Una bendición para el Cardenal

 

Indice: Un mar sin orillas

Cuando regresó de El Salvador, el Cardenal vino directamente a casa para cenar con el Padre. Luego tuvimos un rato de tertulia en la que estaban don Álvaro, don Javier Echevarría, Víctor del Valle, Enrique Fernández del Castillo, Julio Ortíz... El Cardenal le trajo al Padre como regalo unos objetos que habían pertenecido al Cardenal Dell'Acqua, a quien el Padre apreciaba mucho: una chalina y dos bufandas.

-Déjeme -le dijo el Cardenal, mientras le ponía la chalina-. ¡Son los hijos los que deben vestir al Padre! Y ahora quiero... que me dé la bendición.

Y se puso de rodillas.

Se me hizo un nudo en la garganta. No supe qué hacer. El Padre se arrodilló también a su lado y estuvo así unos instantes, hasta que, ante la insistencia del Cardenal, que seguía de rodillas, le hizo la señal de la cruz sobre la frente.

Prosiguió la tertulia. Por las ventanas entreabiertas se escuchaban voces jóvenes que entonaban una serenata en honor del Padre, entre un rasgueo alegre de guitarras. Al oír aquello dijo el Cardenal:

-Padre: han venido millares de personas con la ilusión de verle. ¿Qué le parece si mañana en el aeropuerto, antes de irse, les da la bendición?

* * *

El domingo por la mañana vino el Cardenal de nuevo para acompañarle hasta el aeropuerto. El Padre fue al Oratorio para despedirse del Santísimo y comenzó a recitar la oración de viaje:

Beata Maria intercedente... que por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María...

En ese momento el Cardenal se puso de nuevo de rodillas a sus pies. Estábamos a su lado Gustavo González -un joven sacerdote del Opus Dei-y yo. El Cardenal, mirando al sagrario y señalándonos a nosotros, le dijo:

-Padre: delante de Jesús Sacramentado y de sus hijos, le pido la bendición. Ahora no me la puede negar...

A continuación se despojó del solideo e inclinó la cabeza. El Padre, confundido, le dio humildemente la bendición. Y al terminar comentó:

-¡Este Mario...! ¡Este Mario consigue de mí lo que no consigue nadie!

Cuando llegamos al aeropuerto de la Aurora en el carro que manejaba Víctor vimos que aguardaban al Padre miles y miles de personas, en las salas del aeropuerto, en los pasillos, tras los ventanales y algunos, en la misma pista de aterrizaje. Muchos habían viajado desde diversos puntos de de Centroamérica, desde El Salvador y Costa Rica; otros habían venido desde México, Colombia y Estados Unidos. Estaban expectantes: sabían que era un momento único e irrepetible de sus vidas.

Al ver aquella multitud el Padre se quedó en silencio, absorto, recogido en oración, y profundamente emocionado.

-¡Bendígalos! -le animó el Cardenal-. ¡Bendíganos Padre!

No quiso hacerlo hasta que el Cardenal alzó la mano para dar la bendición; entonces se unió a él, y al unísono, bendijeron a la multitud.

Me puse de rodillas; el Padre me hizo en la frente la señal de la cruz, y subió las escalerillas del avión entre el cariño de la muchedumbre que le rodeaba.

Pocos minutos después el avión se perdía en el azul intenso del cielo de Guatemala. Era el 23 de febrero de 1975.

Fue la última vez que le vi.