Vicente y el Centro Agropecuario

 

Indice: Un mar sin orillas

Desde entonces hasta ahora... ¡cuántas iniciativas y proyectos han ido realizándose en estas tierras! Uno entre muchos es el centro Agropecuario Utz Tzamaj, otro viejo sueño convertido en realidad.

Ya he contado que en 1956, cuando no pudimos llevar a cabo, por falta de brazos, una iniciativa con los indígenas de Santa María Cauqué, el Padre me dijo que no me preocupara: en el futuro -me aseguró- con el desarrollo de la labor apostólica, los hombres y mujeres del Opus Dei sacarían adelante, con la ayuda de muchas personas, numerosas iniciativas en el medio rural y en el mundo indígena.

"Este trabajo se hará, con el tiempo -nos dijo en 1969- en todo el mundo, para que en el campo haya la misma altura económica y cultural, la misma vida cristiana, que en las ciudades. Hay que dar a las gentes del campo los medios para cultivar la tierra, para criar ganado... y para formar hogares maravillosos, donde no pasen por el agobio de no tener qué comer y de no tener instrucción".

En 1990 Eduardo Matheu, un cooperador del Opus Dei animoso y entusiasta, muy querido por los campesinos del Altiplano, me invitó a visitar unos terrenos de su finca Vista Bella, junto al Molino de Tecpán, que tantos recuerdos me evocaba. Allí fue donde hablábamos, en 1958, el doctor Cofiño, Walter, Alfredo, Manolo Lara, Julio Matheu y algunos más, sobre la implantación del Opus Dei en toda Centroamérica.

Eduardo me dijo que quería donar parte de su finca para el futuro Centro Agropecuario; y que deseaba contribuir activa y personalmente a la educación técnica, humana y espiritual de las gentes de la zona, en su mayoría indígenas.

Muchas personas se solidarizaron desde el primer momento con esa iniciativa, tan necesaria: esas "tierras frías" sufrían muchísimas necesidades. Las cifras hablan por sí solas: la mortalidad infantil era, durante esos años, del 57.3 por 1000 nacidos vivos; el 80.3% de los hogares carecía de luz; el 87.4% no tenía agua; el 57.2 % de las familias vivían en una situación de extrema pobreza. En la actualidad, aunque la situación ha ido mejorando, los indígenas de la zona siguen padeciendo grandes carencias materiales.

Pero al igual que sucede en el campo, donde no se siembra un día y se cosecha al siguiente, el proyecto tuvo que esperar. Se hicieron gestiones, estudios de las necesidades más acuciantes, peticiones de ayuda a diversos organismos y estamentos... Mientras se perfilaba el proyecto, se organizaron varios cursos sobre el cultivo de hortalizas, almacenamiento de granos, elaboración de abonos orgánicos y crianza de aves de corral.

Fue entonces cuando conocí a Vicente Martínez, un joven del Opus Dei de veinticinco años que había terminado dos años antes la carrera de Filosofía con calificaciones brillantes y era profesor en un colegio de segunda enseñanza de Madrid. Era Secretario General de SUI (Solidaridad Universitaria Internacional), una organización no gubernamental en la que había gastado muchas horas de su juventud ayudando a los chicos de las chabolas del extrarradio madrileño.

El verano de 1993 estuvo trabajando, como voluntario de SUI, en Chalco, una inmensa barriada al sur de la ciudad de México, donde malvivían más de dos millones de personas en barracas y casas de construcción elemental. Allí puso en marcha unas escuelas de verano para cientos de niños.

En el mes de julio del año siguiente vino a Guatemala, con un grupo de universitarios europeos, para dar a conocer el futuro Centro Agropecuario a las gentes de la zona. Durante ese mes desarrolló una intensa tarea: viajó hasta las aldeas más alejadas, a 4.000 mil metros de altura, donde tantos indígenas viven en una situación de extrema pobreza; dio clases de prevención del cólera, de higiene y de apoyo escolar; habló con los campesinos y con sus hijos, animándoles a participar en el futuro Centro... Allí podrían aprender, les decía, a criar gallinas, pavos y gansos; a instalar colmenas de abejas; a cultivar hortalizas y frutales; y les enseñarían nuevas técnicas de cultivo. Además, les ayudarían a mejorar en su formación humana, manteniendo sus tradiciones y su propia cultura. Y los que lo desearan, podrían recibir una formación espiritual que les ayudara a vivir mejor su fe.

La respuesta de los campesinos fue muy positiva. "Yo no tuve educación en la escuela -contaba Custodio Sacbín durante una reunión informativa sobre el futuro Centro a la que acudió medio millar de campesinos- porque mi padre no quiso que yo estudiara: ¡que estudien los haraganes! -me decía- ¡vos tenés que trabajar! Pero ahora nosotros pensamos de otra manera y queremos que nuestros hijos estudien".

El día 30 de julio, al terminar estos trabajos, Vicente anotó en su agenda: "Mortificación: últimas piedras. Estar dispuesto a lo que sea". Al día siguiente, 1 de agosto, falleció a causa de un accidente.

Mientras lo enterraban, el 4 de agosto de 1994, en el cementerio de la Almudena de Madrid, un grupo numeroso de gitanillos y muchachos pobres de los barrios de chabolas que rodean la capital fueron entregando pequeños ramos de flores a su madre. Eran flores sencillas, cargadas de gratitud y de significado. Cuando le preguntaron a su madre, también del Opus Dei, qué palabras deseaba que se pusieran en las cintas de las coronas de flores, dijo: "Vale la pena".

Esas tres palabras -Vale la pena- resumen toda la vida de Vicente.

* * *

El Padre nos recordó muchas veces esta misma idea, con muchísima fuerza: ¡Vale la pena! ¡Vale la pena gastar la vida entera al servicio de Dios! ¡Vale la pena luchar hasta el final en esta "hermosísima guerra de paz y de amor"!

¡Vale la pena! ¡Con qué vigor, con qué convicción nos lo decía en las tertulias de Diego de León, asegurándonos que si éramos fieles veríamos crecer los apostolados del Opus Dei por todo el mundo como un mar sin orillas!

Ahora el Centro Agropecuario Utz Tzamaj -trabajo bien hecho, en lengua indígena- se alza como una esperanza de futuro, cargada de promesas, en un valle exhuberante de verdor. Se dan cursos muy variados de capacitación profesional a los que asisten cientos de personas. Es una de las múltiples iniciativas apostólicas de las que nos hablaba el Padre: escuelas Hogar, centros para la promoción de la mujer, colegios, dispensarios, centros universitarios...

Se ha recorrido mucho camino; pero falta aún mucho camino por recorrer, como nos dijo el Padre durante su estancia en Guatemala; una estancia que merece un capítulo aparte.