían: ¡Hay que comenzar en Honduras! Ninguno era del Opus Dei, ni tenían mucha práctica religiosa, pero deseaban hacer algo en servicio de la Iglesia, y después de varias reuniones convinimos: 'bien, hagamos un Retiro como primer cosa: si tienen amigos en Tegucigalpa, lo organizaremos'.

Durante las vacaciones me llamaron: '¡Ya está todo listo! ¡Tenemos varios amigos dispuestos!' '¿Y tienen lugar?' 'No.' 'Pues habrá que buscarlo -les animé- y tendrán que pedir permiso al Arzobispo, porque no se comienza ninguna actividad del Opus Dei en ningún país si el Obispo no lo desea'. Fueron, y hablaron con el Arzobispo, Mons. Santos, (62)* que les escuchó en silencio. Mons. Santos -usted lo conoce bien, don Antonio- es hombre de gran corazón, de pocas palabras y muchos hechos...

-¡Naturalmente que les doy permiso! -les dijo- ¡Llevo muchos años haciendo oración con Camino! ¿Dónde piensan tener el Retiro?

'No sabemos', le dijeron; y se pusieron a buscar. Volvieron al poco tiempo: 'Monseñor, no encontramos casa, ¿qué hacemos?' 'Yo estoy construyendo una casa allá arriba, en El Hatillo -les dijo Mons. Santos-. Si quieren, se la presto; pero les aviso que está muy destartalada...'

Les dejó la casa y todo lo necesario para celebrar la Santa Misa y el 17 de diciembre de 1976 vinimos Hernán Chaverri y yo a Tegucigalpa para predicar el Retiro.

Al llegar me telefoneó doña Ive de Barreiros, una señora argentina que participaba en los medios de formación del Opus Dei y llevaba unos meses viviendo en Honduras, trabajando como experta internacional en un organismo de las Naciones Unidas. '¿Qué le parece si organizo un Retiro de preparación de la Navidad con algunas señoras amigas mías en la iglesia de Guadalupe, y usted nos lo predica?' 'Muy bien', le dije, y me fui para El Hatillo, donde me esperaban once jóvenes: la mayoría de la capital, y varios de San Pedro Sula.

Eran jóvenes buenos, pero sin mucha formación: en Honduras no hay suficientes sacerdotes y en algunas zonas hay gran ignorancia religiosa. Tuve que explicar los rudimentos de la fe cristiana, porque alguno no había hecho todavía la Primera Comunión...

Ese primer Curso de Retiro me recordó los comienzos en Costa Rica; los medios materiales no podían ser más precarios: la casa estaba a medio construir, como había dicho el Arzobispo; el jardín era un maremagnum de vigas, ladrillos y maderas; hacía un viento terrible y estuvo lloviznando todo el tiempo. No teníamos muebles, ni camas, nada. Pedro había conseguido una mesa, junto con una silla y un colchón para cada uno, pero no teníamos cobijas (63)*. Sólo había una habitación digna y con suelo, en la que instalamos el Oratorio. Me estremezco todavía al recordar el frío que pasamos por las noches...

Habían contratado a dos morenos (64)* de la costa norte para hacer la comida. Las gentes de esa parte del país tienen fama de ser buenos futbolistas y excelentes cocineros, pero también de ser gente alegre: estuvimos todo el rato diciéndoles que por favor bajaran el radio, porque guisaban, cocían y freían cantando y danzando sin cesar al son del ritmo caribeño...

Pero los medios materiales son lo de menos. Aquellos universitarios dieron grandes avances en su vida cristiana, aunque para confesar a la gente que me lo pedía, como estaba lloviendo, teníamos que meternos en el carro, que era el único sitio que ofrecía cierta privacidad... Un día que no llovió bajamos junto a una imagen de la Virgen que hay cerca de la carretera, y allí, al aire libre, estuvimos meditando sobre la Pasión de Cristo. Las charlas -sobre las virtudes humanas o la santificación del trabajo- se daban sentados en un banco del parque...

Y para mi sorpresa, cuando regresé a Tegucigalpa y entré en la iglesia de Guadalupe para predicar el Retiro organizado por la señora argentina... me la encontré completamente abarrotada de gentes. Prediqué y estuve confesando durante horas. Venían más, y más y más personas para hablar conmigo. 'Si me espera -me dijo una señora-, traigo a mi marido, que seguro le va a gustar'. Y vino al poco rato con su marido y su hijo...

Todo esto hizo que comenzáramos a venir con frecuencia desde Guatemala. Nos alojábamos en casa de Pedro Cubas, que nos fue presentando a sus amigos y conocidos.

Durante esos viajes, cada vez que visitaba al Arzobispo, descubría nuevos aspectos de su vida de piedad: por ejemplo, de tres a cuatro y media de la tarde no recibía visitas porque tenía la costumbre de hacer el Vía Crucis. Y en la mañana, igual: pasaba un par de horas con el Señor Sacramentado, rezando en la capilla.

Conocimos también a algunos sacerdotes como el P. Ramón Salgado, párroco de Santa Lucía, que nos urgía para que comenzáramos lo antes posible en Honduras. Hasta que en 1979 once jóvenes profesionales amigos nuestros, ninguno del Opus Dei, decidieron escribir una carta a don Álvaro solicitándole que nos estableciéramos definitivamente aquí".