Roberto Simán: el Club Sherpas y otras iniciativas

 

Indice: Un mar sin orillas

En medio de este clima de violencia seguían creciendo las labores apostólicas. Muy pronto, la Residencia Doble Vía se nos quedó pequeña; acudían allí, para recibir formación cristiana, estudiantes universitarios, profesionales, maestros y hombres de empresa; y se llevaron a cabo muchas iniciativas: se organizaron cursos de métodos de estudio, clases de filosofía, campamentos de vacaciones para muchachos, charlas para padres de familia, labores sociales en los barrios periféricos...

"Sin embargo -me comentaba Roberto Simán-, de entre todas las iniciativas apostólicas que surgieron entonces, sin duda la más querida para mí, don Antonio, fue el Club Sherpas (56) * , que nació en abril de 1962".

Se advierte, cuando Roberto me habla del Sherpas, que trata de un tema entrañable: "es un club familiar -me dice- como tantos otros clubs que han promovido padres de familia en todo el mundo... pero yo le tengo especial afecto, porque en el Sherpas he visto crecer a muchos de mis hijos y a los hijos de mis amigos. Al principio comenzamos en un garaje de Doble Vía y fuimos creciendo paso a paso...".

Evoco con Roberto algunas anécdotas de aquellos años: muchos padres, como Roberto y Myrian, deseaban que sus hijos adquirieran en el Sherpas, durante el tiempo libre, una formación en sintonía con la que recibían en su hogar, y a pesar de la precariedad de medios, se organizaron allí unas actividades realmente simpáticas.

"¿Recuerda usted aquellos viajes alrededor del mundo? Los muchachos formaron equipos, compraron maquetas de barcos y fueron anotando, con la ayuda de sus papás, las incidencias de la travesía en sus cuadernos de bitácora. Luego iban indicando con alfileres el recorrido imaginario en un mapa mundi. Nos divertimos mucho... ¡y aprendimos todos bastante geografía!

Hicimos también muchos campamentos y excursiones: a San Miguel, a Izalco, a Santa Ana, a Conchagua, a San Salvador, a San Vicente... y una tras otra, fueron cayendo aquellas cimas bajo las botas de nuestros jóvenes volcanistas... Ahora, cuando algunos papás, viejos socios del Club, suben de nuevo a esos volcanes se emocionan al recordar sus primeras ascensiones como sherpas.

'Los viernes del Sherpas' se hicieron famosos: recuerdo que los muchachos jugaban al fútbol, recibían una charla de formación cristiana y se organizaba una pastelada con los dulces que habían preparado las respectivas mamás. Pero aquello se nos quedó pequeño y en 1979 nos cambiamos a una sede más amplia. Y a comienzos de los noventa, a otra mayor, que llamaban "definitiva".

Mire, don Antonio: cuando oigo esa palabra, definitiva, me sonrío; porque también nos parecía definitivo el primer centro en Doble Vía...

Esa es la razón por la que, cuando Francisco Aguilar, Chico, nos donó unos terrenos para la Casa de Retiros nos planteamos hacerla definitiva desde el principio. Estábamos en el Patronato Chico, Jerry Coughlin, Roberto Aguilar y varios más, y nos dijimos: no podemos hacer algo provisional. ¡Vaya forma de tirar el dinero! ¡Construir un edificio para derribarlo después! Decidimos que lo mejor era ir por etapas. Y así nació La Lomita. Y gracias a Dios, con la ayuda de varios préstamos personales y numerosas letras, la Casa de Retiros salió adelante.

Más tarde me embarqué en la promoción de otro proyecto con varios padres de familia: el Centro Cultural Buenos Aires. Y luego, ayudados por el ICEF de Guatemala (57) * nos animamos a fundar el ICEF de El Salvador. Fue una experiencia muy interesante: una Escuela para Padres...

Pero hablando entre nosotros, nos dimos cuenta de que teníamos que hacer algo más por nuestros hijos. No nos bastaba con el Club, ni con ocupar positivamente su tiempo libre. No nos bastaba con la Escuela para Padres... Nos enfrentábamos con un problema mucho mayor: no estábamos satisfechos con la educación que recibían en los colegios.

Usted recordará que en aquel tiempo, en determinados colegios que se autotitulaban católicos, algunos profesores les presentaban el comunismo como la panacea contra todos los males... Recuerdo que hablé con uno sobre la bibliografía filomarxista que había recomendado a un hijo mío. '¡Es muy bueno que lea de todo!, me dijo. '¿Es muy bueno -le pregunté-. que lea de todo, sin orientación de ningún tipo? Entonces... ¿usted llevaría a mi hijo a una farmacia y le diría: ¡toma, toma toma lo que quieras!... con el riesgo de que tome veneno?'

