Margot. Un domingo de agosto del 53

 

Indice: Un mar sin orillas

Los primeros pasos en El Salvador se remontan a la primera estancia de don Pedro Casciaro en 1953, después de pasar tres días con José María y conmigo en Guatemala. Nada más llegar a San Salvador don Pedro llamó por telefono a Roberto Simán, que era una de las pocas personas que conocíamos.

"-Lo recuerdo perfectamente -cuenta su hermana Margoth-: fue un domingo de agosto de 1953, un domingo soleado, luminoso, con un cielo azul intenso, espléndido... Sonó el teléfono. Me puse. Un señor preguntaba por Beto, el penúltimo de mis nueve hermanos. Beto habló con él y colgó. '¿Quién es?', le pregunté. '¡Ah! -me dijo-, es un sacerdote que está de paso. Lo he invitado a almorzar'. '¿Que lo has invitado a almorzar?', exclamé horrorizada. El motivo de mis horrores es que me encontraba al frente de la casa: papá había fallecido un mes antes, mamá se había ido a Estados Unidos para atender a Jorge, mi hermano mayor, que estaba gravemente enfermo, y yo me ocupaba de la cocina junto con Niní, la más pequeña; y esperaba a comer, como todos los domingos, a Emilio, Abraham, Chamba, Teófilo y Félix, con sus esposas. En total, casi quince personas. ¡Y encima Beto me trae a casa un invitado!

Me agobié muchísimo. ¿Qué le pongo? Porque los domingos les hacía comida de Palestina, nuestro país de origen, y había preparado unas hojitas de parra, rellenas, que me había enseñado a hacer mamá; un plato delicioso, con arroz y carne; y luego tenía cube, trigo con carne molida. 'Ay Beto, Beto -seguí refunfuñando-, ¡me traes un invitado precisamente hoy, que sólo tengo comida árabe! ¡Cualquiera sabe si le gusta!' Seguro que no le gusta -pensé- seguro que le ponemos en una situación embarazosa, porque la comida árabe tiene un sabor muy especial... No le di más vueltas, fui a la cocina con todo el ímpetu de mis veinticinco años y le preparé un pollo, porque un pollo bien hecho, en su punto, pensé, le gusta a todo el mundo. Y en medio del ajetreo, llegó don Pedro Casciaro.

Me impresionó. Joven, sonriente, con una gran distinción, don Pedro tenía una elegancia humana y espiritual que impresionaba. Estábamos todos (menos mamá, Jorge y mi hermana mayor Emilia, que se había ido monja hacía muchos años) y le pedimos a don Pedro que se situara en la cabecera de la mesa, donde se sentaba papá... Era la tradición y le correspondía por ser sacerdote, a los que hemos tenido en casa gran respeto y veneración. Y nos fuimos situando, como de costumbre, por edades: yo, por ser la octava, me senté al extremo de la mesa.

Al terminar estuvimos charlando en la terraza, en la esquina de la casa, con las ventanas abiertas de par en par, para que corriera el aire... Don Pedro nos habló del Opus Dei, al que yo había oído mencionar alguna vez, vagamente; nos contó anécdotas de Isidoro Zorzano, un ingeniero que estaba en proceso de Beatificación... Nosotros estábamos muy afligidos con lo de Jorge, y nos dio una estampa de Isidoro para que le pidiéramos su curación.

El Opus Dei me interesó muchísimo. En aquella época me preguntaba qué quería Dios de mí, y asistía a Misa todos los días (cosa que entonces resultaba bastante corriente; en casa éramos varios de Misa diaria) y le pedía a Dios que me hiciese ver claro... Por eso comencé a bombardear a don Pedro con preguntas, hasta que descubrí que en el Opus Dei, en contra de lo que yo pensaba, también había mujeres...

Fue como si se abriera una ventana que hubiera estado cerrada durante mucho tiempo, como si empezara a vislumbrar un paisaje maravilloso... ¿Cómo era el Opus Dei? ¿En qué consistía? ¿Quién podía pertenecer? Obligué a don Pedro a mantener dos conversaciones a la vez, una con mis hermanos y otra conmigo. Sin embargo, a pesar del barullo, se le veía contento; y cuando se despidió, todos quedaron encantados. Todos... salvo yo, que me quedé muy, muy inquieta.

