Carlos

 

Indice: Un mar sin orillas

Los edificios de Kinal tienen, en este cálido atardecer de noviembre, un color indefinible, entre terroso y rojizo. Junto a la puerta de entrada, un letrero indica, con letras blancas sobre fondo azul: Kinal. Centro Educativo Técnico Laboral.

Estamos en la zona 3, uno de los barrios más pobres de la Ciudad de Guatemala. A pocos metros, cerca de la puerta, varios hombres trabajan al aire libre. Unos reparan carros con los rostros tiznados de grasa; otros componen muebles y aparejos junto a los muros de adobe de sus casas. En una azotea cercana, unos patojos sueltan en el aire barriletes de colores que se van elevando lentamente hacia el cielo entre un laberinto de postes y cables eléctricos. El viento trae, a ráfagas, voces entrecortadas de mujeres que charlan y rien junto al lavadero, mientras escurren la ropa en las pilas de agua jabonosa y la amontonan en grandes barreños.

En el vestíbulo de Kinal -"lugar donde nace el fuego" en lengua indígena- conversan varios jóvenes. Entre ellos está Carlos, un muchachote de dieciséis años, tez oscura y ojos vivarachos al que pregunto, al sentirle hablar, de donde procede. "De México", me dice rápidamente. ¿De México? Al ver mi gesto de extrañeza, me acaba contando su historia.

"Es que... yo me salí de mi casa y me vine hasta acá porque tuve problemas. Nosotros éramos cinco: mi papá, mi mamá, mi hermana, y mi hermanito; pero mi mamá nos dejó, y entonces mi papá, que era barrendero de calles, empezó a tomar... y yo le empecé a robar, hasta cuatrocientos pesos... Y un día me vine hasta acá...

-¿Hasta acá, desde México, tú solo?

-No; yo solo no: me salí junto con mi hermanito. Yo tenía once años y él ocho. Fue hacia la una de la mañana cuando nos salimos... Esa noche mi papá había llegado muy bolo (34) * y aunque ya habíamos dejado de robar, como tenía deudas, cuando se recordaba, nos pegaba... Entonces, para que no nos pegara más, nos zafamos, y con un dinero que guardaba yo, tomamos una camioneta y nos fuimos hasta la Colonia Los Doctores; y allí nos quedamos un tiempo...

-¿Y donde vivían?

-Primero en un carro, y luego en un parque... Dormíamos cabalito a la par de un faro que alumbraba una estatua; pero terminábamos quemados, porque el faro era enorme y calentaba mucho. Eso sí, ¡el frío ni lo sentíamos! Y como a eso de las doce de la noche yo me levantaba a recorrer las calles, a ver qué encontraba, porque no teníamos nada que comer. Juntábamos botellas y esas cosas y las íbamos a vender, y con el dinero comprábamos la comida. Así estuvimos dos meses. Después encontré un trabajo de enderezado y pintura y empecé a trabajar; pero tras la primera semana, mi hermanito fue a vender canastas y ya no regresó... Fue un viernes cuando se desapareció. Me dijeron que mi papá lo había agarrado. Aluego me agarró también a mí la Protección Social; a la fuerza: me metieron en la camioneta y me llevaron a un hogar, algo así como un...

-Orfanato.

-Cabal. Un orfanato. Y allí me quedé tres días.

-¿Y vos no dijiste nada de que te andaba buscando tu papá?

-No, ¡porque ahí de plano me mandarían con mi papá, y yo no quería! Y de ese hogar me pasaron a otro que se llama Héroes de Celaya y allá estuve muchos días, todo el tiempo encerrado. Era aburridísimo. Hasta que un día nos escapamos de ese hogar cinco muchachos y nos fuimos a vivir a un cine destruido por el terremoto.

-¿Y de qué vivían?

-Salíamos a pedir pisto a las calles, a las ferias, a las taquillas de los cines... Yo entonces agarré el vicio de fumar mucho, pero ya se me quitó... ¡en la calle se me quitó el vicio! (Risas). Y así pasábamos el tiempo, hasta que una vez nos fuimos a Puebla, en tren de pasajeros, pero esa vez sí compramos un billete. Y también empezamos a juntar dinero para ir a Cuernavaca o Guadalajara, no me acuerdo dónde es, porque se me confunden los nombres.