Porque aquello era veneno. Ahora hace años que cayó el muro de Berlín y los grandes regímenes comunistas, pero entonces reinaba una gran confusión ideológica que afectaba profundamente a nuestros hijos. Y al ver la situación, comprendí que no podía quedarme cruzado de brazos, lamentándome, y me uní con otros padres, preocupados por el mismo problema. Y decidimos... crear un colegio.

¡Un colegio! Sabíamos que era un proyecto complicado: había que encontrar un edificio, reunir un número suficiente de alumnos, conseguir un profesorado competente y cualificado... porque deseábamos que recibiesen una buena formación; en todos los ámbitos: intelectual, humano, espiritual, deportivo... Queríamos se les proporcionara, en concreto, un conocimiento profundo de la Doctrina Social de la Iglesia, para que pudieran dar, en el futuro, una respuesta cristiana a tantas necesidades como tenemos en este país. Y hablando entre nosotros decidimos que un sacerdote del Opus Dei se ocupara de la atención espiritual.

Pusimos primero el colegio de niñas, que salió adelante con bastantes dificultades, porque la situación en el país era entonces muy problemática. El periódico nos traía cada mañana la noticia de un atentado, de una matanza, de un secuestro... hasta que el 22 de septiembre por la mañana, cuando estábamos a punto de decidir en la Junta Directiva de Padres del Colegio si empezábamos o no el colegio para varones... me secuestraron a mí.

Aquella mañana había estado reunido con unos ingenieros en la Cámara de la Construcción, y al salir, cuando me disponía a entrar en mi carro, dos hombres me apuntaron con sus pistolas y me ordenaron que me sentara en el asiento de atrás. Mi carro era un Volkswagen muy pequeño, y como yo soy una persona corpulenta, hacer aquello sin abrir las puertas me resultó muy difícil. Comencé a pasarme hacia atrás con gran esfuerzo mientras me amenazaban: '¡Túmbese! ¡Túmbese rápido! ¡Rápido, que le pegamos un tiro!'

Me vendaron los ojos, me esposaron y arrancaron el carro. Sentí que manejaban a una velocidad de vértigo, y creía que me iban a matar ya, porque estaban muy nerviosos. '¡Cuidado! ¡Cuidado! -gritaban- ¡Parece que nos vienen siguiendo!'

Al cabo del rato se detuvieron. Se abrió un portón; me ayudaron a salir y me quitaron la billetera y algunas cosas que llevaba. Para gran suerte mía no encontraron el crucifijo. Luego me metieron en un cuarto y me sentaron en una cama. 'Vamos a estar siempre apuntándole, así que es mejor que se esté tranquilo. Como intente escapar... ¡le mataremos!'

Comencé a hacer el examen de conciencia. '¿Y si me matan, qué? -pensé-. Dios es mi Padre, y sólo El es Dueño de la vida y de la muerte'. Me entró una gran paz, hice un acto de contrición y me puse en las manos de Dios.

No entendía nada. ¿Por qué me secuestraban? Yo no había participado nunca en nada político. ¿Quiénes eran? ¿Qué pretendían?

Comenzaron a sucederse los días; unos días en los que, sorprendentemente, gocé de una paz inusitada; y me atrevería a decir que no he vuelto a gozar de esa paz en toda mi vida... Gracias a las fuerzas de la fe y de la especial comunión de los santos que procuramos vivir en el Opus Dei, decidí que lo más importante que debía hacer en esas circunstancias era rezar; y pasé largos ratos en oración, muy unido a Dios.

Durante aquellos días escuchaba, en la lejanía, muchos repiques de campanas... Aquel sonido me acercaba especialmente al Señor; porque visualizaba la iglesia con la imaginación y me arrodillaba junto al sagrario. Esta representación interior llegó a ser tan tan fuerte, tan clara, que llegué a pensar que... ¡me distraían las personas que veía rezar delante de mí!

Y me fui trasladando con la mente a las iglesias que conocía... Llegué hasta Roma con el pensamiento, y estuve haciendo oración frente a la tumba de nuestro Fundador; luego estuve en la Basílica de San Pedro, donde recé por el Papa, y -como disponía de todo el tiempo del mundo- por las intenciones de la Iglesia: las misiones, el ecumenismo... Me sentía muy unido al Señor en todo momento; y pienso que mantuve la presencia de Dios a todas horas, en el día y en la noche.

