Doble Vía

 

Indice: Un mar sin orillas

Durante mi estancia en San Salvador fui presentando a Antonio y José a las personas que conocía. Muy pronto se conquistaron el afecto de los salvadoreños. No es de extrañar: los salvadoreños son abiertos y cordiales, y Antonio es un andaluz de Ronda de alegría contagiosa, y José un levantino culto, de carácter simpático y amable.

Poco después, el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel, alquilamos una casa en la Avenida Doble Vía, donde se instalaron el 2 de octubre de 1958, cuando se cumplía el 30 aniversario de la fundación del Opus Dei.

La llamamos así desde el comienzo: Doble Vía. Era una casa amplia, de cinco habitaciones... que yo no sabía como íbamos a pagar. No me decidía a firmar el contrato, pero José y Antonio estaban tan resueltos y tan determinados, que tomamos la decisión llenos de fe: pensamos que Dios no dejaría de bendecir la labor apostólica y en ese caso, era mejor comenzar con un edificio grande: ¡lo que entonces considerábamos grande!

Además, decíamos, era la solución más prudente... ¡La más prudente, claro, desde una perspectiva sobrenatural, porque, desde una perspectiva puramente humana era un disparate! Alquilamos la casa y... ¡con qué alegría entramos el primer día! Me recordó nuestra entrada, pocos años antes, en la Octava. Siguiendo una vieja tradición de los comienzos en el Opus Dei, nuestro mobiliario se reducía a una mesa. ¡Ah, y a una silla que nos prestó un portero!

Y siguiendo otra vieja tradición del Opus Dei, muchas personas colaboraron enseguida, coordinadas por Myriam, la esposa de Roberto: proveyeron la despensa, consiguieron muebles y nos presentaron a sus amistades. Puedo asegurar que, por lo menos, Antonio y José no pasaron hambre. La familia de Myriam tenía una granja y les abastecían de pollos; tanta carne de pollo tomaron, desayuno, almuerzo y cena, que una mañana comentó Antonio:

-Oye, Pepe: ¿no crees tú que un día de éstos nos vamos a despertar cacareando?

Antonio y José llevaron aquello con buen humor, y sentido sobrenatural, pero fueron unos comienzos duros. Porque para saber lo que significa "comenzar" hay que haberlo vivido... Como siempre, no faltaron agoreros que predecían un fracaso estrepitoso. Y los hechos externos parecían confirmarlo: las gentes no respondían. Frente a la casa había una oficina de Correos; escuchaban pasos; se asomaban: ¿era quizá aquel amigo que dijo que vendría a...? No: era sólo un vecino que iba a echar una carta en el buzón. Pero, siguiendo los pasos del Padre, que nos alentó a tener una "santa tozudez" en el apostolado, rezamos con la certeza de que el Opus Dei se implantaría en El Salvador y se acercarían a Dios miles de salvadoreños.

¡Miles! Se requería mucha fe para pensar así en aquellos momentos. Los conocidos se contaban con los dedos de las manos. Mañana, tarde y noche, las mismas caras. Pero Antonio y José no se quedaron inactivos, esperando que los frutos llovieran del cielo: pusieron los medios humanos y espirituales y decidieron hablar con las personas de las que tenían alguna referencia vaga por medio de algún amigo común, con una audacia apostólica no exenta de cierta frescura:

-Mire, soy un sacerdote del Opus Dei que acabo de llegar a San Salvador y me gustaría hablar con usted. ¿No podría recibirme un día de estos?

Unos reaccionaron bien; otros, regular; y otros, como aquel señor de origen sefardita que les dijo, al término de la conversación, mostrándoles una gran llave que habían conservado en su familia de generación en generación:

-Esta es la llave de nuestra antigua casa de Toledo, de la que nos expulsaron en el siglo XV los Reyes Católicos de... España.

Dijo "España" con retintín, al tiempo que les mostraba la puerta de salida... Era un escarbar inútil en rencillas históricas, porque el Opus Dei, aunque haya nacido en España, no es español; es tan universal, tan católico, como la Iglesia, como el Pueblo de Dios del que forma parte; y tanto José como Antonio se sentían ya centroamericanos de corazón. Así que le dijeron amablemente a aquel caballero:

-Pues parece una llave muy buena con la que sus antepasados, a juzgar por el tamaño, se debieron proteger bien de los ladrones...

Por lo general, les recibían con buenas palabras, aunque los despidieran con las manos vacías. O al revés, como doña Tula.