Alberto Banchs. Una historia desde el principio

 

Indice: Un mar sin orillas

Así ha sido la historia del Opus Dei en Costa Rica: bonita y variada, como dice Marta; tan variada que me sucede ahora como a los forasteros que se pierden por las calles de San José: no sé qué camino tomar. ¡Hay tantos costarricenses que han encontrado a Dios gracias al espíritu del Opus Dei! Podría recoger muchas historias y testimonios personales. Podría hablar también de las numerosas iniciativas apostólicas que han ido surgiendo: el Club Moyagua, para oficinistas y obreros; el Centro Cultural Caleros; el Instituto Superior Femenino de Pavas; la Residencia Veragua; el Colegio Guaitil; el Centro Estudiantil Miravalles, situado cincuenta varas al Sur de la Pulpería de la Luz; el Club Kamuk, que está cien varas más allá... "Oye, hijo mío -me dijo una vez el Padre, en Roma, bromeando-, ¿y allí no han descubierto el número?".

Al fin, me decido, entre todas, por una historia: la de Alberto Banchs, al que pedí que me contara desde el principio como conoció el Opus Dei.

"Pues si quiere que empecemos por el principio -me decía riendo Alberto, una tarde calurosa de noviembre- ¡tendremos que remontarnos hasta mi bisabuelo!

Ya sabe usted, don Antonio, qué orgullosos estamos en Costa Rica con nuestro Teatro Nacional, Allí trabajaron, a finales del siglo XIX, carpinteros, orfebres y ebanistas venidos de diversos países del mundo... Pues bien, uno de esos ebanistas fue un bisabuelo mío que vino desde Badalona para trabajar aquí, y aquí se casó, y aquí vivió durante toda su vida.

Cuando murió, mi bisabuela regresó a Cataluña junto con su hijo; es decir, mi abuelo. Y en Cataluña nació mi padre, que estudió Ingeniería Técnico Textil en Tarrasa.

Mi padre era muy parecido a mi abuelo: un hombre fuertemente comprometido en la política, con un pensamiento de inspiración marxista, visceralmente anticlerical. En la guerra española del 36, a los quince años, se enroló con los rojos. Al terminar, sufrió la suerte de tantos vencidos y estuvo cuatro años desterrado en África.

Pero sus adversarios no fueron nunca los militares, ni los nacionales: no; aquello tuvo desde el principio, para él, un nombre propio: Franco. Fue Franco el que le derrotó en la guerra; fue Franco, el que le desterró a Melilla; fue Franco el que instauró un régimen que le llevó a emigrar a Costa Rica... La culpa de todo la tenía Franco. Ese nombre, en casa, era impronunciable. Si alguna vez salía en la conversación, mi padre musitaba: él. Ya sabíamos de quién se trataba.

Yo cumplí los tres años en el barco, cuando veníamos para acá. Al llegar mi padre puso una fábrica de tejidos, como tantos emigrantes catalanes, y sufrió mil vicisitudes: la fábrica se quemó y tuvo que ponerse a trabajar en una carpintería. Y siguió tan beligerante como siempre. Respecto a la Iglesia y los sacerdotes seguía sin tener demasiada buena opinión: ¡eso de ser cura -me decía- es un negocio como otro cualquiera!

Por contraste, mi madre era una mujer cristiana. Pero yo seguía los pasos de mi padre. Le admiraba mucho y al igual que él, no tenía fe, aunque eso sí, muchos afanes culturales: 'Para libros, el dinero que quieras', me decía siempre, aunque no nadábamos en la abundancia. Gracias a Dios, un religioso de Saint Francis, el College donde estudié, me enseñó los rudimentos de la Religión y empecé a practicar algo.

En esto, un día comentaron en el College que estaban allí dos sacerdotes del Opus Dei. ¿De dónde vienen?, pregunté. 'De España', me dijeron. '¡España! ¡Franco!', pensé... Y todos mis amigos hablaron con aquellos sacerdotes, menos yo: tenía grandes recelos ante todo lo que viniera de ese país...

