Ernesto Cofiño

 

Indice: Un mar sin orillas

UN HOMBRE JOVEN DE NOVENTA AÑOS

Dos "amigos"

He escrito antes que cuando el doctor Cofiño me entregó el radiograma en el que me comunicaban el fallecimiento del Padre, me sorprendió verle con el rostro demudado. Esto era muy poco habitual en él. Le recuerdo siempre sereno y alegre; con mucha vitalidad, energía y buen humor; y siempre, con un gran señorío natural...

"Es que el doctor era un gran señor -me corroboraba el Embajador Alejandro Deutschmann, con su verbo granado de diplomático-: Con esa expresión -gran señor- no me refiero al señor feudal, dueño de vidas y haciendas; ni al tirano de horca y cuchillo, que trataba de tú al rey; ni al vano ricachón advenedizo; o al pseudosabio prepotente que intenta imponerse... No; el señorío del doctor emanaba de su gran corazón: tenía un alma magnánima y actuaba siempre sin temores, sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte...".

Alejandro Deutschmann evoca la figura del doctor en el salón de su casa, rodeado por las fotografías de sus hijos. Habla con pulcritud, con mesura, meditando cada frase, como saboreándola antes de pronunciarla. Conoció al doctor desde su su infancia: "le recuerdo, en esta misma sala, durante los años cuarenta, brindando con mi padre con un copa de champán en la mano, por el fin de la Segunda Guerra Mundial. Me atendió abnegadamente cuando sufrí una herida grave en mi juventud; y he compartido con él muchas horas felices. Y alguna que otra amarga...

Ya sabe usted que yo solía acompañarle diariamente en las gestiones que hacía para pedir donativos para las necesidades de las labores apostólicas. Y la mañana de un jueves -tendría el doctor unos ochenta años- cuando íbamos a visitar a un señor, fuimos asaltados violentamente por dos hombres con el rostro descubierto. Abrieron la puerta de nuestro carro, nos encañonaron con un revólver, y nos ordenaron:

-¡Rápido, rápido! ¡Siéntense atrás!

Y nos robaron los documentos, los relojes, las medallas, los anillos... El doctor estaba sereno y guardaba silencio. Sólo vi que le brillaba una lágrima cuando le arrebataron su argolla de matrimonio, que tenía 60 años de no quitársela...

Yo pensé: 'aquí nos matan'... Pero no se atrevieron a matarnos directamente allí, porque estábamos a dos cuadras de una Estación de Policía. El que manejaba emprendió la marcha a toda velocidad, mientras que el otro, volteado hacia nosotros, nos apuntaba con el revólver.

Estaban agitados, inquietos, muy nerviosos. Daban vueltas y revueltas por las calles de la ciudad, sin saber qué hacer. Dudaban si dejarnos o matarnos... Yo estaba muy nervioso también. Hasta que el que iba delante gritó:

-¡Lo mejor será eliminarlos!

Y nos condujo hacia una calle solitaria.

Yo empecé a encomendar mi alma a Dios, temblando. Y dijo el que manejaba:

-¡Echátelos!

No olvidaré esa palabra en toda mi vida: echátelos significa mátalos, en el argot del hampa de Guatemala. Era nuestra condena de muerte.

Yo seguía temblando, pero vi que el doctor estaba sereno, rezando en voz baja, con gran sosiego... Aquello me sorprendió y me confortó profundamente. 'Nos van a matar -pensé-; pero si el doctor no tiene miedo a la muerte... ¿por qué voy a tenerlo yo? ¡Estos hombres van a abrirnos las puertas del Cielo! Dejo a mi mujer y mis hijos en las manos de Dios'.

-¡Cállese de una vez, viejo!, le ordenó uno de los asaltantes, entre insultos, al sentirle rezar. Pero el doctor siguió rezando...

-¡Cállese!, ¡Cállese, le estoy diciendo! le volvió a increpar.

Entonces, el doctor, con un señorío y una serenidad asombrosa, le respondió:

-Mire usted: yo siempre rezo; y ahora más, porque estoy rezando por ustedes, para que el Señor les ilumine.

Aquellas palabras me conmovieron profundamente. Y también debieron impresionar a nuestros asaltantes, porque el que nos encañonaba guardó la pistola y le dijo al que manejaba:

-¡Vámonos! ¡Los vamos a tirar en el camino!

Yo no daba crédito a mis ojos. Llegaron a una calle desierta, pararon el carro... ¡y el mismo tipo que nos iba a ejecutar pocos segundos antes, bajó, abrió la puerta, ayudó al doctor a salir y se despidió diciéndole: 'que le vaya bien doctor'! ¡Y hasta le alargó la mano para estrechársela!

