Seguir luchando

 

Indice: Un mar sin orillas

Converso luego con un profesor de Kinal, Otto David Portillo, un hombre de piel tostada y mirada expresiva, que me sigue contando los esfuerzos que hacen muchos alumnos de Kinal. "El caso de Agustín no es un caso especial -me dice-. Así hay muchos alumnos aquí. Y se les ayuda en todos los sentidos. Eso fue precisamente lo que más me gustó cuando llegué: que aquí no se busca sólo que los alumnos sepan manejar la caldera, montar una turbina o reparar un carro, sino que se da importancia a otros aspectos, como los de tipo espiritual, respetando siempre, claro, la manera de pensar de uno. A las charlas de formación va el que quiere, porque aunque la mayoría de nuestros alumnos...".

El profesor me cuenta estas cosas cadenciosamente, con el acento melodioso y amable de las tierras de Jalapa. De vez en cuando se detiene y recapacita unos segundos, antes de continuar.

"-...porque aunque la mayoría sean católicos, también tenemos alumnos evangélicos, mormones, etc. En el aspecto espiritual, gracias a Dios, los resultados son muy positivos. Aunque no siempre se consigue lo que uno quiere... Recuerdo que el año de mi llegada hubo un joven con el que estuve conversando mucho. Era un buen deportista, un buen futbolista en concreto, pero había perdido el norte... Iba por mal camino... Yo hice todo lo posible por ayudarle, pero no logré rescatarle del mundo en el que se estaba introduciendo...".

Hace una pausa. Un alboroto de risas y voces en el pasillo indica que han terminado las clases.

"...Y me acuerdo de otro muchacho -continúa- que estaba en una de esas maras (41) * donde se reunen para hacer travesuras: asaltan, roban y con frecuencia caen en la droga; y para conseguirla hacen lo que haga falta... Y es que están solos, y ahí, dentro de la mara, buscan el calor humano que no encuentran en su familia, porque en muchos casos no la tienen; buscan alguien que les escuche y que les ayude, aunque sea para delinquir. La Policía no puede hacer nada: son menores de edad: los detienen y al día siguiente salen libres. Sin embargo, a este segundo muchacho logramos rescatarlo de ese mundo, por medio de la amistad, del afecto, de la comprensión, del cariño. No hay otro camino: cuando una persona está sumergida en ese tipo de problemas es porque tiene un gran vacío en su vida, y es ese vacío el que hay que llenar.

Cuando converso con esos muchachos les hablo de mi propia vida, porque yo conozco bien, desgraciadamente, los caminos que ellos están empezando a recorrer... Y les hago ver que no están solos, y les cuento mi experiencia, y me pongo en su lugar: porque sé que la falta de una familia les ha dejado unas heridas profundas; unas heridas que sangran, que se llenan de la pus del resentimiento... Se ha sembrado mucho mal en sus vidas y hay que irlo quitando, poco a poco; y no es fácil...

Hay que comprenderles: cuando uno se está enlodando, cuando uno se está revolcando en esa pestilencia, se siente perdido de tal manera, se siente tan despreciado, con una estima tan baja, que en lugar de acercarse a Dios, lo que hace es... seguir hundiéndose. Y ése es el peligro del que hay que apartarlos. Por eso yo nunca les riño. A estos muchachos conviene no lastimarlos más de lo que ya están; son gente herida, que van buscando, sin saberlo casi, amor, cariño, comprensión. Pero no es fácil acercarse a ellos: hay que ir con tino, de un modo que no se sientan presionados... Porque una persona que pasa por estos problemas, al sentirse presionado, huye.

También hablo con los padres de familia que vienen a los cursos y les propongo que lleven unas clases de desarrollo personal y familiar. Suelen ir muchos. Son clases muy interesantes... porque unos están unidos de hecho, pero no están casados, aunque sean cristianos, y agradecen que en Kinal, al mismo tiempo que se les da capacitación técnica, se les ofrezca una orientación para hacer las cosas bien y agradar a Dios. Para la mayoría es un panorama totalmente nuevo, y comienzan a dar los pasos para arreglar sus vidas. Unas veces lo consiguen a la primera; otras, a la segunda; y otras veces... tardan más. Mientras tanto, ¿qué vamos a hacer, don Antonio? Pues...¡seguir luchando!"