El primer día me tuvieron vendado y con las esposas puestas. Cuando me quitaron la venda vi que estaba en una habitación muy pequeña, con la puerta cerrada por una enorme tranca de madera y amarrada con unas cadenas. Me trajeron dos libros para leer: uno sobre el comunismo y otro sobre Nicaragua. Comencé a hojearlos y me dio la risa: mis secuestradores no se habían dado cuenta de que el libro sobre el comunismo estaba escrito... ¡por el mismísimo Jefe de la CIA! En ese momento comprendí que sólo buscaban dinero, aunque pretendiesen hacerse pasar por guerrilleros comunistas.

La habitación era tan baja que sólo podía estar sentado o acostado en el catre. Eso me produjo, junto con la sed, muchas molestias. Pero lo más terrible de todo fue la suciedad: no me dejaron bañar durante las dos primeras semanas, y hacía un calor sofocante, porque tenían las ventanas herméticamente cerradas. Me caían sin cesar varios chorros de sudor sobre la frente. La pañoleta que me cubría los ojos se empapó tanto que comencé a oler muy mal. Y el pantalón azul que llevaba se destiñió por completo. Sólo el que ha pasado por ese trance sabe lo que puede significar, en esos momentos, un pañuelo limpio y seco... Gracias a Dios, al cabo de quince días, dejaron que me bañara. Como me sentía tan sucio, me metí bajo el chorro de la ducha con toda la ropa...

Pensé que debía aprovechar aquella situación para ganar en espíritu de mortificación. Me daban una comida al día: un pedazo de pollo frito o una hamburguesa, y dos tazas de café. Decidí comer sólo la mitad de lo que me pusieran. Eso me vino bien: ¡perdí cincuenta libras! Y me sirvió, además, para mantener el control sobre mí mismo.

'¡Escriba una nota para su familia -me ordenaron- en esta cajetilla de cigarros! ¡Y ponga que se encuentra en buenas condiciones! Escribí eso y añadí: 'todo es para bien', recordando lo que tantas veces nos había dicho el Padre. Pero nunca le entregaron esa nota a mi familia...

Y así pasaba un día y otro... Llevaba interiormente la cuenta: el 24, cumplía años mi hija María Teresa... El 29, era el aniversario de bodas de mi hermano Abraham... El 2 de octubre era el aniversario de la fundación del Opus Dei... Aquel día me desperté de madrugada encomendando al Padre y experimenté en carne propia algo que había oído en alguna ocasión: que el Señor suele envíar alguna mortificación en las grandes fiestas para que ganemos en presencia de Dios. Ese día además de tenerme vendado, mis secuestradores me tumbaron en la cama, con una esposa en un brazo y el otro vuelto hacia atrás, amarrado al barandal.

Era una posición muy incómoda que al cabo del rato se volvió insoportable. Además, me habían pillado la piel con las esposas y me dolía mucho. Empecé a quejarme interiormente al Señor: '¿cómo permites -le dije- que precisamente en un día como hoy padezca estos dolores?'. Pedí a mi Angel Custodio, que me aliviara un poco el sufrimiento, si era posible... Entonces, sin yo decir nada, vinieron mis secuestradores y me pusieron bien las esposas...

Experimenté continuamente la intercesión de los ángeles; en cosas que pueden parecer ridículas, pero que cuando uno está en esa situación resultan angustiosas. Por ejemplo, mis secuestradores se molestaban siempre que les pedía ir al servicio porque tenían que desencadenarme, retirar la tranca, abrir la puerta, asegurarse de que no había nadie cerca y llevarme hasta el lugar con los ojos vendados... Un día le pedí interiormente a mi Angel Custodio que vinieran, y para mi sorpresa, escuché al momento: '¿desea ir al baño?'. Yo no había dicho una sola palabra...

Dios me ayudó a sobrellevar aquello: no tiene otra explicación. Porque, en vez de angustiarme, con el paso de los días me fue invadiendo una profunda paz... Comprendí que cuando Dios permite que atravesemos determinadas circunstancias nos da también las gracias necesarias para superarlas...

La oración fue mi gran fuerza: recitaba el Rosario de día y de noche; casi continuamente; tantos rosarios recé que no llevaba cuenta ya de las Avemarías. Me consolaba mucho contemplar la imagen de la Virgen que llevaba sobre el pecho. Pero hasta eso me lo quitaron...

Vinieron de improviso; registraron la habitación, apartaron el colchón, me desvistieron, y al verme la cadena de oro con la medalla, el que me vigilaba decidió quedársela. Yo me angustié por momentos; pero le dije a la Virgen que me pusiera su escapulario sobre el corazón...