-Amigo -le respondió el doctor- no le doy la mano ahora, porque va por mal camino. Rezaré mucho por ustedes dos para que encuentren a Dios; y cuando cambien de vida, entonces... tendré muchísimo gusto en darle la mano a usted y a su amigo.

Y no termina aquí la historia... Al día siguiente el doctor me llamó por teléfono para invitarme a una Misa en acción de gracias por habernos salvado la vida; y también para pedir a Dios que nuestros amigos cambiasen de vida...

Nueve pisos

Y esto -prosigue contándome el Embajador Deutschmann- no fue un momento excepcional de su existencia: yo siempre lo vi así, metido en Dios. Su conducta, sus palabras, su modo de actuar era el de un hombre que vivía constantemente en presencia de Dios. En su biblioteca se conservan, entre las páginas de sus libros de Medicina, muchas notas personales: y nunca falta una consideración espíritual, una jaculatoria que testimonia su trato continuo con Dios.

Recuerdo que un día nos avisó el tesorero de la Asociación de Amigos de Ciudad Vieja: 'Vengan, por favor, nos dijo, porque tenemos que solucionar un problema urgente. Hay que pagar una deuda importante antes de treinta días'. Fui con el doctor, que tendría entonces unos ochenta años. Y durante la reunión empezamos a pensar que podíamos hacer.

'¿Y si organizamos un curso -nos propuso el doctor- de especialización de ingenieros en el área azucarera, y les pedimos a los profesores que den las clases ad honorem, en favor de Ciudad Vieja?'

Nos pareció una gran idea. Ese curso, además de sacarnos del apuro económico, respondía a una necesidad real del país. Decidimos que antes de organizarlo debíamos hablar con el Presidente de la Asociación de Azucareros. 'Muy bien. Pues mañana mismo -me dijo el doctor- comenzamos el plan'.

Y al día siguiente, por la mañana, fuimos a la sede de la Asociación de Azucareros. Pero al entrar en el edificio nos dijeron que los dos elevadores estaban en mantenimiento y no funcionaban... ¡y la sede de la Asociación estaba en la novena planta! 'No se preocupen, porque en la tarde ya estarán arreglados', nos aseguró una persona que trabajaba allí. Yo pensaba posponer la visita, pero el doctor comenzó a subir las escaleras:

-¡Hombre -me animó-, no te aflijas! ¡Son sólo nueve pisos, vamos!

Me quedé indeciso, sin saber qué hacer; y ya llevaba el doctor un buen tramo de escaleras cuando decidí subir. Al llegar al tercer piso se detuvo en un descansillo y me preguntó, con aquella gran confianza que me tenía (me conocía desde que yo era niño):

-¿Qué haces?

-Pues... subo las escaleras, doctor -le dije, jadeando.

-¿Sólo, sólo eso? ¿No te recuerdas lo que nos dijo don Julio?

Yo estaba agotado y resoplando; no podía ni con mi alma, y no entendí en un primer momento a qué don Julio se refería... Hasta que comprendí que se trataba de don Julio Ortiz, el sacerdote que nos había predicado el retiro el día anterior.

-¿Pero no te acuerdas -siguió diciéndome, para explicarme el porqué de aquella subida- que don Julio nos decía que debíamos aprovechar todo lo que nos costara para ofrecérselo a Dios... y que debíamos pedirle vocaciones diciéndole: ¡Almas, Señor! ¡Que son para Ti, que son para Tu gloria!...? ¡Pues eso es lo que tenemos que pedir en cada escalón! ¡Almas! ¡Que cada escalón represente un alma para el Señor! (47) *

Y así, penosamente, uno tras otro, subió los nueve pisos. Hay que pensar en el esfuerzo que eso supone para una persona de su edad... Llegó agotado (¡igual que yo, que tenía bastantes años menos!) y tuvo que descansar unos quince minutos. Y cuando se repuso hizo la petición para Ciudad Vieja, como había previsto...

Una curiosa "jubilación"

Le cuento esto -continúa Deutschmann- porque refleja, a mi juicio, su capacidad de entrega: era un hombre sin medida en la entrega a los demás; y un hombre sin medida en el amor a Dios... Antes de jubilarse le aconsejaron: 'doctor, tiene que dejar alguna de sus multiples actividades y descansar...' 'Muy bien, muy bien -dijo- voy a dejar mi trabajo en el Hospital General y en la Cátedra de Pediatría'. (Lo hizo, además, porque se daba cuenta de que le empezaba a fallar la vista y ya no podía trabajar como antes.)

