El Valle de las Hamacas

 

Indice: Un mar sin orillas

Vivimos en el Trópico; eso significa que el que llega debe tropicalizarse y eso requiere cierto aprendizaje... Estaba una tarde José Reig dando una charla sobre la vida cristiana cuando vio, de repente, que los asistentes se esfumaban despavoridos.

"¿Qué cosa tan tremenda habré dicho -se preguntó, perplejo- para provocar semejante estampida?". Volvieron al cabo de unos segundos, demudados y lívidos. "Pero don José, ¿no ha sentido usted el temblor?". "¡Ah, era ese ruido! ¡Y yo que pensaba que eran unas palomas volando en bandada!".

Este fue su primer encuentro con el "lenguaje de la tierra". Porque aquí, la tierra "habla", y mucho; no en vano llaman a San Salvador "el Valle de las Hamacas". Había días en que la lámpara de la sala de estar se balanceaba más de diez veces...

Antonio y José vieron, como nosotros al llegar, la irrupción impetuosa y repentina del invierno tropical: una oleada de calor húmedo con brisas calientes, lluvias espectaculares y rayos de apocalipsis. Y es que todo es grande en este pequeño país, como el gigantesto maquil-ishuat, el árbol nacional salvadoreño, que se levantaba majestuoso hacia el azul del cielo en la puerta de entrada de Doble Vía.

Al año siguiente José se fue a Ecuador, y le sustituyó Juan Aznar, otro sacerdote valenciano. Y por fin, tras ese "periodo de tanteos", llegaron a El Salvador algunos laicos del Opus Dei, como Luis Capdevila y un estudiante de México, Fernando Zúniga.

En marzo de 1960 Doble vía abrió sus puertas a los primeros residentes: doce estudiantes. El Vicario General de San Miguel, Oscar Arnulfo Romero, uno de los sacerdotes diocesanos con los que hicimos gran amistad, nos ayudó a conseguir los primeros residentes y trajo personalmente a dos jóvenes conocidos suyos a la residencia: Carlos Espina y Elmer Ávila.

Así, a lo largo de una década, se pusieron los cimientos de la labor apostólica en El Salvador. Y cuando comenzaban a llegar los primeros frutos... estalló la guerra.