Mons. Oscar Romero

 

Indice: Un mar sin orillas

Algunos historiadores consideran como primer suceso de la guerra de El Salvador el secuestro, en 1971, de un industrial, Ernesto Regalado. Desde entonces, hasta el 16 de enero de 1992, fecha en la que se firmaron los Acuerdos de Paz, hemos padecido en este país un largo conflicto; terrible, sangriento, dolorosísimo. El análisis de este periodo en el que hemos sufrido tanto excede el propósito de este libro. Pero hay una figura que deseo recordar: la de Mons. Romero.

Juan Aznar solía visitar, a comienzo de los años 60, a algunos sacerdotes diocesanos amigos. Salía temprano de San Salvador, enfilaba la carretera Panamericana y al cabo de dos horas de viaje -Cojutepeque, San Vicente, Chimaneca- llegaba a San Miguel, cerca del golfo de Fonseca. Durante el recorrido el paisaje iba cambiando desde el verde intenso hasta el gris apagado de los parajes semidesérticos.

El Vicario General de San Miguel, Óscar Arnulfo Romero, que conocía y apreciaba mucho el espíritu del Opus Dei, nos recibía cordialmente en su parroquia, que comprendía veinte cantones o barrios rurales muy poblados. Durante esos años atendía, además, el Seminario Menor de la Diócesis y dedicaba algún tiempo a los trabajos de la Curia. (54) *

Cuando le nombraron Obispo de la diócesis de Santiago de María, en 1970, estuvo en Italia y conversó con el Padre en Villa Tevere. El Padre le atendió con gran afecto y puso los medios para que le ayudaran a descansar durante aquellos días romanos, porque conocía bien la situación de tensión que se vivía en El Salvador.

El 12 de julio de 1975, pocas semanas después del fallecimiento del Padre, Romero escribió esta carta al Papa solicitando la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización:

"Beatísimo Padre:

Muy reciente aún el día del fallecimiento de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, creo contribuir a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas solicitando a Vuestra Santidad la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de tan egregio sacerdote.

Tuve la dicha de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer personalmente y de recibir de él aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María que Vuestra Santidad me ha confiado.

Conozco desde hace años la labor del Opus Dei aquí en El Salvador y puedo dar fe del sentido sobrenatural que lo anima y la fidelidad a la doctrina del Magisterio eclesiástico que lo caracteriza. Personalmente, debo gratitud profunda a los sacerdotes de la Obra a quienes he confiado con mucha satisfacción la dirección espiritual de mi vida y de otros sacerdotes.

Personas de todas clases sociales encuentran en el Opus Dei orientación segura para vivir como hijos de Dios en medio de sus obligaciones familiares y sociales. Y esto se debe sin duda a la vida y doctrina de su fundador". (55)*

Estas palabras ponen de relieve el gran afecto que sentía Romero hacia el Padre y el Opus Dei. Años después, en 1977, le nombraron Arzobispo de El Salvador. y Mons. Fernando Sáenz -que era entonces Vicario Delegado del Opus Dei en este país- solía invitarle a las convivencias para sacerdotes que organizaba cada mes la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

"El día 24 de marzo de 1980 -recordaba Mons. Saénz- tuvimos una de esas convivencias. Al principio habíamos previsto otra fecha, pero Mons. Romero me pidió que la cambiáramos porque no le venía bien y tenía mucho interés en asistir a aquel encuentro. Cambiamos de fecha y la fijamos para el día 24.

Hacía las 10.30 de la mañana aquel día fui a recogerle a las oficinas del Arzobispado, que estaban situadas entonces en la actual sede del Seminario Menor. Le saludé y me dijo que acababa de recibir un documento sobre la formación de los seminaristas en el llamado Curso Propedeútico. Deseaba que aprovecháramos aquel encuentro sacerdotal para estudiar y comentar el documento.

Fuimos en carro hasta la playa de San Diego, donde nos habían prestado una casa para la convivencia. Sin embargo, a pesar de las previsiones que se habían hecho, hubo una confusión, y cuando llegamos la casa estaba cerrada. Decidimos sentarnos sobre la hierba del pequeño jardín y comentamos aquel documento a la sombra de unas palmeras. A continuación extendimos un mantel sobre el suelo y disfrutamos de una agradable comida y de un rato de sobremesa. Al poco llegó el guardián de la casa, que se excusó por lo sucedido y nos trajo unas sillas.

Durante aquella tertulia hablamos de cuestiones muy diversas. Entonces era frecuente que las guerrillas urbanas ocuparan los templos, y Mons. Romero nos dijo que estaba preocupado por la custodia de los vasos sagrados y los ornamentos liturgicos de la catedral, que eran antiguos y de gran valor histórico, Le sugirió a un sacerdote que los custodiara en un lugar seguro mientras durara la situación de desorden.

Y seguimos conversando sobre asuntos variados. Recuerdo que le propuso al párroco de San José de Guayabal que cultivara maíz y frijoles en el entorno de su parroquia, para que pudiera servir de aprovisionamiento al seminario. Luego hablamos del Padre Pro, de los cristeros mexicanos, etc.

A las tres nos sugirió que acabáramos la reunión, porque debía regresar a la ciudad, donde tenía un compromiso. Y hacia las tres y media lo dejé en el Hospital de la Divina Providencia".

Tres horas más tarde, a las seis y cuarto, mientras celebraba la Santa Misa, Mons. Romero caía abatido por un disparo hecho desde el exterior del templo.

Lo llevaron inmediatamente a la Policlínica, donde ingresó muy grave. Poco después los médicos certificaron su muerte.

Velaron su cadáver en la Basílica del Sagrado Corazón, y miles de personas -en torno a cincuenta mil- se congregaron para sus exequias en la catedral. Mientras se celebraban, estalló una bomba en los alrededores, entre tiroteos y ráfagas de ametralladora. Murieron 27 personas y más de doscientas resultaron heridas.