¿Pero qué hizo entonces? ¿Tenderse en la hamaca y leer el periódico durante toda la mañana como tantos jubilados de su edad? No; se dedicó a colaborar con Cáritas de Guatemala, de la que fue director durante cinco años, y organizó la distribución de alimentos para unas noventa mil personas de escasos recursos...

Yo le recuerdo siempre así: trabajando en servicio de los demás, con un gran afán por servir a la Iglesia, olvidado de sí mismo, sin importarle el trato que recibía.

Como había hecho tanto bien en toda Guatemala, y le conocían tantísimas personas, habitualmente le acogían con los brazos abiertos: 'Pase, pase, doctor: ¿no recuerda que yo estuve en su consulta cuando era un patojo?' Pero siempre hay excepciones. En una ocasión visitamos a un señor para pedirle un donativo para una labor apostólica, y la secretaria no sólo no nos dejó verle, sino que le dijo al doctor que se fuera de forma muy grosera. Yo me indigné ¡cómo era posible que alguien tratase al doctor de ese modo! Pero me contuve, porque él, antes de irse, le indicó pacientemente:

-Mire: aquí le anoto los nombres de estos dos doctores. Le aconsejo que vaya a verlos lo antes posible

Eso lo hacía siempre; cuando pedía un donativo aprovechaba la circunstancia para ayudar espiritualmente a la persona que se lo daba. Buscaba sobre todo el bien de las almas... Y a los pocos meses me propuso visitar de nuevo a aquel señor. 'Pero, cómo -le dije- ¿no recuerda como nos trató la secretaria de aquel señor?'

Pero era tan humilde que aquel desaire no le importó en absoluto. Y fuimos para allá... Al llegar, di un respiro de alivio: habían cambiado de secretaria. 'Esperen un momento, nos dijo la nueva, porque ahora mismo les recibirá la gerente'. Y llegó la gerente que era... ¡la secretaria anterior!

-¡Doctor! -dijo emocionada- ¡Al fin le vuelvo a ver! Le estoy agradecísima porque me ha salvado la vida: fui a consultar a uno de los médicos que usted me aconsejó, y me dijo que, aunque yo no lo supiera, padecía una enfermedad muy grave; y ya me han curado; estaba a punto de separarme y me he reconciliado con mi esposo; y estaba a punto de perder este trabajo y me han ascendido a gerente...

Fui testigo de muchos casos parecidos, porque todos los días, de lunes a viernes, salía a pedir ayudas para Kinal, Junkabal, Zunil o Ciudad Vieja; y aprovechaba cada una de esas entrevistas para acercar aquellas personas a Dios,

Este era su plan de vida a los ochenta años: a las cinco de la mañana se levantaba, hacía un rato de oración y se iba a Misa. Regresaba a su casa, desayunaba, se ponía su traje de deporte y hacía footing por las calles; pero como nos daba miedo que se cayera le aconsejamos que corriera en unos campos de deporte cercanos. A las nueve y media de la mañana nos presentábamos en su casa Enrique o yo, y le acompañábamos a hacer diversas gestiones para las labores apostólicas.

A la una regresaba a su casa, rezando el Rosario en su carro. Comía y tras de un descanso brevísimo, de unos veinte minutos, preparaba sus charlas de formación cristiana. Es curioso: después de tantísimos años, preparaba esas charlas y esos círculos como si fuera la primera vez: consultaba el Catecismo de la Doctrina Católica, buscaba bibliografía, apuntaba las anécdotas... Para él cada círculo era especial, único. Casi todos los días de la semana daba uno. Hablaba de filiación divina, de caridad, de amor a la Iglesia, de amor a la Virgen, de la santificación del trabajo... Asistían sus amigos, que eran por lo general señores de bastante edad. '¡Entre todos -dijo una vez, bromeando- sumamos más de mil años!'. Alguno era paralítico y acudía en silla de ruedas. Hizo poner una rampa especial en la puerta de su casa para que pudiera subir mejor.

Luego cenaba; charlaba con sus hijos y con sus nietos, y se retiraba a su habitación, donde rezaba un buen rato antes de acostarse.

Hablaba con gran elocuencia, con mucha fuerza y simpatía, y se esforzó por responder siempre a los retos de su tiempo, viviendo siempre en presente, sin nostalgias, sin mirar al pasado. Por ejemplo, cuando se comenzó a hablar del aborto, no se quedó cruzado de brazos: habló con unos y con otros, impulsó iniciativas, organizó conferencias, y fue a muchos lugares para hablar en favor de la vida.

