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12 de diciembre de 1957. La primera Ciudad Vieja

 

Indice: Un mar sin orillas

Un día, Pepe Nando -José Fernando Llarena- uno de los universitarios que venían por la Octava, me comentó:

-Don Antonio: ¡el día que se ponga una residencia en Guatemala yo seré el primer residente!

Pepe Nando sabía que el Padre había alentado en diversos países la creación de Centros Universitarios, como la Residencia DYA, que puso en marcha en 1933, en circunstancias mucho más difíciles que las nuestras...

Comencé a darle vueltas al asunto; realmente un Centro Universitario era una necesidad hondamente sentida en Guatemala... Se lo comenté a Enrique Fernández del Castillo que se entusiasmó con la idea y habló con Walter Widmann, Alfredo Obiols y Ernesto Cofiño. Estos hablaron con varios amigos suyos.

-¿Qué les parece -les preguntó Enrique- la creación de un gran Centro Universitario en Guatemala?

Y les explicó que si ellos, junto con sus amigos, se responsabilizaban del proyecto, el Opus Dei podía ayudarles a dar una impronta cristiana a aquella iniciativa.

Walter, Alfredo y el doctor se entusiasmaron con la idea; y desde aquel momento empezaron a hablar con sus amigos y conocidos para constituir un Patronato que se hiciera cargo de la gestión financiera y de todos los aspectos organizativos, económicos, técnicos y jurídicos del futuro Centro Universitario. (31)* Pero, de nuevo, es preferible que la historia de Ciudad Vieja la cuente Enrique, que la vivió intensamente desde los comienzos.

"El doctor -me decía Enrique- acogió la propuesta con su vivacidad característica. Estuvimos charlando, y un día, durante una reunión, nos dijo:

-¡Ese centro universitario es un proyecto tan decisivo, tan importante... que le voy a dedicar todo el sueldo que recibo en un hospital!

Eran setenta quetzales al mes. Estoy seguro de que lo dijo para estimular a los demás. Por fin, tras hablar con varios cooperadores y amigos interesados en la idea, como Juan Maegli, Ernesto Rodríguez Briones, Julio Obiols, el hermano de Alfredo, Humberto Oliveros y varios más, fijamos la fecha para la primera reunión formal del Patronato del futuro Centro Universitario,

¡Con cuánta ilusión esperábamos aquel día! Y... precisamente la víspera asesinaron al Presidente Castillo Armas y se declaró el estado de sitio en todo el país.

Pero el proyecto no se detuvo. Tras buscar mucho, vimos un edificio en el barrio de Ciudad Vieja que quizá pudiera servir: era una especie de chalecito de las montañas del Tirol con la fachada casi cubierta por una yedra, que contrastaba por su estilo en medio de aquel paisaje tropical de palmeras y cocoteros... Fuimos a verlo: nos pareció espacioso -¡eso pensábamos entonces!-, estaba bien situado y tenía la calle asfaltada. Pedían 325 dólares mensuales. Empezamos a hacer cuentas...

-¿Qué le parece? -le pregunté a Juan Maegli durante una reunión del Patronato.

-¿Que qué me parece? -me contestó-. ¡Pues un auténtico disparate desde el punto de vista financiero! ¡Para poner en marcha el Centro vamos a tener que gastarnos los pocos fondos que nos ha prestado el banco mediante préstamos personales!

La renta de la casa suponía un desembolso enorme para nuestras posibilidades. Sin embargo, gracias a las donaciones de muchas personas generosas, en el mes de agosto firmamos el contrato de alquiler y pagamos la renta inicial. Y así comenzó el Centro Universitario, que bautizamos con el nombre del barrio: Ciudad Vieja.

¿Y los muebles? Ese fue otro cantar... Gracias a Dios desde el primer momento hubo muchas personas que se ilusionaron con el proyecto y el problema se resolvió con facilidad: la colonia catalana, por ejemplo, nos regaló una talla muy bonita de la Virgen de Monserrat. Un día nos dijeron que las autoridades habían clausurado el Club Hotel (que de Hotel no tenía nada, era una casa de juego clandestina) y estaban subastando todos los enseres: vajillas, cuadros, mesas, cortinas...

El doctor fue para allá junto con Clemencia, su esposa, para ver que había... Al principio le repugnaba comprar objetos de un antro de vicio... pero se animó al ver unas cortinas de terciopelo verde, baratísimas, que irían muy bien en el Oratorio: '¡Esto sí que es santificar las cosas! -me decía divertido-, porque esas cortinas van a pasar de la sala de la ruleta... ¡al mejor sitio que se pueda pensar!'

A mediados de octubre terminaron las obras de albañilería; el 12 de diciembre de 1957 el Arzobispo bendijo el edificio; y de los siete miembros numerarios del Opus Dei que estábamos en Guatemala, tres se fueron a Ciudad Vieja y cuatro nos quedamos en la Octava; y un mes después, el 31 de enero de 1958, se fue a vivir allí Pepe Nando, que fue el primer residente, como nos había prometido.

Todo parecía marchar viento en popa, pero... nos fallaron las previsiones. Habíamos calculado en el Patronato que Ciudad Vieja se sostendría económicamente con los ingresos de doce residentes; pero el primer año vinieron sólo seis y vimos que algunos estudiantes se las veían y deseaban para pagar la pensión completa... Eso significaba que en el futuro debíamos conseguir, además del dinero del alquiler, ¡un fondo de becas para que pudiesen vivir estudiantes de condición modesta!"

 

 
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