Días más tarde me hicieron una fotografía con un periódico entre las manos. 'Eso significa -pensé- que mi familia ya está en contacto y quieren una prueba de que estoy vivo'. Después supe que se asustaron al ver la foto, porque había estado tanto tiempo sin ver la luz del sol que cuando me quitaron la venda se me dilataron las pupilas con el flash, y parecía un cadáver... Mi familia pidió, para asegurarse de que seguía vivo, que les escribiera en un papel la fecha de mi casamiento, la iglesia donde me casé, y cómo se llamaba el sacerdote. Y salió a relucir el nombre de don José Luis Múzquiz...

Un día, al cabo de poco más de un mes de secuestro, me dijeron que me iban a soltar... Yo había oído que cuando liberaban a los secuestrados los hacían correr ordenándoles que contaran hasta diez, sin volver la cabeza; y que luego disparaban sobre ellos. 'Qué ridículo -pensé- morirse así: contando uno, dos, tres', y decidí rezar un Avemaría cuando llegara ese momento, que podía ser el último de mi vida.

Por fin, una noche me llevaron en un microbús hasta una zona apartada, me pusieron dos colones en el bolsillo para el taxi, me quitaron la venda y me ordenaron caminar en dirección opuesta: 'Le vamos a estar apuntando con una ametralladora -me gritaron-. Como se voltee... ¡le matamos!

Comencé a rezar: Dios te salve María, llena eres de gracia... Intenté caminar, pero me costaba mucho por la falta de costumbre, y me iba tambaleando de un lado al otro de la calle como si fuera un borracho... Gracias a Dios, un viejo compañero de Universidad que pasaba por allí, me reconoció, me abrazó, y me llevó enseguida a mi casa.

Es fácil imaginar la alegría de mi esposa y de mis hijos, y el consuelo que tuve al comprobar el gran cariño que habían recibido por parte de tantas personas del Opus Dei, que habían rezado al Padre continuamente por mí.

Pero desgraciadamente pocos meses después secuestraron a mi hermano Teófilo. Lo tuvieron prisionero durante casi seis meses. Me tocó estar "del otro lado" y puedo decir, con conocimiento de causa, que en esas situaciones sufren más los familiares que el propio secuestrado. Yo sabía, durante mi cautiverio, que, salvo rezar, no podía hacer nada, y aceptaba todo lo que pudiera pasar; mientras que los familiares padecen un constante sentimiento de culpa. ¿Estaremos haciendo todo lo posible por salvarle?, se preguntan. ¿Si no aceptamos esto, pondremos en peligro su vida? ¿Debemos ceder? ¿Debemos esperar? Es una situación angustiosa en la que uno se ve obligado a negociar con un ser querido como si fuese una mercadería de la tienda... Es algo terrible. Pero, gracias a Dios, cuando liberaron a Teófilo comprobé que Dios lo había ayudado también de modo especial.

En cuanto a mis secuestradores, les perdoné desde el primer momento; recé y sigo rezando por ellos; y por sus familias. El secuestro me sirvió para valorar la responsabilidad tan grande que tenemos: porque esos pobres hombres no han tenido unos padres como los míos, ni una educación cristiana como la mía... 'Si no fuera por la gracia del Señor -pienso a veces-, ¿quién sabe si yo sería un criminal como ellos? ¡Quién sabe si no hubiera cometido ésas o peores barbaridades todavía!'. Este pensamiento me ayuda a perdonarles y a pedir por su conversión.

Cuando pasó todo aquello, decidí marcharme una temporada con mi familia a los Estados Unidos, para descansar. Muchos nos sugirieron entonces, a Myriam y a mí, que nos quedásemos allí, libres de tantos peligros como nos amenazaban en El Salvador... Meditamos aquella decisión en la presencia de Dios y... decidimos volver.

Regresamos a El Salvador por muchas razones: por amor a nuestro país; porque aquí está nuestra familia y nuestro trabajo; porque había tantas labores apostólicas en marcha a las que podíamos ayudar; y porque pensamos: si en las situaciones difíciles los cristianos huimos del peligro... ¿en manos de quién dejamos nuestra patria?

Había que seguir luchando. Por eso, me dio una gran satisfacción cuando me contaron que, al poco de secuestrarme, la Junta Directiva de padres se reunió de nuevo para decidir si empezaban o no el colegio de varones. '¿Si estuviera Roberto acá -se plantearon-, qué opinaría él?' Y concluyeron: '¡Que hay que comenzar el Colegio!'. Y comenzaron.

Esto me produjo una grandísima alegría".