Me quedé muy inquieta porque don Pedro me había dicho, durante la conversación: 'Si tan interesada estás por conocer el Opus Dei, Margoth, ¿por qué no te vienes a México?' ¡México! ¡Qué locura! En aquella época las mujeres jóvenes tenían mucha menos libertad de movimientos que ahora, aunque yo había viajado, y había estudiado en la Catholic University, en Estados Unidos, junto con mi hermano Beto...

Empecé a preguntar a mis amigos sobre el Opus Dei. No lo conocían: 'Pero Margarita -se asustaban algunos- ¿cómo va usted a creer que uno se puede hacer santo en medio de tantos peligros del mundo?' Otros se hacían eco de todo tipo de chismes, aunque al final reconocían: 'Bueno; eso es lo que dicen, porque yo... no lo conozco'. Estaba perpleja: pensé en los santos laicos que ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia, Santo Tomás Moro, por ejemplo. Si otros habían podido, ¿por qué yo no?

Un día fui a Misa al Colegio de la Asunción, que quedaba cerca de casa. No conocía a ninguna de las monjas, y al terminar me llamó una: se había fijado en mí y quería preguntarme si no había pensado alguna vez entregarme a Dios... Era una monja vasca, joven, de unos treinta años... Cuando vi por dónde iban los tiros, le dije con franqueza: 'Mire: yo lo que estoy buscando es el Opus Dei. Pero no lo conozco'.

Qué sorprendentes son los caminos de Dios. Porque esa religiosa, Madre Ignacia, era hermana de don Julián Urbistondo, un sacerdote del Opus Dei; y le estaré eternamente agradecida, porque ella no hablaba de oídas, como los otros, sino con conocimiento de causa. '¿El Opus Dei? -exclamó- ¡Una maravilla!'.

Después de esa conversación concluí que si quería conocer el Opus Dei no podía ir preguntando por ahí: tenía que verlo con mis propios ojos. Pero ¿cómo? México, imposible. Guatemala, también. La única posibilidad que se me ocurría era... irme a estudiar a España. Mientras tanto, seguía rezando a Isidoro por la curación de Jorge, y un día le pedí con todas las fuerzas de mi alma:

-Isidoro: ¡arréglame un viaje a España!

¡Y vaya si me lo arregló! El solo hecho de plantearme cruzar el charco yo sola parecía un locura: si fuera para estudiar en la Catholic University, aún... No hacía más que cavilar: qué hago, cómo lo digo... No encontraba salida; y me imaginaba los comentarios de mi madre y mis hermanos, en cascada:

-¿Estás loca, hija mía?

-¿Estudiar en España? ¿Para qué? ¡Si fuera en los Estados Unidos!

-Pero Margoth, ¡Qué cosas dices!

...Es para morirse de risa la solución que encontré. Yo me he llevado muy bien con todos mis hermanos, pero con Roberto, como nacimos con año y medio de diferencia, he tenido siempre una relación especial. Nunca me había negado nada. Estaba a punto de casarse con Myriam y un día comentó en casa que habían decidido irse a Europa de viaje de novios. ¿Europa? ¡España! ¡Ahora o nunca!, pensé. Podía tomar el mismo barco que ellos para ir a España -¡por supuesto que no pensaba estar con ellos durante la luna de miel!-. Eso facilitaría las cosas. Le pregunté si le importaba que tomara el mismo barco.

-¡Qué nos va a importar, Margoth! -dijo Beto sin darle mucha importancia-. Al contrario: con mucho gusto.

Les iba a casar en principio un sacerdote de Montreal, pero les dijo que se había confundido al anotar la fecha y precisamente durante esos días se había comprometido para predicar un retiro... ¡en Rusia! Entonces Roberto habló con el nuncio, que le ofreció la capilla de la Nunciatura'. Pero allí no cabían los invitados. Al final acordaron que fuera en la iglesia de San Patricio de Washington. ¿Y el sacerdote? Cada vez que resolvían una dificultad, surgía otra. Hasta que un día vino el padre de Myriam y le preguntó a Roberto:

-Mirá, ¿qué te parece si os casa un ingeniero?

