Un cliché

 

Indice: Un mar sin orillas

Para comprender el alma de un pueblo no basta con leer las noticias de prensa o ver ciertos reportajes de televisión. Hay que estudiar su historia, vivir su presente día a día, compartir sus problemas, trabajar codo a codo con sus gentes. París es mucho más que su propio cliché: la Tour Eiffel, el esplendor medieval de Notre Dame, las tiendas de libros de las riveras del Sena, las escalinatas del Sacre Coeur...; Roma es mucho más que lo que alcanza a captar en cuatro o cinco días el turista apresurado: además del Vaticano, de los Foros y de los palacios del Renacimiento, están los barrios populares del Trastévere, con niños que juegan y artesanos que trabajan entre la ropa tendida, mientras un universo de gatos merodea por los tejados; y está la Roma moderna, la ciudad que se proyecta hacia el futuro; y tantas otras realidades que no salen en el "cliché".

Del mismo modo, El Salvador es mucho más que cierto "cliché" reductivo que han difundido profusamente algunos medios de comunicación. En este país hemos sufrido mucho con la violencia -la historia de Aníbal es sólo un botón de muestra- pero sería injusto ofrecer de este país sólo una imagen petrificada, anclada en el pasado, como una estatua de sal, cuando los salvadoreños caminan sendas de paz, y están avanzando con valentía hacia el futuro, demostrando al mundo su capacidad de superación y de progreso.

En las calles de San Salvador se manifiesta con fuerza el alma vibrante de este pueblo joven. Trabajadores, impulsivos, emprendedores, con gran capacidad de iniciativa y de entusiasmo, los "guanacos" tienen un carácter tan vivo como el color de sus casas, pintadas de amarillo, de rojo chillón o de verde esmeralda, o como el de su paisaje, paleta de mil tonalidades, siempre con un volcán al fondo.

Es un país pequeño con el alma grande: el más reducido en extensión de los países del Itsmo; el único que sólo tiene costa en el Pacífico; y el segundo de Centroamérica en el que comenzamos la labor apostólica del Opus Dei.