Emocionaba oírle hablar de Dios. Su palabra conmovía, arrastraba, estimulaba a querer al Señor de un modo especial. Y trataba a todo tipo de personas, a señores de su misma edad, a gente joven...

Recuerdo que Gysela -la esposa de José Luis, su hijo menor- no era católica antes de casarse. Pero el doctor habló con ella y le explicó, con un gran respeto hacia su libertad, las dudas que tenía. Eso facilitó que ella decidiera acercarse a la fe, y más tarde, convertirse; el doctor la fue preparando para su ingreso en la Iglesia, con aquel cariño, con aquella simpatía, con aquel don de lenguas extraordinario...

Cuando José Luis y Gysela se casaron, querían que se quedara a vivir con ellos. Pero el doctor se resistía, porque deseaba que organizaran su vida con libertad... Amaba mucho la libertad. Pero le insistieron y al final, cedió. Y como era tan profundamente humilde, a sus 82 años, a pesar de llevar tantos años gobernando su hogar -Clemencia, su esposa, había fallecido muchos años antes-, dejó que Gysela, su joven nuera, tomara todas las riendas de la casa. Y Gysela quitaba y ponía los muebles, y cambiaba las cortinas, y colocaba esto aquí y esto allí, como cualquier recién casada; y el doctor asumía la nueva situación sonriente, alegre, sin protestar jamás por nada...

Era un cocinero expertísimo -le encantaba preparar unas magníficas ensaladas al estilo francés para agasajar a sus amigos- y todo lo que le preparaba Gysela, que daba sus primeros pasos en la cocina, le parecía delicioso. No tenía caprichos, ni manías...

Tuvieron una vida profundamente feliz los tres juntos ¡contra todos los pronósticos! 'Es que papá -me contaba José Luis- no era un viejito de 82 años al que hubiera que solear todas las mañanas, sino un hombre de corazón joven que soñaba constantemente con hacer cosas nuevas para hacer el bien a los demás, y que estaba trabajando todo el día!'

Tenía una mirada... No sé como explicarlo, pero cuando hablaba con la gente llegaba a lo más hondo. Y siempre encontraba una forma simpática y amable para acercar a las personas a Dios. Decía la verdad, con gracia, con cariño. pero eso sí: ¡no se callaba nada! Y la gente le quería muchísimo. ¿Cómo le llora usted tanto, le preguntaron una vez a un amigo suyo, si a cada rato estaba corrigiéndole esto y aquello?

-Es que el doctor me corregía mucho -decía- ¡porque me quería mucho!

Esa era una característica suya: ¡sabía querer! Tenía un corazón grande y generoso. Y quería a Dios y a los demás con toda el alma. Nunca tuvo rencores; y perdonó a todos los que habían maltratado en el pasado, ayudándolos en todo momento. Me contaba el doctor De la Riva, un médico amigo suyo, que en una ocasión el doctor invitó a almorzar a Ciudad Vieja y trató con gran afecto a una persona que le había calumniado en el pasado duramente a través de la prensa.

También me contó el doctor De la Riva que cuando él era un médico joven, recién regresado del extranjero, sin medios económicos para casarse, el doctor hipotecó su casa para prestarle el dinero. Y eso no fue un caso aislado: lo hizo con varias personas. Son cosas que nunca se olvidan...

"Ha dejado -decía el doctor de la Riva- una huella imborrable. En todo sentido: como maestro, como médico y como educador. El Sumo Pontífice le nombró Caballero de San Silvestre; Francia le distinguió como Caballero de la Legión de Honor, y en Guatemala recibió homenajes muy merecidos como la Medalla Universitaria y tantas condecoraciones que si las pusiéramos en una pared necesitaríamos muchas para poner todos los galardones que recibió en su vida. Y sin embargo, fue siempre muy humilde: nunca se jactaba de nada. Era un hombre de una gran bondad que daba de lo que tenía a manos llenas".

Esa capacidad para querer explica algo de su optimismo y de su alegría desbordante. Porque parecía como si a medida que pasaban los años, el amor a Dios le fuera rejuveneciendo... siempre miraba hacia adelante, hacia el futuro... cada vez con más empuje apostólico... cada vez más alegre, más animoso... sin protestar, sin quejarse de nada. Nunca envejeció por dentro. A medida que fueron pasando los años se fue adaptando a las nuevas modas y costumbres, cosa muy rara en un hombre que había nacido en 1899. Se desvivía para hacer felices a los demás. Me contaba José Luis que los fines de semana, cuando tenía noventa años, iban al campo y montaba con él en la moto, y le acompañaba a cortar moras a la montaña, y se bañaba en el río, siempre contento, siempre alegre, siempre feliz...".