-No, don Carlos -se asustó Beto-: ¡yo quiero que nos case un cura, como a todo el mundo!

-No te preocupes -le dijo riéndose-. ¡Es que he hablado con un sacerdote que es ingeniero y está dispuesto a casaros!

Yo era dama de boda junto con Gabriel, el hermano de Myriam, y la víspera fuimos a ensayar la ceremonia. '¿No sabes? -me susurró Gabriel cuando estábamos ensayando- El sacerdote, es del Opus Dei', '¿Ah, sí?, exclamé yo, sorprendida de tanta coincidencia; y a continuación Gabriel me habló de la Obra con gran entusiasmo y me enseñó Camino. Se lo pedí: 'Ah, no; yo no me quedo sin este libro; si quieres te doy uno que se llama God's engineer sobre Isidoro Zorzano'.

El sacerdote se llamaba José Luis Múzquiz, y era uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Le pregunté si sabía de alguna residencia del Opus Dei en Madrid, y si conocía algún sacerdote con el que pudiera hablar allí... Me escribió una dirección en una tarjeta: Zurbarán; y debajo, un nombre: José María Hernández Garnica. Y así conocí en Washington -por una sucesión de casualidades verdaderamente providenciales- a don José Luis Múzquiz: el único sacerdote del Opus Dei que había entonces en los cincuenta Estados de Norteamérica.

Beto y Myriam se casaron, subí en el barco; y mientras atravesábamos el Atlántico me leí el libro sobre Isidoro de cabo a rabo... Yo hice mi vida en el barco, que era muy grande, totalmente aparte, aunque Roberto seguía velando por mí, desde lejos; no hay que olvidar que somos árabes...

Al llegar a Inglaterra me despedí de ellos; fui a París, tomé el avión para Madrid y ¡qué emoción cuando contemplé por primera vez desde el aire las llanuras inmensas de Castilla! Presentía que allá abajo me aguardaba algo verdaderamente grande. Algo que me atraía y al mismo tiempo me atemorizaba. Iba feliz, además, porque me encantaba viajar y conocer mundo. ¿Y a quién no, a los veinticinco años?

Es curioso. Iba contentísima, y en cuanto bajé del avión y me di cuenta de que estaba completamente sola, en un país desconocido, al otro lado del océano, sin mi madre y mis hermanos... no sé cómo describir lo que sentí. Estaba acostumbrada a una familia numerosa y experimenté una gran sensación de soledad. 'Bueno, ya estás en Madrid. ¿Y ahora qué?' me dije. Recogí mis valijas y pregunté a unas chicas de mi edad cómo se llegaba hasta la ciudad. Me dijeron que había un bus, y mientras platicábamos una de ellas, Mabel, que era de Oviedo, me dice:

-Mira; ya que no conoces a nadie en Madrid, por si acaso necesitas algo, te voy a dar la dirección de la residencia en la que vivimos. Apunta: calle Zurbarán, número 26.

Al oír aquel nombre me estremecí. Me temblaron las piernas: primero viene a mi casa don Pedro Casciaro; luego voy a Norteamérica y me encuentro con don José Luis Múzquiz; y ahora, esto... era como si Dios me señalara el camino... Me puse muy, pero que muy nerviosa.

-¡Ay, Zurbarán! -dije, disimulando-. Me suena, me suena esa dirección...

-¡Claro que te suena -se rió Mabel-, ¡Es un pintor muy famoso!

Yo no tenía ni la más remota idea de que Zurbarán fuera un pintor; ni si era famoso o no; mi cultura era mucho más americana; pero puse un gesto como de asentimiento, con la certeza de que todo aquello era de Dios.

Al día siguiente fui a Zurbarán. Era un casa antigua de tres pisos. 'Bueno -pensé, mientras pulsaba el timbre-, ya tengo un motivo para llegar de un modo natural: así no se notará demasiado el interés que tengo'.

