Un recuerdo de infancia


Indice: Un mar sin orillas

El 6 de agosto de 1992 me encontraba con Alberto Banchs en la Casa Presidencial de Honduras, en el despacho del Presidente de la República. A mi derecha, el Presidente en persona; a su lado, sonriente, Mons. Héctor Enrique Santos, Arzobispo de Tegucigalpa, con sotana blanca, como se acostumbra en el trópico. A mi izquierda, el Obispo auxiliar, Mons. Oscar Andrés Rodríguez. Tras las presentaciones de rigor, el Presidente tomó la palabra y me mostró el Acuerdo tomado por el Gobierno de Honduras firmado de su puño y letra.

A C U E R D O

El Presidente constitucional de la República,

CONSIDERANDO:

Que el próximo día 17 de mayo, Su Santidad el Papa Juan 
Pablo II beatificará a Mons. Escrivá de Balaguer,

CONSIDERANDO:

Que para el pueblo y Gobierno de Honduras, tal acto litúrgico 
tiene especial significación, por el hecho que el fundador del 
Opus Dei recibiera en los tiempos de la guerra civil española, 
refugio en la Embajada de nuestro país en Madrid, lo que 
motivó una inmensa gratitud, de parte del Venerable Monseñor 
hacia Honduras,

...La guerra civil. Al leer esas palabras evoqué, durante unos instantes, una lejana tarde de verano de mi infancia. Fue el 19 de julio de 1936, un domingo de aquel verano tórrido que pasamos en Madrid. La noticia corrió como un reguero de pólvora: "han tomado el Cuartel de la Montaña".

Durante aquel domingo una multitud enardecida se había congregado frente al portalón del Cuartel donde estaban los insurrectos. Hubo gritos, amenazas, disparos. A últimas horas de la tarde comenzó el ataque, apoyado por piezas de artillería y aviones militares leales al Gobierno. Fue un asedio largo y duro, y cuando los asaltantes abandonaron el Cuartel, quedó sembrado el suelo de cadáveres.

Muy cerca de allí, en la calle Ferraz, estaba la Residencia de Estudiantes DYA, que el Padre había promovido con tanta ilusión. Al siguiente el Padre, vestido con un mono azul, se trasladó a casa de su madre, en la calle doctor Cárceles. No era un lugar seguro: se había desatado la furia antirreligiosa y cada día llegaban nuevas noticias de sacerdotes asesinados.

Comenzó un doloroso peregrinaje de refugio en refugio; un tiempo de angustias y temores, de ventanas apagadas y fusilamientos al amanecer, de alborotos nocturnos y registros precipitados porque los milicianos sabían que había muchos hombres escondidos en los edificios (como mi primo Fausto, que seguía refugiado en el tercer piso de nuestra casa, expuesto a los bombardeos) y entre ellos, bastantes sacerdotes.

Se sucedieron los peligros, las incertidumbres, las tensiones... y he pensado muchas veces que quizá, de pequeño, durante aquellos días de la guerra, pude cruzarme con el Padre por las calles de Madrid.

En marzo de 1937 el Padre encontró asilo en la residencia del Cónsul Honorario de Honduras en Madrid, don Pedro Jaime de Matheu Salazar. El Cónsul había obtenido para su vivienda el privilegio de "sede diplomática" y la bandera de Honduras ondeaba sobre la fachada del edificio con la leyenda "Dios, Unión, Libertad", otorgando una relativa -sólo relativa- seguridad a los refugiados.

La hospitalidad de la Legación de Honduras supuso para el Padre un ancla de salvación en aquellos meses cruciales. Vivió allí en condiciones penosísimas. Al principio dormía bajo la mesa del comedor; luego le asignaron un cuarto estrecho junto a la carbonera, donde se alojó con su hermano Santiago y varios miembros del Opus Dei. En medio de esas privaciones hizo grandes penitencias: hubo días en que no comió nada.

Por fin, a finales de agosto del 37 el Cónsul le facilitó un brazalete con la bandera de Honduras, junto con unos papeles que le acreditaban como Intendente del Consulado. Era una documentación precaria, pero le permitía transitar por Madrid con ciertas -aunque débiles- garantías.

Gracias a esa protección diplomática el Padre pudo proseguir su trato apostólico con muchas personas de Madrid, a las que confesaba paseando por los bulevares. Predicó un retiro cambiando varias veces de domicilio, para no llamar la atención. Y solía llevar la Eucaristía en una pitillera de plata, envuelta en una funda con la bandera y el sello del Consulado hondureño. Las circunstancias le obligaban a dormir a veces sin quitarse la ropa, "con la Sagrada Forma encima -recordaba- abrazando al Señor".

La vinculación histórica del Padre con Honduras me ha hecho pensar siempre que estas tierras gozan, ante Dios, desde aquellos años, de su especial intercesión. Estoy convencido de que, mientras se abrazaba a Jesús Sacramentado envuelto en la bandera de este país rezaba por los frutos de la futura labor del Opus Dei en Honduras... Y no es sólo un pensamiento piadoso: los hechos lo confirman patentemente.

Estos fueron los recuerdos que vinieron a mi mente mientras leía el documento:

CONSIDERANDO:

Que Monseñor Escrivá de Balaguer, Fundador de la Prelatura 
Opus Dei, ha desarrollado en nuestro país, a través de dicha 
institución, una amplia labor de promoción espiritual, moral 
y humana,

POR TANTO ACUERDA:

Declarar a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer HIJO 
PREDILECTO DE HONDURAS, como un homenaje póstumo a su memoria

Dado en la ciudad de Tegucigalpa, a los quince días del mes de 
mayo de mil novecientos noventa y dos.

A continuación entregué al Presidente una carta de agradecimiento que envió para esa ocasión el Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo.

Cuando finalizó el acto regresé con Alberto Banchs a casa por una espaciosa avenida que ha sido bautizada más tarde con el nombre de Avenida de Josemaría Escrivá de Balaguer. ¡Quién nos iba a decir todas estas cosas -pensaba- cuando comenzábamos en este país! Di gracias a Dios por la realidad que constata ese documento: "la amplia labor de promoción espiritual, moral y humana" que el Opus Dei realiza en Honduras.

Esa amplitud de la labor apostólica constituye la prueba más palpable, para mí, de la intercesión del Padre por Honduras: porque el Opus Dei comenzó en este país hace pocos años -el 18 de diciembre de 1980 llegaron los cuatro primeros- y, gracias a Dios, a pesar de su corta historia, los frutos han sido muy abundantes. El Señor ha hecho todo. Pero dejemos que Alberto Banchs prosiga con su relato...