El cesto y los rascacielos

 

Indice: Un mar sin orillas

El día siguiente, durante otro breve encuentro en Ciudad Vieja, el Padre nos siguió hablando de apostolado y de confianza en Dios. Evocó su primer círculo, la primera clase de formación cristiana para estudiantes que dio en 1933. Había invitado a muchos y acudieron... sólo tres. "¡Tres! ¿Qué hice? -nos dijo con fuerza- ¡Me alegré muchísimo! ¡Fui, feliz, a darles el círculo!".

Se le veía muy contento de estar entre nosotros, pero su voz acusaba, cada vez más, la fatiga y el cansancio. "Fui a la capilla -seguía contándonos- con aquellos muchachos, tomé al Señor Sacramentado en la custodia... lo alcé, bendije a aquellos tres... y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones... Blancos, negros, amarillos... ¡de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano pueda hacer! Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo. Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso".

Entonces Julio Ortiz, un joven profesional guatemalteco que tiempo después se ordenó sacerdote, se alzó sonriendo -lo recuerdo como si fuera ahora, con su bigote y su corbata a cuadros- y le dijo la alegría que sentíamos por tenerle aquel día en Guatemala, en la fecha en que don Álvaro celebraba su santo.

Al escuchar aquello, el Padre se volvió hacia don Álvaro y le dedicó un aplauso entrañable y cariñoso, mientras don Álvaro señalaba a Julio, divertido, con ademán de protesta. En los centros del Opus Dei se guarda, como recuerdo, la fotografía que recoge este momento: es una manifestación plástica de la profunda unión entre el Padre y su primer sucesor.

Siguieron las preguntas: sobre el trabajo, la humildad o la devoción a San José: "El nos ha enseñado -dijo el Padre- el valor del trabajo ordinario, que es el medio humano de santificación que tenemos al alcance de la mano: hacer lo de todos los días, lo de cada hora, lo de cada minuto, con cariño. Con ganas y sin ganas, pero con cariño. ¡Con ganas y sin ganas, pero lo mejor posible! Con ganas y sin ganas, pero de manera que lo podamos ofrecer al Señor... Lo mismo si es un rascacielos, de ésos que levanta Víctor por aquí, como si es un cestillo de mimbre que teje una hijita mía, indita".

Y concluyó con muchísima fuerza:

-¡Tanto me da el rascacielos, como el cesto, si están hechos con amor!

A partir de ese momento fue empeorando de salud a ojos vistas. Llegó el momento en que ya no pudo recibir más visitas. Sin embargo, quiso hacer una excepción con don Samuel Camhi, que nada más verle le dio un gran abrazo. El Padre le explicó que, como estaba resfriado, temía contagiarle. 'No me importa -exclamó don Samuel afectuosamente-. ¡Si el catarro viene de usted, bendito sea!'. Y le recordó un antiguo dicho de su tierra: "el corazón de un amigo es como un espejo en donde el cariño de uno se refleja perfectamente en el otro".

Fue un encuentro muy afectuoso. El Padre le dijo que le miraba con especial simpatía porque era hebreo, como los tres grandes amores de su vida: Jesús, María y José. "Para mí la vida es rezar y trabajar -explicó-. Nunca he entendido a alguien que no trabaje". Y concluyó: "Yo soy servidor de todos. Mi mayor orgullo es servir; quiero servir. Algunas veces no sabré cómo hacerlo, pero aprendo".

Le explicó también que parte de la misión de las mujeres y los hombres del Opus Dei consiste en capacitar a las personas para trabajar, promocionando los que están más necesitados y mostrando a todos la dignidad de cualquier trabajo honrado: "No hay trabajos de poca monta. Todos tienen la misma categoría. Siempre repito lo mismo: ¡la categoría del trabajo depende de quien lo realiza, del amor de Dios que ponga al hacerlo! En el Opus Dei hay que trabajar, mucho, mucho. Mi mayor orgullo es dedicarme al trabajo, porque es un medio de servir a Dios. Yo sirvo a todas las almas y a veces en ese servicio llego a la noche cansadito...".

Al día siguiente, sábado, quiso levantarse por la mañana para celebrar la Santa Misa, pero don Javier Echevarría, al ver su estado de salud, le aconsejó que se quedara en la cama, y se suspendieron todos los encuentros que estaban previstos para aquellos días.

Precisamente aquel día, 22 de febrero, se cumplía el 22 aniversario de mi ordenación sacerdotal, y estuve acompañándole durante toda la mañana. La habitación estaba en una leve penumbra para que la luz no le molestara y conversábamos en voz muy baja, con grandes intervalos de silencio.

Había pasado un cuarto de siglo desde que le conocí. A comienzos de los años cincuenta, cuando nos reuníamos en "el tranvía" de Diego de León nos hablaba, lleno de vigor y de entusiasmo, de las maravillas que Dios quería hacer por medio de nosotros si éramos fieles... Ahora, veinticinco años después, seguía hablándonos con el mismo entusiasmo, con la misma fe, con la misma esperanza -¡el Cielo está empeñado en que la Obra se realice! nos decía-... aunque se le veía fatigado, exprimido como un limón, molido por el cansancio, con todo el peso de una vida gastada por amor a Dios... En su rostro se advertían las huellas físicas de tantos años de entrega abnegada. Y en un determinado momento me dijo, en tono de confidencia, pensando en tantas personas que habían acudido para verle:

-Perdóname hijo mío. Soy un estropajo. No hago más que estorbar. Lo he estropeado todo.

Estaba apenado por no poder predicar: "He venido para hablar y tengo que estar callado... ¡Paciencia!". Pero aceptó enseguida la Voluntad de Dios: "lo he ofrecido todo al Señor por la labor en estas tierras". Y dio tres consejos para los centroamericanos del Opus Dei.

El primer consejo es que amáramos la Cruz, porque nada sale adelante sin sacrificio: hay que saberse decir no a uno mismo para poder decir sí a Dios.

En segundo lugar nos recomendó que dedicáramos los mejores momentos del día para tratar al Señor: que le ofreciéramos el sacrificio de Abel.

Y su tercer consejo fue que tuviéramos siempre ideales grandes. Y dijo estas palabras que considero el testamento espiritual del Padre para sus hijos de Centroamérica:

-Yo tengo que deciros, hijos, que el Señor, en estos momentos tan duros para la Iglesia, está bendiciendo a la Obra como nunca. El conjunto de la Obra va aumentando. Ahora, es conveniente que no os conforméis con poco aumento. Tiene que ser mucho el aumento. Será mucho el aumento si vosotros amáis mucho a Nuestro Señor; si os portáis como lo que sois: como enamorados de Jesucristo; como hijos de Santa María; si tenéis esa devoción a San José que yo quiero que tengáis; si os acostumbráis a acudir a los Angeles Custodios como cómplices.

Veréis que todo saldrá, ¡todo!