Y al entrar allí... no sé cómo explicarlo; experimenté la íntima certeza de que había encontrado mi camino; intuí claramente que aquello era lo que Dios me pedía.... La casa me pareció algo oscura, porque yo estaba acostumbrada a la luz del trópico, y al color. Llevaba una falda estampada que debía delatarme, porque todas me decían, nada más verme: '¿Tú eres americana, verdad?'. '¿En qué lo habrán notado?', pensaba yo. Y me presentaron al sacerdote, don José María Hernández Garnica, que al verme vestida con tantos colorines, me preguntó de dónde venía.

-De El Salvador.

-¿Y quién te ha traído a esta casa?

Quería saber qué amiga me había invitado a venir; pero yo le dije lo que pensaba en lo más hondo de mi corazón:

-Mire don José María: a mí me ha traído Dios".

San Salvador. 8 de septiembre de 1958

Poco después, Margoth pidió la admisión en el Opus Dei. Mientras tanto su hermano Roberto acudía regularmente desde El Salvador a los medios de formación espiritual que se organizaban en Guatemala. Y siempre, antes de marchar, nos hacía la misma pregunta:

-¿Cuándo comenzarán en El Salvador?

A su insistencia había que sumar la de Mons. Giussepe Paupini, nuevo Nuncio de Guatemala y El Salvador, que apreciaba mucho al Opus Dei. Paupini, que llegó a Cardenal y Penitenciario Mayor de la Basílica de San Pedro (51) *, me recordaba en muchos rasgos a Verolino, aunque tenía un carácter -aparentemente- más severo y énergico. ...Tan enérgico, que a veces imponía respeto y hasta temor a los que no le conocían: era una de esas personalidades que desconciertan, hasta que se descubre... pero no adelantemos acontecimientos. Paupini estaba muy preocupado por la formación doctrinal de los universitarios salvadoreños y me insistía en que comenzáramos lo antes posible: "¡Tienen que ir a El Salvador!" me decía una y otra vez.

-Pero Monseñor -le explicaba yo-, ¡qué más quisiéramos! Pero no tenemos gente: en la Octava sólo vivimos cuatro personas...

No era Paupini persona que se conformase fácilmente con una negativa: removió Guatemala con Roma y Roma con Guatemala, y un buen día recibí un cable firmado por don Álvaro del Portillo, en el que me indicaba, de parte del Padre, que fuera a San Salvador lo antes posible para ver cuándo podíamos comenzar. Adiviné, tras aquel cable urgente, la mano inquieta de Paupini que, en vista de que conmigo había pinchado en hueso, se había dirigido directamente al Padre; y el Padre, como siempre, atendió enseguida las necesidades pastorales de la Iglesia.

Aunque me parecía desvestir a un santo para vestir a otro, hice las valijas y me vine a San Salvador principios de octubre de 1957 junto con Mons. Locatelli, secretario del Nuncio, para tantear el terreno. Al principio me alojé con el P. Mario Casariego, un hombre realmente singular.

Casariego había nacido en Figueras de Castropol, en Asturias, en 1909; y cuentan que tras quedarse huérfano cuando era niño, había venido a Quetzaltenango donde vivía un tío suyo. Pero al poco de llegar, murió su tío y se quedó en la calle, trabajando de limpiabotas. Tiempo más tarde se hizo somasco. (52) *

Pocos días después Roberto Simán me alojó en su casa, y me presentó a varios conocidos como Francisco de Sola, un judío que estaba dispuesto a ayudarnos. Hablé con este buen señor durante largo rato bajo el zas, zas monótono del ventilador -hacía un calor agobiante- y al salir a la calle, con el cambio de temperatura, pillé un resfriado morrocotudo que me tuvo en cama durante varios días. Una bromita del clima salvadoreño...

El Arzobispo de El Salvador, Mons. Luis Chávez y González, (53) * deseaba también que comenzáramos enseguida,y nos prometió todo tipo de ayudas; pero yo veía que, a pesar de la buena voluntad de todos, por mucho interés que tuvieran el Nuncio y el Arzobispo no había todavía suficientes personas del Opus Dei en Centroamérica: dejar dos en Guatemala y venirnos dos a El Salvador no era solución. Era como tener una mesa de cuatro patas y partirla por la mitad. Habría que pensar en duplicarse más que en dividirse. Lo comenté con Casariego, que me dio un buen consejo: "Escuche, hable con todos y pregunte. Después, si le parece que debe quedarse, se queda; y si no, se va".

