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Indice: Un mar sin orillas

Recuerdo como si fuera hoy las afanosas gestiones de Enrique, Walter, Alfredo, el doctor Cofiño, y tantos otros, para sacar adelante Ciudad Vieja, un Centro Universitario sin precedentes en Centroamérica, donde no existía una tradición de Colegios Mayores como en España, o de Colleges como en Inglaterra.

Pronto se vieron los frutos: algunos miembros del Patronato, como Alfredo Obiols, organizaron allí numerosas actividades en las que participaron personalidades destacadas de la vida cultural guatemalteca, que no contaba entonces con demasiados foros universitarios de diálogo y encuentro.

El doctor Cofiño fue el Primer Rector de Ciudad Vieja donde desplegó toda su energía y entusiasmo. Y fueron pasando los años, hasta que a mediados de los sesenta... la Residencia se quedó pequeña.

Se había duplicado el número de universitarios de Guatemala y la Universidad, que no contaba con alojamientos adecuados, se enfrentaba con problemas parecidos a los de muchas universidades del mundo: masificación, escasa relación profesor-alumno, bajo rendimiento académico... Muchos estudiantes buscaban precisamente lo que Ciudad Vieja les ofrecía: un lugar de estudio intenso, de grandes afanes universitarios y abierto a todos.

"La situación se volvió insostenible -sigue contando Enrique- porque cada año aumentaba el número de solicitudes, y a pesar del deseo de atenderlas ya no había espacio material en Ciudad Vieja. Se instalaron literas, se buscaron diversas soluciones, hasta que vimos que materialmente no se cabía.

Había que aumentar el número de plazas. La residencia debía tener capacidad para cuarenta universitarios como mínimo. Y durante una reunión del Patronato planteé la posibilidad de ampliar Ciudad Vieja.

Formaban parte del Patronato, entre otros, Eduardo Herrerías, Ernesto Rodríguez, Julio Matheu... Unos eran católicos; otros, judíos o protestantes; y alguno era converso, como Juan Maegli, que se había bautizado pocos años antes.

¿Ampliar? Cuando Juan Maegli escuchó la palabra 'ampliar' se llevó las manos a la cabeza. ¿Ampliar? No salía de su asombro. Se encargaba de la contabilidad y sabía que las hojas de balances estaban llenas, además de números, de agobios y sudores fríos... Plantearse hacer una segunda Ciudad Vieja cuando no habíamos terminado de pagar las deudas de la primera, parecía algo sin pies ni cabeza...

-Pero, vamos a hacerlo -dijo-, porque hay una cosa que he aprendido en el Opus Dei: en las labores apostólicas no hay que funcionar sólo con la lógica económica, que enseña que dos más dos son cuatro; hay un tercer sumando, decisivo, a tener en cuenta: Dios, más dos, más dos...".

¡Más grande todavía!

Durante ese tiempo viajé a Roma y le comenté al Padre los nuevos objetivos que se habían planteado Enrique y el resto de los miembros del grupo promotor del Centro Universitario.

-Padre: quieren ampliar Ciudad Vieja. Están pensando en cuarenta residentes...

-¿Cuarenta? -se sorprendió el Padre- ¿Sólo cuarenta?

-¿Más grande todavía, Padre? -le pregunté, asombrado- ¿Cuántos pensaba usted? ¿Sesenta residentes?

-¡Más grande!

-¿Ochenta?

-¡Más grande!

-¿...Cien? titubeé.

-¡Más grande todavía!, dijo el Padre riéndose.

"Soñad y os quedaréis cortos", solía decir el Padre, que nos alentaba a responder con generosidad y espíritu magnánimo a las necesidades de nuestros países. Un espíritu magnánimo que a veces nos producía vértigo...