En el momento justo

Me despido del profesor Portillo y me tropiezo, en la puerta de Kinal, con Ramiro, un antiguo alumno del centro. Ramiro es lo que los estadounidenses llamarían un self-made-man: un hombre que se ha hecho a sí mismo, que ha tenido que bregar duro para salir adelante desde muy joven, cuando se vino desde Zacapa a la capital para ganarse la vida. Ramiro me habla de su familia, de sus hijos, y poco a poco vamos pegando la hebra.

-...En ese tiempo yo tuve que hacer todo tipo de trabajos para pagarme los estudios... Los domingos vendía papalinas, poporopos y aguas en el estadio, y tras muchos esfuerzos conseguí un título de Educación Media. Luego me fui a hacer un interinato en una bodega del ferrocarril, en Escuintla; más tarde me puse a trabajar en la empresa en que estoy actualmente; y fue por medio de esta empresa que vine a Kinal, en 1991, a sacar un curso de Administración.

Desde el principio Kinal me gustó mucho... tanto, que después de este curso hice otro de Planeación y Control de Producción. Entonces fue cuando me invitaron a unas charlas de Desarrollo Personal. Esas charlas fueron un gran descubrimiento para mí. Yo toda la vida había creído en Dios, pero... pero era una de esas personas, usted ya me entiende, que si me invitaban a tomar una copa, pues me la tomaba; y después de ésa, venía la siguiente... Y eso me causaba muchos problemas, tanto en mi hogar como en mi trabajo...

Con aquellas charlas comprendí que no basta con hacer bien el trabajo; hay que hacerlo para Dios, sin ser egoístas, tratando de ayudar a los demás. Porque tu trato con Dios se debe reflejar en tu trabajo; si tú cambias, tu modo de trabajar tiene que cambiar.

Comencé a llevar una vida cristiana. Y comenzó a interesarme el Opus Dei. Fui preguntando... hasta que un día comprendí que éste era mi camino. Ahora sigo haciendo lo mismo de siempre: llego a la empresa a las seis de la mañana, saco el control de lo que tengo que despachar -embutidos, jamones, salami, mortadela, chorizos- y superviso que esté todo bien hecho, hago los depósitos...; lo mismo de siempre, pero ahora me esfuerzo en que todo el departamento a mi cargo trabaje en armonía, y alegres todos, porque el trabajo debe ser alegría para uno.

He descubierto que se puede poner mucho amor a Dios en algo tan simple como eso: controlar un pedido de chorizos. Sí; se puede hacer eso y hacerlo por Dios, para Dios y por El. Y he visto como Dios me ayuda para estar siempre contento, a pesar de todos los problemas que uno tiene y padece. Porque siempre hay dificultades y motivos para enojarnos y para reñir a los otros, con el peligro de herir a las personas; entonces, la oración te lleva a decir las cosas serenamente, y si es posible, con una sonrisa. Porque no se puede estar cerca de Dios y tener la cara agria...

También cambié en mi relación con la familia. Antes yo sentía el trabajo como una carga y volvía a mi casa estresado, de mal humor, y eso repercutía en mi mujer y en mis hijos. ¡Creía que yo solo lo podía hacer todo! Ahora me voy dando cuenta de que hay Alguien que lo ayuda a uno a hacer las cosas, mediavez uno trate de buscarlo a El.

 

***

Salgo de Kinal cuando ya ha anochecido. Dos zopilotes cruzan rápidos sobre el cielo rojizo. Antes de subir al carro me despido de Ramiro, que me dice en tono de confidencia:

-Mire... A veces pienso por qué no habré llegado antes a Kinal... Pero se lo comenté a un amigo, y me dijo que no me preocupara: 'ese momento -me dijo- llegó cuando Dios quiso: en el momento justo.