Poco después le detectaron a mi padre un cáncer irreversible. Fue un golpe inesperado y doloroso. Tenía cuarenta años, estaba en la plenitud de la vida... Yo era el hijo mayor y se unió especialmente a mí; y cuando le internaron en el hospital de San Juan de Dios, como nos teníamos tantísima confianza, se desahogaba conmigo y me contaba sus crisis de fe, sus dudas interiores y las preguntas que le atormentaban: si había Dios; si no; y si no había Dios, ¿qué sentido tenía todo? A medida que fue agravándose, seguimos hablando del más allá, de la vida y de la muerte...

En esto, un amigo suyo catalán le propuso que hablara con un sacerdote. Yo pensaba que iba a negarse, pero aceptó. Vino el sacerdote y congeniaron enseguida: hablaron como dos horas, y al final, mi padre se confesó, comulgó, y murió reconciliado con Dios el 6 de abril de 1962.

Mi madre quedó muy agradecida y me dijo que aquel sacerdote era del Opus Dei. ¡Opus Dei! En cuanto escuché la palabra se alzó una barrera en mi interior. '¿Por qué no hablas con él? -me decía mi madre-. Mira cuanto bien le hizo a papá'. Pero yo seguía con mis recelos ante todo lo que viniera de España... '¿Porqué no vas a verle? -me insistía- ¿no recuerdas lo mucho que le ayudó?'

Me negué, hasta que una mañana de domingo de noviembre de 1962 me topé con un amigo de clase y le estuve acompañando por la calle sin preguntarle más, hasta que entramos en un centro del Opus Dei, donde este amigo iba con cierta frecuencia a estudiar.

Me sorprendió. Era una casita de madera con un pequeño jardín, donde había un zacate y unos bonitos rosales. Me sorprendió y me gustó. Me explicaron que era un centro de universitarios y estuve conversando con algunos. Me atrajo el clima de estudio y de intereses intelectuales que había, y como en aquella época estaba trabajando en la ferretería La Moneda, en el puro mercado de San José, para sacar algún dinero, y me sobraba algo de tiempo, fui bastante por allí.

Había muy pocos del Opus Dei. Recuerdo a Manolo Tilve, un médico; a José Antonio Sauma, un estudiante algo mayor que yo; a don José Luis Masot, un sacerdote mallorquín; y a don Antonio Linares, un sacerdote andaluz, de Ronda, de una simpatía desbordante, que había llegado aquel mismo año desde El Salvador. Asistí a algunas charlas de don Antonio, más que nada por curiosidad.

-Mire, don Antonio -le comenté un día-, lo que yo he visto del Opus Dei no se corresponde en absoluto con la idea que tenía. En las charlas que nos ha dado no ha dicho ni media palabra de política: ¡ni siquiera ha pronunciado la palabra España!

-¡Pero chiquillo...! ¡Qué tendrá qué vé ezto con España! -me explicó don Antonio, riéndose y comiéndose las eses, con el gracejo y el tonillo del habla andaluza-. El Opus Dei nasió en Madrid... ¡porque digo yo que en algún zitio tenía que nasé!

Y me explicó que el Opus Dei es universal, católico; que hay hombres y mujeres del Opus Dei de todos los estratos sociales, de los ambientes culturales más diversos, y de distintos signos políticos: demócratas, republicanos, monárquicos... Y me dijo que allí nunca me preguntarían por mis ideas políticas, porque a un centro del Opus Dei no se va a hacer política, sino a formarse intelectualmente, a estudiar, a avanzar con libertad en el trato con Dios...

A partir de aquel momento, fui dando pasos en mi vida cristiana. Hasta que un día me pregunté: ¿y por qué no me hago yo del Opus Dei? Y el 9 de diciembre de 1962 me decidí, gracias a Dios. ¡Gracias a Dios y gracias a mi madre, que tanto insistió en que fuera por allí!

Entonces éramos pocos: el 28 de octubre de 1961 había pedido la admisión José Antonio Sauma, y podía contar a las personas del Opus Dei que conocía con los dedos de una mano. Poco después necesité la otra mano, porque fui a Guatemala, donde conocí a Víctor del Valle y a varios más. Víctor me animó a tratar apostólicamente a mis amigos.

-Pero, ¿cómo? -le decía yo-. ¡En Costa Rica sólo estamos cuatro, y no tenemos nada de nada!

-Así, sin nada de nada -me explicaba Víctor- comenzamos en Guatemala.