4 de febrero de 1976

Indice: Un mar sin orillas

LA CARREÑA

Tres de la madrugada

El martes 3 de febrero de 1976, me acosté en torno a las diez de la noche, tras un día normal de trabajo. Pocas horas después, a las tres de la madrugada, me despertó el estruendo aterrador de un terremoto.

Me quedé aturdido. Todo se movía y trepidaba a mi alrededor como si una gigantesca "Carreña", aquella fuente andaluza de mi infancia, hubiese estallado bajo mis pies. Intenté levantarme, pero no lograba mantener el equilibrio. No había luz eléctrica y era peligroso caminar: los cuadros de la habitación se habían quebrado y el suelo estaba lleno de vidrios rotos. Y continuaban las sacudidas: una, otra, otra, otra... Al fin logré salir al jardín, donde comprobé que, gracias a Dios, estábamos todos sanos y salvos. Todos, no...

-¿Y Enrique? ¿Dónde está Enrique?

Comenzamos a gritar, angustiados, bajo la ventana de su habitación. Al oírnos bajó enseguida. Sereno como siempre, y acostumbrado a los terremotos, no le había dado demasiada importancia al ruido...

Cuando todo pareció calmarse, entré en la casa y agarré el teléfono y comencé a llamar a cada uno de los centros: Ciudad Vieja, Once Calle... Gracias a Dios, a nadie le había pasado nada. Pero de Altavista, donde había un grupo de señoras haciendo un retiro, no contestaban. Telefoneé una y otra vez. Poco después me comunicaron que algunos de sus maridos habían conseguido llegar caminando hasta allí a través de las ruinas de Mixco, y se encontraban todas bien.

Con las primeras luces del día llegaron las primeras noticias: el terremoto, de 7.5 a 7.9 en la escala de Richter, había desgarrado violentamente el país, de parte a parte, provocando una larguísima hendidura de más de doscientos kilómetros, desde la frontera de México hasta la de Honduras. Grandes zonas de la capital habían quedado destruidas. Pueblos enteros, como El Progreso, Comalapa, San Martín Jilotepeque o Tecpán, estaban enteramente en ruinas; y se multiplicaban por las calles las escenas de dolor.

Regiones enteras, como Joyabaj o Salamá, estaban incomunicadas. Todo era caos, angustia, confusión. Se habían producido tantas defunciones que los jueces no daban abasto: dijeron que bastaba con notificarlas. Y se dieron numerosos casos de heroísmo, como el de aquella muchacha que se dio cuenta, cuando ya estaba en la calle, que se había quedado un niño dormido en el interior de la casa. Subió, lo rescató y logró salvarlo arrojándolo por la ventana. Pocos segundos después el edificio entero se desplomó sobre ella.

Miles de personas vagaban por las calles, sin rumbo, buscando familiares, amigos, conocidos... Aquí, allá, casas derrumbadas, ruinas, paredes caídas, incendios... y una confusión de sirenas estridentes y gritos y llantos por muertos, por heridos, por los que permanecían sepultados bajo los escombros. Una capa cenicienta de polvo, triste y mortecina, lo cubría todo.

Más de un millón de personas quedaron sin hogar; y el número de víctimas se iba incrementando hora tras hora: diez, quince, veinte mil... Se calcula que murieron unas 22.000 personas y que hubo unos 76.000 heridos.

Pasaban las horas y la angustia no cesaba: durante el miércoles y el jueves se produjeron centenares de pequeños temblores. Hasta que a las doce y cuarto del mediodía del viernes 6 de febrero, cuando comenzábamos a recobrarnos... se desencadenó otro terremoto. Duró 25 segundos y alcanzó 4.5 grados según la escala de Mercalli. Este segundo terremoto terminó de tirar las casas medio derruidas y provocó el pánico general. Más muertos. Más heridos. Más destrucción.

Gracias a Dios a nadie del Opus Dei le sucedió nada, pero tuvimos que lamentar la pérdida de muchos amigos y familiares, como las hermanas de Marta y Rosenda, dos mujeres del Opus Dei. Experimentamos durante esos días la intercesión del Padre en carne propia. Juan Carlos me contó que ese viernes, cuando viajaba en camioneta de Guatemala a Antigua con siete personas más, sintió un dolor muy fuerte en una pierna y decidió bajarse. La camioneta arrancó de nuevo y cuando había recorrido algunos metros Juan contempló, horrorizado, cómo se derrumbaba parte de la montaña sepultando completamente la camioneta con sus ocupantes.

"Durante el terremoto -nos contaba Roberto- mi suegra quedó aprisionada entre los escombros. Estuve intentando sacarla, ayudado por mi mujer, durante dos horas, mientras le pedía al Padre que intercediera por nosotros. Al fin logramos rescatarla ilesa".

Fue un tiempo de dolor e incertidumbre, en el que cada uno hizo lo que estuvo en su mano para ayudar a los demás en sus necesidades. Los sacerdotes atendimos espiritualmente a centenares de personas y surgieron muchas iniciativas; por ejemplo, los residentes de Ciudad Vieja promovieron diversas actividades de ayuda a los damnificados y de reconstrucción de edificios.

La ciudad de Guatemala no había padecido un desastre semejante desde el día de Navidad de 1917. Y en los tres meses siguientes se produjeron casi dos mil temblores más.

Una carta de don Álvaro

Como consecuencia de los terremotos la mayoría de las comunicaciones quedaron cortadas. Tras muchos intentos fallidos, don Álvaro del Portillo, que había sucedido al Padre al frente del Opus Dei, logró ponerse en contacto con nosotros en la madrugada del día 6 de febrero. Una de las primeras llamadas telefónicas que se recibieron en Guatemala desde el extranjero fue la suya. Pocos días después nos envió una carta llena de cariño y de afecto paternal:

Nuestro Señor -El sabe por qué- ha enviado una tremenda prueba a vuestra Nación, con esos espantosos terremotos. En cuanto nos llegó la noticia, hemos estado muy unidos a vosotros, y seguimos todos -en todo el mundo: los hijos y las hijas que me ha dejado nuestro Padre, esparcidos por los cinco Continentes- muy pegados a los guatemaltecos. La oración habrá sido, y sigue siendo, constante. Nunca habréis recibido tantos refuerzos espirituales, como ahora. Esta Familia maravillosa que constituimos, ha cerrado filas alrededor de vosotros, para sosteneros con la oración, con los sacrificios, con el cariño sentidísimo.

Yo os pido que sepáis ver, en todo, la Mano amorosa de Dios -aunque no podamos comprender los divinos designios- y que estéis seguros de que el Señor, que es Padre amorosísimo, hará como siempre: sacar del mal, bien; y del mucho mal, mucho bien.

Y concluía: Nuestro Padre, desde el Cielo, os ayudará de un modo muy especial: os lo aseguro en su nombre. Yo he ofrecido varias veces la Santa Misa por Guatemala y por vosotros, acudiendo a la intercesión de nuestro queridísimo y santo Fundador: y he ofrecido sufragios por las hermanas de Marta y Rosenda. Sufragios especialísimos, porque sufragios los he hecho por todas las víctimas.