Una visita esperada

 

Indice: Un mar sin orillas

-¡Padre! exclamó el Cardenal Casariego nada más verle- ¡Al fin cumple su promesa!

Aquel sábado 15 de febrero de 1975 el Cardenal estaba exultante, igual que todos nosotros: por fin, después de tantos años de espera, llegaba el Padre a Guatemala.

-La Iglesia en Guatemala -le dijo el Cardenal- se siente muy contenta de tenerlo aquí.

El Padre, al que acompañaban don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, llegó muy fatigado al aeropuerto de la Aurora. Venía desde Venezuela, y el vuelo se había demorado más de seis horas. Habían tenido que soportar una larga parada de reabastecimiento en Panamá, donde no les dejaron salir del avión, y estuvieron una hora dentro del aparato, pasando mucho calor, porque no tenía refrigeración. Y después, otras dos horas más de viaje hasta Guatemala. Había sido una travesía tan penosa que el Padre me dijo, bromeando, tras abrazarme:

-Antonio: la próxima vez me vengo a nado, por el mar... ¡aunque haya tiburones!

El Cardenal quiso acompañar al Padre en el carro que manejaba Víctor hasta nuestro centro de la Avenida de la Reforma: una casa blanca, de estilo colonial, con ventanas lobuladas, rodeada por un jardincillo con palmeras, cipreses y aguacates. Al Padre le gustó mucho la casa, porque era alegre, sencilla y luminosa. Le agradó especialmente una pintura de San José que le mostramos, uno de los primeros cuadros que compramos al llegar aquí, y nos alentó a tener mucha devoción al Santo Patriarca.

Aunque estaba agotado por el viaje, no se retiró a descansar: sabía que el Cardenal marchaba al día siguiente a El Salvador y le invitó a cenar aquella misma noche. Fue un encuentro muy cordial.

-Padre -le dijo el Cardenal al despedirse-, le voy a dejar para que esté con sus hijos, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles y el jueves; pero el viernes voy a venir a darle la lata. Y le repito que la Iglesia en Guatemala y su Arzobispo están felices de tenerle con nosotros.

Tuvimos luego una breve tertulia, en la que uno le recordó lo que le había oído decir veinticuatro años antes, en Madrid: muy pronto -nos aseguró- veríamos el "mar sin orillas" de la labor apostólica.

-Y lo estáis viendo, ¿verdad, hijo mío? -comentó el Padre-. Estamos en Africa, en Asia, en Europa, en Oceanía y en América...

Mientras le escuchaba me parecía un sueño tenerle allí, entre nosotros, en aquella sala de estar de sillones verdes, presidida por un lienzo de Santo Tomás Moro, rodeado por tantos objetos entrañables: el primer ejemplar de Camino que trajimos en 1953; la fotografía de los tres primeros sacerdotes -don Álvaro, don José María, don José Luis- (los tres estuvieron en Guatemala); el retrato de su hermana -a la que siempre llamamos Tía Carmen- que tanto rezó por nosotros... Éramos conscientes de que vivíamos momentos históricos, y estábamos felices.