Eso hice; y sintiéndolo mucho, al cabo de trece días regresé a Guatemala donde le expuse mi idea a Paupini, que me hizo ver contundentemente su disgusto, con toda la fortaleza de su carácter... Pero como sucede en las tormentas tropicales, al terminar el breve chaparrón lució el sol: comprendió mis razones, me invitó a cenar y estuvo afectuosísimo conmigo.

Así era Paupini: un hombre enérgico, con el corazón de oro y profundamente humilde. Una vez le invitamos a almorzar en un centro del Opus Dei y se empeñó en servirnos personalmente la comida. Solía hacerlo en muchos lugares donde le invitaban. Intentamos negarnos, pero no hubo modo: acabó sirviéndonos. Quería vivir a la letra el consejo evangélico: "no he venido a ser servido sino a servir".

Y poco después, conforme habíamos quedado, nos duplicamos. El 24 de agosto de 1958, le escribí a Roberto una carta informándole que ya estaban en Guatemala José Reig y Antonio Linares, dos sacerdotes del Opus Dei que habían venido de Europa para comenzar en El Salvador.

Antonio y José salieron de Madrid el 16 de agosto en un avión de la KLM. Tenían previsto venirse el día 15, fiesta de la Virgen, pero ese mismo día se estrelló otro avión de la compañía con todos los pasajeros en las costas de Irlanda y se retrasó el viaje... Fue una travesía realmente azarosa. Habían hecho escala en las Azores, las Bahamas, Caracas, Curaçao, Barranquilla, Panamá, San José de Costa Rica, Managua... Llegaron al fin, rendidos y agotados, al aeropuerto de Guatemala el día 18. Les recibí, junto con Enrique y el secretario del Nuncio, Mons. Locatelli, bajo una lluvia torrencial que había anegado el centro de la ciudad.

Poco después, el 8 de septiembre de 1958, fiesta de la Natividad de la Virgen, vinieron a buscarnos, para llevarnos a El Salvador, Roberto Simán, Federico -Fredy- Barillas, Tony Cladellas y Gabriel Siri, que había estado presente, de un modo u otro, en la historia de la labor en Centroamérica desde los comienzos: ¡quién le iba a decir, cuando hablamos en 1953, en el Colegio Mayor Moncloa de Madrid, y me dio la dirección de su futuro cuñado Roberto Simán, la aventura apasionante que estábamos viviendo!

Acompañé a José Reig a San Salvador. Antonio se incorporaría unos días después. Roberto Simán nos alojó en su casa y uno de esos días, cuando fui a celebrar Misa a la iglesia de San Francisco, le pedí que rezase de manera especial por una intención mía.

-¿Cuál era esa intención tan importante, don Antonio?, me preguntó al terminar.

-Pues mirá, Roberto... que pidas la admisión en el Opus Dei.

El 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, Roberto pidió la admisión. Era una gracia especialísima del Señor. ¡Hacía sólo seis días que habíamos comenzado la labor apostólica en El Salvador!

Y diez días más tarde, en otra fiesta de la Virgen, se decidió su amigo Fredy. Ese mismo día regresé a Guatemala y dos días después llegó a El Salvador Antonio Linares, con una fortísima insolación que le retuvo en cama durante varios días. Otra bromita del clima centroamericano...

Antes de irme, hablamos con el Arzobispo: nos dijo que se alegraba de que comenzáramos en el Salvador, pero, en contra de lo que nos había dicho, no podía ayudarnos en nada. Eso significaba que había que partir, de nuevo, de cero en todos los sentidos. La historia se repetía: Antonio y José deberían mantenerse colaborando en la parroquia del P. Urioste y el P. Duarte, dos párrocos jóvenes que los acogieron muy bien. Pero podían sólo eso: mantenerse. Quedaron en una situación provisional y precaria, al igual que José María y yo, cinco años atrás, en los comienzos de Guatemala.