¡Más de cien residentes! Les transmití a los miembros del Patronato aquel comentario del Padre. Aquello fue un estímulo y un poderoso acicate. Decidieron proponerse metas mucho más altas. No contaban ni con dinero ni con personas para sacar adelante aquel proyecto, pero se lanzaron a una nueva aventura, confiando en Dios: pidieron donativos, visitaron terrenos y buscaron predios por todas partes; cotejaron mapas y fotografías aéreas; y sobre todo, rezaron muchísimo por aquel proyecto. Más presupuestos, más sumas y restas, más estudios y balances...

El doctor Cofiño, además de ayudar económicamente, se entregó con toda el alma a la promoción de la nueva Ciudad Vieja entre sus amigos y conocidos. "A todos les da vergüenza -nos decía- pedir pisto. A mí no". (32)*

Pienso que al principio sí debió costarle pedir "pisto", como a todos; pero su amor a Dios le hacía superar ese sentimiento de vergüenza, al pensar en el bien que se haría desde aquel Centro Universitario, y al contemplar diariamente, con sus propios ojos, tanta pobreza, tanta gente necesitada, tanto olvido de Dios que había que remediar.

Veía el Centro Universitario Ciudad Vieja proyectado en el futuro como un poderoso motor para el progreso humano, profesional y espiritual de toda Centroamérica. Allí se formarían muchos profesionales que ayudarían decisivamente a la paz, al entendimiento entre las gentes, y al desarrollo, en todos los ámbitos, de estos países.

Llamó a muchas puertas para que le ayudaran en aquel empeño: algunas se cerraron, pero la mayoría se abrieron con generosidad. Mientras tanto los miembros del Patronato seguían sin encontrar el terreno que buscaban; hasta que un día se entrevistaron con los Piñol, íntimos amigos del doctor Cofiño, que cedieron para aquel poryecto varias hectáreas de terreno, mucho más de lo que pedían.

Durante las Navidades, como de costumbre, el doctor fue a la capital de México para visitar a su hija Clemencia. Un día, cuando rezaba en la Villa, pensó: "Ya tenemos el terreno. Pero en el Centro Universitario vamos a necesitar una primera piedra. ¡La voy a llevar yo!"

Y trajo "la primera piedra": una imagen de la Virgen de Guadalupe.

Y así, poco a poco, la idea fue tomando forma. Encargaron el proyecto a Víctor del Valle, que diseñó un edificio moderno y funcional, con fidelidad al gusto y al sabor local, y con un estilo arquitectónico muy atrevido para la época.

La respuesta de los cooperadores del Opus Dei fue, de nuevo, generosísima: unos conocidos regalaron unos muebles; una señora donó una alhaja; otra, un recuerdo de familia... Hubo una donación particularmente entrañable: una talla colonial de la Virgen Dolorosa que se puso en el Oratorio. Muchas personas aportaron fondos y los miembros del Patronato estaban entusiasmados. Se respiraba tal clima de optimismo en las reuniones que un día, al terminar, un amigo judío del doctor dijo bromeando:

-¡Muy bien! Y cuando terminemos Ciudad Vieja... ¿qué nuevo proyecto vamos a poner en marcha con el dinero que nos sobre?

* * *

En 1968 se inauguró la primera fase de la nueva Ciudad Vieja, con 134 plazas. (33) * Es decir... en vez de duplicar el número de residentes, como se pensaba al principio, ¡se sextuplicó, como deseaba el Padre!

Hubo, desde el primer momento, entre los residentes, un alto porcentaje de estudiantes becados. Algunos eran indígenas, como aquel cakchiquel de Santa María Cauqué que no había salido nunca de su municipio; todo constituía para él una sorpresa: la comida, las costumbres urbanas y el ambiente de familia. Recuerdo también a aquel residente de Olopa que cantaba un vals muy sentimental, "Luna de Octubre".

Hubo también, desde los comienzos una plena integración entre todos: indígenas, ladinos y centroamericanos de varios países. Eran jóvenes de diversas religiones, de posibilidades económicas muy variadas, que procedían de ambientes culturales muy dispares. Se procuró que todos aprendieran de todos, siguiendo las enseñanzas del Padre: "No hay más que una raza: ¡la raza de los hijos de Dios!".

 

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