San José. 8 de agosto de 1959

 

Indice: Un mar sin orillas

Se divisa una vista fantástica. El cielo está azul, transparente; el lago brilla allá abajo y los volcanes enmarcan la ruta del avión. En este instante estoy sobrevolando el cráter de un volcán, transformado en lago. Es enorme y no veo caminos para llegar a él. Por Costa Rica, todo muy bien...

Al releer la carta que le escribí a mis padres a finales de los años cincuenta, a bordo de aquel viejo avión de turbina que me llevaba a Guatemala, he recordado varias anécdotas de los comienzos en Costa Rica, el tercer país de Centroamérica donde se inició la labor del Opus Dei. Venía entusiasmado por la honda raigambre cristiana de los costarricenses y por el desarrollo cultural y social que había advertido en las calles de San José, una ciudad de hermosos edificios, con elegancia y empaque, como el famoso Teatro Nacional.

Ahora San José es una ciudad moderna que ha sabido conservar el encanto de antaño: ¡qué delicia pasear por sus calles y avenidas entre laureles de la India y lo que aquí llaman porós, esos árboles esplendorosos que ofrecen en verano unas flores de color violeta pálido!

...Qué delicia pasear, naturalmente, si uno sabe donde va; porque encontrar una dirección en San José no es tan fácil como parece: exige grandes dosis de suerte y astucia. "¡Si es muy sencillo -indican los amables josefinos-: camina usted 200 varas al norte de la Pulpería de la Luz y allí está la casa". Pero la cosa se complica cuando el recién llegado descubre que la famosa Pulpería de la Luz hace muchos años que desapareció, aunque los josefinos la sigan citando como punto de referencia...

En Costa Rica, como en casi toda Centroamérica, la tierra "habla" y a veces, con gran locuacidad. "Mire, mire las ruinas de esa iglesia -me comentaba Jorge Palarea durante uno de mis últimos viajes, señalando unos muros renegridos-. La tiró un terremoto. La reconstruyeron, y entonces... ¡otro terremoto la volvió a tirar!".

Esas ruinas son la excepción que confirma la regla: la mayoría de las iglesias de Costa Rica se alzan airosas y espléndidas con sus pináculos de color rojo, sobre este cielo de azul intensísimo. "Tenemos iglesias de todos los estilos -bromeaba Jorge, jugando con el apelativo tico que designa a los costarricenses-: tenemos iglesias de estilo neogotico, de estilo romantico, de estilo bizantico...".

Mientras ascendía con Jorge a mediados de los años noventa por una carreterita en zigzag, entre un paisaje delicioso de flores tropicales, con los cerros de Escazú al fondo y el Pico Blanco emergiendo entre las nubes, recordaba la figura amable del Arzobispo de San José, Mons. Ruben Odio; un nombre paradójico para un hombre tan profundamente conciliador y pacífico como él.

Mons. Odio apreciaba mucho el Opus Dei. Yo le conocí en Guatemala, donde me lo presentó Mons. Rossell. Vino a la Octava, celebró Misa y hablamos sobre las labores apostólicas. Quedó entusiasmado. Y cuando nombraron a Mons. Verolino Nuncio de Costa Rica, se repitió la historia. Comenzó a decirnos:

-¡Tienen que venir a Costa Rica!

Por fin, el 8 de agosto de 1959 viajé hasta San José en avión junto con José Luis Masot, un sacerdote del Opus Dei. Sólo conocíamos en Costa Rica a tres personas: Mons. Odio, Mons. Verolino y un sacerdote, el P. Carlos Humberto Rodríguez-Quirós (59) * Llevábamos unas cartas de presentación para varias personas más y el nombre de una pensión. Eso era todo... Me sentía igual que seis años antes, cuando llegábamos, expectantes, José María y yo, a la ciudad de Guatemala...

Con gran sorpresa por nuestra parte, vimos, al llegar, que el Arzobispo en persona nos esperaba en el aeropuerto. Mons. Odio nos recibió con gran afecto y quiso que nos alojáramos en el Palacio Arzobispal. Luego dimos una vuelta por San José y contemplamos los barriecitos multicolores que rodean la capital, entre palmeras y cafetales, con simpáticas casas de madera pintadas de añil.

Mons. Odio me recordaba en muchos rasgos a Mons. Rossell: era un hombre apacible, sereno, con gran celo pastoral. Durante esos días hablamos sobre este país; y salieron a relucir algunas cuestiones candentes, como la polémica nacional sobre la enseñanza que estaba teniendo lugar. Leí algunos artículos sobre la cuestión, a favor y en contra, escritos con el tono democrático, conciliador y respetuoso, de las gentes de esta tierra.

Primer problema, resuelto: ¡ya estábamos en Costa Rica! Pero el segundo problema estaba sin resolver: no teníamos casa. No fue nada sencillo encontrar una, porque buscábamos "las tres B": buena, bonita y barata; por no más de 600 colones de entonces y de concreto (60) *, cuando la mayoría de las casas que alquilaban en San José eran pequeñas, caras y de madera, porque los josefinos están curados de espanto con los temblores y los terremotos. El propio Arzobispo nos ayudó en la búsqueda: muchos días, después de cenar, a las seis de la tarde, dábamos una vuelta junto con el P. Julio Fonseca -conocido popularmente como el "Padre Pipo"-, para ver si encontrábamos algo.

Estuve en Costa Rica poco más de una semana. El 19 de agosto José Luis Masot se quedó en Costa Rica y yo viajé hasta El Salvador. Y tres días más tarde sucedió que... pero mejor será que esto lo cuente Isabel Terán, una de "las señoras con inquietudes" con las que Mons. Odio deseaba que habláramos.