-¿Y para qué queríais ir a Cuernavaca... o a Guadalajara?

-Ah... ¡Ganas de pasear! Y allí empezamos de nuevo a pedir dinero y a hacer lo mismo; y una noche había una feria allí, en la Alameda Central de México, y fuimos con un salvadoreño, Julio César Reyes, que le llamábamos el Chavo, y conocimos a un don (35) * que estaba algo tomado (36) *, y nos dijo que nos iba a invitar a unas tostadas grandotas, que les echan miel encima, no sé como les dicen acá...

-Buñuelos.

-Eso. Buñuelos. ...Y el don le dio al Chavo cincuenta mil pesos para buñuelos, y entonces el Chavo agarró el billete y se fue, y me dejó a mí solo, y el don se molestó mucho, y me agarró, y me presionaba para que lo llevara allá donde dormíamos todos, para que le devolviéramos el dinero; pero estaba tan borracho que se volvió a meter en la cantina... Entonces yo me escapé; y con esos pesos compramos pasajes para venirnos hasta acá. Nos decidimos a venir a Guatemala porque el Chavo me dijo que era salvadoreño y yo no le creía; y él que sí, que sí; y yo que no, que no; y por eso le seguí: ¡para ver si era cierto! Tomamos un tren desde México... y ¡ahí sí pasamos hambre de verdad, porque el tren tardó muchísimo en llegar! Tanto, que se nos acabó el dinero.

-¿Y cómo pasaron la frontera?

-¡Ah! Nadando. No fue difícil porque el Chavo tenía mucha experiencia. Además, el Suchiate no estaba muy profundo. Y cuando llegamos acá, nos bajamos en la Avenida Bolívar, caminamos hasta la Octava Avenida y Trece calle, cabalito dónde está el refugio de Casa Alianza (37) * y me quedé allí porque ya estaba cansado de tantos días de viaje, pasando hambre y quería trabajar; y cuando los de Casa Alianza vieron que tenía deseos de hacer algo y de que no me escapaba, me pasaron rápido al Hogar que está aquí cerca, en la Casa Once, a lo que llaman "el Hogar de Transición". Después me pasaron a "Hogares grupales"; y al año de estar ahí me propusieron estudiar en Kinal.

Aquí en Kinal no he sacado el curso Básico todavía, estoy en primero. Ahora habemos cuatro niños de Casa Alianza estudiando Dibujo Técnico: junto conmigo son tres. El otro es de la Antigua Guatemala. Y Kinal me gusta, porque aprendes mucho: el año pasado aprendí a hacer muebles y fuí a hacer prácticas a la carpintería que está en la Zona 1, casi llegando a Santa Catarina Pinula. Después volví aquí, a estudiar Dibujo Técnico, que es más taller que teoría. Antes, cuando empezamos el curso, hacíamos sólo formatos, letras, y rotulábamos; ahora más que todo estamos haciendo planos...

Mire... yo nunca pensé que iba a llegar a estudiar en un lugar como éste, con tantas oportunidades de capacitarme... Yo en lo único que pensaba era en aprender bien el oficio de la panadería, y además, yo ya estoy muy grande como para estar en primero básico: tengo dieciséis años; pero me han animado; y estoy estudiando Dibujo Técnico 1; y quiero sacar Perito en Computación, al salir de aquí, para entrar en la Universidad.

-¿Y no te arrepientes de haberte salido de tu casa?

-¡Claro que sí! ¡Y de todo el tiempo que he llevado perdido...! Aunque la verdad es que en México no estudiaba... Por eso, cuando veo a unos niños de la calle tengo deseos de decirles muchas cosas, y contarles lo que me ha sucedido, pero... es difícil entenderse con ellos. Aunque uno haya pasado por eso, no escuchan: ¡lo pueden llamar a uno culebra o algo por el estilo!

Pero me gustaría decirles que aprovechen el tiempo, para que no les suceda lo mismo que a mí. Pasé hambre; pasé muchos meses caminando con ampollas en los pies, con la vergüenza de pedir limosna, cosa que yo no había hecho nunca. Por eso doy gracias a Dios por haber acabado en Kinal...".