1955. El primer retiro

Indice: Un mar sin orillas

Con Walter, Alfredo, el doctor Cofiño y algunos de sus amigos organizamos, del 1 al 4 de noviembre de 1955, el primer Curso de Retiro del Opus Dei en Centroamérica, aprovechando el feriado del día de los Santos. Como no teníamos a donde ir, le pedimos a doña María de Mirón que nos prestara "La Concepción", un caserón de traza noble que tenía en San Juan Sacatepéquez, cercado por un muro encendido de buganvillas y jacarandás.

Invitamos a la mayoría de nuestros amigos y conocidos. Al final, acudieron cuatro: Julio Obiols, Humberto Oliveros, Chico Arrivillaga y el doctor Cofiño. Así sucedió con la primera clase de formación cristiana a estudiantes que dio el Padre en 1933: invitó a muchos y sólo fueron tres. Pero las cifras no debían importarnos, recordaba: que debíamos dar los medios de formación espiritual aunque sólo asistiera una persona.

El doctor pensó que, al ser cuatro, íbamos a suspender el Retiro. "Pero doctor -le animaba yo, ante su sorpresa-: ¡si yo predico aunque sólo venga usted!".

Comenzamos el Retiro: Santa Misa, Examen de conciencia, Meditación... todo discurría como de costumbre hasta que se presentó el doctor con una bandeja con refrescos, copas y dos botellas de licor para el aperitivo... Esto da idea del escaso conocimiento que tenía de la práctica cristiana del retiro espiritual. Charlamos y comprendió inmediatamente el carácter propio de aquellos días: no era una convención más de profesionales (a la que estaba tan acostumbrado por su intensa vida social) sino unas jornadas de silencio y de oración, de trato intenso con Dios... Y no volvieron a aparecer en escena las copitas de licor...

El doctor descubrió durante aquellos días un horizonte espiritual que le dejó deslumbrado: podía encontrar a Dios en la vida ordinaria; podía luchar por la santidad en el estado matrimonial; podía santificar su trabajo... Siempre había considerado su profesión como un servicio a los demás; pero en aquel Retiro comprendió, con luces nuevas, que podía santificar, santificarse y santificar a los demás en su trabajo como Pediatra. Entendió muy bien el espíritu del Opus Dei y luchó por vivirlo con todas sus fuerzas. Soy testigo de cómo fue correspondiendo, día tras día, a los impulsos de la gracia de Dios, que se fue apoderando, cada vez con más ímpetu, con más hondura, de su alma.

Pasó, en muy poco tiempo, de una religiosidad "convencional", fría y externa, a una vida cristiana intensamente vivida; y en 1956 pidió la admisión como supernumerario del Opus Dei (30)* junto con Walter y Alfredo. Pero para el doctor ésta fue una fecha meramente "oficial". Se quejaba, con gracia, cada vez que la mencionábamos.

-¿Cómo que del 56? ¡Yo, con el corazón, soy del Opus Dei desde 1953, desde el mismo momento en que lo conocí!

 

Como un volcán

Su modo de actuar me confirmaba aquel punto de Camino: "Yo te prometo, con ese vigor de tu formación religiosa y científica, prontas y dilatadas expansiones". Muchos le comparaban con un volcán y tenían razón: tenía algo de volcánico: cuando se proponía algo no había forma de detenerle... Pero no era uno de esos volcanes que destruyen y arrasan sin orden ni concierto, como el volcán Fuego, que entró en erupción durante aquella época, generando un río de lava de más de un kilómetro; era un volcán ardiente de iniciativas, de proyectos, de planes en servicio a los demás; un río de de energía y entusiasmo que iba caldeando, con sentido cristiano, el ambiente en que se movía.

Tenía un carácter vibrante, vigoroso, cálido, con una simpatía y un optimismo realmente extraordinario. Era muy trabajador y muy tenaz. Poseía un raro don: el don de entusiasmar a los demás con sus proyectos. Impulsó iniciativas y trabajó en ámbitos muy variados: la docencia, la investigación científica, la participación en Congresos internacionales... Impulsó numerosas iniciativas para los más necesitados, siempre con un espíritu positivo y renovador, como puso de manifiesto en su tarea docente, o en la dirección del Centro Educativo Asistencial. Y después de una semana de trabajo agotador se iba el sábado y el domingo a "descansar" a su casa de campo en San Juan, junto con su familia.

"Descansar" significaba para él... cuidar, junto con su esposa Clemencia, de los niños de la Colonia Infantil que había cerca de su casa. Clemencia secundaba con entusiasmo sus iniciativas