Tenés que superarte

 

Indice: Un mar sin orillas

Yo experimenté en muchas ocasiones, como doña Isabel, ese afecto del Padre, que tanto cariño tuvo por Centroamérica. Durante aquel tiempo, en un viaje a Roma, estuvimos hablando de estos países. Me dijo que los hombres y mujeres de estas tierras no podían vivir dándose la espalda; y que debíamos sembrar en estos lugares el espíritu del Opus Dei: un espíritu de paz, de amor al trabajo bien hecho, de respeto a la libertad de los demás, de amor a la justicia y de solidaridad cristiana, de entendimiento mutuo, de comprensión y superación constante; y evocó el cariño que nos tenía su hermana Carmen, que había muerto poco antes, el 20 de junio de 1957, en la fiesta del Corpus Christi.

-Hijo mío, cuando os fuisteis para Guatemala Carmen preguntaba todos los días si teníamos noticias vuestras. Y estoy seguro que si tanta preocupación tenía por vosotros cuando estaba en esta tierra, ahora en el Cielo os seguirá cuidando especialmente.

Estoy convencido de que Carmen, desde el Cielo, intercede ante el Señor y vela por nosotros; por eso, siempre que voy a Roma, bajo a la sottocritta de la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, donde está enterrada y le rezo una salve a la Virgen, dando tres golpecitos leves sobre la lápida al despedirme, como hacen con el Hermano Pedro los inditos de la Antigua...

Pero volvamos a nuestra historia: en 1960 llegaron las primeras mujeres a Costa Rica. Una nueva aventura de la que Marta, la primera de Centroamérica, guarda un recuerdo nítido.

"Sí; lo recuerdo perfecto -cuenta Marta-. A finales de los cincuenta yo estaba trabajando en la recepción del Centro Universitario Ciudad Vieja, cuando se comenzó Zunil, una Escuela de Hogar y Hostelería, y me propusieron enseñar a las demás lo que yo había aprendido durante aquellos años; y yo comencé a dar unas clases sobre lavandería y los distintos servicios a un grupo de señoras. Cuando daba aquellas clases me acordaba de los consejos que me daba Victoria, cuando me decía que para santificar las tareas del hogar hay que hacerlas con amor de Dios, con profesionalidad, cuidando los detalles y metiendo la cabeza, y no al buen tun-tun...

Durante esos años venían noticias de cómo se estaba empezando el Opus Dei en Japón, y en Kenia, y en muchas partes. ¡Qué ilusión, pensaba yo, comenzar en lugares nuevos! Y en agosto de 1960 supe que dentro de poco irían mujeres a Costa Rica y me faltó tiempo para decir que yo estaba dispuesta a irme para allá. 'Pues muy bien, ¡adelante!, me dijeron, el 7 de diciembre las esperan'. Pero el viaje se retrasó unos días y Fina, María Pilar y yo llegamos a Costa Rica el 18.

En el aeropuerto de San José estaban doña Isabel Terán de Artiñano, doña María de Rohrmoser, y unas señoras, cooperadoras del Opus Dei, bien contentas: qué bueno que vinieron, nos decían todas; y cuando llegamos a la casa el refrigerador tenía comida para tres días, y estuvieron pendientes para que no nos faltara nada...

Y así comenzamos un centro en el barrio Escalante, que se llamó Veragua, y despuecito allí fueron los primeros cursos de retiro, y venían señoras mayores, y casadas jóvenes, y universitarias; de todo.

Yo empecé a tratar algunas amigas mías que trabajaban como empleadas del hogar, y les hablaba de superarse y de ser buenas cristianas; y les contaba todo lo que se hacía en Zunil...; pero aquello tardó en cuajar, porque aquellas muchachas tenían poca inquietud por mejorar. 'Pero, mirá -les decía yo- tenés que superarte; tenés que aprender a trabajar mejor, con más sentido profesional'.

Cuando me veía allí, me parecía un sueño: ¡yo, en Costa Rica, comenzando! El Padre decía que nuestra llamada es una aventura maravillosa, y yo así me la esperaba; pero... no pensaba que iba a ser tan bonita y tan variada".