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1959. Walter y Altavista

 

Indice: Un mar sin orillas

Cuando los españoles llegaron a Guatemala establecieron la primera capital en Tecpan, junto a Iximché, la antigua capital del reino cackchiquel. Los dos nombres -Tecpán, Iximché- significan lo mismo: Residencia Real. Iximché es un término genuinamente cackchiquel y Tecpán una palabra nahuatl.

Tecpán me trae muchos recuerdos del pasado, junto con proyectos de futuro que más tarde explicaré. Me evoca, sobre todo, los días que pasamos en 1958 en el Molino de Tecpán, una finca de campo de los Matheu. Allí, junto con el doctor, Walter, Alfredo, Manolo Lara, Julio Matheu y algunos más, hablábamos de la implantación del Opus Dei en Centroamérica, del apostolado de las personas del Opus Dei en tantos ambientes y de los nuevos proyectos que se perfilaban para el futuro. Unos deseaban poner en marcha iniciativas apostólicas con agricultores; otros querían impulsar centros de formación para estudiantes; otros estaban preocupados por la situación de los jóvenes trabajadores de la capital; pero todos coincidíamos en dos cosas:

-la primera, que necesitábamos construir, en primer lugar, una Casa de Retiros;

-la segunda... que allí estaba, entre nosotros, el hombre capaz de sacar adelante aquel proyecto: Walter Widmann.

Walter se identificó tan profundamente desde aquel momento con el proyecto de la Casa de Retiros, que desde entonces, me sucede lo mismo que con esas dos palabras, Tecpán e Iximché: son como dos nombres fundidos en uno; y no puedo pensar en la Casa de Retiros sin pensar en Walter, que puso en marcha esa iniciativa con mucha fe, con gran confianza en Dios y con un método inequívocamente germánico. Semana tras semana, con la precisión de un relojero, buscó fincas, predios y terrenos que pudieran servir: viajó hasta el Norte, junto al Atlántico; bajó hasta la costa del Pacífico; indagó en el Este, hacia Esquipulas; y en el Oeste, hacia la Antigua... hasta que por fin encontró un terreno que parecía adecuado, cerca de Mixco, a 25 kilómetros de la capital.

Fui a verlo. Realmente era un sitio espléndido, rodeado por bosques tupidos de cipreses y pinos, con una vista magnífica de la ciudad de Guatemala. Ya lo indica la misma palabra: Mixco significa, en lengua nahuatl, "lugar de las nubes". Pero el lugar era casi inaccesible: para llegar a la cumbre había que trepar por un camino empinado, un pedregal cortado a tajo sobre precipicios y barrancas. "Imposible, Walter -le decía bromeando-. ¡Ni siquiera las cabras se atreverían a venir aquí!".

Pero Walter no se arredró: afrontó los "imposibles"; superó las dificultades; arregló el camino; buscó amigos que colaborasen en el proyecto... y el 9 de agosto de 1959 se celebró la primera sesión del Patronato de la Casa de Retiros, a la que llamamos Altavista. A su lado se construyó una Escuela Hogar.

Ahora, cuando voy a Altavista y paseo por el antiguo camino de cabras, bien pavimentado; cuando contemplo el edificio donde se celebran continuamente cursos de retiro y convivencias de formación cristiana; cuando me hablan de la tarea educativa de la Escuela Hogar... no dejo de asombrarme y de dar gracias al Señor.

¿Cuantas almas se habrán removido aquí -me pregunto al pasear por las veredas de Altavista- durante esas jornadas de trato intenso con Dios? ¿Cuántos propósitos de mejora en la vida cristiana, familiar y social habrán surgido en este lugar, como fruto de la gracia divina, siempre vivificante, como el aire que mece continuamente estos árboles? Aquí, bajo estos pinos, que me evocan los del Molinoviejo de mi juventud, han nacido numerosas iniciativas apostólicas que son una gozosa realidad en toda Centroamérica.

En un claro del bosque, entre pinos, cipreses y encinas, se construyó una pequeña ermita en honor de la Virgen del Carmen. Cada vez que subo hasta allí rememoro las palabras del Padre en Molinoviejo, hablándonos de la expansión apostólica del Opus Dei por todo el mundo; y me viene a la memoria la figura, simpática y amable, de su hermana Carmen, que tanto rezó por nosotros; y -cómo no- recuerdo también la sonrisa y el tesón implacable, preciso y exacto como las manecillas de un reloj, de Walter Widmann.

 

 
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